el perro

La revista online

Self-righteous bastards

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Llegaron a mi casa casi todas las personas que he ofendido en mi vida. Me dijeron que habían formado una asociación o algo así, se habían

 

organizado para venir a cobrar retribución de la única persona que podía otorgarla. Era una fila bien grande que terminaba a media cuadra del edificio donde vivo.

organizado para venir a cobrar retribución de la única persona que podía otorgarla. Era una fila bien grande que terminaba a media cuadra del edificio donde vivo.

Las primeras juntas se habían cocinado en un cuarto de azotea después de una fiesta donde abrí la boca de más, como siempre, y les solté a tres hermanos que su música era poco convincente, renga. Me rebasa la idea de que alguien pueda guardar ese tipo de rencor por una observación estética. Una guitarrita solemne, una partitura épica que insistía en un clímax mentiroso, innecesario. Esa letra de amor narciso y barato me daban la razón: pierden su tiempo, esa bandita es un despropósito. Al principio se reunieron para  reírse de mí y para seguir escuchando el grupete ese de rocksito barato,  pero  al desdeñar mi opinión se daban cuenta de que iba cobrando cada vez importancia. Como un tufo ilocaliza- ble, la apreciación sobrevolaba el aparato de sonido hasta que ninguno de los tres la pudo obviar. El riff de la guitarra, efectivamente era solemne y resultaba obvio que aquél hombre que cantaba  como levantando una espadita de cartón se quería mucho más a sí mismo que a la musa. Un

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Space Invaders

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Alguna vez esto fue todo para mí. Sin ser nostálgico, dejo atrás la culpabilidad sin ritmo y los ensayos de una vida acomodaticia que no recuperará la intensidad interactiva de nuestra euforia inicial.
Sí, la primera vez. ¿Recuerdas? Tú y yo sentados en el sofá. La curiosa habitación roja que ahora
mismo intentas olvidar. Yo recuerdo bien ese día: Tus polaroids de chica (in)feliz sobre el buró, mis trece
años en un puño y una canción de Blondie que nos uniría en una mala copia de los pasitos new wave que
veíamos juntos cada sábado en American Bandstand.
Your hair is beautiful tonight, dije.
Memories can´t wait, contestaste.
No hay secretos en este juego. Todo es tan sencillo, decías. Disparar a quemarropa y desplegarse
hacia otra dirección con el orgullo adolescente intacto. Cuestión de apuntar el cañón y acertar. Espera, ya
casi lo tengo. Tú y tu abrazo calamar. Los errores de novato y tu risa pequeñita. Sí, esto no era Lemon
Popsicle.
Dos vidas, otro intento cangrejo.
Tú eres quien falla, no yo.
Amar lo extraño que parece cercano, la tensión sexual que provoca esa conexión de chico y chica en
los suburbios de una city cualquiera. Woo-hah! Got them all in check! Soy un héroe, el botón que dispara tus
insultos mata-marcianos. Tras un golpe de suerte, la posibilidad del hi-score por la caída exponencial de
esos enemigos alienígenas que, en su concepción original, eran tan parecidos a nosotros. Matar o morir,
aprender a esquivar y engañar como si viviéramos en Shibuya 1980.
Una vida, last chance to score (again).
Estéreos y alarmas, pulso infame en el sector inferior de nuestra relación. Nuestra vida monocromática
ya no daba para más, yo intuía la próxima derrota, sin escudos cósmicos que nos defendieran de la rutina
que arruina y que nos convierte en polvo en medio del ruido. Maldita monotonía de 8 bits y bleeps.
Adiós a la partida perfecta. Ya no éramos los mismos, en nuestras manos se podían observar los
estigmas de la diversión y nuestra mente pugnaba a destiempo más concentración, horas de dedicación,
algo de empeño para lograr establecer un nombre y un puntaje en el top de un corazón manipulador.
¿Transfiguración o madurez? No lo sé, si quería salvar lo nuestro tendría que cambiar de estrategia,
entender la lógica de tu evolución, creer en cualquier otra cosa. No lo logré, eras tan absorbente como un
pulpo que ni desmaterializar el ovni rojo me salvaría de años de depresión. Desconsolado, tras tu partida,
tiré la consola.
Ahora, muchos años después, vuelvo a jugar en línea Space Invaders e intento disfrutar la experiencia
con cierto abandono. Ni modo, la vida sigue siendo injusta: casi siempre obtengo como resultado un
“Game over. Insert another coin”.

Sísifo en el baño

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Primer ritual del día: Amanece.
Aún somos de la noche, su greda todavía,
recobramos las facciones, alfareros de nosotros mismos,
el día nos libera las manos para rehacer los rostros.
Apartamos de los ojos el aserrín del olvido, su tibieza,
la dulce mortaja de la almohada, su huella,
y frente al espejo, adivinos adivinados,
nos tomamos del nacimiento para aflojar,
desde la cintura,
el turbio material de los sueños,
bendita,
lenta agua del entendimiento,
su ruido nos despierta a nosotros mismos,
nos emblanquece la mirada
para ver en las espumas
al lunes ciudadano, su temible magisterio,
por el que navegamos, mareados.
Adentro de todos los santos días, nuestro cuerpo,
y afuera también del mismo
este otro día más nos envuelve, severo.

