La revista online

Lamentamos comunicarle

1 de Julio de 2008

que la analítica efectuada

día: 18 mes: octubre

16:30 horas

ha resultado positiva.

Del mismo modo,

el contra-análisis realizado

días: 19 mes: noviembre

18:30 horas

arroja un importante descenso

de sus defensas.

Rogamos se ponga en contacto

con la agente transmisora

so pena de sufrir graves

anomalías cardiacas.

Lázaro, el buitre

22 de Marzo de 2008

De vez en cuando, a Lázaro se le salía el instinto. Sucedía sobre todo en los funerales, donde siempre había que mantenerlo lejos del muerto porque se le acercaba de más y decía en voz alta que quería comérselo, que le despertaba el apetito. Entonces nos lo llevábamos al restaurante más cercano a tomar una copa y a que comiera algo.

Ordenaba carne cruda para que le recordara al “bocado que acababa de dejar en el ataúd”. Nosotros le celebrábamos el comentario como si se tratara de la mejor de las bromas, pero sabíamos que hablaba en serio. Lázaro, bajo el traje y la sonrisa, era un buitre como los otros. No lo disimulaba. No se recortaba las garras ni plegaba las alas, salvo cuando viajaba en autobús, por consideración a los demás pasajeros. Pero, una vez en la calle, las extendía de nuevo y, si andaba más contento de lo usual, elevaba el vuelo, surcaba la cuidad y coloreaba con sus alas nuestro cielo de granito.

Era motivo de conversaciones tanto si volaba como si se quedaba en tierra. La gente le sonreía y lo saludaba, no porque fuera un buitre, sino porque era gracioso, amable. Caminaba por la ciudad soltando fases corteses al aire y provocando pláticas en cada esquina. Como siempre tenía algo que comentar, nadie lo excluía por ser un buitre ni por tener plumas incrustadas en la piel y un pico enorme en lugar de boca o por su estatura de hombre, que es descomunal para un buitre. Él se comportaba como hombre. Salía temprano de casa y compraba los periódicos de la tarde. Era un buen ciudadano, pese a que no tenía sus papeles en orden ni había hecho algo por obtenerlos.

Le agradaba a todo el mundo -a los de las calles, a los del vecindario y hasta a mí, que tenía que soportar su silencio sobre mi techo- porque era simpático. Sus chistes eran lo mejor que cualquiera hubiera oído. Eran capaces de hacer reír hasta a los que les corre vinagre por las venas. Uno podía perdonarle cualquier cosa con tal de conservar su compañía. El gusto por la carne cruda durante las cenas que compartía con nosotros, su arrogancia cuando hablaba de lo bien que se siente volar sin ir encerrado en un avión, el olor del polvillo que despedían sus plumas y hasta su manía de salir por la ventana en lugar de retirarse, como todos nosotros, por la puerta eran tolerables. Yo pude incluso perdonarle que, en un día de hambre, arrebatara de mi terraza al perro de mi señora (no puede uno negarle comida al vecino) y que, otro día, hiriera por accidente con sus garras el brazo de mi hija cuando quiso tomarla durante un juego. Lo que no pude excusarle fue la avidez con que le limpió la sangre con su propia lengua.

Mi esposa, que no ve malas intenciones, le dijo que no se abochornara, que la herida cerraría porque mi hija tenía un buen organismo. Hasta besó su mejilla en agradecimiento porque él continuaba lamiéndole la herida, sonriendo y haciéndole cosquillas a mi hija. Ella, como los demás, reía creyendo que él jugaba. Parecía que habían olvidado que nadie que juega mira con la voracidad con que él miraba a mi niña.

Lázaro deseaba comérsela como se había comido al perro y como había querido comerse a los muertos en los funerales, y como comía la carne cruda en los restaurantes, y como se habría comido a miles de animales en el lugar de donde venía. Yo lo sabía. Lo había descubierto. Él lo notó, por eso se acercó a disculparse conmigo, a decirme que aún no lograba controlar ciertos impulsos, que no fuera yo a creer que él quería dañar a mi hija. Le sonreí entonces y le dije que no había problema. En verdad quise creerlo. Pero, por la noche, lo veía en mis sueños llevarse en las

garras y el pico al perro muerto de mi esposa, a mi hija y a mi hijo. En ellos, los devoraba con deleite y luego, junto a una banda inmensa de buitres, devoraba al resto de las personas de esta ciudad.

Tras notarme nervioso los días siguientes, me invitó a salir para que olvidara lo sucedido. Me rehusé la mayor parte de las veces. Por fin, acepté y lo llevé de caza sin decirle a nadie y sin darle tiempo para que avisara hacia dónde saldría. Él, encantado, insistió durante el camino en que -gracias a su vuelo, su vista y sus garras- atraparíamos piezas valiosas. Cada vez que lo afirmaba, le brillaban los ojos de deseo.

Una vez en el campo, él volaba alto y dibujaba círculos en el cielo mientras yo fingía buscar liebres. Lázaro, cada cierto tiempo, descendía y volvía a mí con una pieza enorme incrustada en las uñas. La depositaba a mis pies, me miraba con malicia y decía que aún podía traer algo más grande. Yo sonreía.

Después de siete piezas, voló alto y dibujó círculos en el trozo de cielo que estaba sobre mí. Supe entonces que era mi momento. Antes de que decidiera arrojarse sobre mí, le disparé. Mientras galanteaba su vuelo, le disparé. Mientras se precipitaba herido, le disparé. Le disparé también cuando cayó. Incluso cuando ya estaba muerto le disparé. Luego regresé a casa, donde nadie había notado nuestra ausencia porque yo había vuelto a la misma hora de todos los días.

