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Los otros

1 de Julio de 2008

Camino del trabajo vi por primera vez al hombre terrible: a tres patas sobre el suelo, la cuarta empuñaba una herramienta. No podía distinguir sus facciones porque al fin del cuello emergía una cascada de barba y greña que ocultaba su rostro y a la vez aquello sobre lo que se denodaba. Pasé de nuevo a su lado a la hora del almuerzo, el sol ya se dejaba venir en caída libre, mas el hombre persistía sin reparar en la delta de peatones a sus lados. Alcancé a mirarle un retazo de frente, sudaba.

A un costado de la plaza estaba la oficina a la que tuve que acudir a media tarde. Clara ya estaba ahí, estrujándose las falanges y sonriendo con una sonrisa pequeña y temblorosa. A última hora le habían entrado los nervios. Todo este tiempo había estado tranquila, desde que decidió hacerse ella también el examen el día que acompañó a una amiga con malos presagios, hasta que a las puertas del lugar finalmente se hizo la pregunta: ¿y si sí? ¿y si sí tenía de qué preocuparse? ¿y si el examen salía positivo? ¿y si ésta era su hora?

Fue mi primera novia. La primera con la que tuve sexo al menos. A mí no me había pasado por la cabeza que nada pudiera salir mal, así es que asumí el papel de hombre de mundo, sólido, imperturbable, experimentado, machín, y le dije:

—No te preocupes, cachito, mira, vamos a hacer memoria y ya verás que no hay de qué preocuparse.

Me miró destanteada. A qué me refería.

—Acuérdate de la persona con la que estuviste —“o las personas” añadí como por mera formalidad, genero- so—, piensa si hay algo que te saque de onda, seguro que no.

Me contempló de nuevo sorprendida, parpadeando, y luego, sin mover los ojos, miró hacia adentro. Me volví hacia la plaza mientras Clara consideraba su pretérito. El hombre terrible aplicaba su herramienta con golpes secos sobre un tronco. Pude advertir que tenía varios troncos más, gruesos y largos como un brazo, y que su herramienta era menos que un hacha, una especie de piedra afilada.

—A ver —dijo Clara—… Tal vez… No, mejor empiezo desde el principio.

Sacó de su bolso una pluma y extendió un periódico sobre la banca en la que estábamos. Se veía tensa, Clara; le acaricié una mejilla y dije Tranquila, cachito.

—Bueno, primero, obviamente… —dijo, y anotó unas iniciales en un margen del periódico. ECJ.

Su primer novio. No sé por qué, pero me dio ternura.

Dubitativa, apuntó MAH debajo de aquellas, las tachó, escribió LCH y dijo sí. Se quedó pensando unos segundos, el extremo de la pluma entre los dientes, y luego apuntó, de un golpe:

ABS

NCC

DFT

RCV

JMP

Escribió UMM al lado de la tercera y la cuarta y dibujó un corchete muy elegante para indicar que esas iniciales iban ahí, que era importante que fueran ahí. Así: UMM!}

Luego pareció olvidarse de que yo la acompañaba; en realidad pareció olvidarse por completo del objetivo de aquel ejercicio de memoria porque la luz le volvió a la cara y empezó a divertirse. Decía:

—El de la fiesta de Imanol, el calvo ¿cómo se llamaba?… ah, sí —y escribía iniciales de vago aire extranjero: KW, o que espinosamente parecían coincidir con las de un conocido mío: LRB.

Y también:

—Aquel del festival de reggae, el apellido era… sí, ¿pero su nombre…? —y apuntaba: ¿D?R

En un par de ocasiones puso una sola letra con una acotación al lado, por ejemplo: A (el amigo de Sandra).

Al llegar a la inicial número veintitrés recordó que yo estaba ahí, levantó la pluma y dijo:

—Ay, me da pena contigo —cerró el periódico y lo guardó—, además no sé nada, mejor vamos a esperar.

Eso hicimos, en silencio. Yo quería decir algo pero no sabía qué podía opinar que no resultara patético. Además, de súbito, me había entrado una sensación de fragilidad que temía me derrumbara. Y esta imagen: mi cuerpo como una bomba, mis venas un conducto de algún líquido maldito, yo todo una cosa de la que había que alejarse. Alfileres, agujas, pinchos reventándome. Una mano me comenzó a temblar y la metí en el bolsillo del pantalón.

—Ya es la hora de mi cita —dijo Clara.

Respondí “Vamos”, lo intenté al menos, entramos a la oficina, la acompañé hasta el consultorio donde la aguardaban, pasó, me senté en la sala de espera; sin embargo me resultó insoportable quedarme ahí, con todas esas otras bombas humanas, con todos esos muchachitos y muchachitas comiéndose las uñas. Huí a la plaza.