La soledad

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—Las “máquinas del tiempo” —dice Horacio Kustos— no son…
—¿No son qué?
—No son eso. No exactamente. No me pida que le explique, no sé: las hace esta mujer que le digo, y
sólo ella puede hacerlas, y las da a quien ella quiere una vez que se han contestado las 17 preguntas. Que, de
una vez le digo, son distintas para cada persona.
—No entiendo.
—Huy, pues espérese. Eso no es nada.
El proctólogo, sentado aún tras su escritorio, levanta una ceja. Pero el gesto es más para complacer a
Kustos que para indicar un asombro verdadero: los dos son amigos desde hace mucho tiempo. (La historia
de cómo se conocieron se tendría que contar en un volumen de varios centenares de páginas, así que no la
intentaremos aquí.)
—Ella, la mujer —dice Kustos— me dio la máquina, que en mi caso… —y hace una pausa larga y
deliberada, pero el proctólogo sigue en silencio— ¿Ya sabía que también es distinta cada una?
El hombre le sonríe.
—Bueno —dice Kustos—. Eh… Me dio la máquina, que en mi caso era un par de tuerquitas,
chiquitas, así, pegadas. Y yo la frotaba, como lámpara, y entonces me llevaba a un SITIO DE ABSOLUTA
PAZ…
—¿Qué es eso? —pregunta el proctólogo, quien más tarde (mucho más tarde) dirá que pudo
escuchar las versales y las mayúsculas.
—El SITIO DE ABSOLUTA PAZ es también un momento preciso: un instante en el mundo. Ya ve
que el espacio no se puede desligar del tiempo…
—¿Qué?
—El ir a ese lugar era ¡puf!, ir también a esa época. A ese momento. Siempre.
—¿Cuál?
—En mi caso, una porción de desierto relativamente cerca de donde ahora está la ciudad de Ulan
Bator, la capital de Mongolia…
—¿De dónde?
—Cómo, Francisco, ¿no conoce Mongolia?
Aquí tiene lugar media hora de consideraciones varias alrededor de la importancia de la geografía,
puntuada por protestas varias del proctólogo. Al cabo, éste se impone a los largos parlamentos de Kustos (lo
logra un poco a gritos) y acaba por decir:
—Así que… le repito. Era una expresión de sorpresa. Y no, no he ido jamás a Mongolia, aunque me
encantaría ir, claro.
—Está bien —responde Kustos.
Pausa incómoda.
—Me decía —dice el proctólogo.
—Ah, sí, bueno. La primera vez que fui, froté la lámpara, digo, la máquina, y ¡puf!, como le decía,
llegué a relativamente cerca de Ulan Bator, Mongolia, pero en el año 3’111,094 antes de Cristo. Según mis
cálculos debe ser como… el 8, el 9 de junio, a las 6:48 de la tarde… Más o menos.
»Y no sabe qué paz. Qué tranquilidad. Qué quietud. Era como algo vivo. La calma. Se sentía que
algo me estaba tocando. Que estaba en todas partes. Y no había nada ni nadie. No soplaba el viento. Aquello
era una planicie absolutamente lisa, gris, así, vacía, que iba más allá de donde alcanzaba mi vista porque
después de cierto tiempo iba cambiando de color, poquito a poco, y se confundía con el cielo, que era entre
azul y gris oscuro y violeta en el extremo opuesto… Era como un cuadro de… no, más que un cuadro. De
verdad no tiene idea. Dicen que a cada persona le toca en la vida un momento de paz o de plenitud, pero que
en general no se da cuenta cuando pasa y toda la vida se le va en recordarlo cuando ya pasó…
—Eso es cierto —dice el proctólogo.
—Sí, pero usted lo leyó en un libro de autoayuda o algo así. Esto es de verdad.
—Oiga…
—La máquina —prosigue Kustos, sin hacer caso de su amigo— se debe usar sólo una vez, así me
dijo ella. Sólo una vez para llegar al SITIO DE ABSOLUTA PAZ correspondiente y estar allí y disfrutarlo. Y
luego irse. Para no volver. Uno no regresa, me dijo ella, pero cuando llega, llega a sabiendas. Puede relajarse.
Puede estar seguro de que ese momento y ese lugar son sólo de uno, y son de veras de paz y…
Pausa dramática, que el proctólogo entiende como tal, por lo que pregunta:
—¿Y qué pasó?
—Pasó que pasaron unos diez segundos, maravilla de segundos, yo como en éxtasis…, no sabe qué
cosa, qué aire tan puro… Ay, aquello del tiempo feliz en la desgracia…
