Lalo Pancho es quien me habla
Lo vi entrar y nunca más pude quitármelo de encima. La suciedad de sus uñas largas, los dientes mohosos prensando un cigarro encendido, los movimientos de su cuerpo al borde del sobresalto (como si lo habitaran millones de gusanos eléctricos) y la risa insensata debajo de esos ojos que parecían saltar de sus cuencas, me hicieron preguntarle, temeroso: ¿Quién eres? Edward Francis Whitney Yamahuchi, respondió… VENGO DE AFUERA, agregó abriendo mucho la boca y se sentó a la mesa mientras comenzábamos el desayuno. Había entrado detrás de mi hermano el mecánico y supuse que era su chalán porque estaba todo mugriento. No quise, más bien no pude, hacerle más preguntas porque las miradas de mi madre y de mi hermano se dirigieron a mí, que seguía mirándolo igual que a un espanto. Me quedé callado y apenas pude tomar bocado. Después
alguien dijo, Come Edward, y entonces él tomó el pollo con una de sus manos indecentes y le hincó los dientes, mientras con la otra seguía sosteniendo su cigarro.
De eso ya tiene muchísimos años y aún hoy ese recuerdo continúa inquietándome. Deducía que su padre era gringo y su madre japonesa; pero nunca se lo pregunté. Se rumoraba que ni él mismo lo sabía. Que ese Saber quedó suprimido al ver los órganos con que sus padres estaban hechos por dentro, en un lejano accidente carretero. Vísceras, sesos, sangre, habían florecido en su real consistencia y color; de esa vez, se dice, fue cuando el raciocinio escapó de su mente. Lalo Pancho le llamaba yo para contrarrestar la desconfianza que me provocaba su Ser; y a él parecía gustarle. Incapaz de construir frases enteras y reír como dios manda (su risa era una serie plana de pujiditos), me fui adaptando a su lenguaje y entendimiento.
Whitney Yamahuchi se ausentaba semanas, meses enteros. Una vez dejó de aparecerse algunos años y el día que se presentó le había crecido una especie de joroba; el sarro verdoso le cubría casi todos los dientes. Había enflacado y lo atacaba una tos seca que lo dejaba rebotando sobre sí. Pero seguía siendo el mismo. Fumaba mientras comía lo que encontraba en el refrigerador o lo que rescatara de los restos de los demás. ¡Era una maravilla ver cómo terminaban los huesos bajo sus dientes! Tan limpios como si hubieran pasado por el taller de encerado y pulido. Las colillas se las guardaba en las bolsas del pantalón.
Aunque a mi hermano parecía molestarle que yo pronunciara fascinado su nombre verdadero con todo y apellidos, nunca lo vi recriminarle algo. Lo mismo mi madre. Ambos le hablaban, sí, pero cualquiera hubiera pensado que no tenía albedrío o emociones: “come”, “haz”, “ve”, “deja”, “sal”, “vete”, eran del tipo de palabras que le dirigían. Si les preguntaba por él nada más me miraban y respondían No sé. Yo creo que así me decían porque no les gustaba que pensara en él, tal parecía que deseaban que no existiera. Tampoco les gustaba que lo siguiera o le hiciera compañía. Algunas veces se quedaba mirando la tele largo tiempo sin pestañear y yo le preguntaba, ¿te gusta ese programa Lalo? Pero él volteaba a verme con ojos de simio y me decía: TE GUSTA. Lo que me daba cierto temor no era su sonrisa (daba la impresión que estaba tramando algo fuera de lógica), sino la manera en que su mirada me cubría. Era como si me lengueteara y dejara una película blanca
y lechosa sobre mí, sobre mi voluntad. Sus ojos blancos y esféricos me hipnotizaban. Luego, como obedeciendo a un impulso neuronal, se paraba de pronto y salía de mi casa. Y yo iba detrás de él.
Escondido detrás de unos matorrales, en la barranca aquella más arriba de mi casa a la que sólo los borrachos y niños aventureros van, y a la que, según los viejos del vecindario, iban a refugiarse los locos que se escapaban de La Castañeda, una vez lo vi abrazar con todo y piernas el tronco de un eucalipto crecido a mitad del camino. Se restregaba contra el árbol con tal fuerza que logré escuchar el ruido del pantalón frotar la corteza, y cómo su respiración fue creciendo hasta convertirse en un profundo jadeo que terminó haciendo eco en la gran sima. Otro día lo seguí durante mucho, mucho tiempo, porque él no paraba. Cruzó la barranca y de ahí siguió por calles, puentes y solares que lindaban con el límite de la ciudad. Al cabo lo vi cansado y recostarse contra la cerca de un basurero montañoso. Había anochecido y no quise regresar por temor a perder el camino. Así que me aproximé y me senté a su lado, pensando que iba a asombrarse al verme. Pero su expresión no se alteró. Sólo dijo entre sus dientes enmohecidos que ya no me asqueaban: AQUÍ ESTÁS y me miró de frente. Yo quedé cubierto por el velo que me lanzó desde sus ojos y lo dejé acercarse más. Esa fue la primera vez y yo no hice nada. Un rato después ahí mismo nos quedamos
dormidos.
De esa ocasión alcanzo a recordar que cuando al día siguiente regresé solo, mi madre y mi hermano me golpearon con el cable de una plancha. No me dejaron salir durante días arguyendo que algo muy feo me había pasado, o me estaba pasando. Algo que no se puede pronunciar.
Luego pasó que un día me dijeron que Lalo Pancho había desaparecido. Que había muerto, me dijeron. ¡Ya nunca vendrá por aquí! me gritó mi hermano sacudiéndome por los hombros. Pero yo sabía que no era cierto. Sospechaba que lo habían encerrado dentro de cuatro paredes y que en algún momento se escaparía. Porque a él no le gusta el encierro, pensé. Así que cierto amanecer salí de mi casa con todo y piyama. Lo busqué por los caminos que él solía andar pero nada. Ya era de noche cuando me di por vencido y fue que regresé a mi casa. Esa vez recibí mi segunda serie de chicotazos.
Pero él jamás volvió. Habrá sido por eso, porque lo extraño, que me quedó el vicio de fumar, y una tos de perro tuberculoso. Dos cajetillas de cigarros no me son suficientes ahora; menos después que mi madre me da poco dinero. Pero eso no importa: he aprendido a hacer cigarros enteros con las colillas que luego levanto. Hace poco mi hermano me zarandeó por los cabellos para hacerme mirar al espejo. ¡Mira imbécil! ¡Dime! ¿Qué ves? Pero yo no vi nada raro, sólo unos ojos y una sonrisa extraviada.
Ya van varias veces que mi familia me lleva con el médico para que deje de fumar y de hacer las cosas que a ellos no les gusta que haga. Como pensar en él. Como ir en su busca y restregarme contra el eucalipto para encontrar su rastro, su olor.
