—Las “máquinas del tiempo” —dice Horacio Kustos— no son…
—¿No son qué?
—No son eso. No exactamente. No me pida que le explique, no sé: las hace esta mujer que le digo, y
sólo ella puede hacerlas, y las da a quien ella quiere una vez que se han contestado las 17 preguntas. Que, de
una vez le digo, son distintas para cada persona.
—No entiendo.
—Huy, pues espérese. Eso no es nada.
El proctólogo, sentado aún tras su escritorio, levanta una ceja. Pero el gesto es más para complacer a
Kustos que para indicar un asombro verdadero: los dos son amigos desde hace mucho tiempo. (La historia
de cómo se conocieron se tendría que contar en un volumen de varios centenares de páginas, así que no la
intentaremos aquí.)
—Ella, la mujer —dice Kustos— me dio la máquina, que en mi caso… —y hace una pausa larga y
deliberada, pero el proctólogo sigue en silencio— ¿Ya sabía que también es distinta cada una?
El hombre le sonríe.
—Bueno —dice Kustos—. Eh… Me dio la máquina, que en mi caso era un par de tuerquitas,
chiquitas, así, pegadas. Y yo la frotaba, como lámpara, y entonces me llevaba a un SITIO DE ABSOLUTA
PAZ…
—¿Qué es eso? —pregunta el proctólogo, quien más tarde (mucho más tarde) dirá que pudo
escuchar las versales y las mayúsculas.
—El SITIO DE ABSOLUTA PAZ es también un momento preciso: un instante en el mundo. Ya ve
que el espacio no se puede desligar del tiempo…
—¿Qué?
—El ir a ese lugar era ¡puf!, ir también a esa época. A ese momento. Siempre.
—¿Cuál?
—En mi caso, una porción de desierto relativamente cerca de donde ahora está la ciudad de Ulan
Bator, la capital de Mongolia…
—¿De dónde?
—Cómo, Francisco, ¿no conoce Mongolia?
Aquí tiene lugar media hora de consideraciones varias alrededor de la importancia de la geografía,
puntuada por protestas varias del proctólogo. Al cabo, éste se impone a los largos parlamentos de Kustos (lo
logra un poco a gritos) y acaba por decir:
—Así que… le repito. Era una expresión de sorpresa. Y no, no he ido jamás a Mongolia, aunque me
encantaría ir, claro.
—Está bien —responde Kustos.
Pausa incómoda.
—Me decía —dice el proctólogo.
—Ah, sí, bueno. La primera vez que fui, froté la lámpara, digo, la máquina, y ¡puf!, como le decía,
llegué a relativamente cerca de Ulan Bator, Mongolia, pero en el año 3’111,094 antes de Cristo. Según mis
cálculos debe ser como… el 8, el 9 de junio, a las 6:48 de la tarde… Más o menos.
»Y no sabe qué paz. Qué tranquilidad. Qué quietud. Era como algo vivo. La calma. Se sentía que
algo me estaba tocando. Que estaba en todas partes. Y no había nada ni nadie. No soplaba el viento. Aquello
era una planicie absolutamente lisa, gris, así, vacía, que iba más allá de donde alcanzaba mi vista porque
después de cierto tiempo iba cambiando de color, poquito a poco, y se confundía con el cielo, que era entre
azul y gris oscuro y violeta en el extremo opuesto… Era como un cuadro de… no, más que un cuadro. De
verdad no tiene idea. Dicen que a cada persona le toca en la vida un momento de paz o de plenitud, pero que
en general no se da cuenta cuando pasa y toda la vida se le va en recordarlo cuando ya pasó…
—Eso es cierto —dice el proctólogo.
—Sí, pero usted lo leyó en un libro de autoayuda o algo así. Esto es de verdad.
—Oiga…
—La máquina —prosigue Kustos, sin hacer caso de su amigo— se debe usar sólo una vez, así me
dijo ella. Sólo una vez para llegar al SITIO DE ABSOLUTA PAZ correspondiente y estar allí y disfrutarlo. Y
luego irse. Para no volver. Uno no regresa, me dijo ella, pero cuando llega, llega a sabiendas. Puede relajarse.
Puede estar seguro de que ese momento y ese lugar son sólo de uno, y son de veras de paz y…
Pausa dramática, que el proctólogo entiende como tal, por lo que pregunta:
—¿Y qué pasó?
—Pasó que pasaron unos diez segundos, maravilla de segundos, yo como en éxtasis…, no sabe qué
cosa, qué aire tan puro… Ay, aquello del tiempo feliz en la desgracia…
Al proctólogo no le gusta leer así que no capta la referencia.
