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Lalo Pancho es quien me habla

1 de Julio de 2008

Lo vi entrar y nunca más pude quitármelo de encima. La suciedad de sus uñas largas, los dientes mohosos prensando un cigarro encendido, los movimientos de su cuerpo al borde del sobresalto (como si lo habitaran millones de gusanos eléctricos) y la risa insensata debajo de esos ojos que parecían saltar de sus cuencas, me hicieron preguntarle, temeroso: ¿Quién eres? Edward Francis Whitney Yamahuchi, respondió… VENGO DE AFUERA, agregó abriendo mucho la boca y se sentó a la mesa mientras comenzábamos el desayuno. Había entrado detrás de mi hermano el mecánico y supuse que era su chalán porque estaba todo mugriento. No quise, más bien no pude, hacerle más preguntas porque las miradas de mi madre y de mi hermano se dirigieron a mí, que seguía mirándolo igual que a un espanto. Me quedé callado y apenas pude tomar bocado. Después

alguien dijo, Come Edward, y entonces él tomó el pollo con una de sus manos indecentes y le hincó los dientes, mientras con la otra seguía sosteniendo su cigarro.

De eso ya tiene muchísimos años y aún hoy ese recuerdo continúa inquietándome. Deducía que su padre era gringo y su madre japonesa; pero nunca se lo pregunté. Se rumoraba que ni él mismo lo sabía. Que ese Saber quedó suprimido al ver los órganos con que sus padres estaban hechos por dentro, en un lejano accidente carretero. Vísceras, sesos, sangre, habían florecido en su real consistencia y color; de esa vez, se dice, fue cuando el raciocinio escapó de su mente. Lalo Pancho le llamaba yo para contrarrestar la desconfianza que me provocaba su Ser; y a él parecía gustarle. Incapaz de construir frases enteras y reír como dios manda (su risa era una serie plana de pujiditos), me fui adaptando a su lenguaje y entendimiento.

Whitney Yamahuchi se ausentaba semanas, meses enteros. Una vez dejó de aparecerse algunos años y el día que se presentó le había crecido una especie de joroba; el sarro verdoso le cubría casi todos los dientes. Había enflacado y lo atacaba una tos seca que lo dejaba rebotando sobre sí. Pero seguía siendo el mismo. Fumaba mientras comía lo que encontraba en el refrigerador o lo que rescatara de los restos de los demás. ¡Era una maravilla ver cómo terminaban los huesos bajo sus dientes! Tan limpios como si hubieran pasado por el taller de encerado y pulido. Las colillas se las guardaba en las bolsas del pantalón.

Aunque a mi hermano parecía molestarle que yo pronunciara fascinado su nombre verdadero con todo y apellidos, nunca lo vi recriminarle algo. Lo mismo mi madre. Ambos le hablaban, sí, pero cualquiera hubiera pensado que no tenía albedrío o emociones: “come”, “haz”, “ve”, “deja”, “sal”, “vete”, eran del tipo de palabras que le dirigían. Si les preguntaba por él nada más me miraban y respondían No sé. Yo creo que así me decían porque no les gustaba que pensara en él, tal parecía que deseaban que no existiera. Tampoco les gustaba que lo siguiera o le hiciera compañía. Algunas veces se quedaba mirando la tele largo tiempo sin pestañear y yo le preguntaba, ¿te gusta ese programa Lalo? Pero él volteaba a verme con ojos de simio y me decía: TE GUSTA. Lo que me daba cierto temor no era su sonrisa (daba la impresión que estaba tramando algo fuera de lógica), sino la manera en que su mirada me cubría. Era como si me lengueteara y dejara una película blanca

y lechosa sobre mí, sobre mi voluntad. Sus ojos blancos y esféricos me hipnotizaban. Luego, como obedeciendo a un impulso neuronal, se paraba de pronto y salía de mi casa. Y yo iba detrás de él.

Escondido detrás de unos matorrales, en la barranca aquella más arriba de mi casa a la que sólo los borrachos y niños aventureros van, y a la que, según los viejos del vecindario, iban a refugiarse los locos que se escapaban de La Castañeda, una vez lo vi abrazar con todo y piernas el tronco de un eucalipto crecido a mitad del camino. Se restregaba contra el árbol con tal fuerza que logré escuchar el ruido del pantalón frotar la corteza, y cómo su respiración fue creciendo hasta convertirse en un profundo jadeo que terminó haciendo eco en la gran sima. Otro día lo seguí durante mucho, mucho tiempo, porque él no paraba. Cruzó la barranca y de ahí siguió por calles, puentes y solares que lindaban con el límite de la ciudad. Al cabo lo vi cansado y recostarse contra la cerca de un basurero montañoso. Había anochecido y no quise regresar por temor a perder el camino. Así que me aproximé y me senté a su lado, pensando que iba a asombrarse al verme. Pero su expresión no se alteró. Sólo dijo entre sus dientes enmohecidos que ya no me asqueaban: AQUÍ ESTÁS y me miró de frente. Yo quedé cubierto por el velo que me lanzó desde sus ojos y lo dejé acercarse más. Esa fue la primera vez y yo no hice nada. Un rato después ahí mismo nos quedamos

dormidos.

De esa ocasión alcanzo a recordar que cuando al día siguiente regresé solo, mi madre y mi hermano me golpearon con el cable de una plancha. No me dejaron salir durante días arguyendo que algo muy feo me había pasado, o me estaba pasando. Algo que no se puede pronunciar.

Luego pasó que un día me dijeron que Lalo Pancho había desaparecido. Que había muerto, me dijeron. ¡Ya nunca vendrá por aquí! me gritó mi hermano sacudiéndome por los hombros. Pero yo sabía que no era cierto. Sospechaba que lo habían encerrado dentro de cuatro paredes y que en algún momento se escaparía. Porque a él no le gusta el encierro, pensé. Así que cierto amanecer salí de mi casa con todo y piyama. Lo busqué por los caminos que él solía andar pero nada. Ya era de noche cuando me di por vencido y fue que regresé a mi casa. Esa vez recibí mi segunda serie de chicotazos.

Pero él jamás volvió. Habrá sido por eso, porque lo extraño, que me quedó el vicio de fumar, y una tos de perro tuberculoso. Dos cajetillas de cigarros no me son suficientes ahora; menos después que mi madre me da poco dinero. Pero eso no importa: he aprendido a hacer cigarros enteros con las colillas que luego levanto. Hace poco mi hermano me zarandeó por los cabellos para hacerme mirar al espejo. ¡Mira imbécil! ¡Dime! ¿Qué ves? Pero yo no vi nada raro, sólo unos ojos y una sonrisa extraviada.

Ya van varias veces que mi familia me lleva con el médico para que deje de fumar y de hacer las cosas que a ellos no les gusta que haga. Como pensar en él. Como ir en su busca y restregarme contra el eucalipto para encontrar su rastro, su olor.

Ahora ya no me dejan salir de casa. Le ponen llave al cuarto donde como, duermo y también recuerdo. Eso es bueno, recordar los días de afuera. Así es posible volver a ver su sonrisa enigmática y esos ojos que me inundaban. Si hago el esfuerzo, aún logro sentir la cerca de aquel basurero contra mis espaldas, cuando le perdí el miedo y me dijo AQUÍ ESTÁS y yo no quise regresar a casa.


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