Al proctólogo no le gusta leer así que no capta la referencia.
—Después de esos diez segundos —sigue Kustos—, que parpadeo… Cierro los ojos, los abro… Y
que cuando abro otra vez los ojos el campo está lleno…
—¿Lleno de qué?
—¡Lleno de mí! ¡De un montón, de miles, de miles y miles, de no sé cuántos que eran yo! Yo con
otras ropas, a veces mucho más viejo, a veces no tanto, con el pelo pintado, con mochila al hombro, con…
Había uno con unas heridas horribles… Había otro con un par de alas de murciélago… Miles y miles y miles
y miles y miles y miles de veces yo, Horacio Kustos hasta donde alcanzaba la vista, y yo rodeado de ellos, de
mí, a donde quiera que volteara…
—¿Pero cómo?
—Primero me les quedé viendo, así como con horror, pánico, vértigo… Luego no sé qué me dio y
me metí entre ellos, no sé en qué dirección caminé, y algunos me hablaban, y otros me evitaban, y uno me
quiso golpear y otro sacó una pistola y me tropecé con dos, y me caí en un hoyo que otro estaba excavando,
y uno más se estaba quejando a gritos de que no había un baño en diez mil kilómetros o tres millones de
años, y había uno viejo, viejo, viejo que estaba tosiendo horriblemente…
El proctólogo va a decir que todo eso es ridículo.
No puede hacerlo porque sigue un recuento largo, doloroso, de Kustos saliendo de allí ¡puf! con su
máquina del tiempo/espacio y yendo derecho, ya en el presente, a la casa de la fabricante, quien lo acusa de
haber hecho trampa y haber querido ir más de una vez, lo que él niega rabiosamente, y cuando la mujer lo
echa rudamente de su casa él, oh destino inevitable y todo eso, se pregunta, se pregunta, se responde, duda,
cae en la tentación (desde luego) y saca la máquina y la frota y ¡puf!, de regreso a Mongolia en el 3’111,094
a.C., y otra vez está en el campo lleno, aunque él está en otro sitio de aquel que ocupó la primera vez, acaso
en virtud de la ley de la impenetrabilidad de la materia, y esto explica que todos los Kustos estén uno al lado
del otro y no aparezcan exactamente en el mismo punto, pero también quiere decir (para empezar) que el
SITIO DE ABSOLUTA PAZ está completamente arruinado, entonces y para siempre…
—Y todas las otras veces que he ido ha sido igual. Siempre está lleno, retacado, ¡de hecho huele
mal! Y es un escándalo, gritos, lamentos, golpes… Cuando nos hayamos ido todos, porque supongo que
alguna vez dejaré de estar yendo, aunque sea cuando me muera, va a haber una de basura ahí… Pero la
verdad otra cosa me preocupa más, y es precisamente que no sé si ahora tengo que hacer todas las visitas
que faltan para que yo mismo sea esa multitud… A lo mejor de veras voy a tener que estar haciéndolo hasta
que me muera, cada poco tiempo sin importar qué esté haciendo, para que no…
—¿Para que no qué?
—¿Nunca ha leído una novela de ciencia ficción? —pregunta Kustos, alterado, y es un error
porque el proctólogo es su amigo y todo, pero resiente (como ya se ha sugerido) esa clase de comentarios.
Es necesario deshacerse en disculpas durante un rato. Es necesario no hablar más del asunto del
campo de Mongolia en una tarde del remoto pasado, lleno de copias de Horacio Kustos, que Horacio
Kustos visita (se ha vuelto adicto) varias veces cada día, siempre para encontrarse igual de rodeado por
Horacio Kustos y Horacio Kustos y Horacio Kustos de aquí hasta el infinito, siempre para esperar a que se
vayan todos los demás y quedarse solo otra vez, pero nadie se va, nadie se va jamás, y pasan horas y nadie se
va, y Kustos se tiene que ir pero antes se pregunta…
Pero esto no lo dice, repetimos, y además suena el intercomunicador en el escritorio de su amigo:
—Doctor Molinar, ya llegó su cita de las cinco —y entonces Kustos siente pena por hacerlo perder
el tiempo, por ocupar también ese otro espacio, porque últimamente se siente como si él mismo fuera esos
muchos que va a visitar varias veces al día, como si arrastrara a todos esos fantasmas, y entonces saca de su
bolsillo el par de tuerquitas y (oh dolor y sufrimiento) lo frota y ¡puf!