El hombre terrible estaba de rodillas pero con el cuerpo erguido. Había tallado los troncos con formas angulares y profundas y los había unido en algo que era una tercia de cruces o un arsenal de estacas. Agarraba su objeto y lo golpeaba con fuerza contra el suelo para que embonaran los troncos. Jadeaba, rugía al azotarlo. Los caminantes seguían sin hacerle caso. Finalmente dejó de esforzarse y recargó su frente en el objeto. Se puso de pie, trastabilleó y oteó a su alrededor. Pude verlo: tenía ojos casi transparentes y una mancha continental en el pómulo derecho. Detuvo su mirada en un punto en el que nada sucedía y se dirigió hacia allá. Antes de que alcanzara el filo de la plaza un auto se detuvo exactamente en ese lugar. Un sujeto de traje sastre y gafas oscuras se apeó y el hombre terrible se le acercó como si le fuera a entregar algo, pero en vez de eso levantó su objeto terrible y lo dejó caer sobre el cuello del sujeto.

—¿Todavía estás vivo? —escuché a mis espaldas.

Clara. Clara con una sonrisa enorme y carnosa.

—Por supuesto que no había nada de qué preocuparse, tontito —dijo, y se me pegó—. ¿Qué pasa ahí?

Un pequeño tumulto rodeaba el lugar donde se habían encontrado el sujeto y el hombre. No se distinguía nada, pero aún alcancé a ver, por encima de las cabezas curiosas, el objeto del hombre terrible alzarse ensangrentado, el brillo rojo de sus puntas.

Entera

1 de Marzo de 2008

La coliforme vespertina existió complejamente durante el verano de 1999 en el área de Norfolk, Inglaterra; particularmente en el poblado de Sheringham; para ser más específicos, en el intestino delgado de un Roger Wolfeston, exfabricante de documentos falsos que había conocido bonanza. Este desatino natural resultó de la evolución subitísima de una bacteria del orden de los entero-bacteriales -un citobacter, ya que hemos empezado a andar el espejismo de la precisión-, al contacto con un ácido lisérgico que se alojó por semanas en una lesión en las microvellosidades del intestino grueso de Wolfeston. La improbable reacción química originada por la prolongada exposición de la flora saprófita al ácido -que el señor Wolfeston había obtenido en su último viaje a Londres y que no tuvo el fin previsto- provocó que dicha bacteria experimentara cambios insospechados en la adolescencia de su existencia, pero ninguno que la volviera letal o que disminuyera sus cualidades fermentadoras. Sólo es que la bacteria, prodigiosamente, cobró conciencia.

Del vivaqueo eterno, la coliforme vespertina saltó a la percepción de lo inabarcable: un resplandor sin palabras. El vértigo de los fluidos, el rastro de otros hervores, los ángulos y las superficies de las demás bacterias, todo le indicaba su lugar como centro del universo, ella era la encrucijada por la que cobraba sentido lo que nosotros aproximamos a llamar temperatura, luz, tiempo.

La distinción del universo la llevó a nombrarlo por gradaciones de conciencia: la mayor intensidad con que reparara en una cresta o en el vacío de ciertas horas, eso era el nombre de la cosa. Aprendió a esperar, luego añoró y finalmente imaginó. Y con la comprensión de que lo que había no era sólo lo que había, sino lo que podía haber, comenzó a erigirse un lugar en el mundo. La comprensión que siguió a ese momento es lo que se ha dado en llamar la plácida tarde de la coliforme: el lapso en que construyó planes desaforados de arrancarse de su ámbito de motilidad, atravesar zonas ignotas del intestino y dejar en cada punto la huella de su flagelo.

Llegó la coliforme vespertina a sofisticar sus emociones tanto que, antes del Apocalipsis, alcanzó a conocer la angustia existencial. Se entregó a la sensación de perder algo que nunca había tenido, cuando descubrió que aquel jardín que la albergaba comenzaba a decaer inexorablemente. ¿Por qué? ¿Por qué se terminaba todo? ¿Para qué había comenzado todo? De nada le habría servido que alguien le informara que había un anfitrión primordial, y que éste, el traficante de documentos Roger Wolfeston, agonizaba de abstinencia en un centro de rehabilitación al que había sido condenado por la justicia; de nada habría servido aún cuando aquello fuera comunicable, pues la escala de esos eventos era tan inconcebible (¡que existiera un organismo enorme y laberíntico como para albergar a millones como ella!), que la única manera de relacionarla con su realidad fue por medio de la ficción. Por un momento intuyó esa respuesta, la religión, pero para entonces también le había llegado el hastío y la soledad.