Cuando comentaban que ya no aparecía y ya no volaba, yo sugería que a lo mejor se había marchado, así, sin avisar, como había llegado. O que, a lo mejor, nunca había sido, nunca había estado ni se había llamado Lázaro, sino que solo había sido un sueño colectivo. Y, como la gente dejó de preocuparse y olvidó con facilidad, yo decidí hacer igual. Así, cuando el dueño del edificio vino una tarde a desalojar sus pertenencias, me lamenté como el resto por su ausencia y ayudé a desalojar sus pertenencias. De entre todo lo que sacamos, me quedé con uno de sus trajes. Los demás se quedaron aguardando la llegada del siguiente vecino.

Monos, simios, chimpancés y changos

1 de Marzo de 2008

OBRA CORTA

PERSONAJES

El doctor Henri Lampard viejo.

El doctor Henri Lampard joven.

Petit. Su asistente.

Un chango, un chimpancé, un simio y un mono, que para el caso serán muy similares.

TIEMPO Y LUGAR

Hace más o menos un siglo, entre cada situación hay por lo menos diez años de distancia. El primer lugar es el escritorio del doctor, y después la selva Gatunia.

OBSERVACIONES

La obra sucede en dos planos, el primero, en el escritorio del investigador, el doctor Henri Lampard, y el segundo en la selva, donde realizó su expedición. Para la caracterización de los exploradores se sugiere que el vestuario sea del tipo de los aventureros, viajantes, y conquistadores.

En perspectiva aparece el doctor Henri Lampard en su escritorio. Toma la hoja de su informe, le hace algunas correcciones. La observa y finalmente comienza a leer en voz alta.

HENRI viejo. Quiero destacar… No, destacar no, quiero… subrayar, eso sí, subrayar. Quiero subrayar, en este informe, los pormenores de mi viaje a la selva de Gatunia en pos de uno de los misterios más codiciados por la humanidad, la ciencia me ha enviado durante más de diez años…

Se escuchan los ruidos propios de la selva. Aparece entonces el doctor Henri Lampard, con un atuendo parecido al de quien repasa el informe, aunque más joven.

HENRI joven. ¡Así que aquí estamos! ¡Tú y yo destino! Éste será mi nuevo hogar. ¡Este será nuestro nuevo hogar!

PETIT. ¡Qué bien! ¿Y por cuánto tiempo?

HENRI joven. El tiempo que sea necesario. Todo depende de los primates.

PETIT. Claro… Ellos.

HENRI joven. Pues manos a la obra.

PETIT. Creo que lloverá, será mejor si comenzamos a armar el campamento.

HENRI joven. ¡De acuerdo! Cuanto antes mejor.

Volvemos la vista al Henri viejo, quien sigue leyendo en voz alta.

HENRI viejo. Mi inseparable asistente Petit y yo, dispusimos de un avanzado campamento de sobrevivencia y estudio, justo a la mitad de la más espesa selva. Llegamos a lugares que jamás el género humano había tocado, ni siquiera había imaginado. Toda clase de aves, algunos animales feroces, humedad y árboles enormes. Todo con el firme propósito de demostrar que estos animales pueden ser educados para hablar.

Petit y Henri joven que se han quedado inmóviles mientras el viejo habla (así sucederá siempre), regresan a sus movimientos. La luz en ellos.

PETIT. Doctor, ¿usted cree que sea posible educar a estas criaturas?

HENRI joven. Desde luego, no hay otra razón para estar aquí. Estoy seguro que podemos educar, hacer pensar y que hablen, como nosotros.

PETIT. ¡Pero si son sólo animales!

HENRI joven. ¡Eso mismo! Así comprobaré la teoría de la evolución, los animales, especialmente éstos pueden perfeccionar sus modos de vida y comunicación.

PETIT. Dicen que nosotros los humanos venimos de los simios ¿no?. La evolución.

HENRI joven. Desde luego, esta investigación dejará muy claro el asunto. A lo largo de miles de años, algunos primates originaron al ser humano.

PETIT. Eso dicen… ¿Cuánto más hay que caminar?

HENRI joven. No mucho. ¡Mira! Ahí está un chango.

PETIT. ¡Vamos por él!

HENRI joven. Que no escape….

Petit y Henri joven logran atrapar a la criatura que no ofrece mucha resistencia. Después volvemos otra vez al rincón donde Henri viejo lee su informe.

HENRI viejo. Es mi obligación informar a la ciencia que logramos, al cabo de diez días, la captura de un chango, un chimpancé, un simio y un mono: los he dividido así por las diferentes capacidades que presentaron, su aspecto y por los avances de nuestra exploración.

Ya enjaulados les ofrecimos comida, les pusimos algunos juegos de habilidad y destreza mental, los hemos tratado como hijos nuestros. Incluso al buen Petit comenzó a enseñarles el alfabeto .

Ya vemos las cuatro jaulas con las criaturas adentro. Cada cual con su nombre. Petit y Henri joven frente a ellos.

PETIT. ¡Qué bonitos son!

HENRI joven. No te encariñes demasiado, recuerda que son objeto de estudio.

PETIT. ¡Elementos de la ciencia!

HENRI joven. ¡Exacto!

PETIT. Oiga doctor, llevo días queriendo hacerle una pregunta.

HENRI joven. ¡Hágala!

PETIT. ¿Cómo es que a cada criatura le dio un nombre diferente? Yo los veo casi iguales.

HENRI joven. ¡Ah! Muy fácil. He notado que el mono es el más veloz para alcanzar las frutas de los árboles. El chango es quien más rápido se come un plátano. El chimpancé me da la mano antes de comer y el simio, el simio… pues el simio es el que no hace nada en especial.

PETIT. Su trabajo es deslumbrante.