Tipografías de caballo muerto Juan Álvarez

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Me fui a vivir a un caballo muerto. Hallé que había bastante espacio allá dentro, poco ruido, las
molestias apenas de su descomposición. Sin corazón
bombeando rítmico ni estridencias en fuga de intestinos
operando. Sin riñones funcionales, sin hígado. Poco o
nada. Todo tranquilo y muerto. Todo en silencio allí
dentro por fin, me dije, y me metí.
Entré por rígidas mandíbulas e instalé muebles.
Venía de una separación. Deambulaba y me lo encontré y
me regresé y traje las cosas. Listo.
Había espacio de sobra. La comida no faltaba.
Podía ir devorando los órganos rancios del caballo
muerto. A medida que avanzaba su proceso de corrupción
empezaban a acompañarme gusanos, larvas,
insectos y otros animalejos variaciones de la dieta. Sin
quejas, tan contento con mi caballo muerto.
Al cabo de una semana el despojo se fue
hinchando, con lo que aumentó el espacio interior y junto
a éste mi dicha. Dos semanas más y hubo tanto espacio
libre que pude hacer una fiesta para mis compañeros de
trabajo. Aquello fue un éxito. Mis compañeros se
pasearon asombrados por las amplias cavidades
interiores, comieron hígado pútrido y trozos escogidos
de las partes blandas de pulmones. Terminaron divirtiéndose
y felicitándome por mi inmejorable adquisición.
Tan retirado, tan altos los techos, tan distinto a vivir
dentro de un perro. ¡Y la comida!
Pero mi caballo apestaba. Un día, libreta en
mano de márgenes rojas, el edil pasó por ahí cerca y el
mal olor le golpeó sus narices delicadas. Vino hasta mí,
caballo muerto, y le dijo al aire de los esbirros que
andaban detrás suyo, ¡Tiren esta basura a la fosa común!
Se llevaron el caballo conmigo adentro, lo que no me
importó demasiado porque ya no quedaba mucho de
carne y músculos originales. Apenas piel y huesos.
La fosa común fue bendición. Estaba llena de
otros caballos muertos en diferentes estados de descomposición.
Mudé mi casa y dejé atrás la gastada osamenta
de mi hallazgo original. De nuevo había espacio de sobra
y abundante alimento. Hice otra fiesta y todos mis
compañeros exclamaron: ¡Pero si esto es un palacete! Se
trajeron a sus esposas y a sus niños y vinieron a vivir
conmigo en la fosa común. Cada uno, eso sí, dueño de su
propio caballo muerto.
La vida continuó su curso normal. Los niños
iban por la mañana a la escuela y los adultos al trabajo.
Por las tardes las criaturas jugaban a las escondidas o a
los pistoleros o a lo que les diera la gana jugar, y los
adultos nos sentábamos en torno a una botella, para
hablar de política y apostar dinero en las cartas y
soltarnos una que otra broma o uno que otro insulto,
rodeados de osamentas purpúreas y órganos disgregados.
Por aquel entonces apareció el intruso del
escritorio macizo. Traía consigo un cartapacio de papeles
apilados bajo el abrigo negro y el mesón ese y desperdiciaba
el día entero garabateando sobre las hojas sucias
que se le atravesaban y que él levantaba entre sus manos
como con devoción, espacio sagrado, zsss, una pesadilla,
todo el ruido que hacía. Un día en foto de diario le vimos
la cara. Y en nota al margen descripción de estilo: letra de
tensiones que retan la lógica; imaginario profundo;
fuerza de sintaxis apretada, tan abstracto, tan difícil, tan
deliberadamente ambiguo, echando mano de simbología
y mitología clásicas, uy, así, que daba mareo. Ese día tras
la foto pública revisamos, eso sí, que no estuviera
escribiendo de nosotros. Leímos y lo que vimos fue mera
pirueta tipográfica. Páginas que eran puro adornito suyo,
así que, pobre diablo, lo dejamos en paz. Lo que allí
sobraba eran caballos muertos donde guarecer. No era
como para poner al acróbata a trastear con semejante
mesón.
Pero un día el mismo edil pasó cerca de la fosa y
el mal olor de tantos cadáveres podridos le llenó la nariz
de lágrimas. ¡¿Qué pasa?!, gritó furioso, ¡Incineren toda
esta porquería! Quieto, le dijimos, Aquí vive gente, pero
él no quiso creernos. Lo invitamos a visitar nuestras
moradas. Se rehusó aduciendo razones de seguridad
higiénica. Somos felices dentro de esos caballos muertos,
le dijimos. Él arrugó la nariz, abrió su libretica miserable
de márgenes rojas, chuleó algo allí y murmuró Focos
infecciosos y se marchó.
Vinieron entonces los soldados. Cada uno
cargaba su caneca de gasolina. Solamente yo y el intruso
del escritorio macizo corrimos a salirnos. Él corrió sin
echar vista atrás y hasta desaparecer en el horizonte
centellante, agarrando fuerte sus papeles estúpidos que
se le iban regando uno a uno, como otra estela de
podredumbre. Yo alcancé la acera y me detuve y volteé a
mirar. Los observé mientras rociaban el líquido sobre los
cadáveres descompuestos de los animales, sobre los
huesos y las larvas de las moscas vivaces, sobre las pieles
secas y los gusanos gordos como antebrazos, sobre toda
esa gente que mañana ya no iría a trabajar y que no le
daba la gana dejar sus hogares. Les gustaba allí, bajo el
cobijo de los gases tibios de un centenar de caballos
putrefactos.
Vi el mundo arder cuando los soldados
arrojaron sus fósforos livianos sobre toda esa gasolina.
Las cuatro criaturas de mi caballo vecino estaban allí. Le
grité a su padre que los dejará salir porque los muchachitos
aceleraban los piecitos con ánimo de correr, pero él
nada, más fuerte que los agarraba entre sus brazos. Las
tres hembras y el varoncito agitando sus extremidades
inflamadas, gritando porque les dolía, y sus cabellos se
incendiaban, y sus ojos y sus pequeños vientres también.
Lanzaron después un par de granadas al hoyo
humeante. Todos aquellos pedazos de carne chamuscada
saltaron por los aires, como confeti de fiesta, hasta caer
en mancha casi ordenada sobre la estela abandonada de
hojas borroneadas del acróbata. Me senté en el piso y me
puse a llorar. Veía esas páginas cargadas de tinta y carne y
los estertores de un vómito asquiento me torcían el
estómago. Me iba secando. Los ojos me ardían. Ahora a
buscarme otro espacio, me dije, y me puse de pie y
empecé a caminar.
Ya tengo vistos otro par de cadáveres. No me he
decidido a mudar muebles porque antes quiero asegurarme
de reunir lo de la disecada. Estaba vez me mudo para
siempre, caballo muerto que no huela.

Nombre:____

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a Rocío y Jorge
Cantamos en la dirección equivocada.
[ I ]
Un acorde mutilado
ahí en el tiempo donde está quebrado el tiempo crecerá una flor que
atravesará las cinco líneas. Al querer leerla, el solista equivocará la partitura.
La batuta al suelo y aparecerás sentada en primera fila.
(Alguien, de la orquesta o del público,
te habrá llamado en secreto.)
[ II ]
Tu ruido enlazado a un acorde desconocido
Tentó al pasto a volverse polvo.
Y tu ruido abrazado fuerte a la cama
Fue el silencio del resto de los días.
Y el silencio del mundo ya sin días,
Ya sin camas ni acordes,
Cantó tu nombre.
[ III ]
Estás, olvido, en el ausente pensamiento de quien mira la tormenta.
Estás en el aire que es cualquier sonido y cualquier aroma.
Estás perdido.
Crees que es un recuerdo, un pensamiento.
Pero ella no es más que pura divagación.
No lleva a ninguna parte.
[ IV ]
…deberían llamarse el bosque y el aire que lo cubre todo por las mañanas. La
densa niebla que se forma arriba de los árboles, y el susurro que tiembla entre
las ramas y las hierbas.
Ojalá viajaras con la luz, como el viento.
Ojalá la luz fuera la sustancia.
…y los pueblos se iluminarán con nombrarte.
Los perdidos encontrarán la vereda
sin más ayuda que la palabra.
Hágase la luz: y de algún modo tú ya estabas aquí desde antes del primer día.

