el perro

La revista online

Oración Ante el Cadáver de Elvis

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Dios que habitas en los desiertos
En los espíritus perdidos por calles oscuras
Conduce a este cuerpo inerte hacia su paraíso
No lo dejes caer en la tentación de volver
A la vida a los aplausos y las anfetaminas
Si alguna vez lo viste en un bar totalmente
Borracho y maldiciendo la suerte de su corazón
Perdónalo porque nunca supo de lo que hacía
Si lo viste muchas veces hacer lo mismo
En miles de bares de Tennesse perdónalo
Mil veces porque así como lo hicieron rey
Murió muy solo
Igual como murió tu unigénito en el Gólgota
Yo sé que si lo oyeras bailarías sacudiendo
Esa barba sureña y cimbreando tu pelvis
Al compás del rock de tu cárcel infinita
Dios todopoderoso creador de la música de los 50′s
Oye esta

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¡Arre Cabrón!
Bigote piteado mandón
¡Arre Mamón!
Un litro curado de piñón
MI VOZ
Sopla en la cresta del animal
La orden Q vamos a trotar
PUÉS
Mi tranco es Mi terreno
Y
Mi soga es Mi dinero
AMO
¡Sin freno R-Viento corazón!
¡Y trueno-relincho en tus labios un beso!
¡Aguardiente con limón!
CHARRO
K-se-la-pela toda R-Volución
XQ crea su tradición
¡Y-XQ-Kaballo-Q-RR-Para-Muerde!
PUÉS
YO
Vine a montar Caballo
No Perro

El malo de la cuadra

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Estaba enfrente de Rogelio Buitornes, en su oficina nueva, en el último piso de un edificio elevado. Nos conocimos a los diez años, cuando a él lo estaban golpeando unos niños en la calle. Le salía sangre de la nariz, tenía el rostro cubierto de lágrimas y una mirada extraviada, llena de terror. No pude soportar sus ojos. Me metí en medio y a patadas y puñetazos alejé a los agresores. En ese entonces comenzó nuestra amistad.

Rogelio me extiende la caja de habanos y yo le rechazo el ofrecimiento con un gesto de la mano. Él toma uno, le corta la punta y se lo mete a la boca. Con calma le da unas pitadas. A través del ventanal de su oficina se puede admirar el valle de México. Desde esa altura, la ciudad parece tener un ritmo lento, como el de nuestra entrevista.

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Contingente patriótico

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Los puercos salen de las camionetas y comienzan a gruñir satisfechos mientras se tragan los elotes enchilados y engullen la cerveza y el brandi que han descorchado para celebrar otra golpiza, otra matazón y otro robo; se paran junto a la carretera hozando en su propio estiércol, buscando los restos de los cerditos que han canibalizado con gran hambre y placer; búsqueda quizá inútil pero que no pueden eludir a riesgo de perder su reputación porcina, o de ser anegados por estiércoles ajenos.

