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Monos, simios, chimpancés y changos

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OBRA CORTA

PERSONAJES

El doctor Henri Lampard viejo.

El doctor Henri Lampard joven.

Petit. Su asistente.

Un chango, un chimpancé, un simio y un mono, que para el caso serán muy similares.

TIEMPO Y LUGAR

Hace más o menos un siglo, entre cada situación hay por lo menos diez años de distancia. El primer lugar es el escritorio del doctor, y después la selva Gatunia.

OBSERVACIONES

La obra sucede en dos planos, el primero, en el escritorio del investigador, el doctor Henri Lampard, y el segundo en la selva, donde realizó su expedición. Para la caracterización de los exploradores se sugiere que el vestuario sea del tipo de los aventureros, viajantes, y conquistadores.

En perspectiva aparece el doctor Henri Lampard en su escritorio. Toma la hoja de su informe, le hace algunas correcciones. La observa y finalmente comienza a leer en voz alta.

HENRI viejo. Quiero destacar… No, destacar no, quiero… subrayar, eso sí, subrayar. Quiero subrayar, en este informe, los pormenores de mi viaje a la selva de Gatunia en pos de uno de los misterios más codiciados por la humanidad, la ciencia me ha enviado durante más de diez años…

Se escuchan los ruidos propios de la selva. Aparece entonces el doctor Henri Lampard, con un atuendo parecido al de quien repasa el informe, aunque más joven.

HENRI joven. ¡Así que aquí estamos! ¡Tú y yo destino! Éste será mi nuevo hogar. ¡Este será nuestro nuevo hogar!

PETIT. ¡Qué bien! ¿Y por cuánto tiempo?

HENRI joven. El tiempo que sea necesario. Todo depende de los primates.

PETIT. Claro… Ellos.

HENRI joven. Pues manos a la obra.

PETIT. Creo que lloverá, será mejor si comenzamos a armar el campamento.

HENRI joven. ¡De acuerdo! Cuanto antes mejor.

Volvemos la vista al Henri viejo, quien sigue leyendo en voz alta.

HENRI viejo. Mi inseparable asistente Petit y yo, dispusimos de un avanzado campamento de sobrevivencia y estudio, justo a la mitad de la más espesa selva. Llegamos a lugares que jamás el género humano había tocado, ni siquiera había imaginado. Toda clase de aves, algunos animales feroces, humedad y árboles enormes. Todo con el firme propósito de demostrar que estos animales pueden ser educados para hablar.

Petit y Henri joven que se han quedado inmóviles mientras el viejo habla (así sucederá siempre), regresan a sus movimientos. La luz en ellos.

PETIT. Doctor, ¿usted cree que sea posible educar a estas criaturas?

HENRI joven. Desde luego, no hay otra razón para estar aquí. Estoy seguro que podemos educar, hacer pensar y que hablen, como nosotros.

PETIT. ¡Pero si son sólo animales!

HENRI joven. ¡Eso mismo! Así comprobaré la teoría de la evolución, los animales, especialmente éstos pueden perfeccionar sus modos de vida y comunicación.

PETIT. Dicen que nosotros los humanos venimos de los simios ¿no?. La evolución.

HENRI joven. Desde luego, esta investigación dejará muy claro el asunto. A lo largo de miles de años, algunos primates originaron al ser humano.

PETIT. Eso dicen… ¿Cuánto más hay que caminar?

HENRI joven. No mucho. ¡Mira! Ahí está un chango.

PETIT. ¡Vamos por él!

HENRI joven. Que no escape….

Petit y Henri joven logran atrapar a la criatura que no ofrece mucha resistencia. Después volvemos otra vez al rincón donde Henri viejo lee su informe.

HENRI viejo. Es mi obligación informar a la ciencia que logramos, al cabo de diez días, la captura de un chango, un chimpancé, un simio y un mono: los he dividido así por las diferentes capacidades que presentaron, su aspecto y por los avances de nuestra exploración.

