el perro

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FDE

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Ixchel no sabe que está infectada, que la Fiebre de Desajuste Emocional (FDE) le llegó a las venas. Nada le duele, al menos no físicamente. Pero esta mañana el aliento de Cuauhtémoc, quien duerme a su lado, la desconcierta. Ansía que se despierte para evitar esos molestos síntomas de sueño. ¿Desde cuándo ronca? Lleva una hora despierta, con el vientre lleno y el pecho vacío; sin embargo se niega a pedirle que se vaya, por favor, porque, ahora que él asoma el aliento, le ha visto la lengua blancuzca. Esa capa de sebo que la noche anterior sintió que la envolvía como en un capullo, no uno que contenía un animal alado, sino su libertad. La lengua pasaba y pasaba, primero por sus labios y cara, luego por el cuello. Sintió después la baba blanca atravesar sus senos, apretarlos; le rozó las axilas y las ingles. Quedó llena de un camino que olía agrio. Y por más que, discretamente, se limpiaba con las sábanas rodando una y otra vez sobre ellas, como si fuera un juego sexual, no lograba quitarse una sola capa de las tantas que le había hecho.

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Poema 28

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Elegía

*Extracto del libro inédito Poemas y Sonetos de Extremaunción.

Una lacra en la tez del continente.

Una cicatriz de caliche, sobre el canto de los ríos.

Corrosivas pústulas cloacales de azufre.

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Parálisis

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Siempre me ha seducido un cliché del cine: la imagen de un hombre malvado, torturado y solitario que entretiene sus noches tocando el órgano y usa largas túnicas con capucha que esconden su cara deforme. A veces pensaba en eso cuando comencé a tocar el piano, durante mi adolescencia. Pero nunca fui muy bueno, ni tuve capa, así que la cosa se complicaba. Porque el Can-can o Mi Buenaventura no son precisamente las piezas que uno toca en un sótano sombrío y húmedo, mientras ríe a carcajadas. Menos si uno tiene puesto un impermeable plástico, de color gris y con dibujos de Batman, como el que una tía me había regalado cuando cumplí doce años. Noviembre de 1998 fue una sola fiesta. Tenía veintisiete años, vivía solo, había terminado con mi novia, venía diciembre. ¿Hay algo más que explicar? Era un milagro que lograra levantarme a las seis de la mañana para ir al trabajo. Y lo era aún más que al volver siempre estuviera dispuesto a salir. Las ventajas de no haber llegado aún a los treinta, me imagino. Un jueves, faltando apenas una semana para salir a vacaciones, llegué a mi casa tan cansado que decidí acostarme a dormir de una vez y no salir esa noche. Eran las cinco de la tarde. A eso de las diez de la noche sonó el citófono. Era mi papá. Apenas hablamos unos cinco minutos y me dijo que ya se iba porque mi mamá estaba abajo esperándolo en el carro. Decidí bajar a saludarla. Hacía mucho frío, así que apenas estuve afuera un rato. Volví a la cama y me dormí en un instante.

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Mellitus

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Uno.

Parecía una mano estupenda, iba por una carta: dama de bastos. Con ella haría un conquián relativamente fácil. Perdí.

Dos.

Ese jueves reñí con ella. No es que no quiera decirles cómo se llama, pero es poco práctico pronunciar un nombre tan largo y estúpido. Reñimos por la mañana, mientras bebíamos café antes de partir al trabajo. Todo marchaba en orden, parecía un día más cordial que cualquier otro. Yo escuchaba el noticiero en la radio y entre pausa y pausa ella me hacía comentarios más bien absurdos acerca de las noticias que iban sucediendo; un día normal. Hasta que terminó el pronóstico del clima. Yo le daba un sorbo a mi taza. Entonces preguntó:

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Encías

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Me duelen las encías. No soporto ni pasarme la lengua por ellas. No me atrevo ni a cerrar del todo las mandíbulas porque siento cómo los dientes presionan la carne, no le digo más. Claro que me cepillo los dientes. A media mañana, porque tengo que esperar a que el calmante que tomo recién levantado haga efecto. No me acerco a nadie entretanto, ni le dirijo la palabra a ningún compañero hasta que me los he cepillado. Me consta que algunos no entienden que no hable y le han ido al jefe con el cuento de que me estoy volviendo loco y que deberían darme la baja. Algunos clientes se han quejado porque dicen que mientras las mesas de los compañeros están llenas yo no atiendo a nadie. A ellos les puedo entender, a fin de cuentas no me conocen, no están a mi lado en la ventanilla, no tienen el por qué saber lo de mi boca. Además, yo creo que se me tiene que estar pudriendo, porque me llega cada mañana una peste que me recuerda que en vez de boca tengo un nicho en medio de la cara. Se me está muriendo la boca, entiéndalo. Por más que me miro al espejo no veo nada, la verdad. Así que no sé a qué carta quedarme, porque las encías no me dejan concentrarme, eso sí que lo siento. Los compañeros se han quejado también de que el trabajo se atasca en mi mesa y no hay manera de que salga adelante. Pero es que no hay manera, porque cuando vuelvo de lavarme la boca en el retrete de la oficina, cuando ya no me duele porque el calmante ha hecho efecto, es ya casi la hora de la comida, y la empresa no permite que se quede nadie allí a esas horas. Salgo con todos a la calle, no me queda otra, pero, en vez de ir al restaurante al que acostumbran a ir, el Alesia se llama, les digo que prefiero darme una vuelta por el parque de Gergovia y picar cualquier cosa. Tampoco les miento, la verdad, pero la mayoría de las veces no doy vuelta alguna, picoteo alguna cosa y me echo a dormir en el parque. Menos mal que ya no hay cambios de estaciones, eso sí, así que como siempre hace sol puedo echarme, por fortuna, una pequeña siesta. Aprovecho porque de noche no puedo pegar ojo. Las encías se me inflaman —ya sabe que por las noches todas las dolencias se agudizan, mi madre decía que era por la luna, como la menstruación y la locura— y no puedo conciliar el sueño. Se me pasan las noches en blanco, leyendo tratados de odontología —al final me he hecho un experto, me atrevería a diagnosticar desde aquí esas radiografías que tiene en el negatoscopio—, o escuchando programas nocturnos de radio, en los que la gente cuenta sus penas. Yo llamo de vez en cuando, pero a mí nadie me cree, se piensan que me lo invento todo, porque es una dolencia rara, una de esas que no cubre la seguridad social y no me dan solución alguna. A pesar del dolor, cada tres o cuatro noches caigo agotado por el cansancio, y logro echar una cabezada de unas horas. Pero siempre pocas, porque me despierto con la misma pesadilla recurrente. Sí, se la cuento, claro. Es como una de esas grabaciones de seguridad, sin sonido, en blanco y negro, con tonos parecidos al sepia. Yo en el metro, leyendo el periódico camino del trabajo, como hacía antes de que empezase todo esto. Lo curioso es que me veo desde fuera, como si alguien me hubiera grabado, como si todo fuese una película. Y entonces el vagón comienza a llenarse de mujeres. Mujeres de todas las edades, jóvenes y viejas, arregladas y zarrapastrosas, pero todas con bolso. Van ocupando los asientos que hay frente a mí y a los lados. Yo, y ahora lo veo yo como si fuese con mis propios ojos, las miro extrañado, porque no sube ningún hombre. Y en esas sacan de sus bolsos limas. Cada una la suya. Algunas con un mango nacarado, otras de usar y tirar, de esas que tienen un grosor de lija por cada cara. Y comienzan a limarse las uñas frenéticamente. Yo allí, mirándolas, sin poder hacer nada. Ni levantarme ni bajarme del vagón porque la siguiente parada no llega nunca. Las limaduras se van convirtiendo en pequeños montículos de polvo en su regazos, sobre sus bolsos, en el suelo. Alguna me mira y se queda sorprendida al verme. Alguna le comenta algo a la de al lado y me señala. Yo allí, sin poder bajarme del metro, porque no llega a ninguna estación. Yo allí, cuando comienzan a dolerme cada vez más las encías, al ritmo de las sacudidas de las limas. Como si algo me royera por dentro. Entonces bajo la cabeza y veo que tengo la chaqueta cubierta de un polvo rojo, como si me hubieran estado limando la boca. Intento tocarme y mi boca ya no está, puedo pasarme la mano a través del cuello y tocarme la cruz de la espalda sin encontrar nada en el camino. Entonces despierto. Ya, ya sé que es un sueño, pero entonces por qué me duelen las encías. Eso es lo que no me explico.

3:23 AM

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Manó de su aljibe

y fueron cubiertas.

Bañadas quedaron sus ropas de brocal sanguíneo.

En el centro de su cuerpo

—de autistas horas—

una perla dilatada se dibujó tenue.

Atrás quedó el reposo.

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La guerra, niños, está a un disparo de distancia

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War, children, it´s just a shot away

Jagger/Richards

Gimme shelter

Jugamos a la guerra, a escondernos detrás de los butacones, bajo el damasco del eterno sofá de la sala grande, tras las cortinas.

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Lalo Pancho es quien me habla

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Lo vi entrar y nunca más pude quitármelo de encima. La suciedad de sus uñas largas, los dientes mohosos prensando un cigarro encendido, los movimientos de su cuerpo al borde del sobresalto (como si lo habitaran millones de gusanos eléctricos) y la risa insensata debajo de esos ojos que parecían saltar de sus cuencas, me hicieron preguntarle, temeroso: ¿Quién eres? Edward Francis Whitney Yamahuchi, respondió… VENGO DE AFUERA, agregó abriendo mucho la boca y se sentó a la mesa mientras comenzábamos el desayuno. Había entrado detrás de mi hermano el mecánico y supuse que era su chalán porque estaba todo mugriento. No quise, más bien no pude, hacerle más preguntas porque las miradas de mi madre y de mi hermano se dirigieron a mí, que seguía mirándolo igual que a un espanto. Me quedé callado y apenas pude tomar bocado. Después

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Diciembre

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Anoche se murió la abuela; anoche se murió la Mama Me, se murió y ni siquiera nos dimos cuenta a qué hora; se murió sin hacer ruido, sin gritar, sin llamar a nadie. Yo siempre había creído que cuando la gente se moría hacía mucho ruido, pero ya me di cuenta que a veces no pasa, que lo del ruido a la hora de la muerte no es cierto. La Mama Me no hizo ruido, no lanzó ni un quejido, a lo mejor ni un boqueo, ni un suspiro; nomás se quedó dormida, tan dormida y con los ojos cerrados.

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Los otros

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Camino del trabajo vi por primera vez al hombre terrible: a tres patas sobre el suelo, la cuarta empuñaba una herramienta. No podía distinguir sus facciones porque al fin del cuello emergía una cascada de barba y greña que ocultaba su rostro y a la vez aquello sobre lo que se denodaba. Pasé de nuevo a su lado a la hora del almuerzo, el sol ya se dejaba venir en caída libre, mas el hombre persistía sin reparar en la delta de peatones a sus lados. Alcancé a mirarle un retazo de frente, sudaba.

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