Club de ajedrez
Hay un club de ajedrez al que nos gusta ir a jugar ping pong con Ivancho. Al club se le reconoce como club de ajedrez, se entiende, porque el ajedrez es su plato fuerte, pero desde luego también tiene mesas de ping pong. Por eso podemos jugar allí, porque tienen las mesas y las raquetas y el dispositivo de espacio necesario para el juego, pero además y sobre todo por la conexión que existe entre ajedrez y atmósfera de otros tiempos. Esa atmósfera de otros tiempos nos resulta a Ivancho y a mí perfecta para el tipo de ping pong que practicamos. En nuestro ping pong los gritos amenazantes, los insultos y
los comentarios sucios son ingredientes básicos. Ivancho y yo no podríamos jugar otro ping pong que no fuera éste. Para nosotros el ping pong es un juego psicológico, lo que quiere decir que el triunfo es
posible una vez desequilibras al rival a fuerza de humillarlo. Jugar este ping pong de improperios requiere de un club en donde o no haya nadie o todos anden medio sordos. Como en todos los clubes de ping pong hay gente porque de lo contrario quebrarían, nuestro club de ajedrez, frecuentado por viejos pensionados sordos o que se comportan como tales, resulta perfecto.
El club tiene dos secciones. Como ya se adivinará, una de ajedrez y la otra de ping pong. Esta última es dos veces más pequeña que la primera. Alberga apenas tres canchas casi pegadas entre sí y un diminuto espacio al margen que hace de corredor hacia un baño recóndito que los viejos apenas si visitan. La estrechez de espacio es sin duda otro de los factores que hacen del lugar la materialización idónea con que sueña todo practicante del ping pong injuriador. Con tanto club de ping pong por la ciudad difícilmente encuentras clientes dispuestos a someterse a las indelicadezas de dos gritones en espacio reducido.
Lo más encantador de la relación entre las dos secciones es la separación a cargo de un cristal grueso. De esta realidad de cierto aislamiento sonoro y plena visualización mutua depende el equilibrio que allí hemos construido. La ecuación es sencilla: el margen de solvencia del accionar de insultos obedece al grado de control sobre la sanción. Pudiendo observar a los viejitos permanentemente, el grado de control es elevado. Ellos apenas reparan en nuestra presencia, pero cuando lo hacen, digamos una o dos veces en una tarde de cuatro horas de ping pong a muerte, es decisivo para nosotros en este punto percibirlo y manejar algún gesto de apaciguamiento dentro del escándalo. Todo juego se acompaña de una cerveza, así que peloteamos tres o cuatro puntos en medio de los gritos, paramos, nos picamos las lenguas, caminamos hasta la otra mesa de ping pong que usamos para dejar las botellas, empinamos un trago y les dedicamos una miradita a los viejos, entregados a sus tableros y a sus conversaciones subterráneas interrumpidas apenas por toses guturales como ahogos de perro.
Nuestra visita de ayer al club de ajedrez acabó por incluir a una amiga fotógrafa. Ivancho y yo íbamos rumbo a lo que habíamos resuelto titular “campeonato mundial de ping pong.”
Él iba a representar cinco países y yo a otros cinco. Sus cinco países debían ser europeos y los míos una combinación de tres africanos y dos latinoamericanos. La idea de representar cinco países combinados de esta forma me emocionaba jodidamente. Los tres países africanos había tenido que seleccionarlos con cuidado en un mapa viejo a punto de descuadernarse. Era probable que ya no existieran. En general nunca hacemos esto de representar países, pero ayer íbamos resueltos a jugar hasta caer del cansancio, por lo que se hacía necesario un andamiaje del tipo campeonato-mundial-de-ping-pong para que no fuera tan penoso pasar una tarde entera y quizá incluso una tarde más buena parte de la noche jugando ping pong.
Total, que estábamos por terminar nuestro trayecto a pie desde el barrio hasta la avenida donde agarraríamos transporte, cuando ella se apareció. Una mitad suya venía ya desmayada. Le preguntamos si andaba bien. De su respuesta sacamos en claro que no, que andaba bien deprimida y que había una relación unívoca entre su depresión y el hecho de no encontrar en el mundo qué fotografiar. Ivancho y yo nos miramos y entendimos que era hora de mostrarle a alguien nuestro club de ajedrez. Nuestra conexión visual fue inmediata porque, justamente, la última vez que habíamos estado jugando habíamos tenido una conversación en donde los protagonistas habían sido los viejos de piedra de nuestro club de ajedrez y la tentación de llevar un día una cámara para fotografiarles. También habíamos hablado alguna vez de llevar una piñata repleta de dinero para rompérselas en la cabeza o de visitarlos disfrazados de payasos. Nada de esto se lo explicamos a nuestra amiga. No pareció necesario. Ella urgía de algo y nosotros lo teníamos. Era cosa de tener paciencia.
En el trayecto no se dijo mucho. En cierto momento ella trató de disculparse por no querer hablar, pero nosotros nos adelantamos y le dejamos saber que no había problema. Por lo general, de hecho, los trayectos a los encuentros de ping pong son silenciosos porque en ellos se ejecuta la concentración de energía. Eso de adentrarse en el mal trato verbal para desequilibrar psicológicamente no es fácil. El rival se va haciendo inmune a las ofensas; sobre sus puntos débiles se construye un callo, podríamos decir; sus oídos ya no resienten el veneno que una vez resintieron y la urgencia de imaginación apremia. En la antesala silenciosa se resuelven muchas de las claves del ping pong que Ivancho y yo practicamos.
