el perro

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El día que los terroristas delicados habían elegido para actuar, el cielo amaneció trágicamente soleado. Los ciuda- danos autómatas reiniciaban con placidez sus conciencias, actualizaban los programas de café y activaban sus
bostezos como cualquier otra mañana. Los perros digitales movilizaban sus rabos, los teleféricos solares atravesaban
el horizonte y las tiendas virtuales comenzaban a contestar los pedidos. Nada nuevo, nada viejo. Preparados para sembrar
la desgracia, agazapados en línea, emboscados en sus nicks, los terroristas delicados sonreían acariciando sus ratones.
La cuenta atrás corría como un veneno.
De repente, sin demora, sin prisa, sin estruendo, las luces se apagaron. Se apagaron simultáneamente en cada
comunidad económica, en cada ciudad flotante, en cada hogar del planeta. Los monitores anochecieron con un leve
clic. Las comunicaciones bursátiles se interrumpieron abortando todas las operaciones. Los portales bancarios quedaron
congelados. Las cuentas personales se borraron. Los microteléfonos extraviaron las señales. Los niños autómatas
suprimieron todos sus juegos. Los amantes, comprimidos, cesaron sus descargas. Los transportes, viendo suspendidos
sus radares, tuvieron que frenarse o arriesgar aterrizajes de emergencia. Los puentes entre mares se llenaron de gritos.
Sin estruendo, sin prisa, sin demora, el planeta entero quedó tendido al viento igual que ropa limpia.
Las diversas células gubernamentales podrían, por supuesto, deliberar con carácter de urgencia en reuniones
con presencia física. Las centrales intercomunicativas podrían empezar a reinstalar muy lentamente sus recursos, en
espera de los rescates técnicos. Las unidades policiales podrían recuperarse como pudieran y emprender exhaustivas
exploraciones criminales. Pero el daño inmediato, la catástrofe global, ya estaban consumados. Tarde o temprano los
causantes del mal serían detectados, analizados y quizás eliminados en el acto. De poco iban a servir las represalias:
milésimas después de cometer su pulcra fechoría, los terroristas delicados habían desconectado sus propios órganos,
entregando sus cuerpos al vacío monóxido.
El resto de la historia es probablemente conocida. Las federaciones de autómatas fueron refundadas una por
una con un orden distinto. Las reservas alimentarias fueron salvajemente subastadas al mejor postor, provocando la
gigantesca hambruna que exterminó («seleccionó», matizaría al año siguiente el coordinador general de las federaciones
unidas) a casi dos tercios de las capas inferiores («débiles», las llamaría el coordinador) de la población mundial.
Para cuando los núcleos hospitalarios lograron controlar la veloz cadena de epidemias virales, eran contadas las familias
autómatas que no tuviesen bajas que lamentar. Los foros científicos acordaron celebrar el histórico simposio único
en A-8, ciudad equidistante de las grandes capitales, trasladándose hasta ella de las maneras más insospechadas.
El destino de la cultura global, según narran los códices, no corrió una suerte menos drástica. Incapaces de
leer un solo archivo, despojados de toda escritura, todos y cada uno de los autómatas supervivientes, incluidos los más
eruditos, debieron enfrentarse a una inédita certeza: ahora, en términos prácticos, volvían a ignorarlo todo. Se habían
quedado, por así decirlo, sofisticadamente en blanco. Por eso, cuando los comités de alerta emitieron mediante obsoletos
comunicados radiofónicos las estimaciones oficiales (al menos una década para reconstruir las bases tecnológicas
mínimas, dos décadas o acaso tres para alcanzar un rendimiento óptimo), los más clarividentes comprendieron que la
humanidad no podía esperar tanto.
Fue así, y no de otro modo, como aquel inolvidable grupo de poetas concibió la luminosa idea a la que hoy
tanto le seguimos debiendo. Y fue entonces como seis o siete audaces decidieron peregrinar a los desguaces, depósitos
y plantas de reciclaje más cercanos. Juntaron maderas, hierros, plásticos, engranajes. Reunieron desechos orgánicos,
sobrantes químicos, líquidos tóxicos. Trabajaron día y noche como obreros, como náufragos, para ofrecerle un pequeño
salvavidas al mundo. Al cabo de unas semanas obtuvieron la extraña maravilla, el ingenio que cambiaría para siempre
nuestra historia. Lo llamaron imprenta.