HENRI joven. ¡Muchas gracias Petit. No es nada!

PETIT. ¿Usted cree que pronto los hagamos pensar y hablar?

HENRI joven. Hay que tener paciencia.

PETIT. ¿Y si les enseño el alfabeto? Tal vez sea una buena manera de comenzar…

HENRI joven. No sé si estén listos.

PETIT. A ver, changuito…

HENRI joven. Ése es el mono.

PETIT. A ver monito, debes aprender la “A”.

HENRI joven. Tal vez sea buena idea.

PETIT. La “A”, repite: “Aaaaa”.

Otra vez en Henri viejo. Que continúa leyendo.

HENRI viejo. Recolectamos las mejores frutas para ellos, los bañamos y en la noche, antes de dormir, les hemos contado un cuento. Al cabo de poco tiempo podíamos dejar las jaulas abiertas, ellos no estaban dispuestos a escapar.

Pero los animales no querían hablar. A pesar de los intentos de Petit y míos. Nada. Ni una palabra. Sólo gruñidos y murmullos animales.

Desconcertados, Petit y Henri joven frente a los primates, que sólo los observan.

HENRI joven. ¡No es posible!

PETIT. No han querido pronunciar ni una palabra.

HENRI joven. Es como si se resistieran a ser hombres, seres humanos. ¡Me voy a volver loco! No entiendo…

PETIT. ¡Esto no va a funcionar!

HENRI joven. No te des por vencido…

PETIT. A ver chimpancé, repite conmigo: “mi mamá me mima”. Mi-ma-má-me-mi-ma.

HENRI joven. ¡Nada!

PETIT. ¡Es inútil!

HENRI joven. ¡Hablen! ¡Digan algo!

Sigue la lectura del viejo Henri Lampard.

HENRI viejo. Así han trascurrido más de diez años, y no hemos obtenido ni siquiera una sílaba. Nada, ni una palabra. Aplaudían, sacudían la cabeza, se revolcaban, pero jamás dijeron nada que sonara humano. Nada.

Puedo decir, yo Henri Lampard, investigador de primates, y en nombre del fiel Petit que fracasamos en nuestro intento por demostrar que estas bestias podían hablar. Y algo peor, ya cansados de perder la cabeza ante estas bobas criaturas les he dado un nombre genérico, para mí todos son: ¡gorilas!

Se han acostumbrado a vivir como humanos, comen lo mismo que yo, duermen en una confortable cama, usan ropa y zapatos pero no dicen palabra alguna. ¡Ni siquiera he logrado sacarlos de sus jaulas!

Aparecen el mono, el simio, el chango y el chimpancé en la oficina de Henri viejo, ataviados como él mismo mencionó. Se suben a su escritorio, le sacuden la cabeza, se rascan, se ríen.

Licantropía

1 de Marzo de 2008

~Soneto con estrambote~

Bajo la luna llena del deseo
Me transformo en hirsuto predador.
Te busco en cada valle y no te veo,
Y mi aliento se inflama de furor.
De tu piel el efluvio ahora venteo,
Brilla en mis ojos indecible ardor,
Aspiro tu fragancia en el oreo
Y la furia en mi aullido es un clamor.
Lascivamente sigo tras tu rastro.
Sé que en breve te tengo que encontrar
Y capturar tus miembros de alabastro.
Mis fauces llegan a apresar tu carne,
Mis colmillos tu cuerpo a desgarrar,
Empapando mi lengua con tu sangre.
Y al reducirte a presa
No te resistes a mi rabia ardiente,
Antes te ofreces al salvaje diente.

Simona Barba, # 2036

1 de Marzo de 2008

Por eso es que a veces un perro comprende

de qué se trata llegar y diluirse

y no saber de nada,

excepto del vecino que habla y manotea.

Y mientras, la música sonando

“Balada del Negro en la cantina”, Ofelia

Patricia Pérez-Sepúlveda

Fue un viernes cuando los vientos arrasaban con furia de tolvanera y caos, cuando Volga me abandonó y lo hizo después de que mi esposo me golpeara, que luego arremetió contra el animal que apenas logró escapar, porque con las prisas de llegar a casa y terminar el pleito, Miguel no cerró la reja. Fue un viernes no santo, el mismo en que tres personas se quitaron la vida: una mujer de un fraccionamiento rico se cortó las venas; un muchacho de 15 se colgó en el patio trasero de su casa y un hombre de 50 y tantos se dio un balazo después de matar con la misma pistola a su esposa.

El tercer viernes de abril soplaban esos vientos que filtran la arena por debajo de los remordimientos, salíamos de un bar del centro y alguien propuso seguirla en el Yanquis, pero yo no tenía ganas de ir a ahí, prefería una última copa en El Gato Félix. No lo hubiera dicho, en medio de la polvareda, en plena avenida Juárez, Miguel comenzó a reclamarme que lo estaba haciendo quedar mal frente a sus amigos, que era una pesada, que por una vez que no se hiciera lo que yo quería…Y ese fue el cerillo que incendió el basurero. Intenté irme, le pedí las llaves, me dirigí al estacionamiento y cuando estaba a punto de arrancar, él lo impidió. Las manos en el cofre, los ojos con el odio embozado y sus bramidos pidiendo que arrancara, que me atreviera. Después golpeó la ventana de mi lado, le advertí que no iba a hablar con él si seguía gritando e insultándome. Los tipos del estacionamiento se acercaron alertas y entonces abrí la puerta, a regañadientes y temblando de ira, se subió y volvimos a casa.

Durante la pelea mi perra buscó guarecerse entre mis piernas como una niña chiquita que se esconde tras su madre. Me dio un solo golpe y quedé inconsciente. Desperté con el rostro hinchado. Volga no estaba, tampoco Miguel.

