De lo general
Recuérdese en la infancia. Encontrará sólo al niño que es ahora. El que fue usted,
si acaso todavía existe, vive en otro cuerpo pequeño. Usted y él nunca podrán conocerse.
Observe a cualquier infante. Sentirá envidia por no haber podido verse a sí mismo como usted lo ve ahora: tal vez con compasión, tal vez con esperanza.
Sepa que si está alegre, es porque siente que no necesita a nadie, tal y como cuando un niño cree que no necesita a nadie y desaira a sus padres. Poco después vienen las desavenencias y el llanto. El niño corre a los brazos de su madre pero usted no tiene dónde refugiarse. Los brazos de su amante o de sus amigos nunca serán suficientes, nunca serán lo mismo.
Entienda que cuando se siente triste, desvalido, es porque se da cuenta de que nadie le tuvo nunca compasión, la misma que ahora siente por usted mismo.
Mire a su alrededor, identifique a quien de manera voluntaria hoy ha tomado el papel de su nana o maestra. Aproveche sus favores mientras duren. La atención y cariño incondicional que le tienen ahora se diluirá con el tiempo. Más adelante,
usted —tal y como lo hacían sus padres— deberá pagar para que alguien lo cuide, para que alguien lo aguante.
Deténgase a pensar en por qué no le gusta lo que le disgusta. La música, la
literatura y el arte que le desagrada son proyecciones del brócoli, la cebolla y la col. Un poco de esfuerzo le hará valorar sus propiedades y por ende, usted aprenderá a apreciarlos. Aunque sea de manera ocasional y en pequeñas cantidades, definitivamente, lo nutrirán.
Identifique sus miedos. Usted tuvo miedo la primera vez que se dio cuenta de que sus padres no podrían defenderlo de eso que le inspiraba terror. Esa sensación de vulnerabilidad y desamparo vive todavía en usted aunque la momia, el coco y el fantasma se hayan quedado bajo la cama en su habitación de niño. Ahora que ya sabe que los cuentos de niños no pertenecen al ámbito de la
realidad, que las hadas y los monstruos no existen, luche contra usted mismo. Porque usted es quien se infringe dolor y quien genera las experiencias más angustiantes. Usted es lo más dañino para usted mismo. Eso le da un cierto placer: se tapa los ojos con las manos para no verse hacerse mal, pero, al igual que en el cine, a oscuras cuando niño, abre los dedos para espiar su sufrimiento.
De lo amoroso
Busque, primero que nada, al niño o niña en su recién estrenado amante. Saque ventaja de la facilidad con que lo puede amedrentar, controlar o satisfacer. Si tiene dudas, pida un niño prestado por unos días. Más rápido de lo que cree aprenderá cómo los adultos controlan a sus hijos sirviéndose de toda suerte de ingeniosidades e incluso, de actos de crueldad infinitos. Emplee lo aprendido, pero no abuse. También los amantes crecen.
Controle sus impulsos infantiles. Es una paleta chupa-pop lo que usted quiere, no que lo quieran más. Explíquele esto a su amante, entenderá todo mucho mejor.
Asuma que cuando actúa con sevicia lo que realmente usted quiere es que le
cambien los pañales. Todos, en algún momento —a toda edad— sacamos la mierda que traemos dentro para experimentar el placer de que los otros limpien.
Aprenda a salir de sus problemas amorosos. Si su amante le reclama algo,
estalle en llanto. Saldrá en su ayuda el espíritu maternal o paternal: lo apapachará. Si las lágrimas ya no le vienen fácil, cuéntele un cuento: saldrá en su ayuda el espíritu infantil: le creerá todo.
Comprenda que su crueldad se debe a que trata a los demás como si fueran insectos, ranas u otros animales menores. Tal vez no superó la satisfacción que le daba el poder sobre lo que era más pequeño que usted. Ahora tal vez crea que es su mente lo que es “más grande”. Las congojas, tristezas y depresiones que usted ha provocado anteriormente o causa en la actualidad, las pagará tarde o temprano con piquetes, mordidas, arañazos o indiferencia de alguien, por ejemplo, pero la cuenta más alta la rendirá en su interior, en la angustia de ser, en la existencia inicua que usted lleva.
De lo Laboral
Proceda ya a enfrentar a su tiránico jefe. Usted está escondido en el clóset,
huyendo de los golpes de su padre —¿o padrastro?— no lidiando con un problema profesional.
Reflexione sobre su último fracaso. Si logra visualizar la realidad como un
enorme juguete que no quisieron comprarle, revivirá la frustración de no poder manipular un objeto que le es agradable y que le ayuda a pasar ese momento en el que se siente aburrido. Su carrera, el dinero, el amor y todas esas cosas que le importan, cobran así una dimensión más adecuada, más acorde con las emociones que le inspira su infortunio.
Deje de preocuparse porque todavía no sabe lo que quiere hacer de su vida. Esa indefinición y la irresponsabilidad que conlleva se deben a que todavía hay alguien que ve por usted, que le soluciona la vida. Espere, aunque sean largos años. Un día morirán sus padres o aquellos que lo protegen. Después del velorio, actuará inmediatamente.
Explíquese las razones de su afán competitivo. Usted quiere el reconocimiento de papi o mami, no tener un mejor desempeño en pintura o en piruetas. Hoy, en el trabajo o con sus amistades, compite abiertamente o en secreto, pero a sus padres no les interesan sus resultados, sólo poder liberarse de la pensión económica que todavía le pasan o del chantaje emocional que había en sus demandas infantiles.