Criogenia

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Había sido como de costumbre, abrir los ojos y ponerse de pie a los pocos segundos de que el
despertador sonara, a las seis de la mañana con doce
minutos, esa manía por duplicar las cantidades y en
general las cosas, los números pares, una cuenta que
iba perdiendo sentido conforme se acercaba al infinito,
y luego la rutina cotidiana que se cernía sobre su
vida como una nube inamovible, casi rota sólo por los
domingos para conservar los números pares y, de
paseo, el seis.
La ducha no era necesaria para terminar de despertar,
como tampoco, en el fondo, el despertador parar
abrir los ojos, era más bien un paso en el manual que
había que seguir porque de otro modo, la hecatombe.
Lo mismo el rastrillo sobre el espejo, pasarlo dos
veces por los contornos del rostro, los dos vasos en la
mesa del desayuno y los dos platillos, los dos movimientos
finales para acomodar la corbata.
Llegar a la oficina no era muy distinto, un ritual
casi mecánico, sortear el laberinto de pasillos que a
fuerza de atravesarlo todos los días termina por ser
familiar, posar la mano sobre una superficie fría que
habría de reconocer las huellas digitales, subir por el
elevador, tararear una melodía de Nino Rota a lo largo
de cuatro pisos, pasar por la puerta de intendencia y
reconocer su penetrante olor a cloro, encender las
máquinas y dejar que el sistema nervioso se extienda.
Por lo demás, el café con dos de azúcar, los oficios e
informes por duplicado antes del mediodía para su lectura
y aprobación, la distribución de tareas y la elaboración
de la agenda del día siguiente en el que el café
habría de disolver también dos de azúcar, eran pasos
en los que apenas podría caber ningún tipo de error, la
mente y el cuerpo estaban ya de cierto modo adiestrados,
como dos payasos circenses a quienes nunca se
les caerán los pinos que intercambian en el aire, para
operar de manera tal que los superiores se vieran
satisfechos y no tuvieran duda al momento de elegir,
si es que elegían, al merecedor del incentivo anual.
El otoño en el Caribe había perdido también el interés
y la emoción del primer año, cuando era la recompensa
por cincuenta semanas de esfuerzo, de búsqueda
de la perfección y la puntualidad, de cumplir con los
estándares y los requerimientos que establecía el
departamento de administración. Ahora se había instalado
en el terreno de lo mecánico y era una vez más
pasar doce días bajo un sol cada vez más intenso y despiadado
con Lucía, que había también dejado de
desear los recorridos por la isla con la que compartía
nombre, el otro ritual del viaje sólo necesario para cumplir
con el ritual del regreso, pues éste no podía darse
sin la salida, o no habían encontrado la manera. Hacer
las maletas, verificar la reservación y la vigencia de
los pasaportes, encargarle la casa al vecino a pesar de
la renovación del seguro, dejar una luz siempre encendida,
por cualquier cosa, y en la oficina, también con
puntualidad enfermiza, la donación de sangre.
¯¿No estás cansado?
¯No, cosa rara.
¯Habrá sido que te acostumbraste.
¯Quizá. Recuerdo que otras veces apenas podía
salir por mi propio pie.
¯Habrás robustecido.
¯O no encontraron sangre qué sacarme.
¯Tú siempre has sabido esconder las cosas.
¯Y tú encontrarlas.
¯Agradece que no soy enfermera de la agencia.
¯Oh, te verías bien en ese uniforme. Y no habría
nadie más que…
¯Felipe…
El cielo intensamente azul había de esperarlos seguramente
el año próximo. Por ahora, a pesar de que
nada cambiaba, había que regresar, Lucía al restaurante,
él a Planificación, donde su lugar y sus pendientes
lo esperaban con ansia de ser revisados.
Lunes, seis con doce. El despertador no sonó, pero
como si lo hubiera escuchado, una especie de lejana
vibración retumbaba en su taburete, y el manotazo
sólo sirvió para comprobar que la noche anterior había
olvidado programarlo. Lucía estaba ya de pie. Desde
su somnolencia podía escuchar las gotas de agua golpeando
el azulejo. Qué más daba si un día, por circunstancias
inusuales, alteraba el orden de los factores y
desayunaba antes de tomar la ducha. De cualquier forma,
el tiempo que le toma hacer una y otra cosa, sumado,
era el mismo, y estaría en la oficina antes de las nueve.
Luego de la ducha se uniformó y acomodó su corbata
con dos movimientos, vuelvo para comer, no llegues
tarde, y cuando cerró la muerta tuvo la sensación
de que cientos de puertas se cerraban también en ese
preciso instante. Curioso que en ese momento recordara
la idea de que si todos los habitantes del planeta
dieran un paso exactamente al mismo tiempo y en la
misma dirección el terremoto que ello causaría acabaría
con la humanidad entera. “¿Por qué no intentarlo?”,
se planteó, y emprendió el recorrido hacia la oficina.
Lo que nunca, fila para el elevador y prefirió subir
por las escaleras que nadie usaba. Le llevaría dos minutos
más, pero qué más daba si por eso llegaba siempre
dieciocho minutos antes. Llegó a su piso y en su cabeza
sonaba la melodía de Nino Rota que olvidó silbar
esa mañana o que no pudo por preferir concentrarse en
los escalones; pero no era en su cabeza. Cuando el elevador
se abrió, notó que todos los que salían de la caja
oblonga la silbaban, y se dijo que ése era el momento
preciso para abandonarla y buscarse otra.
Puso el portafolio sobre el escritorio despejado y
reaccionó cuando terminó de encender la máquina. El
jefe de personal le puso una mano en el hombro para
hacerlo voltear y así explicarle que en su ausencia
había capacitado gente para que se encargara de sus
pendientes y supiera hacer las cosas como él, todo un
ejemplo para la empresa de formalidad y compromiso.
Ah, con que tengo discípulos. No exactamente. De
modo que era un lunes más, sin pendientes acumulados,
pero había que ponerse al corriente y verificar lo
que habían hecho sus no discípulos.
Él mismo no lo habría hecho de otro modo y eso lo
inquietaba. De pronto se vio a sí mismo como reemplazable,
y no pudo quitarse eso de la cabeza.
¯¡Maldición!¯, reaccionó al darse cuenta de que
no había puesto su mano sobre el detector de huellas
digitales.
Corrió escaleras abajo hasta llegar al aparato. Revisó
su entrada. Su llegada estaba registrada, minutos
antes de las nueve. Volvió sin prisa a su escritorio,
observado en silencio por todos, y no era necesario voltear para darse cuenta de ello.
Por primera vez en casi diez años no había terminado
las labores de la mañana a la hora del almuerzo.
Telefoneó a Lucía, no llegaré a comer, no te preocupes,
llego en la noche, besos.
“En la noche”, repitió para sí. A las seis, cuando
saliera, exactamente doce horas después de abrir los
ojos, no habría oscurecido aún, y llegaría a casa, como
siempre, antes de que la noche se volcara plenamente
sobre la ciudad.
Casi militarmente todos a su alrededor se pusieron
de pie y desfilaron hacia el elevador. Eran ya las seis, y
aún no terminaba.
¯Termínalo mañana ¯le dijo el jefe de personal,
que puso, una vez más, una mano en su hombro para
llamar su atención. Decidido a hacerle caso, adelantó
lo que el desvanecimiento de la fila le permitió para
luego bajar con calma las escaleras y huir hacia Lucía.
La mano extendida sobre el lector óptico que identificó
sus huellas y confirmó que había cumplido con
su horario de trabajo se contrajo luego de un suspiro en
el que pareció escaparse un alma. Haber bajado los
cuatro pisos era el primer paso para regresar a Lucía,
luego cruzar la calle, subir al auto, echar un último vistazo
al edificio, descubrir que en su piso había una luz
encendida. Bien podría dejarla, no va a pasar nada si
una noche una luz… pero no, era en su piso, y el jefe de
personal sabía que él era el último.
Los pasos de nuevo sobre la calle, recorriendo los
cuatro pisos escalón por escalón, la boca de las oficinas,
la puerta de intendencia abierta, pero no hay problema,
a esta hora ya no hay nadie, un momento ideal
para tirar las muestras de sangre que ya no nos sirven
para nada, no hacen falta laboratorios ni criogenia
para que todos sean iguales, hemos encontrado otros
métodos, el adiestramiento es también una forma de
hacer duplicados, tú eres ejemplar, nuestro ejemplar,
pero ya no nos haces falta, una luz encendida y regresas
a para apagarla, no podemos pedir más, podrías
estar en casa, con tu mujer, pero decidiste volver porque
no podrías descansar con esa responsabilidad a
cuestas, y ahora así son todos, y ahora no será por ti
que silben a Nino Rota en el elevador, y no te preocupes,
que no volverás a sentir ese escalofrío de cientos
de puertas cerrándose al mismo tiempo ni de cientos
de despertadores sonando a las seis de la mañana con
doce minutos, un poquito menos de responsabilidad
de tu parte y no nos veríamos en la necesidad, ahora es
necesidad, porque estás en cada uno de los empleados,
eres cada uno de ellos, y basta que nosotros lo pidamos
para que todos, absolutamente todos, con una sincronía
espeluznante, den cuantos pasos queramos en una
misma dirección.

