Diciembre
Anoche se murió la abuela; anoche se murió la Mama Me, se murió y ni siquiera nos dimos cuenta a qué hora; se murió sin hacer ruido, sin gritar, sin llamar a nadie. Yo siempre había creído que cuando la gente se moría hacía mucho ruido, pero ya me di cuenta que a veces no pasa, que lo del ruido a la hora de la muerte no es cierto. La Mama Me no hizo ruido, no lanzó ni un quejido, a lo mejor ni un boqueo, ni un suspiro; nomás se quedó dormida, tan dormida y con los ojos cerrados.
Siempre pensé que cuando ella se muriera haría mucho ruido, que se quejaría (cosa que nunca hizo
en su vida), que llamaría a sus hijos vivos y a su hija muerta con la que hablaba en las noches, pero no llamó a nadie; se quedó dormida, quieta y dormida. Eran pasadas las ocho y estábamos cenando
cuando papá se levantó, hizo a un lado la silla y dijo voy a ver cómo está mi mamá, se metió en el cuarto y lo demás ya no lo recuerdo; solo sé que cuando salió del cuarto dijo que ya se había ido o algo así. No recuerdo cómo lo dijo, si se puso triste, o si lloró; no me acuerdo si alguien dijo algo o si preguntaron algo. Solo recuerdo ese momento como si todo se hubiera detenido, como si todo se hubiera callado, como si hubiera caído en el centro de un pozo o de un remolino, como si estuviera en un cuarto y sólo hubiera silencio. No recuerdo si nos levantamos todos de la mesa o seguimos cenando. Sólo recuerdo que por un momento pensé que era lo mejor que podía haber sucedido, que ya era hora de que se muriera, que no era justo, que no era justo que estuviera ahí tendida, en la cama día y noche, sin hablar, con la piel ceniza y el pelo blanco, como una muñeca, con los ojos fijos en el techo y nomás parpadeando de vez en cuando.
Anoche murió mi abuela y no recuerdo siquiera qué pasó después, no recuerdo haber dormido, no recuerdo nada de lo que dijo mi papá ni recuerdo lo que hicimos después.
Anoche murió mi abuela y pienso que la que esta ahí metida en la caja no es ella, que la que tiene puesto un hábito café no es ella. No sé a quién se le ocurrió ponerle un hábito que dicen es de las carmelitas, las monjas de la virgen del Carmen, pero se lo pusieron y ahora está ahí, quietecita, parece que duerme y yo no creo que sea ella. Mi abuela debió haberse ido a alguna parte y no es la que está en esa caja negra; si fuera mi abuela tendría un vestido blanco, con encajes, un vestido como los de las novias, blanco como los vestidos de las niñas que van a ofrecer flores a la virgen en mayo; ella debería tener un vestido blanco y una corona de flores blancas con un velo también como los de las novias pero no ese hábito de carmelita que ni era de ella porque a ella nunca la vi ir a la misa, ni a ningún rosario ni nada y por eso pienso que no es ella la que esta tendida con las manos amarradas sobre el pecho.
Anoche murió la Mama Me, se murió en el mismo catre en que había estado durmiendo desde hacía ya muchos años, tal vez se murió pensando que se empezaba a quedar dormida, que por un ratito no sentiría el dolor, que por un ratito no sentiría el cuerpo y se murió sin saber que se moría. Se murió oyendo nuestras voces en la cocina mientras cenábamos, oyendo nuestras voces hacerse cada vez más distantes, se murió oyendo nuestras voces alejándose hasta apagarse, se murió pensando que se quedaba dormida, que se despertaría a media noche y hablaría con su hija muerta sentada a su lado. La abuela se murió pensando que hablaba con su Zenaida y que por la mañana me contaría, anoche vino mi hija, vino a platicar conmigo. Vino mi Zenaida que se murió siendo muchacha, que tuvo la misma mala suerte que yo, no fue feliz y cuando tuvo un hijo se murió de pena y de tristeza porque ella no quería casarse, ella no quería eso y luego también la criatura se murió. Yo le decía, hija ya estás grande, bájate de ese mezquite, bájate, pero ella no se bajaba, le gustaba treparse lo más alto, hasta las meras puntas. No te vayas con los muchachos yo le decía, tevas a hacer Mari macha, pero no me hacía caso, agarraba camino y se iba con ellos a cortar tunas o matar conejos; cuando se casó se le metió la tristeza y nunca se le fue y así nomás de repente la tristeza se la llevó: un día me vinieron a avisar que estaba aliviándose y fui a verla, desde ahí ya no se mejoró. Era mi única hija, la única que tuve, qué bueno que no sufrió tanto, qué bueno que no llegó a vieja, qué bueno que nunca estará sola como yo, sola de día y de noche, sola a todas horas, sin tener con quién hablar y esperando a que venga mi comadre Juana para que me haga compañía un rato, sola, esperando a que volteé el sol y se haga tarde para que vengan ustedes a jugar en el patio; dichosa mi hija porque no tendrá que llegar a vieja, no se quedará sola ni tendrá que contar los días y las horas del día, nunca estará sola de noche sin más compañía que las ánimas para platicar y preguntarles por qué siguen penando y a quién buscan, al menos ella, hijo, no tendrá que pasar dolor en las noches, ni tendrá que contar las horas que faltan para que empiece a clarear y amanezca; no tendrá que esperar carta de sus hijos ni a que tú vengas. Ay hijito, escríbeme una carta para tu tío en Houston, hace ya días que no sé de él, escríbeme una carta porque yo nunca aprendí a leer ni escribir me decía mi abuela.