Ya enjaulados les ofrecimos comida, les pusimos algunos juegos de habilidad y destreza mental, los hemos tratado como hijos nuestros. Incluso al buen Petit comenzó a enseñarles el alfabeto .

Ya vemos las cuatro jaulas con las criaturas adentro. Cada cual con su nombre. Petit y Henri joven frente a ellos.

PETIT. ¡Qué bonitos son!

HENRI joven. No te encariñes demasiado, recuerda que son objeto de estudio.

PETIT. ¡Elementos de la ciencia!

HENRI joven. ¡Exacto!

PETIT. Oiga doctor, llevo días queriendo hacerle una pregunta.

HENRI joven. ¡Hágala!

PETIT. ¿Cómo es que a cada criatura le dio un nombre diferente? Yo los veo casi iguales.

HENRI joven. ¡Ah! Muy fácil. He notado que el mono es el más veloz para alcanzar las frutas de los árboles. El chango es quien más rápido se come un plátano. El chimpancé me da la mano antes de comer y el simio, el simio… pues el simio es el que no hace nada en especial.

PETIT. Su trabajo es deslumbrante.

HENRI joven. ¡Muchas gracias Petit. No es nada!

PETIT. ¿Usted cree que pronto los hagamos pensar y hablar?

HENRI joven. Hay que tener paciencia.

PETIT. ¿Y si les enseño el alfabeto? Tal vez sea una buena manera de comenzar…

HENRI joven. No sé si estén listos.

PETIT. A ver, changuito…

HENRI joven. Ése es el mono.

PETIT. A ver monito, debes aprender la “A”.

HENRI joven. Tal vez sea buena idea.

PETIT. La “A”, repite: “Aaaaa”.

Otra vez en Henri viejo. Que continúa leyendo.

HENRI viejo. Recolectamos las mejores frutas para ellos, los bañamos y en la noche, antes de dormir, les hemos contado un cuento. Al cabo de poco tiempo podíamos dejar las jaulas abiertas, ellos no estaban dispuestos a escapar.

Pero los animales no querían hablar. A pesar de los intentos de Petit y míos. Nada. Ni una palabra. Sólo gruñidos y murmullos animales.

Desconcertados, Petit y Henri joven frente a los primates, que sólo los observan.

HENRI joven. ¡No es posible!

PETIT. No han querido pronunciar ni una palabra.

HENRI joven. Es como si se resistieran a ser hombres, seres humanos. ¡Me voy a volver loco! No entiendo…

PETIT. ¡Esto no va a funcionar!

HENRI joven. No te des por vencido…

PETIT. A ver chimpancé, repite conmigo: “mi mamá me mima”. Mi-ma-má-me-mi-ma.

HENRI joven. ¡Nada!

PETIT. ¡Es inútil!

HENRI joven. ¡Hablen! ¡Digan algo!

Sigue la lectura del viejo Henri Lampard.

HENRI viejo. Así han trascurrido más de diez años, y no hemos obtenido ni siquiera una sílaba. Nada, ni una palabra. Aplaudían, sacudían la cabeza, se revolcaban, pero jamás dijeron nada que sonara humano. Nada.

Puedo decir, yo Henri Lampard, investigador de primates, y en nombre del fiel Petit que fracasamos en nuestro intento por demostrar que estas bestias podían hablar. Y algo peor, ya cansados de perder la cabeza ante estas bobas criaturas les he dado un nombre genérico, para mí todos son: ¡gorilas!

Se han acostumbrado a vivir como humanos, comen lo mismo que yo, duermen en una confortable cama, usan ropa y zapatos pero no dicen palabra alguna. ¡Ni siquiera he logrado sacarlos de sus jaulas!

Aparecen el mono, el simio, el chango y el chimpancé en la oficina de Henri viejo, ataviados como él mismo mencionó. Se suben a su escritorio, le sacuden la cabeza, se rascan, se ríen.

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