La esperanza es un madero

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Fueron seleccionadas porque tenían el mismo peso, la
misma edad y eran de la misma
raza Diríase que también estaban
igualadas en cuanto a sus
aspiraciones, puesto que ninguna
tenía más o menos aprecio por
la vida que las demás.
Una fue llevada por el
más viejo de ellos e instintivamente
presintió la amenaza.
Quiso zafarse pero el brusco cambio
de temperatura y de ambiente
le impidió de pronto respirar.
Sacó la cabeza como pudo y
buscó urgida algún apoyo debajo
de ella, pero ahí todo era profundidad.
Desorientada y alarmada,
avanzó un poco hacia un lado y
luego hacia otro, perdida. Luego
divisó el tope del estanque y fue
hacia él, pero era alto y liso,
imposible de trepar. Un arcaico y
fuerte impulso surgió de ella
como un resorte para hacerla buscar
desesperada un lugar de
donde asirse, algo que la retuviera
en ese presente vivo. Fue inútil.
No fueron sus fuerzas las que
comenzaron a debilitarse, puesto
que en otros ambientes y en otras
circunstancias, ella y sus congéneres
eran capaces de resistir eso
y más. Fue el estrés desproporcionado
y la histeria las que terminaron
por alterar sus sistemas
y, al cabo, por vencerla. Cuando
al fin dejó su cuerpo a expensas
del agua, ya había muerto.
De ellas, nueve más
corrieron la misma suerte: a los
quince minutos habían muerto
enloquecidas.
Con la onceava fue diferente.
A ésta le fue dado contar
con una tabla cinco antes del
tiempo en que habían sucumbido
las demás, cuando la desesperación
comenzaba a trastornarla.
No murió porque en la búsqueda
frenética de alguna salida encontró
ese soporte del cual apoyarse.
Suponen ellos que ahora está
cambiada, que tiene una nueva
actitud.
Días después, cuando el
susto había pasado y estaba recuperada,
la onceaba volvió al
estanque. Nuevamente la angustia
se apoderó de ella y, como sus
antecesoras, sacó la cabeza manteniéndose
a flote. Nadó hacia
un lado y luego hacia otro. Vio el
agua, el muro y el inescrutable
fondo. Cuando faltaba un minuto
para llegar al quinceavo, el
mismo miedo arcaico sentido
por las otras la hizo entrar en
terror. Sintió el desamparo debajo
de ella y una inaplazable necesidad
de hallar cualquier salida,
pero para donde fuera que volteara,
la muralla se alzaba inalcanzable.
Entró en pánico. El
abismo la jalaba con pavorosa
serenidad y supo que el tiempo
de abandonarse había llegado. El
colapso estaba por llegar cuando
de pronto tuvo un recuerdo; un
registro que le daba un segundo
impulso para sobrevivir. De este
modo logró mantenerse a flote
durante el doble del tiempo anterior,
hasta que del cielo cayó la
tabla que le salvaba de nueva
cuenta la vida. Al cabo de algunos
meses y duros entrenamientos,
fue capaz de resistir casi un
dos mil por ciento más de su
record inicial.
? Esperanza, eso es lo que tiene
la rata. Esperanza ? dijo categórico
Rudolf Bilz a sus colegas, en
la época del nazismo.
Ante tal declaración los
sicólogos musitaron admirados:
ah, la esperanza. Sólo uno, el más
inquisitivo de los conductistas,
no dijo palabra. Se concentraba
en hallar las justificaciones suficientes
del nuevo proyecto que
habría de gestionar con el jefe
superior de los campos de internamiento.
Suponía que el estímulo-
respuesta era efectivo en
las diversas variedades del reino
animal, y allí había sujetos que
por ser de otra índole a las ratas le
permitirían confirmar su hipótesis.

Por la facultad de apetecer

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Necesitamos un poco de oro
y otro poco de mercurio
y un prisma para dispersar la luz
aquí la virtud es un asunto de energía
ese frasco pequeño se llama esenciero
y allí guardamos las sustancias volátiles
por la facultad de apetecer
sabemos que hay animales que vuelan
y que ciertas cosas se mueven ligeramente
y andan por el aire
puede que sea falsa
pero intentamos acuñar una moneda
el juego nos inspira veneración
no tanto el porvenir como las cosas oculta

