el perro

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Emiliana tiene cuca

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Yo, Emiliana de la Torre, ciudadana mexicana, tengo cuca…, eso es

lo que tienes que decir —le digo por segunda vez.

Esta  segunda,  educada  vez,  con  el  addendum  de  ciudadana mexicana; porque la primera le dije que dijera Yo, Emiliana de la Torre, tengo cuca.

Estamos  en nuestro apartamento,  un calor  horrible, nada  quen hacer.


Principios de julio: El Paso, Tejas: Nada por hacer. Un calor horrible.

—¡No!

—¡Dilo!

—¡No!

—Maldita sea, ¡dilo! —sentenció finalmente, transitando la línea

 

que sé transitar con tanta destreza. Le hago caras.

Lo único que se oye es el highway, afuera.

 

—Ay, miamor —resopla porque no la dejo de mirar, porque con el dedo le pico el costado.

—¿¡Ay, miamor, qué; ay, miamor, qué?! —la reto. Ella calla; sigue leyendo.

Me bajo de la cama y hago quince flexiones de pecho.

 

A los cinco minutos, yo:

—Tengo hambre.

—…

—Tengo hambre, miamor.

—…

—¿Qué vamos a comer?

—Ahora me invento algo.

—Ya casi no hay nada, ¿no?

—Seguro salen unos lonchecitos muy buenos.

—Estamos como el chiste éste del sánduche de pollo, ¿te lo conté alguna vez?

—Sí, más de una vez.

 

Al rato la interrumpo de nuevo, porque no puedo arrancar con la siesta que prometí cuando llegamos al apartamento, o a esta cloaca a la que damos en llamar apartamento. O departamento, pues, como dice Emiliana.

—Emilia.

—Mande —contesta con voz queda, sin dejar de leer.

Cuando me responde eso, se lo he dicho varias veces, me hace sentir como un conquistador español.

—Cuando me respondes  así me siento  como un conquistador

 

español.


—Ya me había dicho.

Le vuelvo a picar el costado: «Dale, dilo una vececita, no seas mala.

 

Tengo cuca, vamos».

—No.

—¿Panocha…?

—…

—¿Chocha, pussy?

—Ay, Juan.

—Riflocha, pues, riflocha: Yo, Emiliana de la Torre, tengo riflocha. Ésta se la oí a un gamín en Bogotá, como respuesta a un primero

que le pegó un sopapo. ‘Húrguese la riflocha’, le espetó.

—¡Que no! —pero amaga con que se va a reír. Sin dejar que su pulgar abandone las páginas, las hace a un lado.   Respira y sonríe esa sonrisa  suya.           (Está  leyendo  un  libro  sobre  teoría  literaria,  escrito seguramente por algún franchute pecueco.   Lo hace sólo por sacarme la piedra.)

Intento entonces darle un beso, pero con este calor ni besos nos podemos  dar. Me  levanto  de  nuevo  a  intentar  algo  con  el  aire

acondicionado.  El chicano que nos alquiló el depa aseguró que funcionaba perfectamente. Ahora no contesta el celular.

Cuando me vuelve a pasar corriente:

—¡Este hijueputa!

—Ya, miamor, tranquilo. Venga mejor y se duerme un ratico.

—¿Con este calor quién se va a dormir, Emiliana, quién? Me hace caras.

De nuevo me acuesto a su lado. Trato de dormir.

 

Sueño con Emiliana.  Que estamos mi Papá, mi hermana y yo peleándonos por espicharle un barro enorme que le salió en la frente. Pero es mi novia, digo yo, no jodan. Ay, Juan, dice mi hermana.  Dejen la peleadora, repone el padre, que despliega los pulgares en la cara de la pobre Emilia, ejerciendo su derecho.   Mi hermana y yo no nos atrevemos a interrumpirlo, aunque no estamos nada conformes con cómo se desarrolló el episodio.   Me hace pistola, Paula; yo medio la escupo.

***

Vivo hace casi un año con Emiliana de la Torre, ciudadana mexicana.  En un par de ocasiones, en Colombia, estuve a punto de mudarme con un par de indias, mas siempre, sabiamente, me eché para atrás en el último minuto. Nos conocimos en la universidad.  A mí me gustó de entrada.  No sé cuál habrá sido su reacción, aunque cuando le pregunté al respecto me dijo que lo primero que pensó cuando me vio fue que tenía aspecto de niño antiguo. Lo que sea que eso signifique.

