todos los pimientos mueren cuando les cortas las venas los chiles pican para defenderse de la constancia
del verdugo que los asa los cactus andan siempre entre dimes y diretes
garbancito cree que la distancia entre los dimes y los diretes es una copa de vino
y que en estos casos tan históricos
a él le gustaría ser un silencio de langosta pataleando antes de morir es domingo
garbancito no es judío ni musulmán sube a la azotea de su casa
se acuesta
pone las manos abrazadas detrás de la nuca y mira, observa las nubes
y su corazón minúsculo que tembló minúsculo
a la orilla de los dioses
cuando aprendieron a zarandear la palabra saudade:
difusa nostalgia en los pétalos del cempasúchil y entre los calcetines que cuelgan
secándose al sol
siente la presencia seca de la lluvia que no cae y la pálida estela de un eclipse
que relaja su párpado en el cielo
en el bolsillo más izquierdo de su corazón garbancito me lleva siempre apegado a los latidos
“es sal el silencio sólido que bucea mis entrañas”
dice
y lo dice queriendo que su paladar levante el velo y mire al mundo
para decir dos o tres palabras de cera esculpidas a golpe de aguijón
siguen pasando las nubes
como las cosas que pasan en la vida y como pasan sin avisar
o pasan por ti sin que lo pidas te vuelves como ese calcetín que siempre se pierde
como el que nunca se queda
como el que solo comparte saudades en un cajón o en un cesto de mimbre
(los cestos de mimbre se llevan la palma)
la vecina descuelga la ropa la dobla con cuidado
son sus manos de un papel picado por el tiempo le sonríe a garbancito
como todos soñamos que nos sonría la vida