Bienaventurados los mansos

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El guía del museo se ofende cuando Mauricio, mi pupilo,
pasa por alto la mano que le
acerca. Luego cae en cuenta de
lo que pasa —o no pasa— con
esa mano y se pone pálido. Se lo
digo a Mauricio para hacerlo reír
y lo consigo: muestra sus encías,
se agita y sigue de largo. Son las
diez y quince de la mañana y
hemos entrado al museo como
bárbaros victoriosos.
Mauricio es mi favorito
entre los muchachos del grupo.
Su ficha médica es simple: además
de ser lento, le falta la mano
que el guía quería estrecharle. Y
también la otra. No es posible
descubrirlo a simple vista porque
lo abrigamos con un gabán
negro —el frío le da comezón en
los muñones—. Tiene la cabeza
ladeada y no se ha dejado rasurar
hará cosa de un mes, por lo que
luce una barba tupida y rizada
como su cabello. Mira las pinturas
de la sala principal con desaprobación
y agita las mangas
medio vacías del gabán como las
alas de un joven cuervo. Se me
acerca y me susurra: Así son mis
dibujos. Sabe que no me agrada
el arte y que oírle esta puya me
hace feliz. Le doy una palmada
en la espalda.
El guía explica el motivo
que orilló a alguien a la confección de una improbable escultura
—una inmensa bola de pelo, sostenida en las alturas por un pedestal
de mármol— ante la indiferencia de la sección de sillas de ruedas. Una
chica sin piernas se ha quedado dormida y responde a la exégesis con
ronquidos. Alicia, la cuidadora de los ensillados, se inclina suavemente
y le acomoda la cabeza. No está a consideración despertarla: que
recupere el sueño que le robó la crisis de dolor de la noche es mejor
que obligarla a mirar bolas de pelo colosales. Me concentro en admirar
las nalgas de Alicia, rotundas y magnéticas. Mauricio me sonríe y
hace el gesto de emitir un chiflido que, cortésmente, se traga. Me abastezco
de café y espero el final de la inducción al arte más hermoso del
presente con la vista perdida en el intrincado cabello del lento.
Todos mis amigos están muertos. Eso respondo a quien me pregunta
por qué paseo niños retrasados en vez de llevar balances contables
o diseñar sillas o dar clases de literatura en una universidad
extranjera. Mi frase equivale a decir que uno se aferra a lo que puede
cuando está solo, lo que es mentira, o que prefiero que no se me incordie
con preguntas, lo que es rigurosamente cierto. Paseo y cuido niños
retrasados porque me pagan: esa es la simple verdad.
Decir: todos mis amigos están muertos, además de ser dramático
y darme cierta dignidad de víctima, evoca la existencia de la Revelación,
el motivo tremendo que los incautos, que son todos, sospechan
detrás de la decisión de cada uno de los que trabajamos aquí de sobrellevar
esta vida que se presupone sacrificada.
Pero no somos monjes. Somos profesionales que dedican veintinueve
horas semanales (ustedes trabajarán cuarenta o más) al cuidado
y esparcimiento de grupos de niños con deterioros de todo tipo. La
gente considera un fastidio su cuidado y es capaz de pagar fortunas
para que alguien más se ocupe de ellos, así sea por pocas horas. Los
padres sufren ante la visión repetida o continua o incluso interminable
de las deformidades, taras o incapacidades legadas a sus herederos y,
lo mismo si tienen dinero que si no, se afanan por quitárselos de encima
por un rato. Nosotros cobramos por hacer de ese rato un buen rato.
Para perdurar en este empleo hay que ser capaz de resolver situaciones
tan complejas como un paro respiratorio, una fractura expuesta
o la higiene íntima de una paralítica, pero el problema en realidad no
es tan arduo que una capacitación continua y fecunda no lo supere.
Además, los clientes son todo lo cooperativos que sus limitaciones
permiten. Salvo por casos singulares de chocantería, un niño sin
manos no tiene tiempo para más inconvenientes que los ineludibles de
su condición.
Yo fui, durante largos años estériles, profesor en una escuela.
Luego me especialicé en dar cursos de regularización a escolares que
fracasaban en los exámenes. Cuando el instituto me invitó a trabajar
solamente se me dijo: los niños tienen que pasársela bien. Y a eso me
dedico. Es más simple que intentar meterles en la cabeza la retórica de
Quevedo o la lista en orden alfabético de los estados centroamericanos.
He divagado mientras me despachaba el café y el resultado es que
los muchachos yerran como abejorros monstruosos por el vestíbulo
del museo. Impacientes, hastiados. Las mujeres que atienden el mostrador
de los recuerditos los miran con piadoso espanto. Ojalá les dijeran
en voz alta algo desagradable, para humillarlas con la exhibición
de nuestro discurso moral. Pero no se atreverían jamás.
Conduzco a mis seguidores a una sala lateral. Una pantalla de
video se resigna a la proyección continua de unas manos que contienen
un poco de agua.
El agua se agita ligeramente.
Y ya.
He allí el arte.
Mis muchachos se olvidan de inmediato de lo que se exhibe y se
congregan, curiosos, en torno del proyector. Descubren que si interceptan
con la mano la luz que emite, una sombra irrumpe en el tedio de
la imagen. Considero durante unos segundos improvisar sombras chinas
para divertirlos, pero no hay necesidad. Ellos las hacen mejor. Se
revuelven y se empujan para aparecer, monumentales, en la pared.
Mauricio, que no tiene manos para jugar, mete la cabeza en el camino
de luz y la agita, danzante. La visita a la sala es un éxito.
Vigilo la excursión colectiva a los baños y empleo el trapeador
que encuentro cerca de la entrada —es parte de nuestro pliego de exigencias—
para limpiar el desastre del piso bajo los urinarios. A algunos
de los muchachos, la visión de su propia uretra expulsando líquido
los divierte o inquieta demasiado en este ambiente insólito.
La gira por las oficinas es menos entretenida. Los administrativos
del museo bajan la cabeza y acallan las carcajadas que ya nos habrán
dedicado, mientras un funcionario o dos salen a nuestro encuentro y
nos sonríen con toda condescendencia. Alguien nos conduce a un
bebedero y nos obsequia con vasos desechables y azúcar. Reparto
raciones y le doy de beber a Mauricio de la orilla del recipiente especialmente
diseñado para que no se atragante y que siempre llevo conmigo.
El contingente de sillas de ruedas y el de incompletos —a los que
capitanean las sudorosas nalgas de Alicia— nos alcanzan en la cafetería,
cerca ya de la hora del almuerzo. Distribuimos frutas y más agua
azucarada y repartimos además piezas de pan entre quienes vomitaron
el desayuno —la chica de control médico es la que se encarga de
hacerlo y también de acallar las
protestas de quienes no deben
comer pan a esta hora porque se
desaguarían de inmediato.
Llega, finalmente, el fotógrafo
del museo. Solicita permiso
para llevarse al grupo de chicos
que deben ser retratados en la
sala principal. Elegimos dos ensillados,
dos incompletos y dos lentos
—soy arbitrario y parcial:
mando a Mauricio— y me encargo
personalmente de conducirlos
al lugar y de ayudarlos a posar
ante la cámara.
—Es un privilegio fotografiar
esta campaña—recita el fotógrafo.
—Les aseguro que van a
quedar felices con las imágenes.
Empleamos más de media
hora para levantar a nuestro ejército
de las mesas y organizar la
salida y el abordaje del camión.
Alicia corre de un lado a otro en
busca de la llave para la rampa
que hará que las sillas suban. Yo
contemplo a la distancia el vaivén
de sus nalgas en los pantaloncillos
cortos.
Recibo con discreción el cheque
de manos de un mensajero.
Se me asegura que nos harán llegar
pruebas de color esta misma
tarde, para que las autoricemos.
La próxima semana mandarán el
contrato de cesión de derechos.
Miro subrepticiamente la
suma escrita en el cheque antes
de que Alicia venga y lo guarde.
No pagan demasiado, si consideramos
que había cinco museos
en puja.
Somos, quién lo sospecharía,
populares.
He allí el arte.