 

 

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Nos  hicimos  novios.   Yo  vivía  entonces  en  un  apartamento inmundo con un peruano inmundo; ella con un par de chicanas. Pasó el primer año de universidad, fall y spring, llegó el verano y ella se devolvió para México; yo me fui para donde unos primos que tengo en Filadelfia. Al regresar, lo habíamos hablado previamente, empezamos a vivir juntos. Nadie sabe en su familia; con lo conservadores que son los mexicanos seguro que se vienen hasta acá el papá y el hermano y me cogen a tiros. Esa fue la causa, supongo yo, de que se mostrara reticente: que sí un día, que no el otro, que mejor rentáramos un par de depas cerca, que nos juntáramos con otro compañero…

No hubo tiempo para negociaciones: llegó de nuevo el otoño, y las premuras de principio de semestre no nos dejaron opción: nos mudamos al apartamento que yo alcancé a rentar: un poco caro, un poco lejos de la universidad y del supermercado, pero no estaba del todo mal, y tenía dos habitaciones, lo cual calmó un poco a Emiliana, pues si venían sus padres y/o un espía de visita, yo me podía pasar de afán al otro dormitorio.

Comenzamos a convivir. Todo bien, en realidad, mejor de lo que esperaba. Un poco desordenada, la niña, como todas las niñas ricas. O mejor:  como  todas  las  niñas  ricas  consentidas.  Un  poco  descuidada, también, con el aseo de la casa. O será que yo estoy en el otro extremo: nazi de la limpieza. Siempre abre mal la caja de cereal, siempre encuentro sus cucos sucios en mi ropa sucia; siempre se le riegan las cosas.  Pero todo bien, como ya dije.

Transcurrió el segundo año escolar, otoño y primavera, y llegó el verano. A Emilia le dieron trabajo en la universidad, a mí no: nunca le caí bien a la gringa que decide, metro y medio de PhD, me detesta, no sé la causa. Estaba entre irme a Filadelfia de nuevo o devolverme a Colombia, con el objetivo de al menos no gastar. Decidí quedarme.

 

La rutina de nuestro verano es más o menos así:

Emiliana sale a dar clase temprano en la mañana y llega pasado el mediodía.  Mientras cocina le charlo, y a veces después del almuerzo le ayudo a corregir las burradas de sus alumnos. Después ella se pone a leer o a escribir un rato; en la noche cenamos, vemos de pronto alguna película, y a dormir. Yo me despierto alrededor de las diez de la mañana, trato de leer y escribir, de lavar la loza, de jugar Play Station, de poner algo de almuerzo, de matar cucarachas, de bañarme.

Eso más o menos todo el día. Siempre he sido muy ambicioso. Además  la gente  no entiende  que el desempleo  quita  mucho

 

tiempo.


Los fines de semana no hacemos nada.

***

 

Cuando abro los ojos, Emiliana  está acostada  a mi lado,  mirándome despertar.  Veo sus ojos verdes gigantes. Me toca un párpado, el otro, la nariz. Yo finjo que no me desperté, que en realidad estoy sonámbulo: subo los brazos, me inclino sobre la cama y le toco un pecho, emitiendo un sonido extraño, como de retrasado mental.

—¡Oiga! —me deja hacer, pero grita.

—Ay, ay, qué está pasando, por Dios —me río, le doy un beso. Afuera está empezando a oscurecer.

—Miamor, ya está la comida.

—¿En serio?

—Sí.

—Huele buenísimo.

—Le hice lo que más le gusta.

—Pero cómo, si no teníamos nada.

—Fui hasta el Dollar General, mientras usted dormía.

Siendo mexicana y eso, nadie entiende por qué Emiliana me trata de usted. Sólo sé que un día cualquiera comenzó a hacerlo.

Pasamos al comedor, que es como llamamos a la mesa desgonzada y al par de butacos que regateé en alguna venta de garaje. Recuerdo que tuve que cargar el jodido comedor y un butaco por siete cuadras bajo la canícula. Emilia ayudó con el butaco azul. A la tercera cuadra del acarreo, me detuve y le di un beso. Un camión de bomberos pasaba por allí; los bomberos nos celebraron. Yo trabajo más que esos tipos.

En la mesa del comedor está mi lasaña. Procedemos.

—Tuve un sueño rarísimo —le digo mientras hago maromas para sacar mi pedazo de la refractaria.

—¿Qué?

Se lo cuento. Ríe.