Ahora ya no me dejan salir de casa. Le ponen llave al cuarto donde como, duermo y también recuerdo. Eso es bueno, recordar los días de afuera. Así es posible volver a ver su sonrisa enigmática y esos ojos que me inundaban. Si hago el esfuerzo, aún logro sentir la cerca de aquel basurero contra mis espaldas, cuando le perdí el miedo y me dijo AQUÍ ESTÁS y yo no quise regresar a casa.
Se ladró en el Número siete | Ladridos (0) por Alejandro Bellazetin S.La mala leche también se mama
La manteca líquida a ciento veinte grados centígrados hincha las pieles de lo que alguna vez fueron unos chanchos glotones. Los tronidos y las emanaciones de los pellejos friéndose se suman a la bulla y a los diversos olores que reinan dentro del mercado. En el local, el aceite en ebullición que sale del cazo va manchando las paredes, el mostrador, los delantales y todo lo que topa. Pero es de notar que la mugrienta pala que menea la fritura contrasta destacadamente con las inmaculadas manos de quien la empuña.
Porque las manos son territorios del cuerpo que uno no oculta y andan desnudas, Ignacio las ostenta pulcras. Cada vez que deja de palear las pieles, agarra el trapo del que dispone y se las asea, aunque enseguida vuelva a tomar la sucia pala. Ha de ser porque en ellas ha venido representando el intrínseco deseo de escapar al destino de chicharronero impuesto por su madre, quien también heredó el oficio. Y también porque así cree detener en él el continuo proceso con el que su madre viene convirtiendo a toda su familia en unos puercos. La grasa ha sido un hábito de alimentación enraizado y la mala leche también se mama. Igual que sus manos, él siente ser la única decencia en su familia; además de ser flaco y de no regocijarse en la melcocha de sus vidas.
Observa el escurrimiento del chicharrón que cuelga de los ganchos cuando su hermano le pasa la llamada del teléfono que está timbrando. La voz de su novia que en pequeño sale del auricular le chicotea: ¡la bruja de tu madre es la mierda! ¡Una cerda sin compasión! ¡Nos ha lanzado a la calle y ahora no tenemos a donde ir! Y luego sollozos y luego el corte de llamada. A Ignacio el estómago se le enrarece rete feo y regresa a su tarea. Los clientes ahí no faltan, y su hermano lo vigila. Pero nada más termino aquí y voy y destrabo el pedo con la madre, mentaliza a la par del retortijón que invade sus entrañas. “La madre”, se refiere a ésta aún siendo suya. ¡Ya voy, ya voy!, le avisa en silencio a su novia, y hunde con brusquedad la fritura.
Mientras mete otro tanto de pellejos al cazo va acumulando los enconos que a la madre le unen. De niño, cuando le corría a sus amigos a punta de insultos. De adolescente, cuando lo sacó de la escuela para meterlo al negocio. No se haga pendejo mijo, ¡usted será chicharronero!, le dijo categóricamente aquella vez mientras le acariciaba la mejilla con su mano regordeta, anunciándole la buena nueva. Y ahora que es un hombre de treinta años, ¡Puta madre!, los recuerdos se le vienen encima como golpes de acero puntilloso. Le van acrecentando y enmarañando el nudo de odio que a ella lo ata. Recién soñó un dibujo que le ha ayudado a poner en diagrama tales pensamientos. Era una suerte de árbol genealógico nuclear representado con fotografías. La madre, una cuina de cachetes rozados y cruel sonrisa que también se dedica al agiotismo, era el centro. De su boca salían varias mangueras, de las cuales, dos entraban en la de cada uno de sus vástagos. A través de esos dos conductos los alimentaba de veneno. Por uno fluía lentamente un líquido espeso y amarillento: era la grasa. Por el otro, con mayor fluidez, entraba la inquina.
En ese dibujo no aparecía quien fuera su padre, tal vez porque nunca lo tuvo y porque ella siempre le respondió, ¿Y quién es ese señor? En cambio él, su hermana y sus dos hermanos (uno ya muerto), aparecían claramente definidos. La hermana con ojos de loca deprimida. Pues cómo no va a ser, si aún en estos días, cuando impera el oscuro silencio de la madrugada, sigue esperando que aquel, el único y antiguo querer, brinque la cerca de su casa para cogérsela; sin importarle que desde hace mucho tiempo haya dejado de escucharle palabras cariñosas. Pura cochinada recuerda que le dice. Te has puesto muy gorda, bien marrana, le ha llegado a decir a lo menos cuando a ella se dirige. Sabe que nunca le volverá a decir “me gustas”, como cuando se le declaró en la secundaria. Ni “vete”, como cuando la cambió por otra un año después. Los hombres son malos, malos, malos, habíale dicho su madre cuando abandonó la escuela. Y ni falta que hacen los desgraciados, nomás andan buscando saciar al animal que traen colgando. Desde entonces, hace
veinte años, ella no sale de su casa ni para tirar la basura. Su existencia es un misterio en el barrio. Le entra duro a los chochos y siempre está ida. Todas las noches se levanta a las dos de la madrugada y se sienta a esperar a que aquel salte la reja, aunque le hayan insistido que hace
años no existe.
En el sueño, el hermano vivo mostraba el rictus tipo mala madre; del ojete entre los ojetes.
Él es el puerquito preferido de la madre, su madre, ahí sí, y el encargado del negocio. El capataz que no da tregua ni otorga favores. En esa representación, el colesterol que segregaba la madre por una de las conexiones iba engrosándole las venas hacia dentro, envileciendo las arterias y el corazón. Odia a Ignacio porque es delgado y porque tiene novia; porque se cree diferente. Un minuto de descanso, un peso prestado, un vaso de agua, son cosas que nunca le daría: son amonestaciones que su madre, en el sueño, le estaba suministrando por la otra manguera. En cambio, los conductos que llegaban al hermano muerto habían dejado de trabajar. Por ellos no fluía nada: uno estaba seco y vacío, y el otro, tapado de grasa. Resultaba grotesco ver su faz mortecina embadurnada de cochambre a causa de la saturación. La actividad de los conectores había cesado cuando la pesada sangre no pudo correr libre por sus venas. Murió alcohólico y acomplejado, soportando ciento cuarenta kilos encima.
¿Y entonces quien es el único pendejo que queda? ¿Quién el que tiene entrarle de lleno al trabajo sucio del negocio? ¿El que no tiene vida propia y si no se pone buzo nunca la tendrá? En el sueño también le correspondían dos conectores insertos en su boca. Pero a diferencia de los demás, a él sí le incomodaba tenerlas. Sus ojos eran de desesperación y quería arrancarlas, pero absurdamente, así son los sueños, se lo impedía la circunstancia que para hacerlo tendría que ensuciarse las manos. No podía, por más que manoteara alrededor de ellas.
