You Know You’re Right
Conocí al padre Donato Aquaviva s.j. en un centro de rehabilitación para adictos a la pornografía lúdica. Había leído algo sobre él pero no mucho. Sabía básicamente que a mediados de los noventa se hizo famoso por ser el primero en diseñar un play station pornográfico, el cual marcó de algún modo a los jóvenes de mi generación y le costó a su vez la pérdida del puesto de director del seminario de St. Joseph, en Boca Ratón, Florida, así como el primero de una larga lista de internamientos en sitios como éste o peores.
Dejábamos pasar las tardes idénticas sentados frente a los enormes ventanales que daban al jardín en cuyo centro había una piscina circular. A veces conversábamos, aunque por lo general permanecíamos en silencio, fumando o tomando bebidas relajantes.
Los viernes por la tarde traían a las niñas, hijas de los adictos a las drogas de un centro de rehabilitación contiguo al nuestro pero perteneciente a la misma franquicia, para jugar en la piscina. Eso era parte de nuestro tratamiento. Acostumbrarnos poco a poco a sus juegos, a su fragilidad polisémica. Entender que eran también seres humanos.
Una de esas tardes trajeron a otro peruano: el negro Julito Galarza. Nos saludamos con efusión. No nos veíamos desde la época en que llevamos juntos un curso de Teología Natural en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, a comienzos de los noventas.
-¿Cuánto tiempo te dieron?-le pregunté.
- Doce añitos nomás. El tiempo pasa volando brother.
- Eso es cierto.
Me contó que había estado trabajando en una ONG que lo envió a un curso de capacitación en la Universidad de Miami. Asistió a un par de sesiones. Luego consiguió trabajo estacionando vehículos en un night club de la Ocean Drive. No la pasaba mal, había alquilado un pequeño efficiency en el Surf side y el trabajo era divertido. Hasta que una niña comenzó a molestarlo en la playa.
-Así es la vida brother.
-Sí, pes.
Un día el padre Aquaviva nos pidió que lo acompañáramos a su cuarto. De un ropero sacó un paquete de pasta Morelli que le habían enviado unos parientes de Génova. Puse al negro a pelar y a picar el ajo y unos tomates a hervir en una cocinita de dos hornillas que el padre había colocado sobre unas cajas de libros.
Mientras se cocía la pasta fui a mi cuarto y saqué un par de botellas de un vino australiano que en aquella época me parecía aceptable,uno que tiene un dibujito de un canguro en la etiqueta.
Esa tarde fuimos felices comiendo esa pasta en salsa primavera que mi abuelo solía preparar los domingos y a la que denominaba napolitana. Compartimos nuestras experiencias pornográfico-lúdicas riendo y cantando como si nos conociéramos de toda la vida. El padre Aquaviva nos explicó que había estado estudiando lo que nos ocurría y había llegado a la conclusión de que los otros eran los que estaban equivocados. Para fundamentar su posición sacó de un armario polvoriento unos antiguos diccionarios de latín y de anglo-sajón.
No sé si lo llegamos a entender realmente, estábamos tan relajados con el vino, que nos costaba un poco prestar atención al padre y a sus argumentos etimológicos. Recuerdo borrosamente su argumentación: de ludere, viene ludus y de ahí lusus y luego lust que en inglés quiere decir lujuria pero que en el fondo significa juego. Como no le prestábamos mucha atención el negro Galarza se había quedado dormido con la boca abierta sobre un sofá- el padre guardó otra vez sus diccionarios pero antes de cerrar el armario sacó una botella de vino de misa, que según dijo, se lo regalaron cuando se ordenó.
El viernes siguiente teníamos examen así que estuvimos toda esa semana masturbándonos religiosamente mañana tarde y noche para poder compartir los juegos de alberca con las niñas sin sufrir erecciones, ansiedades, ni tristeza.
Aquel viernes, cuando salimos al jardín en ropa de baño nos sentíamos confiados y serenos. Aunque el padre Aquaviva se veía demasiado entusiasta, moviendo las extremidades a manera de calentamiento, haciendo flexiones y ejercicios respiratorios, a sus setenta y tantos años, su contextura se asemejaba muy poco a la de un veterano atleta, el pecho hundido y los músculos de las extremidades flácidos y colgantes, cubiertos por una piel erosionada y gelatinosa. Parecía básicamente lo que era, un viejo sacerdote adicto a la pornografía lúdica que ha bebido demasiado vino durante el almuerzo.
Pero nada hacía presagiar aquel desenlace estrepitoso, al contrario, la policromía del sunset sobre las aguas tranquilas, sobre las tempranas violetas del jardín, sobre las rubicundas cabelleras de las niñas, predisponían nuestros espíritus, de por sí ya demacrados, para la relajación y el sosiego.
Aunque no había terapeutas por ahí, sabíamos que nos vigilaban, que las cámaras debían de estar por algún lado, o por todos.
Mientras el negro Galarza y yo nos acostumbrábamos al frío celeste de aquellas aguas lúdicas, el padre Aquaviva comenzó a subir raudo las escalinatas del trampolín, suscitando la automática atención de las niñas. Una vez arriba, hizo unos últimos drills de calistenia para comenzar de golpe a correr por la viga prefigurando lo que debía ser un clavado apoteósico.
A mitad de su carrera sin embargo resbaló, y aunque trató en vano de agarrarse de algún barandal, su cuerpo decrépito siguió su curso por la viga primero y por los aires después, para terminar estrellándose estrepitosamente, como un guiñapo torcido y desesperado, contra las aguas fulgurantes de aquel mediodía inmaculado.
Las niñas desnudas, al contemplar semejante espectáculo, se orinaron literalmente de la risa provocando reacciones químicas automáticas al interior de aquellas aguas prefabricadas para detectar a los liberadores, tanto de semen como de orina, las cuales adquirieron un profundo color purpúreo, que dificultó los trabajos de rescate.
Cuando por fin sacaron de las profundidades al padre Aquaviva, su hinchada humanidad le daba un aire a muñeco pornográfico inflable para sadomasoquistas. Los esfuerzos por resucitarlo, por
desaguarlo al menos, fueron inútiles.
Esa noche el negro y yo estuvimos hablando sobre las vías de Santo Tomas casi hasta que amaneció. Tampoco recordábamos gran cosa de aquella clase a la que rara vez asistimos por preferir el denso rumor de las cantinas de la avenida Sucre.
Nunca fuimos buenos estudiantes y aunque no hablásemos de ello sabíamos que apenas recobrásemos la libertad, correríamos en busca de las últimas novedades pornográfico-lúdicas.
Se ladró en el Número uno | por MartinCervettoJadéame al oído