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Lucha de Gigantes

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Cuando nació lo tenía perfectamente claro: la vida no es para quedarse recogiendo las migajas de las estrellas. En otras anteriores había desperdiciado su existencia y tenía que repetirla una y otra vez, volver a nacer hasta que el orden del caos interior le diera la oportunidad de descansar en paz. No descansar en el cielo, sino en lo que el ser humano se imagina: esa paz dentro de este mundo construido para hacernos tropezar. Ese pensamiento le atravesaba el cráneo cuando trataba de sacarlo, sin más conciencia que la herencia de su vida pasada, la última; porque recuerda haber visto su historia minutos antes de morirse. Sintió un pequeño dolor, y luego unas manos que lo estrujaron; y sintió el frío brioso en su cuerpo infinito y mínimo; pero no pudo hablar porque el proceso de cambiar los códigos le ha hecho olvidarlos. Lo sabía porque nadie entendía el proceso tan doloroso que es pasar de una vida a otra. Ahora que la luz le lastima no tiene tiempo para pensar en esas cosas, porque sabe que regresó sólo para finalizar con lo propio. Con aquello que no ha podido concretar. Todavía le queda claro que en la vida anterior había nacido de una familia de clase media alta en el seno de la tranquilidad, y que creció como cualquier otro niño; fue a la universidad y ahí terminó la carrera de ingeniería electrónica; y que no era el único, pero sí de los pocos en los años setenta que tuvo la fortuna de ser de los profesionistas con un futuro prominente; y que murió sin hacer nada que realmente valiera la pena, siendo padre de dos niños y dueño de un patrimonio considerable. No pudo saber que su fortuna se convirtió en nada tres meses después debido a una devaluación que desgarró a la clase media de su país. El pequeño recuerda mientras le limpian la flema de las vías respiratorias que, en el momento de descubrir el verdadero motivo de su existencia, le cayó el rayo de la desesperación y murió de un infarto a los treinta y cinco años, emocionado por “Lucha de Gigantes”, que acababa de escuchar en una cinta que le prestó un amigo en el trabajo. Eso debería haberle calmado, pero en su lugar le angustió al grado de mandarlo a reconstruirse. Lo recordaba, mientras sentía el dolor de unos tubos que le propinaban oxígeno como trágico desenlace en la gramática de sus descubrimientos. Entonces el recuerdo de la vida anterior se le vino encima restando interés a lo recién visto en sombras. Se pudo ver en el sin sentido de la vida y la crueldad de los hombres con otros hombres y pensó que lo que pasaba en el mundo no era correcto, que los hombres deben amarse entre sí porque la vida no tiene sentido de otra manera; pero en su lugar el hombre ha dedicado su historia a expulsar la buena voluntad como uno orina la cerveza; pensó en las buenas acciones de unos cuantos y llegó a enfermarse del alma; por eso pensó que las cosas debían cambiar y uno debía darles sentido. Sintió el odio infinito por los malos hombres y lástima por las víctimas de ellos. Fue en ese instante que vino el dolor apretujando sus intenciones que pretendió abrazar porque algo o alguien le dijo que tenía que irse, pero no quería, porque necesitaba la oportunidad de darle un giro radical a su existencia; tenía que enseñarle al hombre a ser bueno con sus semejantes antes de que el mundo se devore como la serpiente que desaparece cuando se devora a sí misma. Realmente creyó en las posibilidades de los hombres. Él mismo sería el ejemplo perfecto, y recordó a Gandhi y a otros de su tamaño. El dolor se le corrió del brazo al pecho y del pecho al resto de su cuerpo, se le doblaron las piernas y defecó en el momento. Uno de esos buenos potenciales hombres lo miró caer en la banqueta y después no supo si el hombre le ayudó o no. La duda se fue consigo. Ahora que vuelve a nacer tiene el derecho infinito de llevar a cabo su misión con éxito, se lo merece después de tantas vidas destrozadas, propias y ajenas, porque el hombre a su paso tiende a la destrucción, y siempre tiene la oportunidad de tomar un hacha y mandar todo al demonio, como también la tiene para redimirse. Cuando el niño crezca llegará lejos, será ingeniero otra vez, tendrá una vida feliz, y mientras viva olvidará este momento, con la seguridad que sus padres le brinden, mientras él empiece a tener uso de razón, y cuando ya la use toda, no podrá saber lo que significa ese momento lúcido en el que ha nacido de nuevo, y lo único que recordará será el odio por todo lo que él pobre diablo considere malo o equivocado…

Latin Jazz

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Lo que no se dice, no cuenta.
—¿Qué?
El hombre lo agarró de la camisa y lo jaló con fuerza.
—Tranquilo, tranquilo —le respondió el otro mientras aflojaba sus manos y se apartaba para reacomodar sus ropas.

Su atención se disipó enseguida y regresó a sus tragos, tenía tres vasos de aguardiente pájaro azul frente a él. Tomó el primero y lo volcó en su garganta, levantó el segundo y lo vació, con el tercero todavía en la mano se dio vuelta y miró al hombre que tenía al lado con cierta curiosidad.