El tiempo cruzado

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na línea cortada U por la ausencia intermitente de otra coincidente
evidencia el inexorable paso del tiempo.
Mientras tanto un hombre cualquiera se desliza
por el Paseo de la Esperanza.
En el mismo instante superpuesto yo
intento descifrar mi propia y antigua letra
escrita en un papel que años atrás abrigaba la
superficie de un pan que también pasó al olvido
entre queso y canapés. Ahora recuerdo bien el
momento exacto en que la pluma frotaba las
hebras del papel y dejaba su rastro divino,
imperecedero en aquel entonces. Recuerdo el
momento pero no el motivo y es eso entonces
lo que intentaba descifrar. Alrededor la gente
habla y se ríe, sobre todo habla, y mientras
balanceo mi cabeza en señal de algo
afirmativo, en este caso un café, sigo pensando
en el pequeño trozo de papel.
Otra vez más tomaba el barco en el
puerto acostumbrado, atracado entre la silla
negra y la mesa de noche. Desdoblé las cobijas,
subí el anclaje, primero un pie y después el otro
y sin dificultad me eché a navegar entre la
marejada de sábanas que parecían tranquilas
en medio de la tormenta de pensamientos y
recuerdos que venían en medio de la noche.
Recuerdo el local, el café caliente, la gente que
aún ríe y habla al pie de una mesa infestada de
colillas y cigarrillos. A través de la nebulosa de
hollín y nicotina veo la calle que intenta
respirar entre los charcos de agua que dejó el
aguacero en la noche fatal del homicidio. En el
papel, las letras distorsionadas por las manchas
de agua y vino tinto se resisten a una lectura
legible, también la rapidez de su ejecución en
ese tiempo remoto, poroso y parcialmente
olvidado, complica aún más la difícil tarea, sin
embargo aquel trozo evocaba aquel tiempo
inevitable y lejano.
Recojo el pan por la mañana; salgo de
casa sin inconvenientes, deslizándome por la
puerta, las escaleras y finalmente la calle, que se
dilata entre recovecos interminables, haciendo
escala primero en la carnicería y finalmente en
la panadería de rutina. De vuelta a casa, otra vez
las setecientas treinta y cinco baldosas de
ladrillo que forran la carne del suelo y
conforman la epidermis de lo que hay debajo;
buenos días Enrique y otra vez los latidos del
perro, la cerradura, la rotación de la puerta
metálica y la sucesión en la de madera que
finalmente me bota al interior de mi casa y llego
con el pan y su envoltorio y más cosas en más
bolsas. Entre los vestigios del pan: la bolsa, y
después la voz de Alexander en el teléfono y en
seguida el papel impregnado de una tinta azul
que refleja todo su esplendor y en la conjunción
de sus letras un código secreto y revelador.
Alexander lo sabía pero ignoraba el peligro.
De repente un destello me nubla el
campo visual, oigo las voces –¡foto!, ¡foto!–,
recobro la visión y ya los niños corretean por los
pasillos de los Rodríguez que celebran la fiesta
de cumpleaños de Antoñito, el hijo menor, y
gritos y globos y todo el mundo ríe y raviolis
con salsa y refrescos y gaseosa y panqué de
chocolate y después la piñata y todos muy
felices. Regreso a casa, y es entonces, cuando
suena el teléfono y es entonces cuando, como
jugando a la ruleta rusa, pongo en mi oreja el
teléfono y sale el disparo de una voz metálica
que penetra mi cabeza y entonces busqué el
papelito y ahí la preocupación. Y otra vez el
perro y buenos días Enrique y las setecientas y
tantas baldosas y nuevamente el pan y el papel
que lo envuelve y otra vez las letras y por fin en
el fondo de una basura putrefacta el papelito
tan importante.
En el local, entre el ruido, las risas y el
café, se habla de Alexander; de sus ojos azules;
tan joven y tan querido el muchacho. Abro mi
mano y desenvuelvo el papelito otra vez,
intento recordar y viene su voz que acaba por
mezclarse con el humo que despiden los
clientes desde las mesas y la barra del infestado
lugar. La voz de Berta me hace emerger de la
contemplación del papel que sujeto en mis
manos. Me contó que también lo habían
llamado por la noche, también la voz metálica a
través del teléfono penetrando la cabeza de
Alexander. Aquella noche también en su local;
—¡Buenas noches Bertica!; vaso de ginebra, y
rumbo a casa; la calle y después las campanas
de la iglesia.
Al mismo tiempo que Doña Eva saca el
pavo del horno, una bala calibre veintiocho
sale por el tubo que define el rumbo y atraviesa,
en pocos instantes, la piel y el cráneo para
finalmente alojarse en el lóbulo izquierdo del
laberinto encefálico de Alexander que cae al
suelo al mismo tiempo que cesan la campanas
de la iglesia. Y entonces pasan a cenar que ya
está listo el pavo, un poco de arroz, ensalada,
papa y televisión y buenas noches papá y
mamá. Doña Eva también se va a la cama.
Berta me sirve otro café. En su rostro
aún perplejo se refleja la triste ausencia de
Alexander que noches atrás tomaba ginebra
sentado en la mesa de la esquina mientras
escapaba de las miradas ajenas ojeando un
periódico viejo. En el último sorbo del café,
ahora frío, consigo revelar el acertijo de
manchas. Mi alegría reprimida se ahoga en la
única posibilidad al alcance: una servilleta
sucia y abandonada que encuentro en medio de
vasos, platos, botellas y ceniceros. Con
aparente alivio doblo el papel y lo guardo
cuidadosamente en mi bolsillo. –Hasta mañana
Berta. Salgo por la puerta de cristal empañado
y vuelvo caminando por la acera de enfrente,
escapando del sol que está a punto de aparecer
una vez más entre los edificios y el canto de los
pajaritos. Los viejos fantasmas desaparecen
con el ruido de los carros y las motos y los
pasos ágiles de los transeúntes que aparecen en
las primeras horas de otro nuevo viernes. La luz
mortecina del alba ilumina con esperanza los
recónditos pliegues de las calles y se evapora el
perfume, que dejan los borrachos, con el aire
matinal y en mi bolsillo el trozo de papel,
aunque eso ya no importa. Lo toco con los
dedos y regreso nuevamente al café y al azúcar
encima de la mesa y a la gente que habla y ríe, y
al enigma ya resuelto del entresijo de los
grafemas escritos en el papel aparentemente
imperecederos en el momento de su ejecución.
Al otro lado de la acera juegan los niños
entusiasmados, como siempre, en las delicias
de la infancia, exactamente en el mismo lugar
en donde hace pocos días yacía el cadáver de un
hombre asesinado.

La caricia

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Insertó el estetoscopio entre los botones del pijama y me dijo que sólo así lograba mantener su clientela. Mi hijo de año y medio se
escurrió un poco ante el aparato frío. Continuó durmiendo. El doctor,
entonces, sentado en la orilla de la cama, se inclinó hacia delante con
toda la lentitud de sus años mientras, concentrado, las manos temblando
ligeramente, su largo fleco albino cubriéndole los ojos, auscultaba
los latidos del corazón de mi hijo, quien llevaba ya dos días con una fiebre
bastante elevada.
—Vienen con ideas muy comerciales, los médicos jóvenes.
Se quitó el estetoscopio y lo volvió a guardar en su viejo maletín
de cuero negro.
—Por ejemplo, se reúnen diez o doce pediatras —dijo viéndome,
la mano aún metida en el maletín, como olvidada entre tanto instrumento—.
Forman ellos una oficina lujosa de pediatras. Las madres
llevan allí a sus bebés y los atiende cualquiera de los diez o doce que
esté de turno.
Mi hijo se quejó de algo.
—Es un sistema inteligente. Pero muy impersonal. Casi frívolo.
¿No le parece a usted?
—Claro, doctor.
—Pero lamentablemente así es ahora.
Sacó de su maletín un artefacto metálico. Lo sacudió un par de
veces. Lo golpeó contra la palma de su mano hasta que por fin se
encendió la pequeña bombilla.
—Yo en cambio siempre he creído importante que el médico
llegue al paciente.
Examinó de cerca y en silencio las pupilas de mi hijo, sus
oídos y garganta, y luego, con calma, volvió a meter el artefacto en el
maletín.
—Al principio, aunque le suene a usted increíble, yo llegaba a
las casas de mis clientes en bicicleta. —Lo dijo sonriendo, mientras le
presionaba el vientre con las puntas de los dedos—. ¿Está mamando
este niño?
—No, quiero decir, no sé.
—Bien.
—Estaba mamando, doctor…
—Después me compré una moto, cuando ya tenía algunos centavitos,
y entonces hacía todas mis visitas en moto.
Lo observé palpar el cuello de mi hijo con índice y pulgar.
—¿Ha tenido algo de
tos?
—No creo.
—¿Flema?
Subí los hombros.
—¿Cómo han estado
sus heces?
Tampoco lo sabía. Me
quedé callado, sintiéndome inútil
y revisando una vez más mi
reloj.
—Bueno, ya se lo preguntaremos
a su mamá.
—Seguro que no tarda,
doctor.
—Aunque claro dijo
con un fino suspiro—, ahora, a
mi edad, siempre me tiene que
estar llevando y trayendo
alguien más.
Colocó una mano pálida
sobre la frente de mi hijo. La
mantuvo allí durante unos
segundos. Desde donde yo estaba,
creí verlo cerrar los ojos y
sacudir sutilmente la cabeza.
—¿Qué tiene? —le pregunté
un poco asustado.
Él se puso de pie, tapó
bien a mi hijo con una colcha de
lana blanca y, estirando su brazo,
le hizo una suave y lenta caricia
en la mejilla.
—¿Doctor?
—A mis pacientes les
gustaba más verme llegar en
moto.

