De vez en cuando, a Lázaro se le salía el instinto. Sucedía sobre todo en los funerales, donde siempre había que mantenerlo lejos del muerto porque se le acercaba de más y decía en voz alta que quería comérselo, que le despertaba el apetito. Entonces nos lo llevábamos al restaurante más cercano a tomar una copa y a que comiera algo.
Ordenaba carne cruda para que le recordara al “bocado que acababa de dejar en el ataúd”. Nosotros le celebrábamos el comentario como si se tratara de la mejor de las bromas, pero sabíamos que hablaba en serio. Lázaro, bajo el traje y la sonrisa, era un buitre como los otros. No lo disimulaba. No se recortaba las garras ni plegaba las alas, salvo cuando viajaba en autobús, por consideración a los demás pasajeros. Pero, una vez en la calle, las extendía de nuevo y, si andaba más contento de lo usual, elevaba el vuelo, surcaba la cuidad y coloreaba con sus alas nuestro cielo de granito.