Hay grupos de alcohólicos anónimos, de neuróticos y de comedores compulsivos, yo quise venir con ustedes porque tengo la certeza de que Volga desapareció con algo mío. Estoy plenamente consciente de que lo hizo por mi culpa. Escuchar la historia de Luis con su perro me ha dado ánimos para confiarles qué es lo que Volga se llevó.

En la otra sesión Luis nos reveló que en sus venas se multiplican los gusanos que le arrebataron la vida a su bulldog. El veterinario le dijo que el perro estaba infestado de larvas y que éstas se le habían anidado en el corazón, no pudo hacer otra cosa más que dormirlo para siempre. Pochoto era fuerte, un guerrero y costaba trabajo creer que en su cuerpo, en su sangre, tras sus pulmones, un gusanal mermaba lentamente su vida. Después de la muerte, nuestro compañero manifestó comezones, ardores en la piel y constantes retortijones. Así llegó a la calle de Simona Barba.

Yo también cargo una pérdida. Imagino a Volga deambulando o amarrada con un mecate: está cautiva y el cuello ostenta excoriaciones que serán campo de batalla para las garrapatas. La imagino echada, con los ojos lagrimosos, chillando bajito, apenas un suspiro. Mi perra come en la mañana y no en la noche y esto no lo saben quienes pudieran tenerla.

Sueño con el bulldog y el dálmata de Mariana que murió con tumores en el espinazo. Sueño que a Volga la jalan del cuello, la labradora se resiste y me mira suplicando que no lo permita. Cuando despierto en la madrugada, sofocada y sudando, la veo, veo a mi perra rondar por el pasillo, pasa frente a mi recámara y se dirige al baño, de ahí nunca sale y las veces que la he buscado, simplemente no está. Me ha visitado en varias ocasiones.

Me gusta que hayamos pintado de blanco la casa donde nos reunimos, que hayamos decorado las tapeadas ventanas con paisajes de lagos, cascadas y bosques, que bañemos a los perros que llegan de la calle y que han encontrado un hogar donde se les habla y da de comer. Ojalá que ella dé conmigo, ojalá un día llegue a este hogar como yo lo hice: por azar. Le contaría de las historias que he escuchado, como la de los dobermans, que es difícil de creer, el Duque y la Duquesa, los que excavaron un túnel para filtrarse del jardín de su casa en El Paso, al terreno donde vivía un caballo; los dobermans y el caballo jugaban hasta que alguno de los dos propietarios daba la alarma de fuga y los amigos eran separados entre brincos y corretizas, el túnel fue tapiado y a los perros los recluyeron en otra sección de la casa, entre rejas y con piso de cemento. Un día los dueños se fueron. Era la canícula de julio, ni una gota de lluvia, los rayos del sol ajaban la piel como sal y el Duque y su Duquesa no encontraron dónde guarecerse porque no había árboles ni un tejaban para aliviar el lomo ardido. El agua se consumió, los perros fueron rescatados gracias a un vecino que denunció el abandono; pese a que los hallaron con vida, no resistieron la deshidratación y murieron.

También le contaría de Pochoto y su vida con la Mili, otra bulldog. Mili era una tirana con él. Cuando los llevaban al lago, la perra no le permitía bañarse y lo tenía echado a su lado. Una noche Pochoto peleó con un intruso canino en su patio. El bulldog salió muy mal herido y de aquel trágico pasaje, la Mili quedó preñada; parió una camada de ocho bastardos, el veterinario inyectó a siete y el sobreviviente lo nombraron el Morito. Luis dice que a Pochoto se le engusanó el corazón por culpa de la Mili.

Hay perros que saben que sus dueños emprenderán un largo viaje y tristes los esperan; cuando la fecha de regreso se acerca, están atentos a tal grado que reconocen exactamente cuando el avión ha aterrizado, cuando el tren o el autobús ha llegado a su fin. No importa que sus amos viajen en el coche de un desconocido, no se trata de olfato u oído sino de verdadera telepatía. Los perros sienten a sus amos, reciben la información del deseo de ellos por llegar a casa. Aún y cuando las personas cambien de opinión y no vuelvan a la hora pensada, el perro lo sabe, retoma el sueño pesado de perro y cuando se avecina el momento, de nuevo se sienta frente a la ventana, o en una esquina de la reja y espera.

Creí que esta tarde volvería Volga y entonces… pero de nuevo la cabeza se me ha aturdido, la siento pesada y cuando esto me pasa las ideas se empalman unas con otras, las palabras se olvidan, los dientes se aprietan en mis encías, el dolor nace en la muela más lejana y se filtra por mi quijada y sube al ojo y ahí se anida. Volga me haría recordar, quizá entonces el coraje, quizá entonces la suerte, pero ustedes me han hecho saber cada vez que nos reunimos, que no es suerte, es la lucidez. No, hoy no alcanzo a hablar, de nuevo estoy en el umbral, de nuevo el espasmo o esa melaza en las venas que me embiste desde el viernes no santo, un viernes de vientos como machos que soplan y no dejan crecer nada a su paso, la tolvanera y un zumbido en mi oído, la puerta, la noche, la perra que se llevó el testimonio, ella partió y yo, aquí sigo.

Fluffy love

1 de Marzo de 2008

Nunca antes había tenido una mascota. Sí, lo reconozco: soy demasiado egoísta para ello. A través de los años de irresistible euforia y depresiones profundas apenas he podido aprender a cuidar de mí mismo y a tratar de ser lo más independiente posible. La opción de tener que batallar con alguien más, de alimentarlo y de preocuparme por levantar sus heces no era, digamos, algo que tuviera contemplado. Por otra parte, esa gente que habla de sus mascotas como si fueran sus hijos, que le pone nombre de persona y que insiste en vestirlos como si fueran muñecos con pelo, carne y huesos siempre me ha parecido algo frívola y hasta cierto punto estúpida.