El statu quo de un biólogo escritor Miguel del

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hancho en misa parecía ahí parado, mirando para afuera todo el rato por la ventana, como si nos fuéramos a hundir.
Por eso me acerqué a echar unas palabritas con él. Quizás para calmarlo, aunque no parecía asustado. Me C
presenté y él después me dijo su nombre. Le pregunté, aunque yo ya sabía la respuesta, si era de la zona y él me dijo
que no. Era el único extraño, todos en la barcaza nos conocíamos y habíamos viajado a buscar provisiones a Puerto
Aysén, para pasar el invierno. Es que en Mangelme el frío es de pelárselas y la barcaza sale cuando la marea lo permite
no más. Cuando yo le pregunté qué iba a buscar a tierras tan lejanas en esa época del año, me salió después de
harto rato con eso del statu quo, que quería decir algo como las raíces del corazón o una cuestión parecida. Me lo
dijo serio, poniendo cara rara. No le entiendo nada, le dije yo, aunque después agregué que sería un placer tener en el
pueblo a alguien que demostraba tanta instrucción. Movió la cabeza y como que sonrió. Ahí le dije que yo era el profesor
de básica, que vivía en Mangelme porque era bonito y por la asignación de zona, más del doble que lo normal,
porque era el último pueblo donde llegaba la barcaza, lo más lejos que se podía llegar antes de dar la vuelta. ¿Y
usted?, le pregunté. ¿Y yo qué?, me dijo él. En que se gana la vida pues. Ahí me dijo que era doctor en biología, pero
que venía a escribir, a escribir sobre esa cuestión que me dijo antes. Ahí la gente paró la paila; aunque se habían fijado
antes en él, nadie se había interesado en hablarle. Siguieron en silencio, como siempre, porque la gente nacida en
la zona es bien callada, no son de hablar mucho. Pero como yo soy de Cholchol le dije: Así que doctor, buenos estudios
tiene usted. Pero él no quería conversar mucho parece porque volvió a mirar para afuera. Yo le conté no sé qué
después, pero no me volvió a prestar atención. Todo el resto del viaje se fue parado mirando hacia el canal, con el
ruido del motor.
Cuando llegamos al puerto se le acercó doña Lucí. La que tiene ese poroto gigante en el cuello. Le preguntó
si se iba a quedar allí, mostrándole con el dedo la casa donde atendía el médico las pocas veces que se aparecía. Él le
dijo que no. ¿Y dónde se va a quedar?, le pregunté yo. Ahí nos dijo que se iba a quedar en una casa arriba, en el monte.
Era la casa de los Morrison, unos gringos que tenían tierras por la zona, que antes criaban ovejas pero que se fueron
para el norte cuando se les murieron todas. Soy amigo del hijo, nos dijo, y nosotros le indicamos dónde quedaba
la casa porque parece que no tenía idea. Era bien raro, no me aceptó la invitación para tomar once ni la que le hizo
doña Lucí, tampoco quiso que le ayudara a llevar las cosas. Tenía hartas cosas, la verdad.
Unos días después me lo encontré cerca de la parroquia. Lo perseguía un grupo de gansos. Todos saben que
no hay que meterse con los gansos, pero él no lo sabía. Yo se los espanté riendo, pero a él no le pareció muy gracioso.
¿Cómo va la escritura?, le pregunté al doctor. Me dijo, bien, bien, y después me preguntó dónde podía ir a comprar
cosas para comer. Donde la Marcita pues, siempre tiene mercadería, queso fresco y vino, aunque a veces no le
queda ninguna cuestión, le dije yo. Después le dije lo acompaño. Y yo creo que me dijo que sí para no parecer tan
perdido, porque se notaba que no tenía ninguna idea de cuál era la casa de la Marcita, que era la niña más linda que
ha tenido Mangelme, aunque estuviera preñadita. Eso sí, por lo chiquito que es Mangelme, si uno se pierde no tiene
que haber nacido muy avispado, creo yo.
Donde la Marcita había unos parroquianos sentados en una mesa zampando un vino y nos invitaron a acompañarlos
moviéndonos la boina. Yo creo en el Santísimo pero igual le dije al hombre que lo acompañaba si quería
tomarse una copita. Pero me dijo que no. Compró una bolsa de porotos, un saco de papas, uno de harina, harto charqui,
una docena de huevos y no me acuerdo cuánto más. ¿Me ayuda a llevar las cosas después?, me preguntó, y yo le
dije claro que lo ayudo pues gancho.