A menos, pensó después de recrear las mangueras del sueño, que alguien llegue y las extirpe. Su novia, por ejemplo, con la que tenía planeado largarse. Lo único que faltaba para tal cosa era pagar la deuda que los padres de ella habían adquirido con la madre. Pero por lo visto, por la llamada que acababa de recibir, eso no sería posible. No era difícil conjeturar que la madre había dejado pasar el tiempo justo para cobrar una suma impagable que la “obligara” a bisnear con las escrituras que había tomado como respaldo. No era necesario ir a ver su novia para saber que en ese momento ya estarían patitas afuera con todo y muebles; con la arenga de dos golpeadores contratados para eso. A menos, volvió a elucubrar Ignacio, que la madre muera y deje de alimentarnos.
Inmediatamente después de pensar así Ignacio recibe la segunda llamada. Le cuesta creer lo que está escuchando. Es una vecina que le dice: tu madre tuvo un infarto y ya se la llevaron al hospital. ¡Córrele porque no la alcanzas! Sin decirle nada a su hermano, se limpia de nuevo las manos y sale disparado. Ansía alcanzarla con vida. Quiere decirle algo, no sabe qué, pero algo. ¿Tal vez aprovechar la humildad del moribundo para pedirle las escrituras? En el trayecto, las emociones le llegan de golpe y le entorpecen el pensamiento. Entra al hospital y sube al cuarto piso. Interroga a un médico. Antes de entrar al cuarto se quita el sudor de su frente con la playera que trae puesta. Intenta calmarse con un suspiro y avanza hacia la cama.
Ahí está la madre. Su enorme cuerpo se expande por todo el colchón y tiene aparatos conectados. El médico le ha dicho que en unos minutos entrará al quirófano pero no le asegura nada. Está muy mal. Que sólo la vea y que no le hable. Se acerca y mira sus ojos apenas abiertos. El rictus de crueldad se ha desdibujado para ser una mueca de infinita tristeza. Ve sus labios moverse en un murmullo que busca consuelo. Pega el oído a su boca y escucha en voz muy baja: ¿Me perdonas hijo? ¿Por todo lo que te he hecho? En ese momento ve entrar a las enfermeras que han de llevársela a la sala donde le abrirán el cuerpo. El tiempo y la oportunidad se terminan. Las sombras alargadas en el interior de la sala le advierten que el atardecer va transcurriendo. Regresa su mirada, y con ambas manos toma la de ella para responderle implacable: No madre, tú no alcanzas perdón, y sonríe con el rictus siniestro que, aprendido de ella, inaugura en sus labios. Se retira. Cuando sale
del hospital el mundo se le antoja distinto. Pero su ánimo decae cuando se cruza con su hermano que va y le dice con voz chillona: ¡No te hagas pendejito, eh! Ahí te están esperando los pellejos.
Se ladró en el Número seis | Ladridos (0) por Alejandro Bellazetin S.El ángel de la resurrección
A las tres de la madrugada, Lorenzo está sentado frente al volante de una 4Runner estacionada al pie de la avenida Insurgentes y tiene mirada asesina. Está solo. Repasa mentalmente una a una las chingaderas que Stone le ha venido haciendo, hasta que por fin logra poner en palabras lo que días atrás había temido construir. Le salieron quedito pero muy bien deletreadas: ¡Te voy a chingar, hijo de la gran puta!
Al escuchar la contundencia de su propio decir amenazando la tranquilidad de la noche se espanta y mira repentinamente hacia los lados. Había hablado el Diablo. Enciende la radio y mejor trata de pensar en otra cosa. Lleva más de dos horas esperando pero ahí vienen ya. Stone adelante. Atrás, el Señor y dos prostitutas de lujo. Lorenzo se baja de un salto y echa ojo avizor por toda la avenida. Cuida al jefe. Abre la puerta trasera para dejarlos entrar y vuelve a montar la camioneta.
-
-
A ver Abuelito, ¡Jálale pal Cambalache! –Le ordena Stone al montarse al lado suyo en el asiento delantero.
-
El odio inunda nuevamente a Lorenzo. Sus ojos, dos estiletes, se los clava. Enciende la camioneta y toma hacia el norte.
El productor de teatro, y de redituables artistas de fama pasajera, viene de la fiesta de uno de sus representados y va en lo suyo: dejando de lado los asuntos del dinero para recrearse por anticipado lo que estas dos féminas de excelentes carnes le harán gozar.
A Ruperto el Stone, asistente y abogado personal del Señor, se le ve entero después de tanta farra. Cuando la ingesta de alcohol es larga, un buen pericazo es un vuelvealavida, un ¡Adelante, que la fiesta sigue! Él le llama el ángel blanco de la resurrección, por una vez que en un sueño vio al finísimo polvo perder gravedad y transformarse en un ser alado que lo posesionaba para devolverle la existencia. Creyente como es, usa una tarjeta plástica con la imagen de la Virgen de Guadalupe para inhalar el polvo.
Ruperto es chacotero; y siente que la muerte no es para él. Una vez la buscó y no la encontró, cuando un amor que se fue de su lado para siempre le mató las ganas de vivir. Se decidió una noche en que se emperifollaba frente al espejo. Iba a una fiesta y un amigo lo esperaba en el piso de abajo. Después de un rato en que se miró fijamente a los ojos se sentó en el piso, puso el cañón de una pistola sobre su corazón y disparó. Al ver que nada pasaba, llamó a su amigo con un grito al estilo de cuando uno pasa una llamada telefónica. Cuando lo vio entrar al cuarto le dijo: me parece que vas a tener que ir solo a la fiesta, nomás me pasas a dejar al hospital de voladita, que se me ha metío una bala en el corazón. Estaba sentado en el piso con las piernas estiradas y recargado en el ropero, el torso desnudo. Si no hubiera sido por esa sonrisa medio tristona, cosa rara en él, el amigo no se hubiera fijado en el pequeño orificio del cual comenzaba a escurrir un chorrito de sangre. No murió porque una costilla desvió la bala. Años después, cuando ya se llevaba de a cuartos con Ángel, el
Resucitador (como también le llamaba) enfermó de apendicitis. No hizo caso hasta que el dolor fue insoportable. Entonces sí se apersonó al hospital y le diagnosticaron peritonitis. Pero antes de anestesiarlo y abrirle la panza de urgencia, los médicos se consternaron cuando él mismo les informó que apenas hacía un rato, según para calmar el dolor, había visitado al ángel. ¡De qué hablas! preguntó uno de los médicos. ¡Coca señor! Eso me metí. Polvo blanco, señor. Uno la jala con la nariz pa metérsela al cuerpo, respondió él, con un gesto de asco y como diciendo, ¡Ay, estos señores! Después de una rápida discusión sobre los riesgos de anestesiar a un paciente encocado, el médico en jefe, que coincidentemente lo conocía de años atrás, escupió unas palabras: ¡Tristes contradicciones! No pudimos salvarle la vida a la viejita de ayer, que tanto quería vivir, y este cabrón que quiere morirse, no puede. Y dicho esto, dio inicio a la operación.