Sin embargo, hay cosas intangibles y algo irracionales que se apoderan de nosotros. Xiufree es una de ellas. La primera vez que lo vi fue en un catálogo de animalitos raros. Pasé por la galería virtual como quien recibe una aplicación y decide probar, no tanto por el deseo de adquirir la última novedad sino por matar el tiempo una madrugada cualquiera.

Ahí fue cuando percibí que Xiufree era un sobreviviente del ecocidio cada día más evidente, a brown sushi tecno lecoon, un migrante de la economía post global y el desasosiego que acompaña a la gente que dejó atrás la primera juventud y que encuentra refugio entre las nuevas redes sociales. Alguien como yo.

No fue difícil caer bajo su encantadora figura rolliza, su imaginario andar a tropezones, su sonrisa desafiante y contemporánea, su aire cute y algo japonés. Lo incorporé de inmediato a mi vida on-line como mi fluffy pet. Las ventajas: No tengo que preocuparme si Xiufree arruinará o no mis muebles comprados en Ikea, ni por levantarme temprano ante sonidos de pequeñas molestias o miedos inoportunos; tampoco por sorprenderme a mí mismo tomándole fotos por todos los rincones de la casa y enseñarlas, entre apenado y orgulloso, en la próxima reunión de egresados.

Xiufree ama el bosque y los free gifts que anuncian en las revistas, me confiesa con un leve sonrojo su filia por las teen-angst movies y el german electro pop mientras predice la inminente caída del imperio americano y el orden mundial tal y como lo conocemos. Xiufree se ha convertido en la sombra de mi identidad. O, al menos, eso pienso mientras actualizo su profile.

¿Los detalles? Xiufree sueña con comida gourmet, aunque también le encantan las zanahorias, la madera, el queso francés y la leche con pequeños trozos de fresas. Cuando intuye que estoy aburrido, baila pogo como punkie en días de fiesta y cerveza para que, al ver lo ridículo de su propuesta, sonría otra vez. Sus lugares favoritos son un club en Los Ángeles que cambia de programación cada semana, el puente que cruza la bahía de San Francisco, las calles de la colonia Roma en el DF, la mesa del rincón en el Dandy del Sur. Xiufree es feliz en el hábitat que le regaló Nororu y ahí prepara, en secreto, una tesis acerca de la obra prosística de Alejandra Pizarnik que discutirá posteriormente a través de los foros dedicados a ello.

Al verlo, en la pantalla, comprendo cada día más el placer de sentarnos juntos a criticar y tratar de entender los aspectos más trascendentales de la geopolítica que nos obsesiona, de la pasión compartida por fotografiar cualquier nimiedad y nuestra preocupación por la narco-impunidad que inhibe nuestro libre fluir por la city. En momentos como esos, le doy como premio una galleta mordisqueada o un par de cerezas.

Hace unos días decidí que quiero mandar a imprimir una t-shirt con la imagen de Xiufree. ¿Qué me he vuelto cursi? Dejemos que eso lo decida el personal más trendy en el próximo afterhours.

Xiufree is so cool.

Como animales

1 de Marzo de 2008

Es como si nos vistiésemos de hermosas pieles animales para después quitarlas como se desabrocha un cinturón de la cintura, como se desanudan dos cordones de zapato, como se despegan unos labios, como se rozan dos manos en una despedida, como se callan dos bocas cuando el silencio irrumpe. Y todas esas pieles que nos visten nos cubren el ombligo, el rostro y los ojos para desconocernos luego como gatos -animal maestro de la indiferencia-. Pero allí estamos sentados las horas sin hablar, callados en una especie de niebla espesa que oprime nuestros cuerpos; tú, olvidando el mío cuando encima de ti hacía el amor casi volando; yo, negando cuando encima de mí penetrabas los ojos con esa mirada tan tuya. Y la mirada, la mirada es esa misma que ahora está extraviada buscando ratas en el cielo o pájaros y huevos en el suelo –estúpido ecosistema que se impuso entre los dos-. Aún así seguimos de pie sobre esta tierra, ninguno cede, ninguno abre omóplatos para huir, para volar por otros cielos que sabemos no serán mejor pero tampoco más seguros que en el que estamos –biosfera de amor cansino-. Y continuamos ciegos –murciélagos de día- dejándonos guiar por el aleteo de la desdicha, por el torpe andar del otro, por entre las miradas frugales de la desconfianza, por la sonrisa ladeada del conformismo. Entonces echamos las pieles animales encima otra vez y nos recordamos, aunque aún no hayamos partido. Somos mascota de todos pero animal amante de ninguno.

El día de la bestia

1 de Marzo de 2008

I.5-6-2006, por la noche.

