Toco con la palma de mi mano el espejo de agua. La piscina devuelve mi imagen temblorosa. No ha sido
Mi retoño siempre me causa una sensación ambivalente: me impacienta su desorden pero me encanta su desorden. Con los hijos, de nada sirve que hayas aprendido a controlar tus realidades inmediatas: te arrastran a un nuevo comienzo en el que eres un torpe total. Madurar es aprender a evitar las equivocaciones,mía la idea: mi hija de tres años me invitó a jugar, a dibujar con agua en el borde enladrillado de la piscina. Marca su mano sobre las baldosas secas y grita: ¡Papá, dibujé mi mano! Y me maravilla que algo tan obvio la maraville.
¿para qué?
Y ahí estoy, tocando con la palma de mi mano el espejo de agua.
Y finjo fascinación por estar acuclillado ahí, creando formas que no me dicen nada, con el peso del sol en la nuca, sonriendo a pesar de todo.
Y es que el agua para mi hija no es agua, no es simplemente agua: es la tinta de dibujos estrellados. Ella le otorga nuevos propósitos a las cosas.
Y me veo en el espejo del agua. Toco con la palma de mi mano el espejo del agua. La piscina me devuelve mi imagen temblorosa.
Quisiera irme: la prisa de mi adultez parece halarme del brazo. Pero mi hija sólo dice con sus ojos que espere, que espere mientras en el fondo de mi imagen aparece otra imagen, que espere mientras el mundo se ordena.
Y me doy cuenta de que no es la primera vez que juego este juego, que no es mi hija quien primero pintó con agua una mano. Al fondo de mis ojos, de los ojos sumergidos de mi imagen en el agua, está el desarreglo de los calcetines, la sonrisa que no se esconde de nadie y un júbilo que se desborda del cuerpo pequeño.