Paredes blancas

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Denis ya tenía 20 años cuando conseguimos aquella habitación con lugar
para dos pequeñas camas, un clóset y la tele. Había que ver la excitación Dcon que avanzamos por primera vez en ese cuartito de paredes blancas y
cajones desocupados. Ese lugar sería nuestro espacio, donde ocurriría el
futuro.
Como una artista conceptual hubiera tratado la sala de un centro
comercial, Denis transformó la habitación en su más elaborada creación. De
las paredes colgaban tarjetas multiformes de amistad y felicitación; Japi
berdei tu yu decía la más grande, impresa en chillantes tonos. En la mesa de la
tele, la tele de Denis, casi siempre sintonizada en el canal de Denis, descansaba
la foto que Denis se hizo en Acapulco con aquel tipo que la sorprendió
enviándole un boleto de avión a su trabajo. En el espejo del clóset, fotos
infantiles y pasaporte de Denis, además de su vieja credencial de la prepa. El
clóset era la creación más cara para Denis. Llena de orgullo, cada vez empujaba
con más fuerza para meter un gancho nuevo. Pero era su cama lo que
resumía el carácter de su creación. Muñecos de peluche y tela: osos, vacas,
corazones, muñecas, borregos y otros se sucedían sobre su colcha. Ella los
recibía en cualquier ocasión: su cumpleaños, el día del amor, de la secretaria,
del estudiante, de la mujer… La ocasión real eran sus hermosos ojos, su
seductor cuerpo.
Mi parte de la recámara no tenía asideros: una pila de cedés, litografías
o libros reales. Ni orden ni desorden dignos de destinar más palabra.
Denis desbordó el espacio.
Un tiempo viví dócil, tangente de su performance. Pero luego quise
entrar. Un día cualquiera, le regalé una linda muñeca de trapo para su ejército,
para que me tuviera en su colección. Pero Denis se deshizo de ella.
Yo vivía en su espacio, pero no en ella.
Cada noche contemplaba su espalda, apenas cubierta por una camiseta
de tirantitos, su largo cuello, a veces perlado, a veces seco, su silueta y las
decenas de muñecos sonrientes con los ojos permanentemente abiertos. Lo
que veía era ella, lo que oía era su respiración, su voz sensualmente ronca por
las mañanas, lo que olía era su champú, su perfume. Y nada más, porque mi
piel no la sentía. Y nada más, porque ella no me veía.
Como fantasma saqué de nuestro clóset algunas ropas de ella, tomé sus
sombras y labiales, sus perfumes y collares, sus mascadas y zapatos para
tratar de ser un poco lo que ella era. Pero mis piernas lucían tan pobremente
flacas, tan enfermamente blancas saliendo de su minúscula faldita… El
patético espectáculo de mi fallida caracterización me golpeó con tal fuerza
que debí sentarme, y lo hice en la cama de Denis, encima de su legión de
personajitos. La suavidad del
peluche tocó mi cuerpo y yo quise
pensar que ella misma lo había
hecho.
Tomé con mi mano izquierda
un duendecillo de unos 15 centímetros
de alto y me encogí con él entre
las rodillas. Comencé a pasearlo por
mis piernas. Además de suave, pude
sentirlo cálido. Quise esa caricia en
toda mi piel y me despojé de la ropa
de Denis y de la mía. Me lancé sobre
la colcha poblada de peluches y me
froté contra decenas de cabecitas,
bracitos y piernitas que ahora me
acariciaban la espalda, el pecho, las
nalgas, las piernas, la nuca con
verdadera suavidad, con verdadera
fuerza. Llevé al duendecillo a mi
entrepierna, nunca antes tan húmeda.
Sentí electricidad desplazándose
por mis extremidades, nunca antes
con tal magnitud.
Quise seguir. Seguí.
Apenas con fuerza me metí
en su cama y me quedé dormida.
Tres semanas después de la
mañana en que Denis amaneció en
mi cama, entré a nuestro cuarto y vi
la tele en el suelo y varias cajas
etiquetadas: papeles, ropa, muñecos.
Denis había empacado su espacio
para llevarlo a otra parte. Había que
ver la ansiedad con que contemplaba
esas paredes otra vez blancas, esos
cajones a medio ocupar. Ese lugar
había sido el espacio de Denis pero
de pronto se convirtió en vacío. El
futuro jamás ocurriría ahí.

Escenas de la carrera espacial Paloma Duong.

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31 de octubre, 1957. Dr. G trae un trajecito en la mano. Hecho a la medida. A Ella le va a encantar. Un 3pañito, una pizca de alcohol, y ya reluce la esfera de vidrio que lo corona. Dr. G se permite una travesura,
se la prueba pero no le pasa de las orejas, unos lóbulos amorfos que ya asoman el vello gris de la edad.
Parece una bombilla fundida y se ríe frente al espejo. A él ya no le tocará viajar al más allá ceñido de laureles.
Quizá a los niños que ahora pintan cohetes en vez de aviones. A ellos sí. Para ellos se trabaja. Se quita
rápidamente la bola de cristal de la cabeza y practica la mueca adusta, la sonrisa exacta, que saldrá en los
titulares. Faltan tres días para el gran aniversario pero hay que agilizar los preparativos. “¡Cuarenta años de
triunfos! Pero nuestro pueblo es vil y se regodea en inventariar lo adverso. Aquí construimos un vivero de
héroes para que no se le olvide a nadie hacia donde vamos”. El dedo índice, erecto, cierra el ensayo del
orador. Se acomoda el collar de la bata con satisfacción y abre la jaula. Ella parece sonreírle.
Una
casita nueva.
3 de noviembre, 1957. Las banderitas ondulan. Las cámaras se miran nerviosas. Sputnik II se pavonea ante
la multitud. Es más espléndido que I y lo sabe. Ave Sputnik, lleno eres de gracia, benedictus fructus ventris
tui. Los niños del Dr. Y también han venido a despedirse. Desde hace tres días se jactan en la escuela de
haberla tocado a Ella. Tuvieron la precaución de conservar en una cajita algunos cabellos como reliquia. Por
cinco centavos, chicos y chicas podían examinarlos durante el recreo. La pequeña del Dr. Y no se había
lavado la mejilla izquierda desde entonces, donde un hedor dulzón a pescado le recordaba el goce de aquella
lamida. Una lengua áspera, cálida, que milímetro a milímetro le había rozado la piel desde el borde de la
mandíbula hasta el pómulo rosado. Nunca había experimentado tal deleite sensorial. La niña había apretado
los muslos. Se había mordido ligeramente el labio inferior. Por un momento, pensó en devolverle la lamida,
a Ella. Pero justo entonces su padre anunció el término de la visita. Igual, se sintió escogida desde entonces.
Hora de la inmolación. Hora de héroes. ¿Cuándo vuelve? ¿Puede vivir con nosotros al retorno? Dr. Y, un
hombre simple, disfruta adivinar los últimos deseos de los condenados. Mira a los chicos que ahora juegan a
encuadrar el evento con una Polaroid rota. Se enorgullece de las hazañas que sus hijos aún ni imaginan
protagonizar. Corre a estrecharle la mano a G para una foto histórica. Ríen. Ella desaparece tras la puertita.
diez, nueve, ocho, siete, seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno, cero. Chicos, chicas. Me quieren
porque los mimo. Mueven las manitas cuando están felices. Abren los ojos. Hacen
aspavientos como queriendo hablar. Aire. No hay más aire. Calor. Pánico.
Tun, pausa, pausa, tun, pausa, tun, tun, tuntuntuntun,
tuntuntuntuntuntuntuntuntuntuntuntun. Niños,
¿a dónde van? ¿Por qué se alejan?
Juguemos de nuevo.
Los espero aquí.
En la casita
nueva.