Era, la coliforme vespertina, una luz de conciencia entre billones de semejantes, la población más vasta sobre una tierra que no llegó a concebir, pero la sensación de vaciedad la abrumó al punto de que, cuando entreveía la solución divina, la descartó instantáneamente convencida de que, si podía formular algo así de inmenso, si podía haber un instrumento para enunciarlo –palabras- entonces aquella cosa no era posible; no, que lo grandioso y definitivo pudiera ser definido por lo breve y simple y elemental. Y mucho antes de que Roger Wolfeston se aliviara de aguja, volviera a recaer y muriera, la coliforme vespertina enfermó de tristeza y casi sin darse cuenta se extinguió para siempre.

Los mejores años de su muerte

1 de Julio de 2007

Nos hemos vuelto una familia más unida desde que somos zombis. Pasamos mucho tiempo apelotonados frente al televisor, su titileo nos arrulla hasta la indiferencia y podemos quedarnos así por horas o tal vez por semanas; es difícil saberlo cuando el tiempo es una cosa del pasado. Antes, solíamos pelear por el control remoto, por la elección del canal, por el volumen, por el mejor asiento en el sofá, hasta que uno se imponía, comúnmente mi hermanita, y los demás abandonaban la habitación o se quedaban refunfuñando y a la espera de asaltar el poder. Ahora casi nunca discutimos.

Para navidad invitamos al gordo de la esquina. Como anzuelo, mi padre le dijo que tendríamos estofado, y tuvo buen cuidado de no aclararle cuál sería el ingrediente principal. Lo desnucamos como a un pollito y lo tendimos en la mesa de la cocina para que mi madre lo horneara, pero cuando mucho después fuimos a ver si ya estaba listo la encontramos de pie, mirando por la ventana; se había olvidado por completo de lo que iba a hacer y había estado picando distraídamente al gordo hasta acabarse un brazo. Nos lo comimos crudo.

Al principio temí que mi incapacidad para concentrarme me convirtiera en el paria de la prepa, pero en realidad nadie ponía mucha atención a las clases, así es que eso no fue un problema. Lo que me hizo perder popularidad fue el asunto de que un ojo se me saliera de la órbita a mitad de una conversación o que al rascarme la cabeza se me viniera un poco de masa encefálica en la uña. Mi ropa desgarrada causó admiración fugazmente, mas nadie apreció su olor a podrido, ni el detalle de los gusanos rosas que salían de mi ombligo y asomaban por el tercer botón de la camisa. Me sentía fuera de lugar, torpe, feo. Comencé a juntarme con el comunista y el testigo de Jehová. No puedo decir que nos hayamos hecho amigos: no hacíamos mucho además de criticar a los muchachos más populares, y no teníamos nada en común fuera de la seguridad de que los tres nos iríamos al infierno.

Había una muchachita de nombre Carla a quien conocía desde la primaria. Al entrar a la prepa descubrí que me gustaban sus piernas, otrora delgaditas y ahora ganando volumen proporcionadamente. Ese gusto no cambió cuando me hice zombi, pero ahora en vez del deseo de acariciarle los muslos se me antojaba pasarles la lengua por encima. No tenía la menor oportunidad de que me hiciera caso, era una muchachita malvada que sólo reparaba en mi existencia para hacer chistes a mi costa (“¿Saben por quién late el corazón de este? ¡Por nadie, porque no late!”), o darme órdenes que yo invariablemente obedecía. Era humillante, y sin embargo no abandonaba la esperanza de que un día se enamorara de mí.

Una de sus amigas, de nombre Maru, me daba falsas esperanzas: “Me dijo que le gusta cómo caminas, sin doblar las rodillas”, “el otro día leí en su diario que ya quisiera ella poder arrancarse los dientes como tú haces”. Tardé en descubrir que sólo lo decía para que yo le satisficiera un pequeño vicio privado: me llevaba atrás de las canchas de básquet, se arremangaba un brazo, siempre el mismo, y decía: “Hazlo, yo ahorita te sigo contando”; entonces yo le mordisqueaba el

codo casi sin abrir la boca, poquito a poquito, hasta llegarle al hueso, y ella ponía los ojos en blanco. Inexplicablemente, Maru no se convertía en zombi con mis mordidas, dejaba pasar una semana y cuando el pellejo se comenzaba a regenerar volvía a buscarme para intercambiar mentiras por mordisqueos.

Me avergonzaba ser un zombi tan poco voraz. Los lunes mi hermanita iba a la primaria con su lonchera vacía y al regresar la traía llena de naricitas y deditos que se iba comiendo durante la semana y a veces nos compartía a la hora de mirar la tele. Yo sabía que era una decepción para mis padres, que inclusive había provocado peleas entre ellos. Una vez alcancé a oír a mi padre quejarse de mi falta de ambición, mientras que mi madre, no muy convencida, decía: “Tenle paciencia, es un adolescente, el día menos pensado nos traerá el cerebro de un compañerito, ya verás”.