Llegan al Cambalache y todos bajan. Lorenzo los acompaña unos pasos y espera a que entren. Pero antes de que Stone desaparezca, ve que regresa a decirle al oído lo que cree será algo importante.
–Ponte cerca y no te duermas. Al rato voy a salir nomás a verte, y si te agarro jetón te voy a chingar, eh?– le advierte Stone.
–¡Imbécil! –responde Lorenzo con ojos filosos.
Vuelve a la camioneta para estacionarse donde pueda tener a tiro la entrada del tugurio. Lo hace en doble fila. Y se pone a pensar. Hace solo un año, quién lo iba a decir, era respetado. Se cuadraban ante él. Con tres hijos y una esposa que tendrían que acoplarse a su presencia permanente, el Teniente Lorenzo Sánchez se retiró a los cincuenta años de la milicia. Ese día se sintió feliz y satisfecho por haber cumplido a cabalidad con la nación. Honorable y respetado por eso, ¿como carajos no? Pero ahora ya no era lo mismo, sus expectativas de vivir el resto de sus días con honor habían sido borradas por la vida civil. Sin saber cómo o porqué, su familia estaba harta de él; de recibir órdenes que nunca cumplían. Sus vecinos poco le hablaban. Y luego este cabrón de Stone que no deja de joderlo, de reírse malditamente a costa de él. Le pone trampas para tener ocasión de hacerlo ver y sentir como un estúpido, particularmente en presencia de otras personas. Una vez le dijo, Ve y compra un shampoo marca Rado, el jefe quiere uno. Pero así lo pides, shampoo Rado, así es como lo conocen. Al momento en que la muchacha de la farmacia le respondió con una risa, No, aquí no vendemos champurrado ni tamales, Lorenzo se puso rojo, más por el coraje que por la pena. Al regresar Stone se carcajeaba de él. Otra vez fue peor. Cierta tarde descansaba en la camioneta y no vio cuando Stone se posicionó como a diez metros detrás de él. Suena su radio transmisor y responde ¡Sí, adelante!, es Ruperto que le pide, Un favor teniente, no encuentro mi radio, hazme el favor de buscarlo ahí en la camioneta, debajo del sillón o por ahí. Y Lorenzo se pone a buscar el dichoso radio por todos lados y nada, no lo encuentra. Ora busca en la guantera, escucha que le dice, y ora detrás del asiento. Y Lorenzo, que empieza a oír la voz la voz de Ruperto estereofónicamente, de repente se pregunta cómo sabe donde ha buscado y donde no. Entonces se incorpora del asiento, mira por el vidrio trasero y ve a Stone y al Señor carcajeándose insanamente. Jajaja, este menso anda buscando mi radio y no se da cuenta que le hablo desde él. Ya está viejito, escucha todavía a través del radio que sigue pegado a su oreja. Ese día le gritó, Ya basta Ruperto, deja de hacerme chingaderas porque un día de estos me vas a hacer cosas que no. ¡Y no me vuelvas a decir abuelo ni viejito, cabrón, te lo he dicho miles de veces! Un día de estos…, un día sabrás lo que es el miedo, repite Lorenzo para sí en plena madrugada. Muchos años de vida militar le habían enseñado que el respeto no se ganaba, se imponía. A como diera lugar.
Casi tres horas después salen los cuatro. Vienen muy animosos.
–Pa la oficina ya –indica Stone, que esta vez no se mete con Lorenzo.
Se ve cansado Ruperto. Y nervioso. Busca en su ropa repetidas veces algo que no encuentra. ¿Donde chingados está?, masculla a lo bajo. Mira a Lorenzo y le pregunta, ¿No has visto nada por aquí? ¿Un sobre? Nada, responde Lorenzo, y pone discretamente la mano en la bolsa de su camisa: ahí lo tiene, la recogió la última vez que Ruperto bajó de la camioneta. No le dice nada porque disfruta verlo sufrir. Atrás se oyen risas, cuchicheos y el choque de los vasos de alcohol.
Cuando llegan a las oficinas del teatro comienza a amanecer y Ruperto está que no se aguanta. Necesita un levantón en este justo momento. Orita veo, piensa. Se abre la puerta automática del estacionamiento y ven sentado al velador que se despierta abruptamente por el ruido y la luz naciente que le da en plena cara. Entran y todos bajan. El Jefe y las muchachas caminan hacia el elevador. Antes que desaparezcan tras la puerta, Ruperto dice en voz alta, para que todos lo oigan, Entonces abuelito, ¿ya te vas a dormir o quieres tu cocol? Las chicas ríen, que también para eso les paga el cliente. El Jefe sólo sonríe. Se cierra la puerta y desaparecen los tres.
–Y tú, ¿también ya a dormir? –revira Lorenzo con una sonrisa traviesa, pues sabe que no encuentra la bolsita que ha de reanimarlo.
–Hazte el gracioso viejito, que ahorita no estoy para bromas.
–Pues quizá sea un viejito –suelta Lorenzo. Y agrega con lengua viperina eso que siempre había querido decirle-: ¡pero no un drogadicto!
Ruperto se enchila pero se contiene.
–Si no fuera porque ya estás ruco te tupía de zapes ¡teniente de mierda!
–Pues a ver cabrón, ¡atrévete! –lo reta Lorenzo al momento de sacar una Colt 45 detrás de él y añade–, ¡Ahora sí cabrón, a ver, hazte el payasito!
Ruperto se le va encima sin preámbulos y de un manotazo logra tirarle la pistola. El velador, que había estado viéndolos, se apresura y toma el arma. La pone en un estante viejo detrás de su silla. Cuando voltea los ve tirados dándose una madriza de la que parecen volar pedazos de cabrón. Pero sólo los del teniente, pues claro se ve la supremacía de Stone sobre él, que trata de defenderse con dificultad porque el peso de Stone lo inmoviliza y porque la lluvia de puñetazos en plena jeta lo empieza a apendejar. Súbitamente Ruperto deja de golpearlo, pero se mantiene encima de él. En su cabeza relampaguea la escena chusca de una serie policiaca que recién vio y levanta la mano muy alto. La tiene empuñada. Le va a asestar el golpe de gracia. El puño toma impulso con dirección a la cara de Lorenzo pero se detiene centímetros antes, sólo para darle un par de cachetaditas humillantes y beso socarrón en la nariz. Se levanta jadeante y con aire de triunfo.
–Pues ya lo sabes Lorenzo, vuélvete a meter conmigo y verás lo que te pasa–, lo amenaza Ruperto a manera de colofón y sale hacia la calle, para ya irse.