Como no tenía claro si nacía el Anticristo o se acababa el mundo decidí tomar precauciones por si era esto último. La primera medida fue limpiar el disco duro de mi computador de mp3 discutibles: “The number of the beast” (Iron maiden), “Maldito sea tu nombre” (Ángeles del infierno), “Lucifer” (M. Cretu) y “Satan” (Orbital) fueron dados de baja sin piedad junto con Sepultura y Metallica. Con remordimientos nostálgicos, pero sin piedad. La cosa se complicó cuando llegué a “Highway to hell”. Tenía dos versiones, la clásica de AC/DC y otra de Marilyn Manson. La canción no es más que una glorificación de los malos hábitos y no le veía mayor problema a esto en términos metafísicos, pero luego recordé que en este preciso momento y en este preciso país, Fernando Vallejo está enfrentando un proceso judicial por haber escrito en un artículo “¡Viva la revolución matacuras!” Y si los jueces de la tierra son tan intransigentes, ¿cómo serán los del más allá? Borradas quedaron ambas. Y para no correr riesgos, borré la carpeta de Queen porque en una canción menciona a Belcebú, y la de INXS por “Devil inside”. Bueno, y como Jamiroquai se puso un tiempo sombreritos con cachos, pues también se fue, junto con Café Tacuba por moti-

vos similares. También borré las de Ella Baila Sola porque sólo Satán podría hacer que los sapos

bailaran flamenco, y “La maldita primavera” porque el título me pareció muy dark. ¿Qué tal que

los jueces celestiales nunca hayan oído a Yuri? Cuando terminé mi purga sólo quedaban U2, Diomedes Díaz y El Gran Combo de Puerto Rico. Y tuve mis dudas con estos últimos. A fin de cuentas estuve en un concierto de ellos en Cali hace dos años y puedo decir que la energía del público era medio maligna.

Como los libros no eran un problema (uno siempre puede decir que estaba investigando al enemigo) di por terminada mi labor a las 11:11 p.m. Cuando boté mi mug de Terminator porque parecía una calavera con ojos rojos. Me asaltó una duda en ese momento. ¿Si el mundo se acaba, es el colegio en el que trabajo el lugar apropiado para asistir a ese espectáculo? La verdad me pareció que no, y no pudiendo estar en Praga, Berlín o Nueva York, decidí que esperaría lo que fuera enfrente de mi casa, sentado en una banca del eje ambiental tomando café. Si se me antojaba un sandwich, una torta u otra taza de café, no era sino entrar a la casa y ya, a fin de cuentas no habría cafeterías abiertas durante el Apocalipsis. Y en circunstancias tan extremas nunca está de más tener un baño cerca.

Pero ¿y si me quedaba en la casa y no pasaba nada? No podía llegar luego al colegio a decirle a mi jefe: “Hombre, ayer no vine por el 666, pero menos mal no pasó nada y aquí estoy”. No sólo me habría echado, sino que mi reputación habría quedado por el piso. Para salir de dudas llamé a un viejo amigo en Europa. A fin de cuentas por allá ya eran las siete de la mañana y algo podría saberse.

-¿Hallo?

-Entoes qué papá…

-¿Juan Carlos?

-Ja… Guten morgen… ¿Lo desperté?

-No, qué va… Me acabo de levantar porque tengo que hacer unas vueltas antes de ir a la universidad. ¿Y ese milagro?

-No, que quería saber si algo raro está pasando por allá…

-¿Raro?

-Sí, raro… Algo como… Como… Pues no sé, como el Apocalipsis…

-Usté si no cambia… ¿Se está gastando la plata de esta llamada sólo para mamarme gallo? ¿O es que está borracho?

-Qué borracho ni qué nada… ¿No ve que mañana tengo que ir al colegio? Bueno, no estoy tan seguro…

-Pues si ni siquiera sabe si tiene que ir al trabajo, sí creo que está borracho… Y me conmueve hasta el alma que se haya acordado de mí, pero ya tengo que irme… ¿Lo llamo mañana y hablamos?

-¿Y si no hay mañana?

Bueno, siete a.m. en Alemania y nada raro. A menos que por el mundial fuera el único lugar del mundo en donde se podía estar a salvo. Pensé en llamar a España pero me atacaron el tiempo la cordura y el cansancio y me acosté. Ya vería mañana cómo estaban las cosas.

  1. 666

Hasta despejado estaba el cielo. Conclusión: aún no llegaba el Armagedón, o iba a empezar cuando ya fuera 6-6-06 en todo el mundo. Salí para colegio más tranquilo. Me pareció que sólo se trataba de estar listo para evitar los múltiples ataques satánicos que este día podía traer. Tenía reunión de undécimo con los demás profesores a las ocho de la mañana. ¿Tendría esto algo que ver? ¿Ocurriría ahí la primera manifestación maligna? ¿Sería la profesora de física uno de los jinetes del Apocalipsis?

En la sala de profesores todo estaba normal. Me serví un tinto y me puse a leer el periódico mientras llegaban los demás. Y ahí estaba la noticia, en la segunda página, esperándome: un taxista en Pereira había sido atacado por el demonio. Claro, ¿en donde más podría haber sido? Bueno, quizá en Chía. El pobre hombre había llegado sin habla a un hospital, con el taxi oliendo a azufre y en un ataque de pánico total. Después de que le hubieran puesto tranquilizantes y sin perder la mirada de pánico en sus ojos, cogió una hoja de papel y dibujó a su atacante. El dibujo venía en el periódico y hasta ahí me llegó el miedo porque el diablo me pareció de una ternura infinita. Ya no importaban mis pecados, mis mezquindades, mis flaquezas. Si así era la criatura que se iba a encargar de mi eterno suplicio, el infierno debía ser como una guardería para niños descarriados. Lo jarto es que mínimo todo el día iban a poner discos de Xiomi, Nubeluz, Barney y Okidoki.

Le mostré el dibujo a mis compañeros y todos soltaron una carcajada enternecida. Un profesor de biología se molestó porque era el colmo que le dedicaran la segunda página de El Tiempo a algo así. Yo le dije que era un evento importante y se rió, diciéndome que yo decía eso por mi pasado metalero. Pero él no sabía nada de lo que había pasado con mis mp3. Y además en el fondo yo lo que fui fue un merenguero, en los momentos importantes de mi vida siempre he preferido a Juan Luis Guerra antes que a Venom o Mayhem. Para la hora del almuerzo era claro que los ataques infernales se habían limitado a Pereira. Mínimo por allá andaba Damián comiendo helado al lado

del Bolívar Desnudo, sacando a pasear sus seis Rottweiler y aterrorizando viejitas. Ya lo quisiera ver yo acá en Bogotá, a las tres de la mañana en el centro a ver si es tan macho. Ni los perritos le dejarían. Cuando volví a la casa me conecté toda la tarde a Internet. Tenía muchas canciones que recuperar.