—Después de esos diez segundos —sigue Kustos—, que parpadeo… Cierro los ojos, los abro… Y
que cuando abro otra vez los ojos el campo está lleno…
—¿Lleno de qué?
—¡Lleno de mí! ¡De un montón, de miles, de miles y miles, de no sé cuántos que eran yo! Yo con
otras ropas, a veces mucho más viejo, a veces no tanto, con el pelo pintado, con mochila al hombro, con…
Había uno con unas heridas horribles… Había otro con un par de alas de murciélago… Miles y miles y miles
y miles y miles y miles de veces yo, Horacio Kustos hasta donde alcanzaba la vista, y yo rodeado de ellos, de
mí, a donde quiera que volteara…
—¿Pero cómo?
—Primero me les quedé viendo, así como con horror, pánico, vértigo… Luego no sé qué me dio y
me metí entre ellos, no sé en qué dirección caminé, y algunos me hablaban, y otros me evitaban, y uno me
quiso golpear y otro sacó una pistola y me tropecé con dos, y me caí en un hoyo que otro estaba excavando,
y uno más se estaba quejando a gritos de que no había un baño en diez mil kilómetros o tres millones de
años, y había uno viejo, viejo, viejo que estaba tosiendo horriblemente…
El proctólogo va a decir que todo eso es ridículo.
No puede hacerlo porque sigue un recuento largo, doloroso, de Kustos saliendo de allí ¡puf! con su
máquina del tiempo/espacio y yendo derecho, ya en el presente, a la casa de la fabricante, quien lo acusa de
haber hecho trampa y haber querido ir más de una vez, lo que él niega rabiosamente, y cuando la mujer lo
echa rudamente de su casa él, oh destino inevitable y todo eso, se pregunta, se pregunta, se responde, duda,
cae en la tentación (desde luego) y saca la máquina y la frota y ¡puf!, de regreso a Mongolia en el 3’111,094
a.C., y otra vez está en el campo lleno, aunque él está en otro sitio de aquel que ocupó la primera vez, acaso
en virtud de la ley de la impenetrabilidad de la materia, y esto explica que todos los Kustos estén uno al lado
del otro y no aparezcan exactamente en el mismo punto, pero también quiere decir (para empezar) que el
SITIO DE ABSOLUTA PAZ está completamente arruinado, entonces y para siempre…
—Y todas las otras veces que he ido ha sido igual. Siempre está lleno, retacado, ¡de hecho huele
mal! Y es un escándalo, gritos, lamentos, golpes… Cuando nos hayamos ido todos, porque supongo que
alguna vez dejaré de estar yendo, aunque sea cuando me muera, va a haber una de basura ahí… Pero la
verdad otra cosa me preocupa más, y es precisamente que no sé si ahora tengo que hacer todas las visitas
que faltan para que yo mismo sea esa multitud… A lo mejor de veras voy a tener que estar haciéndolo hasta
que me muera, cada poco tiempo sin importar qué esté haciendo, para que no…
—¿Para que no qué?
—¿Nunca ha leído una novela de ciencia ficción? —pregunta Kustos, alterado, y es un error
porque el proctólogo es su amigo y todo, pero resiente (como ya se ha sugerido) esa clase de comentarios.
Es necesario deshacerse en disculpas durante un rato. Es necesario no hablar más del asunto del
campo de Mongolia en una tarde del remoto pasado, lleno de copias de Horacio Kustos, que Horacio
Kustos visita (se ha vuelto adicto) varias veces cada día, siempre para encontrarse igual de rodeado por
Horacio Kustos y Horacio Kustos y Horacio Kustos de aquí hasta el infinito, siempre para esperar a que se
vayan todos los demás y quedarse solo otra vez, pero nadie se va, nadie se va jamás, y pasan horas y nadie se
va, y Kustos se tiene que ir pero antes se pregunta…
Pero esto no lo dice, repetimos, y además suena el intercomunicador en el escritorio de su amigo:
—Doctor Molinar, ya llegó su cita de las cinco —y entonces Kustos siente pena por hacerlo perder
el tiempo, por ocupar también ese otro espacio, porque últimamente se siente como si él mismo fuera esos
muchos que va a visitar varias veces al día, como si arrastrara a todos esos fantasmas, y entonces saca de su
bolsillo el par de tuerquitas y (oh dolor y sufrimiento) lo frota y ¡puf!