Hasta aquí llegan los barcos de la euforia
y entonces mis gritos te detienen.
Te hablo desde ese otro sitio,
te digo de mi abuelo que en una cantina
perdió la memoria, las ganas de volver a caminar,
la familia.
Debajo de la cama respira un gato
y la enfermedad me persigue con todas sus canciones.
El ruido del baño,
el universo de la comida
que se mezcla dentro de mí.
No es la fiebre quien habla por mi boca:
es ese otro fuego que me crece entre las piernas.
- Autor: Gabriela Aguirre Sánchez
- Publicado: 1 de mayo de 2007.
- Categoría: Número Tres
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Los techos de la casa son altos como la fiebre
- Autor: Alejandro Bellazetin S.
- Publicado: 1 de mayo de 2007.
- Categoría: Número Tres
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¡Ese Manuel!
Me cuenta Manuel que ese día estaba echado en la hueva total, despreocupándose de asuntos ajenos y propios. A medida que iba sacando de su chompeta las piedritas que le impedían relajarse, su vista se estiraba y su cuerpo se iba a lo hondo del sillón. Así estaba cuando timbró el teléfono; sus pupilas apenas reaccionaron. El segundo timbrazo fue más largo y tampoco contestó. Apuntalado en el valemadrismo que regía su vida, miró el aparato con desprecio y jactancia, como a un perro atado que le ladra (Parecido al día que me lo topé la primera vez: se pitorreaba de los policías que no pudieron llevárselo a la Delegación por andar meando en la calle. Tenía palancas: su tío era comandante). ¡Puta madre! refunfuñó cuando le rezumbó el tercer timbrazo. Igual a un hombre que está convale-ciendo, se dobló lento, giró media vuelta sobre sus nalgas, alargó la mano lo más que pudo y alcanzó el teléfono. ¿Sí, diga?… Cuando colgó seguía siendo el mismo, pero ya no se acostó: se quedó sentado, con una ceja más arriba que la otra y el auricular en la mano… Le había llamado la hermana de su esposa, con quien apenas si cruzaba palabra. Primero lo saludó muy normal. Luego le preguntó si recordaba, de cierto convivio navideño, la vez que él ofreció apoyarla en cualquier cosa que necesitara. Sí, dijo él, ¿qué pasa? En un tono más serio, ella respondió que había platicado con su novio (el Güero, precisó) y coincidían en que él era una persona abierta y confiable (y ahí yo me reí, pues sabía que más bien era conchudez lo primero y quién sabe lo segundo), que todo sería discreto y que, pa pronto: quería cumplirle la fantasía a su novio de compartirla con otro hombre (así dice que le dijo: fantasía, que él se lo pidió). Hasta el día exacto y la forma de operar le pusieron en bandeja: en la fiesta de quince años de su otra hermana saldrían por un pomo (siempre se acaban, puntualizó ella), y dirían que luego los había detenido la patrulla (luego sucede, reforzó). En la casa del Güero lo harían, aclaró al final. Por eso es que Manuel no puso inmediatamente el auricular en su lugar, luego de responder (quién sabe por qué) yo creo que sí, que estaba choncho y que gracias… Es una llamada de oro, le digo a Manuel después de todo esto que me cuenta, nunca pasa. ¡Perro desgraciado!, termino diciéndole al sentir el retortijón de la codicia.
- Autor: Diego Jose
- Publicado: 1 de mayo de 2007.
- Categoría: Número Tres
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Travesías
Aún fustigan solemnes los remos que me llevan al hogar,
y el esfuerzo por asistir aligera el sopor mediterráneo;
el viento viene cargado de pimienta y canela de la costa,
puedo percibir su fragancia, más allá del oleaje salado.
Mar adentro te nombro, y al llamarte voy palpando tus extremos.
Mi voz anticipa mi llegada y te descubre sobre la hierba
diciéndote palabras amorosas que se amarran a tus muslos
como serpientes voraces en busca de un sitio donde anidar.
Quiero contarte lo que me dijeron al oído las sirenas,
también de las mujeres que recogieron mi cuerpo del naufragio;
pero me basta este viento para olvidar que alguna vez fui Nadie.
Me basta sentir que mi voz agita los laureles perfumados,
mientras abejas sicilianas zumban en tu piel crepuscular,
avisándote de mi regreso, cuando todavía no llego.
- Autor: Ana Franco Ortuño
- Publicado: 1 de mayo de 2007.
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No lo leíste entonces
este
- Autor: Juan Álvarez
- Publicado: 1 de mayo de 2007.