III. 7-6-2006

Me levanté a las nueve de la mañana, prendí la radio y el computador. Preparé un café y me conecté a la red. Ya la paranoia había pasado y quería ver las noticias del día en eltiempo.com. Me preocupaba un poco el taxista poseído y casi me caigo de la silla cuando vi el título de una noticia: “Capturado en Pereira sospechoso de ataque a taxista”. Di click ansiosamente sin saber lo que me esperaba: una foto gigante de Picachu con un 666 en el pecho. El demonio siempre es el que uno menos se imagina. Igual ya no importaba, la destrucción final parece que no iba a llegar pronto. Además mi único vínculo con el nuevo sospechoso era un muñeco con el que alguna vez vi jugando a mi sobrino. Decidí confiar en que su inocencia lo protegiera y esperé al mediodía para ver el noticiero en la televisión. No sabía qué esperar, pero ahí, frente al televisor, sentí que quizá el mundo sí se había terminado, que todo era ilusión, que no habíamos podido salvarnos. Una noticia me devolvió a la realidad: en un pueblo perdido en el Magdalena, dos burros se habían agarrado a pelear en la mitad de la calle principal. El cubrimiento era total, estaban entrevistando al dueño de uno de los animales. Subí el volumen y me quedé ahí, esperando una señal del cielo.

¡La ballena!

1 de Marzo de 2008

La bóveda que surcan las estrellas

Con la luna, ya se encienden fogatas

Desde la elefante memoria.

¡Las iguanas!

Que por sí mismas restiran

La lengua como el cuello su jirafa

Y van monos con perfiles de delfines

Como sapos bellos con los besos aquellos

¡Oh centauro-príncipe-del-fín!

¡¡Laika!!

Lunática propulsión de vacas locas

Con aullidos, sirenas electrónicas

¡¡Hienas de risa!!

La mala leche también se mama

1 de Marzo de 2008

La manteca líquida a ciento veinte grados centígrados hincha las pieles de lo que alguna vez fueron unos chanchos glotones. Los tronidos y las emanaciones de los pellejos friéndose se suman a la bulla y a los diversos olores que reinan dentro del mercado. En el local, el aceite en ebullición que sale del cazo va manchando las paredes, el mostrador, los delantales y todo lo que topa. Pero es de notar que la mugrienta pala que menea la fritura contrasta destacadamente con las inmaculadas manos de quien la empuña.

Porque las manos son territorios del cuerpo que uno no oculta y andan desnudas, Ignacio las ostenta pulcras. Cada vez que deja de palear las pieles, agarra el trapo del que dispone y se las asea, aunque enseguida vuelva a tomar la sucia pala. Ha de ser porque en ellas ha venido representando el intrínseco deseo de escapar al destino de chicharronero impuesto por su madre, quien también heredó el oficio. Y también porque así cree detener en él el continuo proceso con el que su madre viene convirtiendo a toda su familia en unos puercos. La grasa ha sido un hábito de alimentación enraizado y la mala leche también se mama. Igual que sus manos, él siente ser la única decencia en su familia; además de ser flaco y de no regocijarse en la melcocha de sus vidas.

Observa el escurrimiento del chicharrón que cuelga de los ganchos cuando su hermano le pasa la llamada del teléfono que está timbrando. La voz de su novia que en pequeño sale del auricular le chicotea: ¡la bruja de tu madre es la mierda! ¡Una cerda sin compasión! ¡Nos ha lanzado a la calle y ahora no tenemos a donde ir! Y luego sollozos y luego el corte de llamada. A Ignacio el estómago se le enrarece rete feo y regresa a su tarea. Los clientes ahí no faltan, y su hermano lo vigila. Pero nada más termino aquí y voy y destrabo el pedo con la madre, mentaliza a la par del retortijón que invade sus entrañas. “La madre”, se refiere a ésta aún siendo suya. ¡Ya voy, ya voy!, le avisa en silencio a su novia, y hunde con brusquedad la fritura.

Mientras mete otro tanto de pellejos al cazo va acumulando los enconos que a la madre le unen. De niño, cuando le corría a sus amigos a punta de insultos. De adolescente, cuando lo sacó de la escuela para meterlo al negocio. No se haga pendejo mijo, ¡usted será chicharronero!, le dijo categóricamente aquella vez mientras le acariciaba la mejilla con su mano regordeta, anunciándole la buena nueva. Y ahora que es un hombre de treinta años, ¡Puta madre!, los recuerdos se le vienen encima como golpes de acero puntilloso. Le van acrecentando y enmarañando el nudo de odio que a ella lo ata. Recién soñó un dibujo que le ha ayudado a poner en diagrama tales pensamientos. Era una suerte de árbol genealógico nuclear representado con fotografías. La madre, una cuina de cachetes rozados y cruel sonrisa que también se dedica al agiotismo, era el centro. De su boca salían varias mangueras, de las cuales, dos entraban en la de cada uno de sus vástagos. A través de esos dos conductos los alimentaba de veneno. Por uno fluía lentamente un líquido espeso y amarillento: era la grasa. Por el otro, con mayor fluidez, entraba la inquina.