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del horizonte

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Llegar al fin
como llegar al cielo.

Tocar fondo.
Tocar la puerta grande y entrar como triunfante,
como si se venciera al sol o
se recuperara una pizca de sal desperdigada
en un manto muy amplio

amplísimo

Ganarás

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Cancha de entrenamiento, al finalizar la práctica. Se escuchan los últimos gritos e indicaciones del día. Los jugadores van saliendo, uno a uno hacia los vestuarios.
—Lazcano. Quiero verlo.
—¿A mí?
—Sí. Antes de que se vaya. Por favor.
—…
—Sólo un momento. Cuestiones técnicas, no se apure. Después de bañarse.
—Sí.
—Bueno jóvenes, nos vemos mañana a las nueve, para iniciar la práctica temprano. No se queden dormidos, hay que llegar a tiempo. Nos falta el camino más difícil por recorrer. ¡Vamos bien carajo, vamos bien! Hasta mañana… Y sean puntuales, por favor.
El vapor se pega a los espejos de los vestidores del equipo. Hay toallas en el piso y un olor a shampoo de frutas. Al fondo las bocinas de un pequeño radio estallan en las cuerdas vocales de un cantante de cumbia.
Aparece el jugador con una toalla amarrada al torso.
—Creí que no venía. Estaba por irme.
—Me retrase con ésta pinche gente.
—Voy a apagar el radio…
—¡No lo puedo creer!
—¿Qué cosa?
—Él, Aquino.
—Me lo imaginaba.
—Mis auxiliares cada vez son más imbéciles, más groseros. Antes les podías dejar una mujer con las piernas bien abiertas en el motel “Las flores” y te respetaban, respetaban al director técnico. Antes. Antes la autoridad era importante. Y ahora…
—Todo cambia.
—Exactamente. ¡Todo está del carajo!
—…
—Antes Lazcano, antes.
—Claro…
—Esto ya es el colmo…
—¿Por qué?
—Porque tengo como preparador físico a un imbécil. ¡Carajo!
—¿Qué hizo?
—Pues ya sabe. Me amenazó.
—¿Otra vez?
—¡Ya se le hizo costumbre! Que la prensa, que los directivos, que esto, que esto otro. Además el tipo sólo piensa estupideces, desde que llegó… sacar playeras y balones con sus firmas para revenderlos. Boletos de cortesía. Chismes a los reporteros. Un preparador físico está para otras cosas ¿no?
—Desde luego.
—Debería dedicarse a su trabajo. A lo suyo, que es ponerlos en forma.
—Seguro.
—Son una desgracia estos mal nacidos. Se supone que especialistas.
—Se supone…
—Hay que mantener la calma, siempre hay que mantener la calma. Y pensar.
—¿Qué ha pensado?
—Pues nada. Negarlo, si es el caso. ¿Usted qué opina? ¿Qué ha pensado?
—Lo que usted diga, por mí está bien.
—Además tenemos un juego muy cabrón el domingo. Tenemos que ganar, sí o sí.
—Por lo menos no perder.
—Por lo menos. Dicen que la directiva ya está buscando un reemplazo.
—¿Un reemplazo? No, pues así está cabrón. ¿Sabrán algo? ¿Sabrán?
—No; no creo. No creo.
—Ojalá que no.
—Usted no se preocupe. Esto tiene que ver con los resultados y ya, usted tranquilo. Ya le dije, con calma. Nada más hay que pensar y mantener a Aquino en paz, es todo. En el fondo es un tipo muy pendejo.
Mientras el jugador se masajea lentamente los pies y pantorrillas el director técnico se quita los zapatos y la camisa. Después de ungirse con un aceite el cuello y los brazos deja caer su pantalón, y finalmente se arranca las calcetas.
—¿Todavía está caliente el agua?
—Ya no mucho. En un ratito.
—Está bueno. Le digo que hay que hacer de este equipo una verdadera familia, una pinche familia Lazcano…
—Precisamente.
—¿Usted me entiende no?
—Sí. Y es mejor no perder la cabeza.
—Claro, ¿me entiende con hacer del equipo una familia?
—Desde luego.
—Disculpe si estoy un poco exaltado.
—No se preocupe.
—¿Usted sabe lo que es una familia? ¿Usted sabe, no?
—Pues sí, creo que sí.
—Perfecto. Hay que tenerlo muy en cuenta, en el equipo. Los juegos son casi de vida o muerte. Un inconveniente y todo se lo lleva el carajo. Hay que pensar en el ascenso, para salir de esta pocilga el año que viene.
—Sí.
—Una sola falla y nos vamos a la mierda. ¿Y de quién es la culpa?
—¿De quién?
—Del entrenador. Siempre somos los culpables ¿no?
—Sí.
—Claro. ¿A quién corren si el equipo tiene un mal año? ¿A los jugadores? No, claro que no. ¡El que se jode siempre es el entrenador!
—Desgraciadamente.
—No. No diga “desgraciadamente”, así es el juego y así es la vida. Son las leyes de la puta vida. Yo sabía en qué chingados me metía.
—¿Sí verdad?
El entrenador ya definitivamente desnudo. Busca en una maleta un par de toallas y un frasco con crema mientras el jugador se afeita frente a un espejo. El entrenador enciende el aparato de sonido, ahora en una estación que reporta un accidente automovilístico desde un helicóptero. Baja el volumen.
—¿Y qué vamos a hacer?
—¿Cómo?
—¿Qué fue lo que le dijo Aquino ahora?
—Que tiene unas fotos. Que más me vale que le suelte una feria o nos lleva la chingada.
—¿Y?
—“¿Y?” ¿Cómo que “y”? Pues le voy a tener que hacer un cheque.
—Hay que encontrarle un desmadre a él, algo…
—Pues sí. Le dije: cabrón, esto se llama extorsión y está de la chingada que lo hagas conmigo, yo te traje aquí, eres de toda mi confianza.
—¿Y qué hizo?
—Levantó los hombros y se fue, el muy cabrón, riéndose.
—¿Se va a bañar?
—Pues sí, o qué…
El entrenador abre las llaves de la regadera. Se escucha el murmullo del agua rompiéndose en el piso, toca con su mano derecha el chorro que cae y entra.
Después recibe las apresuradas manos del jugador sobre su torso. Se dejan ir hasta su cuello.
—Nos vamos a meter en un desmadre…
—¿Más?
—Dijimos que aquí no… Luego ya ves.

