Cuando mi hijo y yo empe- zamos a jugar futbolito, me puse como firme propósito dejarlo ganar de vez en cuando Pensé que dejándolo ganar hoy sí y mañana también se le arre- ciaría el interés. De manera que empezamos a jugar apenas regresaba de la escuela, un juego o dos, y a veces la revancha. No encuentro la forma de describir la expresión de su rostro cuando ganaba, sabiendo yo que en rea- lidad lo había dejado ganar. Levantaba ambas manos en señal de triunfo y arrojaba un espumarajo de felicidad por las
narices. Todos los días, regresando de la escuela, nos encerrá- bamos en su habitación para jugar. Conforme pasó el tiempo, empecé a darme cuenta de que cada vez era más fácil dejarlo ganar y más difícil hacerlo per- der, hasta que llegó el momento en que ganarle se me hizo prácti- camente imposible. Pasaron semanas o meses para que pudie- ra realmente adquirir la destreza que me permitiera darle la bata- lla. Sudaba mares para conseguir meterle un gol, pues sus defen- sas eran murallas infranqueables y sus medios tenían la habilidad de conectar muy bien con sus delanteros, que no había forma
de hacerlos errar. Sin embargo, aproveché una debilidad en su portero para hacerme al triunfo, y fue entonces que las partidas empezaron a emparejarse y puede conseguir ganarle hoy sí y mañana también. No encuentro la forma de describir la expre- sión de mi hijo cuando yo gana- ba: levantaba ambas manos fes- tejando mi triunfo y arrojaba un espumarajo de felicidad por las narices, tal como si desde algún remoto día se hubiera puesto jus- tamente como firme propósito dejarme ganar —nunca he sabi- do si por amor o por piedad— de vez en cuando.
