el perro

La revista online

La fascinación de lo difícil

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Para Bárbara Balcells

 

Has dried the sap out of my veins, and rent Spontaneous joy and natural content Out of my heart.

 

W.B. YEATS

 

 

De amor he escrito mucho y de amor sé poco, por no decirte casi nada.

Y sin embargo cada vez comprendo mejor a los pingüinos suicidas

(los pingüinos de Herzog ¿los has visto?)

que rechazan el mar

que rumbo a la montaña son dichosos.

 

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Cacaíto

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Hasta hace no mucho se pensaba que los loros parlanchines no eran capaces de comprender lo que decían. La ciencia los concebía como simples máquinas reproductoras de pequeñas fórmulas con una misteriosa predilección por los insultos. Es más, parte del efecto humorístico que provocaban sus frases soeces radicaba en el hecho de que no fueran conscientes del sentido de las mismas. Por alguna razón nos resulta cómica esa desconexión entre los mensajes y su significado. Durante los años más oscuros de la violencia bipartidista, el abuelo Arturo Cárdenas solía pedirle a mi padre, entonces un niño de cinco años, que entrara a los bares de los conservadores y gritara vivas al partido Liberal. El abuelo usaba a su hijo como un loro.

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Malas gracias

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Se es hombre siempre, aunque todavía seas un chiquillo. Se acostumbra uno a ser hombre. No hay que cantar en la escuela, no aplaudir a quien habla, y tampoco hacer gestitos estúpidos cuando las monjas se ponen a ento- nar rarezas queriendo que hagas el payaso junto a las muchachas. Hay que sentarse en los lugares más peligrosos y, si se puede, mero en el borde, con las piernas bien abiertas, para hacer ver a los otros que no te hace miedo nada. Aunque tengas miedo dentro de ti, porque miedo sí que se tiene, eh, sí. Por más que se diga que no. Y también sentimientos. Se anuda el corazón, a veces, con las cosas que nos pasan alrededor, pero —hasta que puedas— hay que hacer finta de no sentir nada. Eso es ser hombre. El único sentimiento que te dejan sacar es el que te sale cuando ves una bella muchacha. Ahí sí que pue- des hasta aullar. Ah, y también la rabia, que es un sentimiento hecho para los

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Tatacha fú

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yopi remotamente estaba en el sueño guajiro harto de ju(e)gos culoidales pero la pinche almohada impregnada con té de lechuga, no sueño húmedamente, no salen cuerpazos, tal vez porque siempre me la chiflo siendo el chicle de NAIDEN, aunque la sobazón de las vainas es una buena movida, riquísimo, sí, mamita, cuando te toca, pero se va en un dos por tres y despuecito yopi encañonando las clavículas y el buche silenciado, silenciado

(ALBUR METE el choclo a diestra y siniestra,,,)

 

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Martillo de brujas

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“Ninguna fuerza, ni la del fuego ni la del viento, ninguna arma mortal deben temerse tanto como la lujuria y la ira de una mujer que ha sido repudiada”

Séneca, Tragedias, VII

 

“When I look back upon my life, it’s always with a sense of shame, I’ve always been the one to blame. For everything I long to do, no matter when or where or who, has one thing in common too: it’s a  sin…”.

Pet Shop Boys

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El despojo

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…Cuando dormimos, el sufrimiento, que no olvida, cae gota a gota sobre el corazón hasta que, en nuestra propia desesperación, contra nuestra voluntad, llega la

sabiduría por intermedio de la portentosa gracia sobrenatural.

Esquilo

A patadas arrancó sus besos de mi boca por la escalera

 

mis brazos y piernas


rodaron

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Manual práctico del denuesto

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Nada más simple, pensarás tú, querido lector. No más abrir la boca para soltar algún improperio, mientras más ofen- sivo más eficaz, y si es original y de contra gracioso, puedes empe- zar a cultivar tus triunfos retóri- cos. ¿Pero cómo se miden esos triunfos? ¿En qué consiste la uti- lidad  del  insulto?  Sí,  eso  que oyes. Triunfo. Utilidad. No te me vas a esconder tras las teorías del desahogo o el lapso del ofensor: “No fue lo que quise decir…”, “Imagínate, en el calor del momento…”, “Quería que me odiaras…” Los insultos son más o menos efectivos de acuerdo a la  mella  que  produzcan  en  el receptor, y son infinitamente ren- tables.

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Bernhard en el cementerio

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A Miguel Sáenz

Estabas en el sanatorio de Grafenhof cuando te enteraste de la muerte de tu madre. Tenías esa incontrolable adicción a los periódicos, leías cuatro o cinco todos los días; leíste en uno de ellos: “Herta Pavian, cuarenta y

