a Torben
Hace horas que llueve. El cielo parece venirse abajo, caerse a pedazos, desmoronarse sobre la ciudad. Llueve y llueve: se oyen truenos, la lluvia cae con fuerza desde hora temprana: no había amanecido
Salí de casa pensando que ya había dejado de llover, que esa gotera intensa ya dejaría de sonar y que el día se aclararía, pero sólo era una pausa que apenas me dio tiempo de pasar a comprar el desayuno en el mismo café de todos los días y cuando ya voy en la calle otra vez se suelta el aguacero.aun y ya se oía el agua chocar contra las ventanas, resbalar por los tejados para caer en los balcones, precipi- tarse al suelo y perderse en el drenaje.
Busco refugio a la entrada del metro Akropoli, bajo el toldo de una tienda donde venden paraguas. Tengo el café en una mano y en la otra el desayuno. Veo el agua caer a chorros, empapando a todos aquellos que salieron desprevenidos, o que, como yo, no se imaginaron que la lluvia continuaría.
Un trueno parece partir el cielo, retumba, hace vibrar el cristal del aparador de la tienda y es enton- ces que lo veo revolverse nervioso, entrecierra los ojos, me mira y no sabe si meterse a la tienda o quedarse a mi lado. En el aire se siente la electricidad del próximo trueno, la próxima descarga que caerá del cielo, él se pone nervioso, asustado y alza la mirada hacia mí, como una súplica, pide que le ayude, que haga algo por él, que lo salve del terrible trueno.
Veo al perro y recuerdo la actitud de mi madre, en los días de tormenta y lluvias cuando yo era niño. A ella le molestaba ver asustado al único chucho que teníamos en casa, un perro de pelaje entre amarillo oscuro y negro que se dejó morir en un rincón del corral del rastrojo y nadie se volvió a acordar de él, tal vez porque estábamos ocupados pensando en otras cosas o porque en eso de migrar y cambiar de país se va per- diendo la memoria.
El perro oía los truenos recorrer el cielo, acercarse, para de pronto estallar, como si fueran inte- rrumpidos, y a punto de morir de terror entraba corriendo en la casa, iba de cuarto en cuarto, buscando un rincón donde protegerse; de cuarto en cuarto buscando refugio. Una vez fue tan grande su miedo que se trepó al ropero y no bajó de ahí hasta que la lluvia había pasado y sobre los cerros se dibujaba el arco iris alto y brillante.
Se metía entre las patas de la máquina de coser Singer, la facilita, se quedaba ahí un buen rato y si el agua se empezaba a colar y encharcarse, él se sentaba en el pedal metálico para no mojarse y cuando el agua ya estaba cerca daba un salto y con el rabo entre las patas iba a la cocina.
El perro entraba a la cocina con la cabeza agachada y levantando la mirada como cuidándose de que no lo vieran, como diciendo ahí ustedes dispensen, me voy a esconder. Ahí se acurrucaba debajo de la banca de madera (en la que una noche me quedé dormido y ahí me dejaron no sé si por no despertarme o por- que simplemente se les olvidó que ahí estaba y cuando de madrugada me recordé conocí la inmensidad del silencio nocturno, la inmensidad de las sombras y la vida secreta que sucede debajo de los muebles). El perro se quedaba echado unos minutos debajo de la banca, hasta que veía los pies de mi madre y salía otra vez cabizbajo, haciéndose el fuerte; se quedaba bajo la lluvia un rato, parpadeando como si con cada parpa- deo fuera a apurar la lluvia, como si quisiera apurar el tiempo, como si deseara que al abrir los ojos para com
pletar el parpadeo ya no hubiera lluvia, pero apenas oía un trueno lejano o el resplandor del relámpago entraba a un cuarto, se metía debajo de la cama y empezaba a gemir: eran unos gemiditos que apenas se oían, unos gemiditos de niño que no quiere ser visto pero que tampoco puede reprimir el llanto.
Entonces mi madre se daba cuenta que estaba ahí, montaba en cólera y trataba de sacarlo de debajo de la cama, agarraba la escoba y le tiraba palos que el animal esquivaba con el mismo terror con el que había ido a esconderse ahí, y mi madre era una extensión de la furia del cielo, echaba truenos y relámpagos, despo- tricaba contra el perro, decía que era un perro verijón, y sin dirigirse a nadie nos interrogaba a todos, que por qué estaba el perro ahí, que si no se podía ir a otra parte, que se fuera al corral o a la nopalera, y seguía lan- zándole golpes mientras el animal lanzaba aullidos suplicantes, lastimeros. Esa es mi madre, siempre peleando contra el mundo, siempre con la firme idea de que todos deben pensar como ella, incluyendo los animales. El perro salía despavorido y pasaba como una flecha entre los pies de mi madre, ella gritaba y echaba pestes para luego acabar lanzándole la escoba, y el chucho se iba a esconderse al corral y a veces apa- recía hasta el día siguiente, cuando ya se la había pasado el susto, pero siempre esquivando a mi madre.
La lluvia, mezclada a ratos con granizo, sigue cayendo. La lluvia viene acompañada de ráfagas tan fuertes que hacen volar el paraguas de un hombre que acababa de salir del metro, y lo veo quedarse de pie un momento y luego se echa a correr en dirección de la Acrópolis, lo veo perderse entre los narcisos por la calle del teatro de Dionisio.
El perro se queda a mis pies, apoya la cabeza en mis corvas y se queda quieto, parece que no respira. De cuando en cuando me vuelvo a mirarlo y él me lanza una mirada agradecida, se revuelve contra mis pier- nas cuando ve el relámpago, cuando oye estallar el cielo, luego se queda quieto y esperamos a que pase la lluvia.
Sigo tomando el café, viendo la gente que va y viene, la gente que entra y sale del túnel del metro; sigo deshaciendo este manojo de recuerdos, sigo mirándome en el espejo fragmentado de la infancia, me veo perdido cual Teseo buscando la salida en un laberinto de recuerdos. Porque eso es la infancia, puro recuerdo, pura memoria traicionera que no sabemos donde acecha ni en que momento llega.
Cuando la lluvia ha pasado y el cielo se queda silencioso y quieto, ya no caen más gotas que las que resbalan de los toldos, de las hojas de los laureles y los olivos, el perro sale de su escondite, se sienta a mi lado, yergue la cabeza, elegante, como esos perros de piedra que vigilan los muros de algunas casas. Como si guardara la puerta de la tienda de paraguas o la entrada al túnel del metro.
Abandono el escondite, me alejo y él se queda ahí: sentado, con la cabeza bien alta. Me volteo a verlo y me lanza una mirada agradecida, y en esa mirada creo adivinar una sonrisa.