***

La primera vez que le dirigí la palabra lo hice con la excusa de saber el gentilicio de la gente de Aguascalientes. Fue en casa de Alfredo. Me sonrió y como que me invitó a seguir hablando, a pesar o tal vez debido a que se notó que me gustaba. Siempre me ha sido difícil esconder este tipo de cosas. Me  enteré de que el bárbaro del papá la hubo bautizado Emiliana por Emiliano Zapata. Tengo la impresión, nota complementaria, que ese señor es más malo que Caín enmarihuanado. Me cogería a tiros, estoy seguro. La mamá es amable, o se ha portado amable las veces que hemos hablado por teléfono. El hermano es una lacra, me dice. Pero volviendo a ese día: yo estuve muy  decente; y seguí así creo que por todo el primer semestre. Emiliana también era otra persona; si hasta me dijo una vez, con ocasión de la llegada del invierno:

—Ay, qué rico que llegue el invierno para dormir abrazaditos. Hacía mucho eso, usar diminutivos.

También solíamos sostener charlas más o menos de la siguiente

 

forma:


—Miamor, ¿me quieres?

—Sí.

—¿Y por qué?

—Porque es mi niño.

—¿Y por qué más?

—Porque es lindo.

—Cuando dices eso… ¿te refieres a mi belleza interior o a mi

 

belleza exterior?

 

Creo que todo comenzó desde que empezó a ustearme.

Bueno, nada comenzó, en realidadmas nuestros intercambios fueron mutando a lo siguiente:

Yo (después de que me había respondido mal, por cualquier cosa, y con la costumbre mexicana de no ceder ante un suramericano, sabiendo que a lo mejor le arrancaba una sonrisa): «Emiliana, yo he estado adentro de usted, ¿cómo se le ocurre hablarme así?».

***

Voy por el segundo plato de lasaña. Es que la noche anterior me trasnoché jugando Play, un poco frustrado, en parte, porque se me averió del todo el

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control.  Hasta anoche me daba mañas para jugar, pero no sé qué pasó, no quedó sirviendo para nada. Entonces esta mañana no pude desayunar ni dormir bien porque Emiliana me rogó que fuera con ella a la universidad (bueno, no me rogó). Lo único que hice fue desperdiciar la mañana de manera distinta: Internet. Llegué con hambre y sueño.

Emiliana ya acabó de comer; me observa desde el butaco azul.

—Oye, miamor, sácame de una duda que me carcome —mi tono es el de un tipo satisfecho, alegre, dicharachero.

—Qué lo carcome…

—Sí, miamor, me carcome… Es muy verraco que a uno se lo coma algo, ahora imagínate que se lo carcoma… Sufro.

—¿Qué?

—¿Por qué los mexicanos dicen futból y no fútbol?

—Porque se dice así.

—Ay, por favor.

—…

—…

—Oiga, hablando de futból…

—¡De fútbol!

—Lo que sea… Hablando de futból: le tengo una sorpresa.

—¿Qué?

—Pero me tiene que prometer una cosa.

—¿¡Qué!? —sé que se viene algo importante.

—Pero me lo tiene que prometer.

Seguimos ese juego de interlocuciones por unos minutos, hasta que me cuenta: además de ir al Dollar General me llevó a arreglar el control del Play.

Estallo de felicidad.

Abandono la comida.  Voy por el control,  prendo el aparato  y compruebo que en efecto lo compusieron. Me gustaría ver lo que hay en mis ojos. Le digo que es lo mejor, lo máximo, que la República de Colombia le agradece todos los servicios prestados, que me voy a embarazar. Emiliana sonríe, de verme, incluso se sienta un momento al lado del televisor. Me dice que  al principio no podía distinguir cuando yo jugaba y cuando estaba viendo un partido de verdad en la tele. Pauso y la miro.  Después trato de involucrarla   en   mi   juego.   Intento   explicarle   mi   Liga   Máster,   la particularidad de que en ésta los jugadores vuelven a nacer. Se va para nuestra habitación. Le prometo lavar la loza en un ratico.

Juego Play Station por cinco horas ininterrumpidas.

Me voy a acostar alrededor de la medianoche, porque el control da señales de que se va a volver a dañar en cualquier momento. Mejor dejarlo descansar. Decido aplazar la loza para mañana en la mañana. Emilia está leyendo, con cara de que está cercana a apagar su lámpara de noche. Tiene puesta una mascarilla y la piyama que no me gusta.

Le doy un beso; le digo que la quiero. Apaga la luz. Pero no quiero dejarlo ahí.

A los cinco minutos, cuando hablo, parece que ya se durmió:

—Miamor.

—Humm…

—Miamor.

—Hummmm, mande.

—Al menos di cuca, ¿sí?

 

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