Busco pareja

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arde o temprano T en la vida de todos los seres humanos, al menos de todos los que usan calcetines, se cruza una pregunta en apariencia trivial pero inquietante: ¿Dónde demonios están las parejas de estos calcetines? La
pregunta emerge una mañana cualquiera al posar la mirada en ese rincón de la gaveta en el que se han ido apiñando, sin
su contraparte, una decena de ellos.
Un par de meses atrás, con un racimo de medias solitarias en la mano, mi curiosidad por este misterio casero
se despertó. No sospeché que se trataba de una experiencia humana universal como enamorarse o preguntar qué
sucede al morir. A lo largo de ese día y los siguientes intenté una respuesta razonable. Aún no la encuentro. Pregunté
entre amigos. Todos reconocieron el problema y ninguno supo explicarlo. Investigué. Aquí algunas cosas que vale la
pena reseñar.
1. Existe una Agencia de Calcetines Perdidos (en inglés The Bureau of Missing Socks, http://funbureau.com). Según sus
promotores: “los ovnis, el monstruo del Lago Ness y el Yeti son pura especulación, pero la desaparición de calcetines es
un hecho probado”.
2. Hace dos años en Yahoo Respuestas se inauguró un foro sobre el asunto. Un tal mbd5753 respondió “Se van al estomago
de la lavadora, que se los come”, Waleska dice: “pues yo pienso que luego salen”. Con buen humor Taitapop agregó: “Se
van a una buena disco a saltar en una pata, a la hora de divertirse no lo hacen a “medias”.
3. Entre los desagradables suburbios de los blogs cursis y mal escritos, el asunto de los calcetines se ha convertido en
leitmotiv. Sandra Carrasco, de Santiago de Chile, nacida el año zodiacal del perro, posteó el 25 de abril de 2005: “Hay un
misterio que se produce desde que te sacas los calcetines y los llevas a la ropa sucia hasta que se recogen del tendedero,
que pasará en todo ese trayecto?, yo les he hecho el seguimiento y les juro que no ha pasado nada, se mantienen todos
juntitos y ordenaditos, pero basta que me descuide para que se esfumen!!”.
4. Es asombroso como perturban los blogs a ciertas personas. Un lector escribió este comentario bajo la nota de Carrasco:
“Con harta malicia te pregunto: ¿No será querida Sandra, que has succionado demasiados calcetines en tu vida, y a
medida que los succionabas con tu boca y tu lengua, en patas ajenas, iban desapareciendo los tuyos? Porque a cada uno le
sucede lo que se merece. O no? Ya esta altura de tus relatos esperábamos que sólo usaras medias con ligas y encaje de esas
que sólo desparecen porque un buen mino te los arranca a polvos… Pero bue, todos tenemos nuestros demonios domésticos.
Un besito a pata pelaa comiendo empanaa. Chaooooo”.
5. También en la Frikipedia el tema ha recibido atención (www.frikipedia.es). La explicación, pese a lo ligera, tiene valor
por sumarse a los testimonios de quienes padecen la pérdida de calcetines. “Según la física cuántica, en el proceso de
centrifugado del lavarropas se produce lo que conoce como una singularidad espacial llamada Agujero Negro debido al
movimiento a gran velocidad que hace el tambor del electrodoméstico, y es por aquí que desaparecen los calcetines”.
6. Encontré esta propuesta de un pragmático: “¿Con cuántos calcetines impares te quedaste? ¡Usa los calcetines como
títeres e inventa un cuentito sobre los calcetines extraviados!”
Qué tal que este asunto de los calcetines que se pierden sea el indicio más claro de que al espacio no lo gobiernan las leyes que
formularon Newton, Galileo, Einstein y de ahí para atrás hasta Leucipo y Demócrito. Qué tal que los calcetines
sobrevivientes sea la prueba más a mano de la existencia de otro espacio que hace bisagra con este que ocupamos.
Pienso en espacios que no vemos. Del mismo modo que nuestros oídos sólo perciben una fracción del espectro de
frecuencias sonoras y los ojos sólo capturan un rango de luz, también podría ser que esos otros espacios burlen
nuestros cinco sentidos.
¿Por qué desaparecen calcetines y no hermanos gemelos que anda por ahí como parejas de calcetines? Eso ya
es metafísica de los calcetines II.

