n sábado cualquiera de octubre, doña Chabelita, con su cuerpo blan- do como avena recocida en una falda color lila y una blusa de flores,
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los pies dentro de unos zapatos planos de felpa, el cabello azul pastel y la boca roja pintada más allá de las comisuras, pronunció el nombre de su nieta. Esto no habría tenido mayor relevancia si no fuera porque la ancia- na llevaba meses sin reconocer ni nombrar a ningún miembro de la fami- lia.
