n sábado cualquiera de octubre, doña Chabelita, con su cuerpo blan- do como avena recocida en una falda color lila y una blusa de flores,
|
los pies dentro de unos zapatos planos de felpa, el cabello azul pastel y la boca roja pintada más allá de las comisuras, pronunció el nombre de su nieta. Esto no habría tenido mayor relevancia si no fuera porque la ancia- na llevaba meses sin reconocer ni nombrar a ningún miembro de la fami- lia.
La noche anterior Natalia apenas durmió porque los sapos canta- ron incesantemente por la lluvia. Tuvo la esperanza de que la ciudad ter- minara por inundarse y así tener una excusa para no visitar a la abuela en el asilo donde vivía. A Natalia de niña le parecía que la lluvia trastornaba a la gente. Afuera, en el tráfico desquiciado, los cláxones competían con los truenos, los peatones corrían: algunos malaleche en sus autos aceleraban al pasar por los charcos para mojarlos. La premura por buscar el refugio, el terror a la ropa húmeda y el frío. Adentro, el encierro era causa de agre- siones veladas, de violencia contenida como el agua que se acumulaba en partes del tejado. En casa, sus abuelos discutían por cualquier cosa.
“Es una barbaridad el precio de los tomates”, decía la abuela
Isabel sin dirigirse a nadie en particular.
“Sí, una barbaridad”, asentía el abuelo hojeando el diario sobre la mesa y untando un pan con mantequilla de ajo. “Bueno para el corazón”, le explicaba desde el otro lado de la mesa a Natalia, mientras movía el cuchillo romo en el aire como una batuta, un gesto que a ella le parecía amenazador.
En la televisión de la cocina, una reportera hablaba de los focos de infección que traía el agua acumulada en las calles. Natalia abría la azucarera para meter furtivamente el dedo cubierto de saliva.
“No me des por mi lado, si no tienes nada que decir mejor cálla- te”, decía la abuela.
Entonces su marido calla- ba. El sonido del molcajete era la única cosa audible: tac tac tac tac tac. Entonces Natalia se iba hacia la ventana. No comprendía aún las manecillas del reloj, así que el lapso entre la hora de la comida y la merienda era su medida del tiempo. No había mucho que hacer en casa de los abuelos. Com- prar juguetes no era una parte de su ideología austera. Se confor- maba, pues, con mirar las gotas de lluvia rebotar contra el pavimento, imaginando que eran pequeños cisnes de cristal.
Antes de salir de casa rumbo al asilo, Natalia se bebió un café instantáneo, pero iba sin bañar, con el cabello un poco revuelto por haber estado cam- biando los canales de la televisión sin cesar, recostada sobre la cama. Sus tíos, los hijos verdaderos de la abuela, espaciaban sus visitas a veces hasta por meses. La excusa era que vivían en otra ciudad. La verdad era que creían que como
ella fue criada por la abuela en lugar de su madre y porque además vivía allí mismo, la responsabilidad era suya. Ellos pensaban que Natalia esta- ba en deuda con la anciana, que no tuvo la oportunidad de jubilarse de la maternidad a su debido tiempo porque una de sus hijas dejó a la bebé Nata- lia a su cuidado. La inversión de roles parecía lo más justo en los ojos del resto de la familia. Pero lo que la gente piensa al ver la nata de las cosas es casi siempre equivocado.
Doña Chabelita tenía la costumbre de dormir gran parte del día.
Natalia siempre la encontraba así. Por eso se sorprendió al verla en uno de los sillones de la sala de visitas. Natalia se acercó a saludarla con un beso, con aquella inercia que la misma abuela le implantó de niña, un beso al que ella respondía en ese entonces dándole la bendición con un aleteo católico con la mano derecha. Hoy por hoy, ella no esperaba otra cosa más que la mujer reaccionara con una expresión desconfiada en el rostro diciendo ¿y quién es usted, señorita? En cambio, doña Chabelita dijo:
“Na-ta-lia, ¿por qué no le abriste al gato, Natalia?”