Interrupción en un juego de cartas

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Es una celebración; aunque nadie lo diga, porque sería de mal gusto. Pero los Márquez-Acuña han invitado a los Fernández de Palos a celebrar el trámite del cambio de nombre. No es cualquier cosa. La raya en medio de sus apellidos es su primer blasón, la señal de que con trabajo y buena educación se han convertido ya en una familia eterna.

Han cenado, juegan conquián, escancian vino tinto. Los Márquez-Acuña han ganado las últimas partidas y el marcador está igualado. La última pinta bien para los Márquez-Acuña: José María tiene una corrida alta de seis cartas y un par de cuatros que puede ser coronado con el que, está seguro, tiene Ashley, su esposa.
—¿Qué es eso? -Dice de pronto la bella Sofía Fernández de Palos, elevando levemente su naricita respingada. Todos dejan en suspenso el juego y ponen atención.

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Gente que pide

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Se llamaba Pablo Tagle. Por la expresión de sus vecinos, Vidal supuso que no sabían de quién estaba hablando.

Lo metieron a una panel (blanca, dijo el único testigo). Le taparon el rostro con un morral y lo golpearon en la nuca. Pobre Pablo: estaba cenándose unos tacos a las tres de la madrugada. Solía decir que no era normal dormirse pedo, estado en que se mantenía constantemente: eso lo resolvía con los típicos tres de asada y dos de sudadero, antes de irse directo a la camita. Con el tiempo, era de esperarse, se ganó un tremendo barrigón. Por cierto, agregó Vidal, esto nunca le impidió ser un extraordinario bailador de limbo.

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