seis años”. No podía ser otra que ella a pesar del craso error, tu madre apellidaba Fabjan y no Pavian. Poco después te lo confirmaron. Continuamente nos corregimos y nos corregimos a nosotros mismos con la mayor desconsidera- ción, porque a cada instante nos damos cuenta de que todo (lo escrito, pensado, hecho) lo hemos hecho mal, y corregimos hasta que en algún momento llega la verdadera corrección. A tu madre le había llegado la corrección, estabas muy enfermo y a cualquiera de los dos podía haberle llegado primero la corrección. Tenías una sombra en tu pulmón, una sombra que caía sobre toda tu existencia. Grafenhof era una palabra aterradora. Tenías morbus boeck o sarcoidosis, te habían diagnosticado tuberculosis abierta, pero toda enfermedad puede llamarse enfermedad del alma. La esencia de la enfermedad es tan oscura como la esencia de la vida. Te considerabas afortunado por tener sólo un neumoperitoneo, sólo un agujero en el pulmón, sólo una tuberculosis contagiosa y no un cáncer de pulmón. Tu madre tenía un cáncer de matriz. Te habían dado de alta, entrabas y salías del sanatorio, y pudiste despedirte de ella, que estaba en casa, y consideraste que ella era afortunada, los enfermos de muerte deben estar en casa, morir en casa, sobre todo no en un hospital, sobre todo no entre sus iguales, no hay horror mayor. La inteligencia de ella era clara, ella vivía aún, estaba ahí, pero en el piso reinaba ya el vacío de después de ella, todos lo notaban. Volviste a Grafenhof, ahora tu cuerpo estaba hinchado, inflado por el neumoperitoneo, abultado por todos los medicamentos imaginables que te atiborraban, tenías un aspecto debidamente enfermo y estabas realmente cualquier cosa menos sano. Aquellas noches fueron las más largas de tu vida. Fue en Grafenhof que leíste el periódico, Pavian y no Fabjan, grosero error, “pavian” es babuino y tu madre no era un babuino, aunque todos los hombres son quizás poco menos que babuinos mientras esperan que les llegue la verdadera corrección o aplazan ellos su propia corrección. Herta sería enterrada el 17 de octubre de 1950, en Henndorf del Wallersee, su querido, su amado pueblo. Pediste permiso del sanatorio para ir al entierro, para volver a despedirte de tu madre. Estuviste en el cortejo fúnebre, viste todos esos rostros graves, solemnes, rostros de gente en espera de su corrección, gente que debía ser capaz de corregirse a sí misma. Ya en el cementerio, pensaste en las líneas de un poema que algún día escribirías: En la cámara mortuaria yace un rostro blanco, puedes alzarlo/ y llevártelo a casa, pero será mejor que lo sepultes en la tumba paterna,/ antes de que el invierno irrumpa y cubra con su nieve la hermosa sonrisa de tu madre. Luego comenzaste a repetir, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian, Fabjan, Pavian. Era un error que merecía ser corregido, o quizás no, tú no podías corregirlo, de pronto sólo podías pronunciar Pavian, Pavian, Pavian, y te dio un ataque de risa, todos te miraban y tú no podías dejar de reirte, Pavian, querían que te corrijas y tú no podías corregirte, querías pero no podías, Pavian, muchos queremos ser capaces de la verdadera corrección y no podemos, y la aplazamos continuamente, o creemos que la aplazamos cuando en realidad lo que ocurre es que no podemos, no somos capaces, tenemos miedo. Como no amainaba el ataque de risa no te quedó otra que irte del cementerio sin volver a despedirte de tu madre. Preferiste no volver al sanatorio, Grafenhof era una palabra aterradora. Fuiste a tu casa de Salzburgo y te acurrucaste en un rincón del piso y esperaste, profundamente asustado, el regreso de los tuyos
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  • Publicado: 7 de noviembre de 2011.
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Tunic (o las desventuras de un trovador)

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Ser trovador es mucho más que tocar la flauta o hablar de las cruzadas. Él era trovador. En la Toscana  abundaba la niebla por la mañana y se construían  carreteras que no llevaban a ninguna parte. El trovador tocaba la flauta sobre su burro, cojo por la gracia de Dios y a falta de otras hipóte- sis. Y carecer  de amor no era un estigma, pues entonces uno carecía de casi todo, menos de brazos. El día era para las  mujeres y la noche para los hombres. En el crepúsculo se hacía el amor y al amanecer nacían los  hijos. Mientras tanto el rey comía uvas en su catedral. Los caballeros con sus símbolos heráldicos se quitaban el yelmo y tenían cara de actores de cómic. Como no había farolas casi todos eran albinos y tenían visión nocturna. A veces había guerras y los soldados se echaban en suertes  sus  espadas,  luego  el  trovador  cantaba matanzas y añadía la sangre. Los acuerdos diplo- máticos se firmaban por teléfono pero para engañar a los espías se enviaban palomas mensajeras. Todo el mundo trabajaba en las artes esotéricas, princi- palmente, y a veces en mecánica cuántica, aunque

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Hoy me lo jugaré todo al diez

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Me pondré mis mejores playeras, le diré a la más limpia de todas que se ensucie conmigo esta noche, que no hace falta el pantalón blanco, que mejor será bailar

sin ropa, (da igual el origen o el destino), que pida lo que quiera pedir, que la vida, por mucho que lea, no se puede ordenar en un taxi (para eso están la zapatillas), que nadie nos trazará el camino, que disfrute del atardecer y coleccione cada detalle, que se rompa las cuerdas vocales gritando los sueños que no alcanza, que no se deje engañar por ellos, que hay vida más allá de los tropos, que me bese con todas sus fuerzas en la mejillas más desgastadas, que me mire los dedos más largos de la mano que tenga más cerca, que se acerque al oído más fino y susurre alguna obscenidad, que nunca nadie le pida cuentas por amar sin freno a una farola, que vuele todo lo alto que pueda y que se estrelle con las estrellas de alguna constelación absurda (así  nos sentiremos más vivos), que mire fijamente a los ojos de los que llevan gafas oscuras, que deje de pintarse los labios y haga malabares con manzanas, que se quite los dos calcetines y haga las señales de emergencia, que acaricie todos los bordillos y bese en el pico a las palomas, que firme el suelo con otro nombre, y también los bancos de los parques, que arranque corbatas con la boca, que cambie los sombreros de percha, que se vacíe los dos bolsillos y floten papeles en el aire, que el amor es tan sólo un columpio que baila en la rama de un gran árbol.

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