El velador, que a gritos había tratado de calmarlos, grita de pronto, ¡Hey hey hey, deje eso ahí, no cometa una pendejada!, cuando ve que Lorenzo ha corrido a por el arma y ya la tiene en su mano.
–¡Te vas a morir, hijo de la gran puta! –dice con todo el poder que confiere la que mata.
Stone voltea y lo ve a unos cuatro metros de él. Al teniente le tiembla la mano y el primer disparo le zumba por la cabeza, y mejor se pone de lado ante el matador para de ese modo comenzar a acercársele; para proteger su pecho. No quiere morir como un perro y da un paso más, pero la segunda bala perfora su barriga. Seguidamente escucha el zumbido de la tercera bala y entonces, ya cerquita, se le va encima para abrazarlo de la cintura, cuando una millonésima de segundo antes la bala cuatro atraviesa la bolsa de su camisa. Luchan encabronadamente y chocan contra el estante sin caer. Lorenzo logra extender su mano por encima de Ruperto y otras dos detonaciones hacen daño sobre la parte baja de la espalda. Ruperto cae.
Más tarde que temprano, Lorenzo sale disparado hacia su carro para emprender la fuga. Pero algo piensa que lo hace detenerse. Regresa a donde está Ruperto, saca el sobre que milagrosamente no se le ha caído durante la friega y lo avienta sobre el pecho herido. Sale echo la madre, sube al carro y huye.
… Stone está tirado en el suelo, muy serio y callado. Toma conciencia de los primeros ruidos del
trajín mañanero. El timbre de una bicicleta, pasos aislados por la acera, puertas de autos que abren y
cierran, el ruido de motores que se alejan. Voltea su cabeza y le parece ver, desde una perspectiva ladeada y ascendente (el polvo del suelo se esparce con su respiración), al velador que corre y grita ¡Policía, Policía! Piensa Ya valí madres y se toca el pecho como apapachándolo. Palpa su corazón. Siente algo en su mano y lo presiona. Es algo que no puede distinguir porque sus pensamientos se expanden y pierden concreción. Mientras la lucidez lo va abandonando, ve brotar de su tórax una bruma blanquísima e inmaterial que se eleva y se le mete a la boca, a la manera de un genio cuando entra a su lámpara maravillosa. Su mente abandona conciencia del mundo.
… La luz le ciega los ojos. Es una claridad que llena todo su campo de visión. No es el cielo, que de ese lugar nada sabemos, más que el nombre que le han puesto. Está tirado en la cama de urgencias de la Cruz Roja. Comienza a razonar y se da cuenta que la luz proviene de los focos, y murmura: no he muerto. Algo difuso que se mueve ante su vista va tomando forma. Es una enfermera que tranquila y con aire de sabionda le dice: Si no te hubieras tragado esa cosa seguro no hubieras llegado; fue lo que mantuvo a tu sistema nervioso y sanguíneo funcionando los segundos necesarios para que no murieras. Tienes atrofiado el colon, un pulmón y la espina dorsal pero vives. Tienes suerte, o quizá alguien desde arriba te cuida, termina diciéndole la enfermera al momento de darle el bonche de papeles y tarjetas que traía en la bolsa de su camisa al momento de la baleada. Ruperto toma el bonche y ve una cosa que le hace abrir mucho los ojos: el bulto está perforado pero sólo hasta cierto punto: hasta una tarjeta con la imagen de la Guadalupana abollada del centro.
Un mes después sale Ruperto del hospital en silla de ruedas. Pero antes, busca a la enfermera para despedirse: La gente me pide que cuando vaya al baño “le jale”, ¡eso hago siempre!, se ríe y se va.
En ese mismo momento está alguien en el Reclusorio Oriente que cavila a diario mientras rasca con una uña la pared. Hace cuentas de los días que lleva y de los que faltan. No sabe de la ironía de haber regresado a aventarle el sobre a Stone. Pero su mente, que cada día enferma más, va confiriendo a su rostro una expresión malsana que da miedo ¡Ora que salga cabrón. Esta vez sí vas a valer madre!, susurra para sí mismo.
Le quedan diez largos años para acumular odio.
Se ladró en el Número cuatro | Ladridos (0) por Alejandro Bellazetin S.¡Ese Manuel!
Me cuenta Manuel que ese día estaba echado en la hueva total, despreocupándose de asuntos ajenos y propios. A medida que iba sacando de su chompeta las piedritas que le impedían relajarse, su vista se estiraba y su cuerpo se iba a lo hondo del sillón. Así estaba cuando timbró el teléfono; sus pupilas apenas reaccionaron. El segundo timbrazo fue más largo y tampoco contestó. Apuntalado en el valemadrismo que regía su vida, miró el aparato con desprecio y jactancia, como a un perro atado que le ladra (Parecido al día que me lo topé la primera vez: se pitorreaba de los policías que no pudieron llevárselo a la Delegación por andar meando en la calle. Tenía palancas: su tío era comandante). ¡Puta madre! refunfuñó cuando le rezumbó el tercer timbrazo. Igual a un hombre que está convale-ciendo, se dobló lento, giró media vuelta sobre sus nalgas, alargó la mano lo más que pudo y alcanzó el teléfono. ¿Sí, diga?… Cuando colgó seguía siendo el mismo, pero ya no se acostó: se quedó sentado, con una ceja más arriba que la otra y el auricular en la mano… Le había llamado la hermana de su esposa, con quien apenas si cruzaba palabra. Primero lo saludó muy normal. Luego le preguntó si recordaba, de cierto convivio navideño, la vez que él ofreció apoyarla en cualquier cosa que necesitara. Sí, dijo él, ¿qué pasa? En un tono más serio, ella respondió que había platicado con su novio (el Güero, precisó) y coincidían en que él era una persona abierta y confiable (y ahí yo me reí, pues sabía que más bien era conchudez lo primero y quién sabe lo segundo), que todo sería discreto y que, pa pronto: quería cumplirle la fantasía a su novio de compartirla con otro hombre (así dice que le dijo: fantasía, que él se lo pidió). Hasta el día exacto y la forma de operar le pusieron en bandeja: en la fiesta de quince años de su otra hermana saldrían por un pomo (siempre se acaban, puntualizó ella), y dirían que luego los había detenido la patrulla (luego sucede, reforzó). En la casa del Güero lo harían, aclaró al final. Por eso es que Manuel no puso inmediatamente el auricular en su lugar, luego de responder (quién sabe por qué) yo creo que sí, que estaba choncho y que gracias… Es una llamada de oro, le digo a Manuel después de todo esto que me cuenta, nunca pasa. ¡Perro desgraciado!, termino diciéndole al sentir el retortijón de la codicia.