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La máquina

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uando era niño quería ser
inventor y físico nuclear aun C
antes de saber qué significaba convertirse
en cualquiera de las dos
cosas. Pero abandoné mi sueño de
ser un científico. Desearía no
haberlo hecho. Siempre tuve espíritu
de inventor. Pasaba los días
imaginando máquinas que se acomodaran
a mis necesidades, imaginando
que en el futuro las construiría.
Máquinas, máquinas,
máquinas para todo. Una máquina
que transformara al mundo en mis
cosas de comer favoritas, una que
organizara mi cuarto, otra hiciera
por mí las tareas del colegio, otra
que pudiera teletransportarme a
cualquier lugar, y otra que me
diera diferentes poderes: volar, ser
invisible o mover cosas con la
mente. Luego me volví más ambicioso.
Quería crear una máquina
que grabara mis sueños, y otra
que, al escribir sobre un tablero
especial, hiciera que eso mismo
que había escrito pasara a un computador.
Algunos años después,
tras sufrir una serie de infortunadas
relaciones amorosas, me obsesioné
con lo que muchos hombres
fantasean: crear una máquina del
tiempo para moverme libremente
por el pasado y el futuro, y así
poder cambiar y anticipar cosas.
Naturalmente quería jugar un
poco con el tiempo.
Aunque secretamente
siempre quise tener mis anheladas
máquinas, nunca me animé a
crear alguna. No hasta que ese
libro llegó a mis manos. Lo leí y
mis inquietudes científicas despertaron
de nuevo. La máquina
que había inventado el tal Morel
era maravillosa. Nunca se me
habría ocurrido una cosa así. Y,
aunque era difícil, no resultaba
del todo imposible seguir las pistas
que daba el libro para recrearla.
Pero mentiría si digo que mi
espíritu científico fue la única
razón por la que intenté hacerlo.
No lo pensé hasta que leí el último
párrafo. Las últimas palabras del
diario de ese pobre eran patéticamente
conmovedoras, y su historia,
además, estaba conectada de
alguna manera extraña con la mía.
Hace un año me mudé a
un apartamento que tenía un balcón
con una vista extraordinaria.
Ahí la conocí, era mi vecina.
Vivía dos pisos más abajo, y
desde mi balcón podía ver el suyo.
La veía algunas mañanas ahí sentada
leyendo, fumando o tomando
café, y algunas tardes mirando el
atardecer. Nos encontrábamos
varias veces a la semana entrando
y saliendo del edificio, y nos saludábamos
tímidamente. No era particularmente
atractiva pero me
gustaba que se sentara durante
horas enteras en el balcón sin
hacer mayor cosa. La invité a salir
porque me sentía solo. Y porque
llevaba un par de meses largos sin
tirar con alguien. Nos entendimos
bien desde el principio. Era animal
en la cama. Empezamos a
salir con más frecuencia y, al poco
tiempo, a vernos casi todos los
días. Todas las mañanas nos saludábamos
desde nuestros balcones,
y en las tardes nos despedíamos
de la misma manera. Fueron
seis meses idílicos de amor y
sexo.
Pero después todo empezó
a andar mal. Yo no aguantaba
los cambios abruptos de su estado
de ánimo, y ella no aguantaba lo
que solía llamar irónicamente
“mis pequeñas perversiones”.
Nunca pudo perdonar que me
comiera a la puta esa. Llegaron las
peleas, los reproches, los celos,
los engaños, hasta que ninguno de
los dos aguantó más y terminamos.
No la extrañaba tanto
pero a veces la espiaba desde el
balcón o la ventana. Un mes después
de separarnos la vi entrar al
edificio, en la noche, con otro
hombre. Desde el balcón pude ver
que las luces de su casa se encendieron,
y un rato después se apagaron.
Me asomé a la ventana para
ver si el tipo aquel salía, pero pasaron
más de diez minutos y nunca
salió. Seguramente estaba tirando
con él la muy zorra. Los celos me
envenenaron. Quería tumbar la
puerta de su apartamento, pegarle
al tipo, estrellarlo contra la pared
hasta reventarlo. Quería jalarla
del pelo, arrastrarla, insultarla, y
después empujarlos a los dos por
el balcón. Fui al cuarto a torturarme.
Justo allí, tres pisos abajo,
estaban montando a la maldita
perra. Enloquecí. Me paré encima
de la cama imaginando que estaría
parado encima de los dos. Salté
con furia sobre el colchón creyendo
que los pisoteaba. Les grité, los
insulté. No lo soporté más. Salí de
mi casa, del edificio, y me fui a un
burdel a pasar la pena.
A partir de ese momento
las cosas empeoraron. No podía
dejar de pensar en ella. Pasaba
horas enteras sin moverme de mi
casa, vigilándola. Ella sabía que la
espiaba porque me vio un par de
veces mirando por la ventana, y
otra asomado desde el balcón para
poder verla. Decidí cambiar de
método: la indiferencia me permitiría
una observación silenciosa si
me cuidaba de cometer errores.
Compré una cámara pequeña y la
colgué desde mi balcón al suyo
para grabarla. Cayó en mi trampa
ingenuamente: empezó a salir en
las mañanas y en las tardes como
antes. Y yo todas las noches descolgaba
la cámara, la conectaba al
televisor, ponía la grabación y me
quedaba dormido viendo cómo la
infeliz contemplaba el mundo
desde su balcón.
Llevaba dos meses grabándola
cuando el libro aquel
llegó a mis manos. Lo encontré
una tarde cuando regresaba a mi
casa, tirado en el piso del ascensor.
Seguramente se le había caído
a alguien. Lo recogí, lo dejé sobre
el escritorio y lo olvidé un tiempo.
Una mañana, cuando instalaba
la cámara, la vi salir del edificio
con dos maletas y coger un
taxi. ¿Se mudaría a otra parte?
¿saldría de viaje? ¿se iría con él?
Llamé al portero para exigirle que
me dijera a dónde se había ido.
Después de amenazarlo con golpearlo
si no me contaba, me dijo
que estaría fuera un par de semanas,
pero no sabía en dónde. Pasé
el resto del día atormentándome,
tratando de adivinar en qué lugar
estaba. Ya en la noche, agotado,
me acosté en la cama. No sabía
qué hacer. Recordé el libro, me
levanté. Seguía en el escritorio.
Decidí leerlo.
Me demoré toda la noche
leyendo el libro. Lo terminé a las
cinco de la mañana. Y fue a esa
hora cuando tuve la revelación:
construiría la máquina del tal
Morel y nos grabaría a ella y a mí
para estar juntos eternamente. Sí,
eso era exactamente lo que tenía
que hacer: construir la máquina en
menos de dos semanas antes de
que ella llegara de su viajecito.
Todas las máquinas de mi infancia
se vieron opacadas por la posibilidad
de reproducir esa invención.
Esa sería mi primera y última
máquina.
Ese mismo día, después
de releer las partes del libro que
me servían, empecé a hacer los
planos. Me demoré dos días en
ellos pero el resultado fue prodigioso.
Después salí a comprar las
cosas que necesitaba para mi obra
maestra. Entré y salí varias veces
del edificio cargado de cosas y el
portero pensó que iba a remodelar
el apartamento, el muy ingenuo.
Fue más complicado de
lo que pensé. Los materiales eran
difíciles de manejar y algunos de
mis cálculos fallaron. A pesar de
eso, logré terminar la máquina dos
días antes de que ella llegara.
Tenía tiempo de probarla. Debía
estar seguro de que en verdad funcionaba.
Fue entonces cuando me
robé al gato del vecino.
Grabé al animal un día
entero mientras maullaba y se
paseaba desesperado por toda la
casa, cuidándome de no grabarme
con él por error. No quería morir
antes de que ella llegara. Entonces
comprobé que la máquina funcionaba.
En la noche empezó a agonizar
y una hora después murió. Ya
tenía su alma capturada. Tiré el
cadáver por el balcón, y el vecino
creyó que el gato se había caído
accidentalmente. Cuando encendí
los proyectores vi cómo el gato se
paseaba por todo el apartamento,
al igual que en la mañana. Decidí
apagar la máquina y esperar. Ella
llegaría al día siguiente
Llegó en la tarde. La vi
bajarse del taxi, sonriente, con sus
maletas. Nunca la vi tan hermosa.
Quería raptarla y grabarla enseguida
pero decidí esperar hasta la
noche. La llamé algunas horas después
pero ella no quería hablar
conmigo. Me colgó el teléfono
varias veces hasta que por fin
logré que dejara de hacerlo. Le
dije que sentía mucho todo lo que
había pasado, que sólo quería ser
su amigo, que tenía ganas de verla,
que le tenía un regalo. Aceptó ir
a mi casa y a la media hora subió.
Yo me había arreglado y había
cubierto la máquina con una sábana.
Le ofrecí una copa de
vino y también me serví una. Me
miró con desconfianza mientras
se sentaba en el sofá. Le dije que
su regalo estaba debajo de la sábana.
Se sorprendió. Me dijo que
parecía demasiado grande para ser
un regalo. Le dije que sólo si
cerraba los ojos retiraría la sábana.
Los cerró obedientemente y
los cubrió con sus manos. Quité la
sábana, prendí la máquina y empecé
a grabarla. Ella no aguantó la
curiosidad, quitó las manos y
abrió los ojos. Al ver mi creación
me miró extrañada. Le conté que
era una máquina que grabaría nuestras
almas y que a través de ella
estaríamos juntos eternamente.
Gritó que estaba loco, que no me
creía. Le anuncié que ya era demasiado
tarde, que ya había empezado
a grabarla. Gritó con más fuerza
y los vecinos se alertaron. Llamaron
a mi puerta. No los iba a dejar
entrar, tenía que sentarme a su lado
para que la máquina me grabara a
mí también. Me fui acercando a
ella pero con cada paso que daba
sus aullidos de angustia eran más
terribles. Alguien consiguió abrir
la puerta. Ella seguía diciendo que
estaba loco. Dos vecinos entraron
y me cogieron por los brazos. La
máquina siguió grabándola. No
alcancé a llegar hasta el sofá, no
pude grabarme con ella.
Ella salió corriendo. Los
vecinos dijeron que habían entrado
porque pensaron que la estaba golpeando.
Imbéciles. Ninguno se fijó
en mi máquina. Cuando se fueron
la apagué. Llamé a su apartamento
pero no contestó. Salí a buscarla.
Bajé a la puerta del edificio y el portero
me dijo que se había ido.
Regresé a mi casa y me acosté en la
cama. ¿Habría ido a ver al tipo ese?
¿estaría agonizando? ¿cuánto tiempo
tardaría en morir?…
No recuerdo en qué
momento me quedé dormido. Me
despertó el sonido del teléfono. Ya
había amanecido. Contesté. La
encontraron muerta en una estación
del metro. Colgué. Encendí
la máquina y proyecté su última
imagen. Me senté a su lado. Y mientras
miraba cómo se cubría los ojos
con las manos, tuve una nueva revelación:
construiría una nueva
máquina que además de grabarme
a su lado también me hiciera entrar
en su conciencia.