El local de nuestro club de ajedrez queda en el segundo piso de una casa sobre la calle 17 del cuadrante amarillo. Recorridas las escaleras nos cruzamos con Ivancho otra mirada de esas de comunicación. De la mirada salió en claro que él se adelantaría y se ocuparía de los aspectos prácticos para echar a andar el asunto del ping pong mientras yo me quedaría junto a nuestra amiga observando a los viejitos ajedreceros. Mi tarea era más fácil, pero no había forma de invertirlas. En mi calidad de menor de edad es probable que me vendan cerveza pero también es probable que no, y en el segundo caso todos los equilibrios alrededor del club de ajedrez se vendrían abajo. Parados en el umbral de la sección de los viejos nuestra amiga desenfundó cámara y disparó. No fue que me faltara tiempo para entender lo que iba a suceder. Toda la cadena de gestos, desde su primer giro de cadera para alcanzar la funda de la cámara hasta el clic de su índice sobre el botón del obturador, se armó en mi campo de visión con nitidez. Fue un problema de sonido. A medida que su rudeza avanzaba paralela a mi preocupación por la eminente irrupción que iba a tener lugar en la armonía de la sección ajedrecera, yo no podía solucionar la siguiente ecuación: para detener su ímpetu no iba a bastar una obstrucción física del tipo agarrarle las dos manos. Iba a ser necesario acompañar el gesto con la verbalización de una instrucción, pronunciar palabra y quizá subir el tono o, peor aun, repetir la instrucción una o dos veces, todo lo cual acabaría no sólo causando el mismo efecto de interrupción de atmósfera que pretendía detener sino, peor aún, acabaría haciéndolo desde el sonido, factor de equilibrio de todo el pacto entre los viejitos y nuestras tardes de gritos y ping pong.
“¿Es que tenemos cara de muebles?” dijo el primero de los viejos en reaccionar.
Una a una como vagones de tren siguieron las imprecaciones. Eran de una precisión y una serenidad pasmosas. “Si le gustan los viejos por qué no va y fotografía a su abuela.” “Como dispares otra vez te parto la torre con mi alfil.”
Nuestra amiga atinó una disculpa, giró, tambaleó y con la boca entreabierta desapareció de mi vista en franca huida. Los viejos balbucearon aún otro par de reniegos sueltos. Durante toda la escena yo permanecí estático, como esperando a que no me vieran. Estaba enfrente de sus caras, pero guardaba la infantil esperanza de que no me vieran. Después de unos segundos la totalidad de su concentración regresó a los tableros. Entonces giré y no descubrí a nadie a la vista. Amplié mi espectro de observación con tres pasos y encontré la trompa del tendero punteándome desde el mostrador la ruta de las escaleras. Pensé que me estaba echando. Con el resto de su rostro conciliador entendí que lo que hacía era señalar el paradero de mis amigos. Tres saltos me pusieron en la calle. En la esquina Ivancho veía a nuestra amiga saltar dentro de un taxi. Una vez desandó sus pasos me dijo:
“Colega, ¿qué fue toda esa acción?”
“Ella disparó una foto y los viejos se cabrearon”
“Ya ya, pero ¿tú por qué no la detuviste?”
“Es difícil de explicar.”
“Sí, sí, entiendo.”
Regresamos al club algo ruborizados y dimos inicio al campeonato mundial de ping pong. El primer juego enfrentó a Portugal con Brasil. Fue un juego aburridísimo. Terminado decidimos tomarnos un buen descanso. En vez de atacar dos tragos de cerveza nos sentamos y nos bajamos las botellas enteras. Pedimos otras y de un trago nos bajamos una tercera parte. Luego Ivancho habló:
“¿Nosotros le dijimos que viniera a fotografiar a los viejos?”
“No, claro que no,” dije yo desde lo que creía recordar. “¿Tu le dijiste acaso que los fotografiara?,” pregunté.
“No. Tú escuchaste la invitación. Le dije que nos acompañara a nuestro club de ajedrez para animarse, sin más.”
“Sí, eso entendí yo.”
“Pchsss… este tipo de equívocos en los artistas son una pena.”
Asentí con la cabeza. Echamos tragos cortos de cerveza otros cinco minutos y encaramos el segundo enfrentamiento del día: Francia Marruecos.
Nada salió bien. La mitad de los saques hacían el ridículo de irse por fuera. Cuando alguien parecía tomar control con un buen insulto del tipo “tu mal aliento fatiga hasta mi verga,” cuando ese insulto parecía apoderarse de los músculos del otro, en la siguiente jugada el audaz dominador iba y se estrellaba contra la mesa. Estrellarse contra la mesa al igual que resbalarse y caer o chocar contra una pared en procura de una jugada inmortal, son los más propicios materiales de burla, esto es, los mejores momentos para arremeter en procura de la victoria. Pero ni eso funcionó. Si alguien chocaba contra la mesa o se esguinzaba un tobillo o perdía la papaya de un globo corto tirando su remate
por la ventana, el otro iba atacado de la risa a recoger el ping pong y terminaba pisándolo. Con tres bolas hechas cáscaras de huevo y apuntadas en su valor de cambio en nuestra cuenta, ayer Ivancho y yo nos dimos por vencidos.
Un ladrido to “Club de ajedrez”
Jadéame al oído
Hola! podrían facilitarme el mail del autor.Leí Falsas Alarmas y me interesaría mucho poder hablar con él.
Muchas gracias.
Alex!