Los otros
Camino del trabajo vi por primera vez al hombre terrible: a tres patas sobre el suelo, la cuarta empuñaba una herramienta. No podía distinguir sus facciones porque al fin del cuello emergía una cascada de barba y greña que ocultaba su rostro y a la vez aquello sobre lo que se denodaba. Pasé de nuevo a su lado a la hora del almuerzo, el sol ya se dejaba venir en caída libre, mas el hombre persistía sin reparar en la delta de peatones a sus lados. Alcancé a mirarle un retazo de frente, sudaba.
A un costado de la plaza estaba la oficina a la que tuve que acudir a media tarde. Clara ya estaba ahí, estrujándose las falanges y sonriendo con una sonrisa pequeña y temblorosa. A última hora le habían entrado los nervios. Todo este tiempo había estado tranquila, desde que decidió hacerse ella también el examen el día que acompañó a una amiga con malos presagios, hasta que a las puertas del lugar finalmente se hizo la pregunta: ¿y si sí? ¿y si sí tenía de qué preocuparse? ¿y si el examen salía positivo? ¿y si ésta era su hora?
Fue mi primera novia. La primera con la que tuve sexo al menos. A mí no me había pasado por la cabeza que nada pudiera salir mal, así es que asumí el papel de hombre de mundo, sólido, imperturbable, experimentado, machín, y le dije:
—No te preocupes, cachito, mira, vamos a hacer memoria y ya verás que no hay de qué preocuparse.
Me miró destanteada. A qué me refería.
—Acuérdate de la persona con la que estuviste —“o las personas” añadí como por mera formalidad, genero- so—, piensa si hay algo que te saque de onda, seguro que no.
Me contempló de nuevo sorprendida, parpadeando, y luego, sin mover los ojos, miró hacia adentro. Me volví hacia la plaza mientras Clara consideraba su pretérito. El hombre terrible aplicaba su herramienta con golpes secos sobre un tronco. Pude advertir que tenía varios troncos más, gruesos y largos como un brazo, y que su herramienta era menos que un hacha, una especie de piedra afilada.
—A ver —dijo Clara—… Tal vez… No, mejor empiezo desde el principio.
Sacó de su bolso una pluma y extendió un periódico sobre la banca en la que estábamos. Se veía tensa, Clara; le acaricié una mejilla y dije Tranquila, cachito.
—Bueno, primero, obviamente… —dijo, y anotó unas iniciales en un margen del periódico. ECJ.
Su primer novio. No sé por qué, pero me dio ternura.
Dubitativa, apuntó MAH debajo de aquellas, las tachó, escribió LCH y dijo sí. Se quedó pensando unos segundos, el extremo de la pluma entre los dientes, y luego apuntó, de un golpe:
ABS
NCC
DFT
RCV
JMP
Escribió UMM al lado de la tercera y la cuarta y dibujó un corchete muy elegante para indicar que esas iniciales iban ahí, que era importante que fueran ahí. Así: UMM!}
Luego pareció olvidarse de que yo la acompañaba; en realidad pareció olvidarse por completo del objetivo de aquel ejercicio de memoria porque la luz le volvió a la cara y empezó a divertirse. Decía:
—El de la fiesta de Imanol, el calvo ¿cómo se llamaba?… ah, sí —y escribía iniciales de vago aire extranjero: KW, o que espinosamente parecían coincidir con las de un conocido mío: LRB.
Y también:
—Aquel del festival de reggae, el apellido era… sí, ¿pero su nombre…? —y apuntaba: ¿D?R
En un par de ocasiones puso una sola letra con una acotación al lado, por ejemplo: A (el amigo de Sandra).
Al llegar a la inicial número veintitrés recordó que yo estaba ahí, levantó la pluma y dijo:
—Ay, me da pena contigo —cerró el periódico y lo guardó—, además no sé nada, mejor vamos a esperar.
Eso hicimos, en silencio. Yo quería decir algo pero no sabía qué podía opinar que no resultara patético. Además, de súbito, me había entrado una sensación de fragilidad que temía me derrumbara. Y esta imagen: mi cuerpo como una bomba, mis venas un conducto de algún líquido maldito, yo todo una cosa de la que había que alejarse. Alfileres, agujas, pinchos reventándome. Una mano me comenzó a temblar y la metí en el bolsillo del pantalón.
—Ya es la hora de mi cita —dijo Clara.
Respondí “Vamos”, lo intenté al menos, entramos a la oficina, la acompañé hasta el consultorio donde la aguardaban, pasó, me senté en la sala de espera; sin embargo me resultó insoportable quedarme ahí, con todas esas otras bombas humanas, con todos esos muchachitos y muchachitas comiéndose las uñas. Huí a la plaza.
El hombre terrible estaba de rodillas pero con el cuerpo erguido. Había tallado los troncos con formas angulares y profundas y los había unido en algo que era una tercia de cruces o un arsenal de estacas. Agarraba su objeto y lo golpeaba con fuerza contra el suelo para que embonaran los troncos. Jadeaba, rugía al azotarlo. Los caminantes seguían sin hacerle caso. Finalmente dejó de esforzarse y recargó su frente en el objeto. Se puso de pie, trastabilleó y oteó a su alrededor. Pude verlo: tenía ojos casi transparentes y una mancha continental en el pómulo derecho. Detuvo su mirada en un punto en el que nada sucedía y se dirigió hacia allá. Antes de que alcanzara el filo de la plaza un auto se detuvo exactamente en ese lugar. Un sujeto de traje sastre y gafas oscuras se apeó y el hombre terrible se le acercó como si le fuera a entregar algo, pero en vez de eso levantó su objeto terrible y lo dejó caer sobre el cuello del sujeto.
—¿Todavía estás vivo? —escuché a mis espaldas.
Clara. Clara con una sonrisa enorme y carnosa.
—Por supuesto que no había nada de qué preocuparse, tontito —dijo, y se me pegó—. ¿Qué pasa ahí?
Un pequeño tumulto rodeaba el lugar donde se habían encontrado el sujeto y el hombre. No se distinguía nada, pero aún alcancé a ver, por encima de las cabezas curiosas, el objeto del hombre terrible alzarse ensangrentado, el brillo rojo de sus puntas.
Se ladró en el Número siete | por Yuri HerreraUn ladrido to “Los otros”
Jadéame al oído
Soberano Perro. Antes de exponer las razones por las cuales debes ponerte en contacto conmigo, debo reconocer que he sido el mayor y más comprometido de tus lectores durante las últimas 49 horas, a partir del momento en que me enteré de la revista que bien has tenido en inducir. Por otro lado, yo mismo me dedico a surcir historias de vez en vez por los rumbos siempre violentos de mi estado natal. Es mi convicción -contundente y modesta-, que por allá en la perrera pachuqueña hay un espacio reservado con mi nombre donde podría yo dar muestras de mi purulenta y perpetua pericia en hilvanar los más atinados disparates linguísticos en materia de realidades superaltneras. Es claro que esto aún no es bien sabido, pero espero que podamos colaborar a fin de hacerlo del dominio público. Mis más alegres ladridos.
Sachiel Tavalera…
P.D. Filiflama alabe cundre/ ala olalúnea alífera/ alveolea jitanjáfora / liris salumba salífera.