Esperando a Abril
Diciembre 14. Hoy hice una cita. A ella recién la conocí en un putero llamado Las Potrancas, exacto nombre para quien ha mirado a ciertas mujeres como hembras pura sangre. En efecto, en ese antro la mayoría de las mujeres son grandes, piernudas y llenas de vitalidad. No así Abril, que es más bien esbelta y prudente, y hermosa. En la breve ocasión en que hablé con ella fui explícito: quiero coger contigo. Me escucha y sonríe, eres directo, dice, y
tienes una bonita forma de acariciar (sus piernas). ¿Entonces el lunes a la cinco? Sí, respondió ella y yo le creí.
Diciembre 18. Hoy es lunes y faltan dos horas para apersonarme en el lugar acordado. Si he de ser honesto, debo decir que en este momento siento el PUM PUM de mi sangre, y también esa especie de “mariposas en el estómago” que refieren las adolescentes; pero más bien siento como una cavidad que habrá de llenarse con la realidad de los hechos. ¿Qué pasará?
Con el viento frío de Pachuca en diciembre y la gente dándose cuenta de mi persistencia, pasé cuarenta y cinco pinches minutos esperándola, hasta que decidí irme. A tres cuadras está una cantina y allí me metí. No alcancé a encabronarme, yo creo que por el recuerdo de sus delgadas piernas con su inquietante lunar y porque fui ingenuo al estar seguro que llegaría. Como la mancha oblicua de un mango que comienza a ennegrecerse, ella tiene un
lunar arriba de su rodilla que se extiende hacia el interior de su pierna, de unos cuatro centímetros de longitud y con forma que sugiere movilidad, búsqueda. Cuando lo estuve tocando, sentí su textura como algo que pudiera desprenderse, una calcomanía. Es tu lunar muy bello, le había dicho yo, es como un prendedor: “cuando vienes a trabajar te lo pones antes de salir de tu casa, la última prenda decorativa de tu arreglo de mujer”. Vestida de ese
modo vendría a mi encuentro, pero no llegó, la cabrona. Imaginaba verla llegar con pantalones porque no iría al putero: iríamos a cualquier otro lado y luego me abocaría a perseguir a su ornamento negro y reptante, como preámbulo de sus exquisitas piernas, ligera y suavemente velluditas, piernas que sentí casi todas pero apenas muy por encimita, sintiendo cómo sus vellos iban desapareciendo conforme me acercaba a su pubis; ningún apretón.
Cuando platicábamos la miraba a los ojos y dejaba de acariciarla, y mi mano quedaba quieta sobre el
lugar en donde andaba; una vez se posó sobre su pie desnudo.
Aún en la cantina le dediqué algunos pensamientos sabrosos a Abril, que terminaban al musitar ¡cabro-
na!
Diciembre 20. Le hablo a su celular:
- ¡Hola Abril!
- ¿Quién habla?
- Yo, te conocí hace unos días en el bar, platicamos rico y quedamos de vernos el lunes pasado, ¿te acuerdas?
- … Sí … discúlpame, ese día fue el festejo de fin de año en mi trabajo y ya no pude comunicarme contigo, ya ves que acá no agarra la señal.
- Mmmm.
- ¿Estás enojado?
- No. En realidad me gustas. Quisiera volver a verte pero necesito que me digas una cosa: ¿te interesa salir conmigo? Digo, si no para qué.
- No, sí me interesa, quiero verte.
- Oquei, entonces te veo en el bar o te llamo a tu celular.
- Oquei, bai.
- Adiós.
Diciembre 22. Tomé rumbo fuera de la ciudad y me dirigí a Las Potrancas a medianoche. Lo solitario de la carretera y el escaso alumbramiento me pusieron meditabundo y apagué la música del radio. Sentía cierto peligro pero no sabía
por qué. Volví a sentir el PUM PUM. A lo lejos alcancé a ver el rectángulo neón fuera de su contexto comercial urbano. El bar, sin más adorno que la luz neón de la entrada y el letrero que lo nombraba, contrastaba con la extensión de tierra de su alrededor. Solo en las inmediaciones de una gran porción de suelo llano. Como el oasis para el sediento, miré Las Potrancas como el lugar en donde hallaría sosiego a mi ansiedad. Verla, platicar, irnos; llenar ese hueco que nace en mi sesera y que se expande en toda mi persona. Un hoyo en mis sentidos cuyo motor busca una experiencia para colmarlo. En ese momento pensé que muchas personas sentenciarían: es que quiere reafirmarse como hombre. Qué cosa más estúpida, concluí.
Atravesé la tenue luz verde neón y me sumergí en un lugar de poca luz, donde las mujeres viven y los hombres quieren vivir con ellas. Me senté en una mesa y no acepté que ninguna me acompañara: estaba esperando a Abril. Media hora, una hora de espera me bastó para llamar a una furcia, invitarle una cerveza y preguntarle por Abril. No
vino ya, dijo, a esta hora es para que ya hubiera llegado… ¿Cuánto cobras? le pregunté después de cinco minutos. Ochocientos. Vamos ya, dije… A esta potranca me la cogí con rabia de animal, sin conciencia; pura arremetida y poca sensibilidad. Al final me vine con mis manos sobre sus nalgas y con un largo jadeo.
Enero 3. Hoy de nueva cuenta he venido a buscar a Abril y tampoco la he hallado. Será que apenas empieza el año o que es martes, pero el bar está prácticamente vacío. Salvo tres potrancas desperdigadas como sombras, sólo estamos dos clientes y un par de meseros. Pido un trago y me clavo en mis pensamientos. Pienso concentradamente en la piel de Abril que apenas por encima acaricié; y en su lunar que quiere meterse entre
sus piernas. Más que sus palabras, recuerdo verla hablando con mesura y sonriendo, con la clase que da
saberse hermosa. Me mira a lo ojos, sonríe y detengo mi mano que pasa por encima de sus piernas. ¿Dónde
andarás? La inutilidad de la pregunta me duele en alguna parte; y ya no sé si en mis sentidos, en mi cabeza o en
el estómago.
Como si de pronto tomara conciencia, veo el lugar vacío y a mí ahí solo, ebrio. Imagino que me elevo y veo la débil luz del antro en las inmediaciones de un desierto inhabitado; solo en lo despoblado, como los solares baldíos de Rockdrigo. Acaso, me hace compañía la tonada triste de una canción que parece llegar allende la vida. La penumbra y la embriaguez me hacen dudar de la verdadera existencia de Abril. Un mesero que sale y entra dice: “el viento está canijo, no trae ni a los perros”… A ciencia cierta no sé cuanto tiempo llevo ahí, parece que años: los recuerdos
de mi vida están tan lejanos como el extremo del gigantesco puente que me conecta con la realidad… Y así, en medio del terreno yermo, sentado como quien no espera nada, sigo aguardando a que Abril llegue; para entonces sí, cabalgar ese lunar errante que anda como enloquecido por la proximidad de su vívido sexo.
Un ladrido to “Esperando a Abril”
Jadéame al oído
Me pareció excelente el relato, ¡ caray!, con la descripción que relatas, se me formaron las imágenes como un recuerdo que tal vez seria mío. Soy de Pachuca De Soto.
Saludos