Ebrios gigantes que no olvidan, monolitos de lodo ennoblecido, trompetas de marfil,
respiración que alarga,
trompas que conducen a una cueva, palafitos donde las aves pican
los rescoldos del Pleistoceno.
En el zoológico de Chapultepec
—no para verlos—
mi padre me cargaba para darles de comer cacahuates sin pelar sobre mi mano.
Un instante y la trompa, inaudita aspiradora,
sin tocarlo esfumaba el alimento.
A la mitad de una sonrisa
oscilaban como barcas en el muelle, balanceándose,
casi con la misma gracia con que tanta grandeza
se mece en el recuerdo.