En ese dibujo no aparecía quien fuera su padre, tal vez porque nunca lo tuvo y porque ella siempre le respondió, ¿Y quién es ese señor? En cambio él, su hermana y sus dos hermanos (uno ya muerto), aparecían claramente definidos. La hermana con ojos de loca deprimida. Pues cómo no va a ser, si aún en estos días, cuando impera el oscuro silencio de la madrugada, sigue esperando que aquel, el único y antiguo querer, brinque la cerca de su casa para cogérsela; sin importarle que desde hace mucho tiempo haya dejado de escucharle palabras cariñosas. Pura cochinada recuerda que le dice. Te has puesto muy gorda, bien marrana, le ha llegado a decir a lo menos cuando a ella se dirige. Sabe que nunca le volverá a decir “me gustas”, como cuando se le declaró en la secundaria. Ni “vete”, como cuando la cambió por otra un año después. Los hombres son malos, malos, malos, habíale dicho su madre cuando abandonó la escuela. Y ni falta que hacen los desgraciados, nomás andan buscando saciar al animal que traen colgando. Desde entonces, hace

veinte años, ella no sale de su casa ni para tirar la basura. Su existencia es un misterio en el barrio. Le entra duro a los chochos y siempre está ida. Todas las noches se levanta a las dos de la madrugada y se sienta a esperar a que aquel salte la reja, aunque le hayan insistido que hace

años no existe.

En el sueño, el hermano vivo mostraba el rictus tipo mala madre; del ojete entre los ojetes.

Él es el puerquito preferido de la madre, su madre, ahí sí, y el encargado del negocio. El capataz que no da tregua ni otorga favores. En esa representación, el colesterol que segregaba la madre por una de las conexiones iba engrosándole las venas hacia dentro, envileciendo las arterias y el corazón. Odia a Ignacio porque es delgado y porque tiene novia; porque se cree diferente. Un minuto de descanso, un peso prestado, un vaso de agua, son cosas que nunca le daría: son amonestaciones que su madre, en el sueño, le estaba suministrando por la otra manguera. En cambio, los conductos que llegaban al hermano muerto habían dejado de trabajar. Por ellos no fluía nada: uno estaba seco y vacío, y el otro, tapado de grasa. Resultaba grotesco ver su faz mortecina embadurnada de cochambre a causa de la saturación. La actividad de los conectores había cesado cuando la pesada sangre no pudo correr libre por sus venas. Murió alcohólico y acomplejado, soportando ciento cuarenta kilos encima.

¿Y entonces quien es el único pendejo que queda? ¿Quién el que tiene entrarle de lleno al trabajo sucio del negocio? ¿El que no tiene vida propia y si no se pone buzo nunca la tendrá? En el sueño también le correspondían dos conectores insertos en su boca. Pero a diferencia de los demás, a él sí le incomodaba tenerlas. Sus ojos eran de desesperación y quería arrancarlas, pero absurdamente, así son los sueños, se lo impedía la circunstancia que para hacerlo tendría que ensuciarse las manos. No podía, por más que manoteara alrededor de ellas.

A menos, pensó después de recrear las mangueras del sueño, que alguien llegue y las extirpe. Su novia, por ejemplo, con la que tenía planeado largarse. Lo único que faltaba para tal cosa era pagar la deuda que los padres de ella habían adquirido con la madre. Pero por lo visto, por la llamada que acababa de recibir, eso no sería posible. No era difícil conjeturar que la madre había dejado pasar el tiempo justo para cobrar una suma impagable que la “obligara” a bisnear con las escrituras que había tomado como respaldo. No era necesario ir a ver su novia para saber que en ese momento ya estarían patitas afuera con todo y muebles; con la arenga de dos golpeadores contratados para eso. A menos, volvió a elucubrar Ignacio, que la madre muera y deje de alimentarnos.

Inmediatamente después de pensar así Ignacio recibe la segunda llamada. Le cuesta creer lo que está escuchando. Es una vecina que le dice: tu madre tuvo un infarto y ya se la llevaron al hospital. ¡Córrele porque no la alcanzas! Sin decirle nada a su hermano, se limpia de nuevo las manos y sale disparado. Ansía alcanzarla con vida. Quiere decirle algo, no sabe qué, pero algo. ¿Tal vez aprovechar la humildad del moribundo para pedirle las escrituras? En el trayecto, las emociones le llegan de golpe y le entorpecen el pensamiento. Entra al hospital y sube al cuarto piso. Interroga a un médico. Antes de entrar al cuarto se quita el sudor de su frente con la playera que trae puesta. Intenta calmarse con un suspiro y avanza hacia la cama.

Ahí está la madre. Su enorme cuerpo se expande por todo el colchón y tiene aparatos conectados. El médico le ha dicho que en unos minutos entrará al quirófano pero no le asegura nada. Está muy mal. Que sólo la vea y que no le hable. Se acerca y mira sus ojos apenas abiertos. El rictus de crueldad se ha desdibujado para ser una mueca de infinita tristeza. Ve sus labios moverse en un murmullo que busca consuelo. Pega el oído a su boca y escucha en voz muy baja: ¿Me perdonas hijo? ¿Por todo lo que te he hecho? En ese momento ve entrar a las enfermeras que han de llevársela a la sala donde le abrirán el cuerpo. El tiempo y la oportunidad se terminan. Las sombras alargadas en el interior de la sala le advierten que el atardecer va transcurriendo. Regresa su mirada, y con ambas manos toma la de ella para responderle implacable: No madre, tú no alcanzas perdón, y sonríe con el rictus siniestro que, aprendido de ella, inaugura en sus labios. Se retira. Cuando sale

del hospital el mundo se le antoja distinto. Pero su ánimo decae cuando se cruza con su hermano que va y le dice con voz chillona: ¡No te hagas pendejito, eh! Ahí te están esperando los pellejos.