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Acabo de recibir en el celular una nueva foto suya. Por las paredes de madera y las viejas postales
en sepia del fondo, asumo que ella debe estar en
un bar y eso lo confirma la siguiente imagen, dos
minutos después, en la que levanta un pisco sour con
la mano. Me quedo viéndola. No sonríe, su mirada es
triste como la de un perro bóxer. Odio este juego
suyo de mandar fotitos. Altera mi salud. Me explico.
Selena dejó de hablarme el día que la llamé puta
anorgásmica delante de una nutrida cantidad de amigos
en común, en una fiesta de bocaditos finos y chicas
guapas. Ese día le vino una crisis nerviosa, sus
amigas la socorrieron mirándome con sincero rencor
y nunca más volvió a contestarme el teléfono. A las
dos semanas la extrañaba mucho, así que llamé a su
mejor amiga para preguntarle por ella. “Déjala en
paz, Sele te odia”, me dijo Teresa para luego rematar:
“y yo también”. La solidaridad de género funciona
de maravilla entre las limeñas emancipadas,
nunca la pongas a prueba. Me deprimí. Deprimirse
–ojo– es distinto que arrepentirse: todavía tenía muy
frescas las imágenes de la fiesta del Country adonde
la invitaron ese día fatal (“voy con Tere”) y a la que
yo no podía acompañarla porque ya sabes, gatito,
“quiero mi espacio”. Miespacio en el caso de Selena
quería decir un carnaval de Río portátil, la danza
loca de su pelo larguísimo y negro y esas pantorrillas
cinceladas por el tango bajo la magia volcánica de
sus ojos negros, los ojos negros de una mujer capaz
de acostarse con alguien y luego decirte “lo hicimos,
sí, pero te juro que no lo besé, gatito”. En fin.
La llamé esa noche de fiesta desde mi
departamento y no me contestó. Insistí, pero nada.
Insistí más. Nada. La gente paranoica como yo sabe
esto: si el timbre del móvil suena dos segundos y
pasa de súbito a la grabación de la voz (si desea deje
su mensaje…), es porque quien está al otro lado de la
línea ha presionado el botón rechazar. Y bueno, en
eso pensaba mientras sostenía el celular en la mano,
así que decidí salir a buscarla. Llegué en taxi al palacio
iluminado, la vaga imitación de un mal cuento de
hadas, ingresé obviando al conserje y vi a Selena con
otro tipo justo en el momento en que ambos, de la
mano, caminaban para la salida bajo esos arcos del
triunfo y esas palmeras petulantes. El chico lucía
feliz. Dios, pensar que allí mismo, bajo esos arcos
blanquísimos como el queso, había caminado el
Duque de Windsor con la chica americana por la que
había renunciado al trono inglés. Cuánto amor hay
en la prehistoria de todas las cosas. Selena me miró
con cara de culo, dejó al galán, se acercó y me dijo:
“¿tenías que venir?”. Miró su celular: “eres un enfermo,
¿sabías?, me has llamado 46 veces”.
Selena llevaba un vestido turquesa que
exhibía la indomable desnudez de su espalda clara.
Sus tacos aguja resonaban con fina violencia contra
el piso de mármol. Ava Gardner también anduvo por
este histórico pasillo, pero dudo que lo hiciera con
tanto aplomo como mi chica. No le reproché nada al
principio. Estaba harto de explicarle que cuando se
iba con otro “es como si frotaras mi corazón contra
un rayador de queso” (ni yo podía creer la espontaneidad
con la que me salió tremenda metáfora, la
cuarta o quinta vez que ella decidió amanecer en otra
cama). No quería discutir, tenía demasiada rabia
para eso. Selena decidió fingir que no pasaba nada y
yo también, fuimos al salón pero, tras unos cuantos
whiskies dobles, la jalé del brazo y le grité frígida
ramera delante de todos y para que todos sepan,
como en el vals. Era demasiado escándalo para un
lugar tan espléndido. Benito, el maître, murmuró
contrariado que eso pasaba por abrir las puertas del
palacio a escritorzuelos y artistas. Cuando a Selena
le dio el ataque, le tomé una foto con mi teléfono
móvil, para mostrársela luego y que se diera cuenta
lo feo que le sentaba una crisis nerviosa. La violencia
no nos era extraña: a las escasas semanas de conocernos
ella había tirado un vaso de cerveza sobre mi
camisa, en público, y cuando en un hostal me pidió
que la golpeara, yo, que no sé medir fuerzas para
saciar trastornos, le di un lapo que la hizo caer de la
cama. Su sangre y el rouge de sus labios parecían provenir
de la misma esencia líquida. Un brochazo
escarlata.
Pero esta vez no me perdonó. Se fue. Así que
nada, decidí olvidar su sonrisa. Tengo un método que
no falla para eso: agrando los retratos del recuerdo en
Fotoshop, los imprimo y me obligo a verlos durante
veinte minutos seguidos, cinco veces al día, sin
hacer ninguna otra cosa. Parece infantil, pero es una
buena forma de hartarte de la cáscara viva de la
mujer que te carcome el coco. El amor es, al fin y al
cabo, el apego desmedido a una combinación de píxeles
demasiado reales, y cuando te das cuenta de que
un píxel no es más que un insignificante cuadradito
de luz, te curas. Pienso patentar el método. Me encerré
en mi estudio para empalagarme de sus fotos, y
todo iba bien hasta que un día, recibí un mensaje en
mi celular. El mensaje era de Selena. En la pantalla
aparecía la foto de un mechón de su larguísimo pelo.
La llamé inmediatamente, pero no contestó ni esa ni
mis siguientes tres llamadas.
Al día siguiente recibí otra foto. Eran sus
pies. Siempre me encantaron sus pies, ya saben, soy
de esos, así que la imagen consiguió perturbarme