La sonrisota en su cara tres semanas después me hace adivinar que la tríada había consumado la faena. Me sorprende que esté así tan de buenas y no encabronado o triste, pues hacía un par de horas su esposa lo había mandado a ese lugar que nombran La Chingada, por valeverguista y pendenciero; pero no, aquí está, campante y bien puesto para contarme el desenlace de su historia. Entonces pongo atención: en la fiesta de la quinceañera (que por ahí andaba como princesa, me dijo con sorna y malicia) lo abordaron. Estaban en un nivel más alto que la pista donde se celebraba el bendito cambio de niña a mujer y podían apreciar bien todo el espectáculo. Pero no lo hicieron. Sólo el Güero habló. Le dijo prácticamente lo mismo pero con una variante: que la idea había surgido de ella, y quería complacerla (en este momento Manuel esperaba una aclaración explícita de parte de ella, pero la sonrisa cínica y hermosa que recibe me hizo entender, ¿eso qué importaba?). Yo sé que ella te gusta, añadió el Güero, quedo y convincente. Y que nunca nadie se enteraría, le aseguró al final. Manuel cotejó mentalmente el desmadre que se armaría (si las cosas tomaban mal rumbo), con la invualuable experiencia que se le estaba presentando. Hizo cálculos. El riesgo era grande, pero asintió como si las cuentas se configuraran favorables. De algún modo los vio como unos profesionales del ligue (sin complicaciones y seguros, dijo), y creyó haber encontrado verdad en sus palabras.
…Con el aviso pertinente de que tienen que salir a comprar una botella que se ajuste a su gusto, se encaminan a la casa del Güero. Vive cerca y van a pie. Durante el trayecto platican de otras cosas, en intervalos de silencios elucubradores. Hasta que Manuel pregunta, ¿traen condón? No, es la respuesta, pero no te apures, estamos bien. Quiere echar reversa mas no puede, no halla un pretexto decente. Sabe que si en algún momento puede zafarse es justamente este, antes de pisar la casa. De pronto le punza la idea de que el dichoso Güero quiera tener sexo con él, pero resuelve: basta con que le diga que a eso no le atoro, no me puede obligar. Más le inquieta no traer condón y el destino al que se aproxima. Pero ya han llegado y sabe que el momento de rajarse quedó atrás. El breve silencio que se instala en la sala, con los tres ahí parados, es roto por el Güero que anuncia: ahorita regreso, voy al baño. Manuel se sienta en el sillón más cercano y ella se queda parada frente a él, vestida con elegancia y mirándolo con franca cachondería. En este momento Manuel cae en la cuenta de que hasta entonces él no ha hecho absolutamente nada. Sólo se ha dejado conducir por lo que dirían: las circunstancias. Se activa entonces su mecanismo y pone la mano en la pierna de ella, acariciándola ligero y con tiento. Como si la escuchara por primera vez o descubriera su voz verdadera, y a ella misma, mira la pregunta que ella le está haciendo: ¿Qué quieres? Él responde tomándola ahora de la mano, la jala hasta que sus rodillas se posicionan en la alfombra. Se desabrocha-baja el pantalón y le ofrece de beber. Ella toma. La repentina presencia del Güero que ha regresado y ve la escena lo incomoda un poco: la mano de Manuel ora se posa con delicadeza sobre la nuca de ella. Únete, lo invita. Dada la posición, el tercero hace lo consecuente: quita medias, calzón y vestido. Luego encuadra el culo de su novia y, con un empujón, completa la doble maniobra. A ésta le siguen otras formas de amalgamamientos y apetencias; y, para tranquilidad de Manuel, dirigidas con ímpetu para el gozo de ella, que se desenvuelve con la satisfacción de ser poseída a cuatro manos, par de bocas y un animal de dos cabezas. La última escena que refiere Manuel es la de él y ella cogiendo en una silla, de frente, y su novio sentado en el sillón contemplándolos. (“Como si estuviera viendo una partida de billar que comienza a aburrirle”, me dijo). El Güero llama a la cordura. Dice: como que ya es tarde, ¿no? Manuel no quiere perder ese momento. Le calienta muy duro tener encima y candente a la mujer del otro. Estimulados por lo que ya sienten que viene, meten celeridad. Ella busca sus ojos para atraparlos en el vaivén de sus cuerpos. Se miran con delicia. Antes de iniciar el descenso convulso al compás de las últimas exhalaciones, se besan con frenesí, con la desesperación de un hambriento cuando muerde una manzana. Caen extenuados. Antes de vestirse, Manuel besa por última vez, ahora con agradecimiento, a su cuñada, que se ha ido a sentar como quien acaba de ganar un juego de tenis. Se visten y van por la botella.
Manuel me termina diciendo que regresaron a buen tiempo a la fiesta y el sexo, “¡puta madre!, fue bendito”. Añade lascivo que cuando llegaron, la princesa del festejo seguía siendo princesa, y virgen. Los dos nos miramos y sonreímos… algún día.
Antes de despedirnos pensé que en su historia había valentía y estupidez. Yo lo felicité. Le dije que había entrado a las grandes ligas y que me mantuviera al tanto. Le deseé suerte y mucha de esa vida. No le pregunté a donde iría ahora que su esposa lo había mandado al carajo. No me interesaba y creo que a él tampoco.
Se ladró en el Número tres | Ladridos (0) por Alejandro Bellazetin S.El Vibis
¡De aquí no sales! Gritó Yadira y le cerró la habitación por fuera. El Vibis miró la puerta recién sellada con enorme cansancio y se dijo: está ahí detrás. Luego sintió el aire fresco en su nuca (hacía un calor apabullante) y volteó hacia la ventana abierta: es mejor salir por aquí…
En otro momento hubiera ido en pos de ella pero esta vez de plano ya no quería discutir más. La rapidez de su mirada se había aletargado y su cuerpo parecía desmoronarse bajo el peso de sus tremendos años, sin más adrenalina qué segregar.
Porque ese era su móvil: la adrenalina. De pequeño, cuando le salía el moco y usaba pantalones fruncidos de la cintura por el fuerte amarre de un cinturón que le colgaba, corría con celeridad tras robar las cocas del camión repartidor o luego de aventarle palomitas de maíz a los más grandes en el cine. Cuando se convirtió en joven controló el moco y la ropa se afianzó a su cuerpo. Fue en esa época cuando comencé a juntarme con él. La fuerza de su interior le salía como chispas por su boca burlona cuando reía y en ese aire de perdonavidas al caminar. Ahora, en vez de ir al cine a joder gente, imitaba con sorna a los que caminaban sintiéndose una reata para luego terminar en el suelo madreándose; o si era una tarde muy aburrida y de correr se trataba, lo acompañábamos otros cábulas para aventar desde arriba de los edificios de Plateros globos de agua a las patrullas que pasaban por debajo, lo que nos hacía salir en chinga a cien microgramos de adrenalina por segundo. Plateros, por cierto, en donde su fama recorrió cada rincón, es una colonia al sur del Defe, con más de cien edificios de colores y construida en lo que alguna vez fue La Castañeda, casa de loco.