Una de las enfermeras que supervisaba la visita corrió de inme-
diato hasta la anciana para preguntarle a qué gato, a qué puerta se refería. Era extraordinario que hubiera reconocido a su nieta y hubiera pronuncia- do su nombre. La mujer comenzó a hacer algunas notas en una libreta.
Natalia vio como su abuela la miraba, con esos ojos de cuencas
profundas y su piel transparente; de pronto comenzó a ver cómo la esencia de ese rostro se transformaba hasta volverse otra versión de ella misma y sintió que miraba su propia cara en la de la abuela. Ese gato, esa puerta.
Cuando llovía con persistencia en el puerto, las lagunas terminaban por aumentar su nivel y desbordarse sobre las colonias cercanas. Cuando llovía de aquel modo era común que los lagartos laguneros, junto con culebras, sapos y algunos peces, navegaran por las calles inundadas junto la basura y el debris. Muchos perros callejeros se volvían ingenuos boca- dos, pero eso, para los vecinos, estaba bien. Una vez Natalia vio como la abuela llamó a los bomberos para reportar un lagarto sólo hasta que éste terminó de engullirse a un perro huesudo.
Abuela, ¿por qué cerraste la puerta? ¿para no ver?
Natalia le pidió a la enfermera que la dejaran a solas con doña Chabelita. Quería encontrar en sus ojos ese pequeño reflejo que acusa entendimien- to. Quería preguntarle si de verdad nunca vio nada, si cuando al llegar del mandado y encontrar al abuelo frente a la televisión, fumando y acarician- do a su gato, y ella llorosa y hecha un ovillo sobre su cama, no llegó a sos- pechar nada.
Habían pasado ya muchos años desde que Natalia salió de su
casa para irse a estudiar y para alejarse lo más posible. Fueron años en los que ella se dedicó a enterrar todo en el arenero de los recuerdos. Pero tuvo que regresar a su vida pasada, luego del funeral del abuelo. Se encontró con que doña Chabelita padecía demencia senil y no pudo entonces pre- guntarle. De niña calló porque no quería causarle penas a la abuela y por- que temía que de hacerlo ella no le creyera o se molestara, la dejaría en la calle.
Natalia miró a la anciana directamente y la tomó de la mano. Por
un segundo le pareció ver un cierto reconocimiento en aquellos ojos des- lavados. Ninguna de las dos pudo haber olvidado lo que sucedió después del incidente del gato.
La abuela planchaba en la sala, mirando una telenovela, el volu- men alto para contrarrestar el soni- do de la lluvia afuera. En la venta- na, Natalia se entretenía observan- do cómo el patio trasero iba inun- dándose y el lodo se expandía por todas partes. A lo lejos oía el mau- llido incesante del gato del abuelo tras la puerta. La niña miró a su abuela que dividía su atención entre una camisa y una confesión de embarazo en pantalla. A través del vidrio pudo ver los ojos y la nariz del lagarto emerger despacio. El gato en su afán de entrar para refugiarse de la lluvia no advirtió el hocico que se abrió a sus espal- das proyectándose sobre él con rapidez.
El animal gritó mucho y
tardó varios segundos en morir. En cambio ella nunca pudo gritar porque la mano arrugada del abue- lo sobre su boca la sofocaba. La abuela acudió a la puerta con aquel escándalo, pero al abrir y ver al lagarto cerró inmediatamente y espetó a su nieta con severidad.
¿Por qué no le abriste al gato, Nata- lia? Luego vinieron los golpes, el irse a la cama sin cenar, el silencio durante días. Al final, los años empolvados.
La mano de Doña Chabelita estaba muy fría. Natalia la apretó un poco, pero ya se sentía como un pez muerto. Su abuela la miró con ojos vacíos, y ella supo que la oportunidad se había ido para siempre.
“Me debes mi infancia”,
dijo Natalia muy bajito y soltó esa mano llena de venas saltonas y azules.
“¿Quién es esta señori-
ta?”, preguntó la anciana dirigién- dose a la enfermera que regresó para inyectarle su insulina.
