el perro

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El ángel de la resurrección

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A las tres de la madrugada, Lorenzo está sentado frente al volante de una 4Runner estacionada al pie de la avenida Insurgentes y tiene mirada asesina. Está solo. Repasa mentalmente una a una las chingaderas que Stone le ha venido haciendo, hasta que por fin logra poner en palabras lo que días atrás había temido construir. Le salieron quedito pero muy bien deletreadas: ¡Te voy a chingar, hijo de la gran puta!

Al escuchar la contundencia de su propio decir amenazando la tranquilidad de la noche se espanta y mira repentinamente hacia los lados. Había hablado el Diablo. Enciende la radio y mejor trata de pensar en otra cosa. Lleva más de dos horas esperando pero ahí vienen ya. Stone adelante. Atrás, el Señor y dos prostitutas de lujo. Lorenzo se baja de un salto y echa ojo avizor por toda la avenida. Cuida al jefe. Abre la puerta trasera para dejarlos entrar y vuelve a montar la camioneta.

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poema de como el reloj en tu baño marca las 10:21 con 52 segundos desde que te conocí hace un año

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en un instante he aprendido
mil maneras de arrodillarme y besar la tierra
mil maneras de medir la distancia entre mis hombros y tus rodillas
mil maneras de tejer una bufanda
de cocinar un huevo
de tender la cama
de doblar mis camisas
de arreglar las estrellas
he aprendido mil maneras de nombrar tus ojos
Baby, he comprado pilas para tu reloj. Quiero salir de este instante y entrar al siguiente contigo. Son las 10:21 con 53 segundos y quiero aprender mil maneras de limpiar la mugre en tus uñas.

Just come back

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El tiempo, afirmaba el viejo profesor erudito en metafísica, somos nosotros. No me costó trabajo entenderlo como punto de partida de algo que se había convertido demasiado pronto en tópico de sobremesa. En situaciones así, mi única salida era la abstracción Una vez iniciado el proceso, no importaban ya gran cosa los ruidos ese sonsonete de la música norteña, sus letras anodinas, el white noise del televisor, los lamentos vecinos, los murmullos inquietantes- o la nula posibilidad de hacer cualquier nimiedad que forma parte de nuestra vida cotidiana. Si bien es cierto que esto no era un escape lógico, al menos ofrecía la posibilidad de desmarcarme de una realidad fracturada por el destino y de asirme a otra mucho más plausible.

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Tercer día

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I.

En cuanto marcaron las siete pe eme el ambiente tornó en desesperación. El silencio en la habitación y el fragor de la lluvia cayendo daban la impresión de una plaga de langostas sometiendo la casa. Los ahí reunidos no podían creer que la demora fuera tal. Las miradas se cruzaban entre la incredulidad y el hastío; incluso hubo quien, sin decirlo, había perdido ya toda esperanza de la llegada. Nadie diría nada, en caso de equivocarse serían condenados a un castigo ejemplar. Esperarían lo que fuera necesario, aun si no llegara jamás.

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Kayla Dunn y los Israelitas del Nuevo Pacto

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Y vino otro verano y mis alumnas me enseñaron nuevas blancuras. Y yo hacía mis trabajos y nuevos manuscritos y nuevos rollos telepáticos me seguían llegando a mi antigua bandeja de entrada. Y la imaginaba con su túnica celeste y sus ojos verdes y sus piernas transparentes y delgadas. Trabajando la tierra por las mañanas y traduciendo manuscritos por la tarde. Masturbándome pero la realidad era otra. Por aquella época ella ya vivía en el tabernáculo y nunca había tenido que trabajar la tierra. Tal vez nunca vivió en otro lugar. Tal vez ella misma escribió todos esos rollos durante alguna de sus crisis. O de las mías.

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La puerta

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A las 3 de la mañana Alfonso despertó inquieto, sentía esa presión en el pecho que precede a una mala noticia. Rápidamente pensó entonces en abrir la puerta de su recámara para sanar su angustia. Desde pequeño ha tenido la certeza que abrir una entrada es signo de posibilidades, de opciones, de salidas.

Decidió levantarse y, semidesnudo, dio vuelta a la perilla. Al empujar la puerta vio a esa mujer. Estaba ahí sentada, abrazando sus rodillas y mirándolo fijamente. Alfonso no supo qué hacer ante la imagen de la joven de vestido rojo y piel color leche. La mujer a su vez, sentada en el piso, lo miraba sin parpadear y con un gesto carente de expresión.

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Una hoja escrita

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Para Alejandro Martín

Leí una hoja que decía que el universo entero, con su polvo, su gente, sus animales y sus plantas, piedras y metales, y aún con cosas que no son estrellas ni animales ni plantas ni piedras y que no sabemos lo que son, ni si son ya cosas, o si no lo son todavía, está contenido o representado o repetido en cada hombre. Creo que la hoja entendía hombre como hombre y mujer. O sea, que implicaba que aparte de las letras y los ángeles, de la buena y la mala suerte y la basura, en el hombre está también contenida la mujer.

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La ciudad dormida

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En esta ciudad

llueve

como si alguien pagara por un crimen;

por ejemplo,

ayer,

cayeron estrellas de mar

y descalabraron a un hombre

que nació en abril

y pensaba en la relatividad.

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Trazos de una duda

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Estás ahí, porque no puedes estar en ninguna otra parte, la música resuena en tus oídos, no entiendes mucho más de lo que puedes ver, los cuerpos que sudan y bailan, las manos que tocan los contornos silenciosos de las piernas debajo de la mesa. Sientes la orina llenarte la vejiga, siete, quizá ocho vodkas, sin olvidar los dos cortos de tequila que te dieron en la entrada.

Llevas el antebrazo al frente, tocas a la gente pero no las manchas de sudor, miras a los ojos de los que te voltean la cara, quieres que sepan que eres serio, que sepan que eres un tipo duro. La mejor manera de no encontrar problemas es buscándolos, te repites mientras te acercas al baño La puerta está abierta, gente entra y sale, hay una fila para usar el excusado pero solo quieres mear, evitar esa media erección y mear. Te paras frente a la pieza de porcelana moderna, por su forma de cuna reconoces que es bastante nuevo, ya no usa agua, todo se basa en un sentido de la ley de gravedad que permite que la densidad de tu orina sea vencida por la curvatura y los orificios puestos con precisión por algún ingeniero que pasó mucho tiempo meando.

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Los mejores años de su muerte

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Nos hemos vuelto una familia más unida desde que somos zombis. Pasamos mucho tiempo apelotonados frente al televisor, su titileo nos arrulla hasta la indiferencia y podemos quedarnos así por horas o tal vez por semanas; es difícil saberlo cuando el tiempo es una cosa del pasado. Antes, solíamos pelear por el control remoto, por la elección del canal, por el volumen, por el mejor asiento en el sofá, hasta que uno se imponía, comúnmente mi hermanita, y los demás abandonaban la habitación o se quedaban refunfuñando y a la espera de asaltar el poder. Ahora casi nunca discutimos.

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