todo el día. Luego vino la foto de su gata, una gata
obesa y floja que maullaba histérica si no la cargaban
hasta el segundo piso, incapaz de subir un puto escalón.
Cabello, pies, gata. ¿Era una charada? ¿Tenía
que descifrar algún mensaje? ¿Estaban asesorándola?
Cuando recibí la tercera foto (Selena sentada en
la tasa del baño, desnuda) el asunto dejó de parecerme
un gracioso crucigrama y me enfurecí. Selena
estaba entorpeciendo mi sistema de olvido por saturación
pixélica®. Le envié emails que no tuvieron
respuesta. La busqué en su casa, una casa de techos
altos por la Plaza de la bandera, pero su sirvienta me
dijo que ya no vivía allí. Una noche, recibí una foto
que creí parte de un sueño. Era un castillo azul en
miniatura y en la puerta de entrada estaba Selena con
una minifalda de cuero y un hilo escarlata cayéndole
de la nariz. Llevaba el sombrero de Ava Gardner.
La primera tarde de ese invierno decidí responderle.
¿Cómo? Le mandé la foto del ataque de
nervios de la fiesta. Selena derramaba lágrimas tan
definidas que, aun en la baja resolución de la pantalla
del celular, parecían estalactitas sobre un rostro
de porcelana. Su maquillaje estaba corrido, y se apoyaba
en los hombros de la buena de Teresa. Apreté
send. Selena tardó un poco en responder, pero lo
hizo. Mandó una foto en la que la gata gorda se asomaba
por la ventana de un castillo de cartulina negra.
Como el castillo estaba más cerca del lente, parecía
que la gata diminuta viviera en las amplias habitaciones
de la construcción. Acaso porque esos ojos
decían demasiado sin decir nada, no tuve el valor de
responderle con otra imagen.
La chica siguió con sus jueguitos de papel. A
veces metía en los castillos unicornios de plastilina
con incrustaciones de moscas vivas. A veces recortaba
bestias de cartón en miniatura que, siempre por
efecto de la perspectiva, se introducían cual gigantes
en un paisaje común, digamos, un Starbucks al
mediodía. A veces perdía interés por el arte: me
envió una foto de sí misma bañándose en la tina a las
2,10 de la mañana. Trate de darle vuelta a la página,
despejarme. Había empezado a salir con Melva, una
niña bien con cara de ardilla y ojos grandotes color
miel. Melva despreciaba a Selena, decía que era una
arribista sin estilo. Había nacido en El Olivar, en una
casa antigua que su bisabuela compró en 1921. Odiaba
ir a lugares que no tuvieran valet parking. Le
conté lo de las fotos y me dijo, muy seria, que si yo
quería podía contactarme con el doctor Vigil, su tío,
para que discutiéramos las soluciones legales posibles
en estos casos. Me encanta la forma en que
Melva dice “solución”. Solucionemos esto. Supongo
que tiene que ver con el hecho de vivir entre olivos
de cuatrocientos años que pertenecieron a unos
condes. Los condes, esos sí que sabían cómo solucionarlo
todo.
No acepté el ofrecimiento de Melva, entre
otras cosas porque las fotos que hasta hoy llegan,
cada día, a mi celular, me torturan pero a la vez me
dan esperanza. Digo, algún día se acabarán las imágenes,
algún día ella se cansará de dibujar palacios
de cartulina y volveremos, quien sabe, a la palabra
escrita, a ese lugar de donde nunca debimos salir, y
entonces ella me enviará un mensaje como el de la
primera vez: “hola wapo x) q hcs??”. Y cuando el
celular vibra ahora, mientras tomo un café con Melva,
pienso que quizás ese momento ha llegado. Cojo
el aparato y observo. Selena de pie, sonriente, en una
especie de bar. Sostiene un pisco sour.
–¿Otra foto de tu ex noviecita?
–Parece.
–A ver, dame, presta.
–No creo que…
–Un toque pues, no seas pesado. Dame.
Quiero ver qué pastrulada te mandó ahora. Ja, mírala.
–No la juzgues, está confundida.
–¿Ah sí? No sé que tanto ah, mira, parece
que le gustó la huevadita. Pisco sour en el Bar inglés.
–¿En dónde?
–En el Bar inglés, Mauricio, eso es el Bar
inglés, ¿no ves? —dice mientras suelta una bocanada
de humo, como si lo hubiera dicho no para informarme
sino para que me diera cuenta de algo. Yo no
conozco el Bar inglés. Pero veo la foto de nuevo y
me detengo en las postales en sepia del fondo. Me
son familiares. Melva, tengo que irme.
Llego al palacio en taxi. La imagen es una
señal, pienso, todo volverá a ser como antes. Entro al
vestíbulo, ignoro al conserje y allí está, el Bar inglés
con las fotos sepia del viejo Country al fondo. Veo la
pantalla del celular para tratar de identificar el sitio
exacto. Lo encuentro. El lugar está vacío, pero en la
mesa hay una hoja en blanco. Huele a ella, es un olor
sucio y rico. Volteo la hoja. En el papel, está impresa
en grande la misma foto que he recibido en el celular:
Selena con un pisco sour. La veo con decepción y
pego los ojos para ver si encuentro algo en la impresión
de sus pupilas. Huelo la foto. La gente me mira,
murmuran. Recibo un nuevo mensaje. Es otra foto
suya, obvio. En la imagen, un tipo triste mira una
hoja impresa, de pie en medio del viejo bar del
Country. ¿Quién diablos me tomó esa foto? Miro a
los lados. Es inútil, todos tienen un móvil de cámara.
Hasta el mozo trae uno. Así que me pido un pisco
sour y guardo el teléfono en la solapa, a la izquierda.
Pienso que esto no parará, que recién comienza. Pienso
también en los caprichos de la materia sólida: el
próximo mensaje de píxeles hará vibrar mi corazón.

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