Por ese entonces David, que era su nombre, fue dejando su impronta en varias jetas. Se volvió temido. Cierta ocasión le dijeron, el Ñiñín te anda buscando, y él nomás torció una sonrisa. En la noche de ese mismo día subimos, junto con un par de cuates, a una fiesta: habían corrido la voz de que ahí estaba ese pasadodeverga que se sabía siempre cargaba una punta. Entramos al departamento donde era la fiesta y la música de pronto pareció escucharse más alto; varias caras voltearon para mirarnos en silencio; mejor dicho, miraron a David. Un par de segundos después el baile y las voces recobraron su normalidad, aunque las miradas de la raza se volvieron torvas; excepto dos, la del Vibis que apuntaba directo a los ojos del Ñiñín, y la de éste, dócil como nunca se le había visto: ¡Hola!, le dijo con casualidad, y el otro nomás rió torcido. Su mirada había adquirido el poder de sus puños.
No siempre salió ileso, como cuando tuvieron que amarrarle las mandíbulas con alambre de estaño después de que una piedra se las deshizo en cierta madriza campal. Esto al Vibis no le importaba demasiado, más le dolía no haber podido hacer nada para evitar la boca sangrienta o el ojo morado de cualquiera de sus camaradas. Existen testimonios que dan cuenta de una que vez lloró tendidamente de impotencia cuando vió a su mejor amigo ensangrentado a causa de una golpiza. Así era ese valedor. Después iría curtiéndose conforme iba conociendo la fuerza de la ley a punta de cachazos, en los inicios de su carrera delictiva.
El día que conoció a Yadira, a David las fuerzas le flaquearon de solo verla: era bella, era cabrona y la única que hasta entonces lo había podido controlar al hacerse cómplice de sus andanzas. Se enamoró perdidamente de ella. El amor castiga; si alguien osara amansarlo tendría que ser una mujer. Junto a ella y por ella, su boca desvergonzada se alindaba con el dulzor de su sonrisa y con el deleite de sus palabras: Yadira esto, Yadira lo otro. Lo decía con tanto entusiasmo que uno quedaba casi enamorado de ella. Era tal el embrujo que fue en ese período cuando sus puños golpearon menos jetas y se enfrentó menos a la ley. Fue muy feliz por esos años.
Pero como todo, ¡chingao!, las cosas se jodieron con el tiempo. No fue que el amor hubiera pasado por sus vidas como un golpe de viento; al contrario, llegó a ellos y los encajó en su torrente dramático: siempre enamorados pero en medio del disturbio, peleando con rabia y amándose minutos después. Él era un perro de Plateros y anexas, ella de Tepito. Peleaban a morir por cómo administrar su amor.
Con los años la banda platerense fue desperdigándose por rutas diversas y durante mucho tiempo poco se supo de él: que vivía con Yadira y sus dos hijos en Tlatelolco; que había entrado y salido de la cárcel; que se las veía negras: con ella y con su oficio.
Fue hasta entonces que lo volví a ver. Tenía años de no hacerlo y quise visitarlo una vez que estuviera en su casa, en el piso más alto del edificio Chihuahua, en Tlatelolco. Tlatelolco, el de la sangre derramada a punta de lanza de acero español; a balazos arteros del gobierno mexicano sobre los estudiantes y, años después, bajo los escombros de un terremoto que sepultó a familias enteras. Digo esto porque ese día que lo visité, miré la plaza y tuve visiones: imaginé al Vibis madrée y madrée españoles con todo y su lanza y cuanto granadero se le pusiera enfrente…… Subí por el elevador hasta el treceavo piso, toque el timbre, me hizo pasar Yadira y ahí estaba él: igual de esbelto, la risa burlona y el cabello largo, salvo dos detalles: su calva prematura y una mirada mucho más escrutadora. No nos abrazamos ni nos dijimos qué gusto verte: nos quedamos viendo unos segundos muy serios, como reconociendo si todavía nos enlazaba esa mirada tácita de complicidad durante la adolescencia; nos examinamos y al mismo tiempo nos echamos a reír escandalosamente para luegoluego escanciarnos unos buenos tragos.
Los alcoholes fueron abriendo brecha y fue entonces que me confesó lo de la adrenalina: que era la puta adrenalina la que lo impulsaba sin remedio. Llorando me dijo que lo más cabrón y culero de todo el asunto había sido no su trance por el tambo, sino el sufrimiento por sus dos hijos y por ella, “aunque sea una cabrona”. Se explayó hablando de ella; que la amaba pero que la presión sobre él era inanguantable. Yadira podía hacérsela de pedo no por un atraco, pero sí por no haber cargado correctamente la pistola o porque se iba de borracho un día entero. Juró no pisar otra vez el tambo pero tampoco sabía que hacer de su vida. No veía cómo. No es la lana ni la presión de esos hijos de puta para que le entre de nuevo al bisne, me dijo, es la puta adrenalina de sentir peligro, como cuando salíamos huyendo de los tiras. Quedamos de vernos pronto.
Fue un mes después cuando el Vibis llegó a considerar la situación, luego de que Yadira le ordenara encabronada ¡De aquí no sales!
… Sintió cómo la adrenalina se sobreponía al agotamiento de soportar treinta y ocho pesados años sobre sus espaldas y quiso sentir a plenitud el aire que le llegaba de la ventana abierta, librarse de ese fardo que ya no aguantaba. Ahí detrás está ella, repitió, y dio la espalda a la puerta cerrada de su cuarto. Caminó sin prisa hasta la ventana, apoyo los pies en el borde y se lanzó al vacío con toda su energía.
Antes de caer hasta el suelo, el cuerpo de David se estrelló con un poste de luz que le abrió el cuerpo en dos. Aún permaneció unos minutos con vida. Su boca, antes riente y procaz, quedó entreabierta para dejar escapar un hilo de sangre que fue a unirse al charco negro-carmesí que se había formado sobre la Plaza de las Tres Culturas, en Tlatelolco. Sólo el hermano de ella, que vivía por ahí cerca, pudo verlo con vida. Dijo que en sus últimas palabras mencionó problemas de dinero. Nadie le creyó. Los que lo conocimos supimos que fue eso, la adrenalina, que quiso gastársela toda de una sola vez.
el Espanky, Toño, Héctor Manuel el Cacho, Javier el Flaco,
Arturo el Pocho, Leobardo el Leo y Pedro el Cebollini.