Se murió la Mama Me y yo nunca pensé que la vería muerta, pero en la mañana fui con mi hermana y me llevó de la mano a ver dónde está tendida; no nos metimos en el cuarto, nomás nos asomamos por la ventana: primero se paró ella de puntitas, luego me dijo, asómate, y también me puse de puntitas y vi la caja con cuatro velas gordas prendidas en las esquinas. Mi hermana y yo nos miramos y nos fuimos de ahí sin decir nada, volvimos al cuarto y nos sentamos en la cama, yo me quedé viendo la pared de enfrente, con manchas que parecen mapas; entonces empezaron a llegar las vecinas y se oían los murmullos, el Ave María Purísima cuando comenzaron el rosario, por todas partes se oía el ten piedad de ella, y el ruega por ella, entonces yo sentía en el pecho algo como el sonido de un martillo que no quería que sonara, pero siguió sonando y unas voces que decían cordero de dios que quitas el pecado del mundo, para que otras respondieran óyela señor, repetían lo mismo y yo pensaba que por la noche mi abuela estaría más sola, y cuando la enterraran se quedaría para siempre sola, y ya no me daría un tostón para irme a comprar una muela de dulce.
Anoche se murió mi abuela y ya no estará sentada en la puerta mirándome como hago carreteritas en el montón de arena que trajeron para echar la banqueta. Anoche se murió mi Mama Me y las señoras en el cuarto repiten, ten piedad de ella, cristo ten piedad de ella, pero mi abuela ya no las oye y está dentro de una caja con un hábito que dicen es de carmelita, franciscana o de no sé qué pero debería tener un vestido blanco como de novia, una corona y un ramo de gardenias como las que mi mamá tiene en el huerto y me hace regar por las tardes.
Anoche se murió mi abuela y hoy mi hermano grande me mandó a cuidar las chivas al monte, me dijo ya estás grandecito y tienes que ayudar, abrió la puerta del corral y las dejó salir así nomás, de pronto y otra vez me dijo ya estas grandecito y tienes que ayudar, ya es hora de que le chingues si no te vas a hacer más joto. Las cabras brincaban de gusto moviendo orejas y cola como cuando se espantan las moscas mientras yo pensaba a dónde iba a ir con tantas cabras y si se me perdían qué iba a hacer, entonces las cabras agarraron para la loma y me fui atrás de ellas. Cuando iban subiendo por el cañoncito yo pensaba que Mama Me estaba tendida, con los ojos cerrados pero mirando hacia el techo, no sé cómo, pero ella mira todo lo que pasa desde ahí donde está, tendida en el cuarto que huele a Pinol porque lo acaban de limpiar, el piso todavía está húmedo, se siente fresco y mi abuela tendida viendo todo lo que pasa alrededor, oyendo las voces y a lo mejor hasta se ríe de todos, así calladita como siempre fue, no dice nada y deja que todo siga. Eso pienso mientras voy subiendo la loma y el sol no calienta, son las once y hace frío como si fueran las siete; me pongo el gorro de borreguito pero ni así me caliento las orejas y voy siguiendo las cabras, tirándoles piedras pero no me hacen caso; es que las cabras no se han dado cuenta todavía que anoche se murió mi abuela.
Anoche se murió mi abuela y no nos dimos cuenta, tal vez ni ella se dio cuenta y creyó que empezaba a quedarse dormida, que por un rato no le dolería nada, que por la mañana se sentaría en la bacinilla y esperaría a que mi papá la sacara a agarrar sol en la silla de ruedas. Anoche murió mi abuela y ya no le va a gritar a mi hermano que no maltrate a las chivas, qué te hacen las pobres criaturas, mejor acércales las crías para que las amamanten y ya cuando crezcan más las enmorralas para que no les chupen toda la leche; eso decía mi abuela por las tardes sentada en la puerta como yo estoy ahora debajo de un mezquite en la orilla del camino viejo. Estoy esperando a que se haga tarde para volver y encerrar las cabras en el corral, y cuando eso suceda no voltearé hacia la casa porque sé que mi abuela no estará sentada en la puerta, mirándome corretear las chivas,
Se ladró en el Número siete | por Sergio FazJadéame al oído