- Categoría: Número Tres
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El cuarto oscuro de Natalia
Cuando llegué a su casa me contó que pensaba hacer un cuarto oscuro.
–¿Para qué?– le pregunté, con todos mis dieciséis años por delante.
–¿Para qué son los cuartos oscuros?, bobo.
–Qué bien, te vas a tomar en serio la fotografía.
–Te voy a tomar en serio a ti.
Una semana más tarde, apenas entré y sin darme tiempo de descargar la maleta, su mano me llevó directo al cuarto oscuro.
–¿Te gusta?
–Supongo que sí.
–Me falta conseguir recipientes para los químicos. ¿Me acompañas a comprarlos?
–¿Y los ejercicios de física?
–Que se jodan los ejercicios de física.
- Autor: Paola Tinoco
- Publicado: 1 de mayo de 2007.
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Ella baila
No sé como llegamos a la habitación porque llevo tiempo tratando de conseguir que ella suba a mi
- Autor: Ilallalí
- Publicado: 1 de mayo de 2007.
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Perfectamente sabe que está muerto, antes de retirar la almohada
Se detiene en seco, mira sus manos morenas sobre la funda demasiado blanca. Cierra los ojos esperando recibir alguna señal. Sus latidos acelerados retumban en ambos cuerpos. Siente el miembro que se mantiene firme. No hay movimiento, ni tímidamente, del pecho lampiño de su amante. Pero no retira la almohada. Se mantiene a ojos cerrados, desea que algo suceda. Mueve la cadera con cautela, espera que así despierte, aunque sabe que está muerto. Movimientos ondulados, movimientos descendentes. Lentas espirales de fluidos tibios. El aroma insoportable del sexo de mujer. No retira la almohada mientras sus manos aprietan la funda de color blanco. Completamente concentrada, por primera vez, mantiene un ritmo musical. Cadencia. Ella gana la tibieza que él pierde. Ese cuerpo es completamente de ella, tendido para complacerla, hasta que se canse, sin tener que fingir. Le gustaba el silencio, pero él lo rasgaba preguntando “¿Te gusta?”. Él tuvo que morir para que ella se diera cuenta que lo amaba mientras inmóvil se mantiene debajo. Pasa un tiempo absurdo, un tiempo inverosímil. Ella sigue montada, a ratos descansa apoyada sobre la almohada que no retira. Tiene dentro de ella el firme miembro muerto. Sabe que esto no durara para siempre. Fuma sobre él. Cansada apoya su cabeza sobre esa almohada blanca. Cierra los ojos. Duerme. El cigarrillo resbala de entre sus dedos.
- Autor: Daniel Fragoso Torres
- Publicado: 1 de mayo de 2007.
- Categoría: Número Tres
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Apostador
Envidio al sol por penetrar al horizonte
por poseer a la luna,
lo envidio por levantarse
cada mañana
sobre la esquina de su cama para gritarme
que el sexo es una descarga de dados
- Autor: RafaSaavedra
- Publicado: 1 de mayo de 2007.
- Categoría: Número Tres
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Big in Japan
Al verlo hacer un Kennedy de ínfima categoría desnudo, tan sólo con una t-shirt blanca de Armani y los calcetines puestos-, Kinietta sonríe. Aún bajo ese aspecto tremendamente ridículo, hay algoatractivo en él. Sin querer, repara en esa erección de medio pelo y lo desigual de sus calcetines. Uno rojo y otro azul, a rayas. Para no soltar la carcajada, voltea hacia otro lado y ve en la silla, acomodada como en una foto de trendy magazine, la chaqueta azul. Kinietta no puede evitar distraerse al mirar un pequeño pin dorado colocado en la parte superior izquierda de la solapa que simboliza, por lo menos, cinco años de servicios y al instante recuerda haber leído algo en el periódico sobre una gran convención en la ciudad. Leer completo »
- Autor: Amaranta Caballero Prado
- Publicado: 1 de mayo de 2007.
- Categoría: Número Tres
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Infrutescencia
Yo fui una higuera.
El tronco hecho un betún: confitería.
Corteza blanca en remolino constante.
Fui el tronco y ramas de una higuera
podadas una y otra vez por si las moscas,
por si los higos escurriendo
llanto o miel averanada.
Morácea, blanda y a veces de gusto dulce.
Yo fui.
Ah pero que no me tocaran las hojas.
(Velludas, tupidas, grandes, verdes, lobuladas.
Como mi sexo: urdimbre y trama).
Saga: madera incorruptible: sicomora: yo fui.