Esperando a Abril
Diciembre 14. Hoy hice una cita. A ella recién la conocí en un putero llamado Las Potrancas, exacto nombre para quien ha mirado a ciertas mujeres como hembras pura sangre. En efecto, en ese antro la mayoría de las mujeres son grandes, piernudas y llenas de vitalidad. No así Abril, que es más bien esbelta y prudente, y hermosa. En la breve ocasión en que hablé con ella fui explícito: quiero coger contigo. Me escucha y sonríe, eres directo, dice, y
tienes una bonita forma de acariciar (sus piernas). ¿Entonces el lunes a la cinco? Sí, respondió ella y yo le creí.
Diciembre 18. Hoy es lunes y faltan dos horas para apersonarme en el lugar acordado. Si he de ser honesto, debo decir que en este momento siento el PUM PUM de mi sangre, y también esa especie de “mariposas en el estómago” que refieren las adolescentes; pero más bien siento como una cavidad que habrá de llenarse con la realidad de los hechos. ¿Qué pasará?
Con el viento frío de Pachuca en diciembre y la gente dándose cuenta de mi persistencia, pasé cuarenta y cinco pinches minutos esperándola, hasta que decidí irme. A tres cuadras está una cantina y allí me metí. No alcancé a encabronarme, yo creo que por el recuerdo de sus delgadas piernas con su inquietante lunar y porque fui ingenuo al estar seguro que llegaría. Como la mancha oblicua de un mango que comienza a ennegrecerse, ella tiene un
lunar arriba de su rodilla que se extiende hacia el interior de su pierna, de unos cuatro centímetros de longitud y con forma que sugiere movilidad, búsqueda. Cuando lo estuve tocando, sentí su textura como algo que pudiera desprenderse, una calcomanía. Es tu lunar muy bello, le había dicho yo, es como un prendedor: “cuando vienes a trabajar te lo pones antes de salir de tu casa, la última prenda decorativa de tu arreglo de mujer”. Vestida de ese
modo vendría a mi encuentro, pero no llegó, la cabrona. Imaginaba verla llegar con pantalones porque no iría al putero: iríamos a cualquier otro lado y luego me abocaría a perseguir a su ornamento negro y reptante, como preámbulo de sus exquisitas piernas, ligera y suavemente velluditas, piernas que sentí casi todas pero apenas muy por encimita, sintiendo cómo sus vellos iban desapareciendo conforme me acercaba a su pubis; ningún apretón.
Cuando platicábamos la miraba a los ojos y dejaba de acariciarla, y mi mano quedaba quieta sobre el
lugar en donde andaba; una vez se posó sobre su pie desnudo.
Aún en la cantina le dediqué algunos pensamientos sabrosos a Abril, que terminaban al musitar ¡cabro-
na!
Diciembre 20. Le hablo a su celular:
- ¡Hola Abril!
- ¿Quién habla?
- Yo, te conocí hace unos días en el bar, platicamos rico y quedamos de vernos el lunes pasado, ¿te acuerdas?
- … Sí … discúlpame, ese día fue el festejo de fin de año en mi trabajo y ya no pude comunicarme contigo, ya ves que acá no agarra la señal.
- Mmmm.
- ¿Estás enojado?
- No. En realidad me gustas. Quisiera volver a verte pero necesito que me digas una cosa: ¿te interesa salir conmigo? Digo, si no para qué.
- No, sí me interesa, quiero verte.
- Oquei, entonces te veo en el bar o te llamo a tu celular.
- Oquei, bai.
- Adiós.
Diciembre 22. Tomé rumbo fuera de la ciudad y me dirigí a Las Potrancas a medianoche. Lo solitario de la carretera y el escaso alumbramiento me pusieron meditabundo y apagué la música del radio. Sentía cierto peligro pero no sabía
por qué. Volví a sentir el PUM PUM. A lo lejos alcancé a ver el rectángulo neón fuera de su contexto comercial urbano. El bar, sin más adorno que la luz neón de la entrada y el letrero que lo nombraba, contrastaba con la extensión de tierra de su alrededor. Solo en las inmediaciones de una gran porción de suelo llano. Como el oasis para el sediento, miré Las Potrancas como el lugar en donde hallaría sosiego a mi ansiedad. Verla, platicar, irnos; llenar ese hueco que nace en mi sesera y que se expande en toda mi persona. Un hoyo en mis sentidos cuyo motor busca una experiencia para colmarlo. En ese momento pensé que muchas personas sentenciarían: es que quiere reafirmarse como hombre. Qué cosa más estúpida, concluí.
Atravesé la tenue luz verde neón y me sumergí en un lugar de poca luz, donde las mujeres viven y los hombres quieren vivir con ellas. Me senté en una mesa y no acepté que ninguna me acompañara: estaba esperando a Abril. Media hora, una hora de espera me bastó para llamar a una furcia, invitarle una cerveza y preguntarle por Abril. No
vino ya, dijo, a esta hora es para que ya hubiera llegado… ¿Cuánto cobras? le pregunté después de cinco minutos. Ochocientos. Vamos ya, dije… A esta potranca me la cogí con rabia de animal, sin conciencia; pura arremetida y poca sensibilidad. Al final me vine con mis manos sobre sus nalgas y con un largo jadeo.
Enero 3. Hoy de nueva cuenta he venido a buscar a Abril y tampoco la he hallado. Será que apenas empieza el año o que es martes, pero el bar está prácticamente vacío. Salvo tres potrancas desperdigadas como sombras, sólo estamos dos clientes y un par de meseros. Pido un trago y me clavo en mis pensamientos. Pienso concentradamente en la piel de Abril que apenas por encima acaricié; y en su lunar que quiere meterse entre
sus piernas. Más que sus palabras, recuerdo verla hablando con mesura y sonriendo, con la clase que da
saberse hermosa. Me mira a lo ojos, sonríe y detengo mi mano que pasa por encima de sus piernas. ¿Dónde
andarás? La inutilidad de la pregunta me duele en alguna parte; y ya no sé si en mis sentidos, en mi cabeza o en
el estómago.
Como si de pronto tomara conciencia, veo el lugar vacío y a mí ahí solo, ebrio. Imagino que me elevo y veo la débil luz del antro en las inmediaciones de un desierto inhabitado; solo en lo despoblado, como los solares baldíos de Rockdrigo. Acaso, me hace compañía la tonada triste de una canción que parece llegar allende la vida. La penumbra y la embriaguez me hacen dudar de la verdadera existencia de Abril. Un mesero que sale y entra dice: “el viento está canijo, no trae ni a los perros”… A ciencia cierta no sé cuanto tiempo llevo ahí, parece que años: los recuerdos
de mi vida están tan lejanos como el extremo del gigantesco puente que me conecta con la realidad… Y así, en medio del terreno yermo, sentado como quien no espera nada, sigo aguardando a que Abril llegue; para entonces sí, cabalgar ese lunar errante que anda como enloquecido por la proximidad de su vívido sexo.