Ficha técnica

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Gorro traductor-apocalíptico.
El artilugio expuesto en esta Gvitrina fue inventado a mediados del
siglo XXI para fungir como una
máquina traductora entre los llamados
“esquizofrénicos” y la llamada
gente “normal” (como es sabido,
este oscuro concepto sigue siendo
objeto de investigaciones y álgidos
debates, al punto de que muchos
especialistas se resisten a creer que
designara algún sistema estable). El
gorro consta de dos capuchas de
algodón en uno de cuyos lados hay
un juego de electrodos que se introducían
profundamente en los cerebros
del invitado y del “paciente”
(este vocablo ha sido también objeto
de controversia, pero se usa aquí por
razones de contexto). Una vez que
los cerebros del “esquizofrénico” y
del “normal” se sincronizaban, éste
último podía experimentar la vera y
rica variedad de estímulos —y el
frecuente horror— que el ambiente
ofrece, merced a la agudización de
los cinco sentidos en el cerebro del
“esquizofrénico”; más, por supuesto,
el sexto y séptimo sentidos propios
de estos individuos.
Casi inmediatamente después
de que este artilugio fuera
inventado y aceptado por lo que se
conocía como “comunidad científica”,
las sociedades industrializadas
comenzaron a colapsar de perplejidad
con el descubrimiento de que la
realidad era mucho más enmarañada
y ambigua de lo que les habían
Ficha técnica
hecho creer. Se comprobó que las voces que escuchaban los “esquizofrénicos”
eran rastros de otros tiempos o reflejos de otros lugares: señales lanzadas
al vacío en un país remoto, monólogos internos que alguien lograba captar,
subproductos de situaciones traumáticas que eran percibidos por alguien más
y en una forma que nada tenía que ver con lo que la había originado (por ejemplo:
una señorita lloraba por la partida del ser amado y en otra ciudad ese afecto
era descifrado por el organismo de alguien más como un zumbido intermitente
y enloquecedor, o como la orden de pintar rombos en el techo). Estos
hallazgos condujeron a una súbita anomia: todo aquello que estructuraba los
propósitos de la gente debía ser reevaluado ante la evidencia que presentaban
estas ventanas vivientes, los “esquizofrénicos”. Y no es que se hubiera descubierto
otro orden, no es que los “esquizofrénicos” entendieran de otra manera
lo caótico; simplemente vislumbraban que no podía encontrarse sentido
—más que de manera provisional— en la manera anárquica en que el tiempo,
el espacio y el deseo (la cuarta dimensión, ahora lo sabemos todos) constituyen
nuestros cuerpos.
Es curioso que estas sociedades hayan tardado tanto en darse cuenta
de lo absurdo que era reducir la realidad a tres dimensiones y que trataran de
anular a los “esquizofrénicos” por medio de químicos o confinándolos donde
no perturbaran la ilusión de “normalidad”. Es abominable además, no sólo
porque ya desde que se acuñó el nombre de este “trastorno” ya se tenía cierta
intuición sobre su naturaleza, cierta sospecha de que era otra forma de inteligencia:
una inteligencia dividida; es abominable por eso e inaudito porque la
sociedad “normal” era una atravesada por contradicciones tan repugnantes
que sólo podían ser racionalizadas por una mentalidad igualmente escindida.
Por supuesto, gracias a que pudo rastrearse el origen de los mensajes
que los esquizofrénicos decían recibir, el gorro traductor (traductor guión
apocalíptico a partir de que alguien reparó en que fue su introducción lo que
precipitó el advenimiento de la exnormalidad) también confirmó la existencia
de Dios. Se trata de un recolector de chatarra avecindado en el barrio La
Ladrillera en Bogotá, cuyo diálogo interno es transmitido a una variedad de
individuos. No todas, ni siquiera la mayoría de las voces escuchadas por los
“esquizofrénicos” vienen de Dios, pero sí es éste el único cuyos impulsos íntimos
se convierten en hechos reales. Puede, por ejemplo, cuando alguien de
ojos rasgados lo trata descortésmente, pensar: “Qué aburrido me dejan estos
chinos”, lo cual ocasiona un terremoto de manera casi inmediata en Sichuán,
aunque el sujeto no se entere, pues no acostumbra leer periódicos.
Dios responde preguntas y escucha reproches en la sala “F” de este recinto,
los martes y jueves, de 5 a 6 de la tarde.

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