Misquic
Es tan natural que parece haber sido modelo siempre. Misquic de noche es un escenario perfecto para un fantasma vestido de deseo. Él le da indicaciones mientras acciona el detonador de la cámara, persiguiéndola entre veladoras, flores de calabaza, frutas cristalizadas y buñuelos con jarritos de piloncillo derretido. De entre las aberturas y escotes del vestido asoma su piel, tan blanca y tan frágil. Ella juega a reprocharle la mirada y él le dice que cómo quiere que alguien piense en otra cosa, si cuando uno la ve sólo puede pensar en eso, en desvestirla. Está hecha para eso. No es casualidad que siempre lleve vestidos que se suben solos y tirantes que caen con un aliento, como ahora, en ese giro en que casi pierde el equilibrio y él la cámara. Sus bocas se rozan y ella lo rechaza coqueta, sin zafarse por completo. Él pasea sus dedos por sobre la tela y ella no hace nada para impedirlo; parece no darse cuenta; la mirada fija en las velas y las flores amarillas. Un seno escapa de entre la tela, lleno, duro, con su gota de noche en la punta. Y él desliza su mano dentro para liberar el otro. Se propia de las pequeñas maravillas que ha descubierto siguiendo con las yemas la forma de la tela que las enmarca. Juega con las puntas, erguidas de frío, entre los dedos, que cubre y descubre con la tela para confirmar que no puede esconderlas más. ¡Cómo se le han puesto los pezones, violetas, largos, tensos! Se acerca y la respira. Sabes que ya no se me olvidan las cosas, y ella ríe, eso sí que no se lo cree. Se incorpora y se aleja en la noche, ligera. Pronto despuntará el alba.
En el auto, de regreso, él le acaricia el cabello y la nuca. Ella entreabre los labios. Su cabeza cae sobre su hombro, como si fuera a dormirse, y su escote se abre de nuevo. Respira su cabello, mientras la rodea con su brazo y sopesa sus pechos; le retuerce los pezones, y recorre la aureola con el dedo. Ella se deja hacer. Lo harás, verdad que lo harás, mi pequeña, con el sastre para comenzar, le he pedido un vestido rojo y ajustado de escotes largos… él mismo vendrá a tomarte las medidas. Ella entrecierra los ojos mientras su mano le recorre la pierna por dentro. Una prueba… me pondrá las manos encima… me desvestirá… me quitará las… Gime, pierde el aliento, se muerde el labio. Él juega con sus pezones, los tuerce un poco, y hace que si con la cabeza a lo que ella dice. Las braguitas… sí… te las va a quitar… a lo mejor ni siquiera llevas ese día… sólo este vestido, sin nada debajo, le vamos a dar la sorpresa. Ella se estremece, se le abren lo ojos grandes como si se estuviera viendo caminar desde el cuarto, indecente, la visita frente a ella, con los ojos fijos en el vaivén del vestido. Y tú, con estos pechos curiosos, asomados a pesar de la tela. ¿Te imaginas? Tú, a tus anchas, como si todo fuera de lo más normal. Pero siéntese por favor, señor sastre, me va a aceptar un vasito de vino rosado ¿verdad que sí? Y te sientas en la silla frente a él con las piernas separadas para que pueda ver un poco, imaginar lo que le espera… Para, para… Ella se incorpora, lo ve por un instante a los ojos… eres un demonio, ¿sabes? Y se acerca de nuevo, moja sus labios con la punta de la lengua, mientras él hace como que imita su voz, ¿qué puedo hacer hoy por usted, señor sastre? ¿quiere pasear su lengua por entre mis piernas, penetrarme por detrás…? Mmm… te gustaría eso verdad… y habría que volver a hacerlo porque no te acordarías de nada luego. Los faros del auto chocan con una nube de bruma, en medio, un payaso con toda la cara blanca haciendo la conocida seña con la mano para pedir que alguien le lleve. Ella se asusta, o finge hacerlo y se le pega más, mientras él, con la punta de la lengua rozándole el oído le susurra cómo les gusta el miedo. Y ella sonríe y pasea sus uñas por sus muslos hacia su entrepierna. Sus pechos están ahora libres y la abertura del vestido entre las piernas también
deja ver que no lleva nada debajo. Él le ve el pubis como si fuera un dulce, y él un gran goloso a quien le acabaran de ofrecer su postre favorito. Ella baja la vista y hace un gesto que simula enfado, como si se sorprendiera de encontrarse con su vello expuesto y le fuera a recriminar estar ahí. Esto no es justo, dice mientras le baja la cremallera y hunde la mano e indaga dentro. El auto zigzaguea por el camino y la neblina, mientras ella juega a manosearle, a tocarle por debajo de la tela, a sentir como crece su deseo y a observar su esfuerzo por mantener los ojos abiertos. Para, le suplica recobrando el sentido un instante, para un poco. ¿Es que no quieres? le dice ella mientras pasea su lengua por el lóbulo de su oreja y baja por el cuello y por el pecho. Un auto los rebasa. En el asiento del copiloto va
el payaso que los ve sin hacer gesto. Mmmm, gime, mmmm, un estremecimiento. Ha liberado su sexo y lo besa con la punta de la lengua. En el frío de la madrugada que se filtra por las puertas, su aliento forma una nube blanca que se escapa de su boca y le cubre el sexo. Luces en el camino, luces intermitentes de un auto de policía y de una ambulancia. Pasar rápido, sin parar, es lo único en lo que él piensa y en el incendio que le abraza la entrepierna y que ella le derrama por todo el cuerpo. El payaso está de pie en el acotamiento. Sin un gesto gira la cabeza para seguirles con los ojos. Detrás de él, los paramédicos sacan del auto en llamas un cuerpo. Ella se la ha introducido toda en la boca, mientras con las uñas recorre la piel tensa y la araña y la apresa. Él se crispa. Reconoce el rostro de la mujer en el lente, entre sus piernas, en la camilla: ¡pero si estás muerta! Esa memoria, Juan, esa memo
ria, susurra ella sonriendo y sin dejar de hacer lo que está haciendo.
Jadéame al oído