Fue por eso que me comí la oreja del centro delantero del equipo de futbol una ocasión en que dormía la borrachera en un jardín de la escuela. Cuando llegó el reporte por mala conducta, mis padres brincaron de contento y yo sentí una nueva seguridad en mí mismo que pensé me permitiría cortejar a Carla. Pero no contaba con el espíritu competitivo del centro delantero, que empezó a contagiar a todo mundo: para el fin de esa semana, la tercera parte de los alumnos de la preparatoria ya eran zombis. Recuerdo que el día que finalmente iba a declararme a Carla, describiéndole las ventajas de ser zombi (no tendrás que volver a vomitar, porque los zombis no engordan; y uno puede pasarse toda la noche sin dormir ¡imagínate ser el alma de las discos!), la encontré muy acaramelada con el desorejado: estaban en el asiento de atrás de su auto, desmembrando a su amiga Maru, que apenas alcanzaba a protestar “Espérense muchachos, quedamos que nada más el codo”. Cuando Carla me vio dijo: “¿A ti quién te invitó? Ve a comerte una rata”. Y los tres se rieron.

Ahora paso casi todo el tiempo en casa, mi familia se enor gullece de que no sea como esos adolescentes descarriados que sólo quieren drogarse. Pero yo no me siento orgulloso de nada. De vez en vez, cuando algún resplandor en la tele me saca de la suspensión animada, me pregunto qué voy a hacer si no envejezco, cómo haré para soportar una adolescencia que durará por toda la eternidad, o si habrá algún alma caritativa que me coma los sesos. Después me olvido.

¿De qué estaba hablando?

Gemelos

1 de Mayo de 2007

- No es un tumor – dijo el médico, como si le anunciara algo bueno.

No tenía nada que ver con el motivo de su hospitalización, la cirugía de apéndice programada semanas atrás, ni él había indicado que se fijaran ahí; los galenos se habían cruzado con la cosa accidentalmente, a medio ultrasonido.

–Es una persona –dijo el médico–, o mejor dicho: pudo haber sido una persona.

–¿Cómo? ¿cómo una persona?

–Es un embrión que no se desarrolló y se quedó encapsulado en su cuerpo; pudo ser que usted le quitara el alimento en las primeras etapas de gestación, o que algún otro factor lo frenara, algo pasó, pero el hermano que debía haber nacido con usted se quedó en eso: un residuo, bueno, una hermana de hecho, de acuerdo a la biopsia.

Hermana. Condujo como un autómata al salir del hospital hasta una calle desierta y se puso a considerar su existencia, fascinado.

Hermana. Tenía a una mujer adentro.

De súbito se dio cuenta de que cada momento de su vida había sido observado y juzgado por otra persona, y lo siguiente que sintió fue vergüenza. Vio proyectarse sobre el parabrisas todas las pequeñas mezquindades que siempre había supuesto a salvo de la mirada ajena, los pequeños hurtos, las venganzas miserables, sus deseos impuros. El modo en que había torturado durante todo un año escolar a un compañero de la primaria robándole su tarea cada que el chico descuidaba sus cuadernos. Lo que había hecho con la novia de su mejor amigo de la preparatoria en el baño de la casa del mejor amigo, un día de su cumpleaños. El reporte que había plagiado, hacía sólo tres meses, a un colega en el trabajo. Así que era verdad, se dijo, siempre hay alguien mirándonos, nomás no pensé que Dios fuera una mujer en las entrañas.

Fue a su casa y estuvo un rato observándose en el espejo, inseguro sobre si debía pedir perdón o por qué. Intentaría comunicarse, procuraría entender qué parte de esa otra persona exigía atención.

Comenzó a interpretar señales de su hermana en su vida pasada y presente. ¿Habría sido a causa de ella que en ocasión de una pelea en el colegio se había detenido inexplicablemente, cuando estaba a punto de botarle los dientes a patadas a su enemigo? ¿Sería la presencia de ella lo que a veces le generaba una atracción o una repulsión aparentemente gratuitas hacia ciertas personas? (los carteros, las vendedoras de fruta). ¿Sería por eso que él no hacía zapping con el control de la tele o

que las revistas de autos le aburrían? En definitiva ¿tener a una mujer adentro lo hacía medio marica?

Este último pensamiento lo persiguió durante los días que siguieron. Reaccionó acudiendo

diariamente a cantinas donde los machos eructaban desenfadadamente y vitoreaban a otros hombres

que corrían detrás de una pelota; pero no podía quitarse la sensación de que ella se burlaba desde ahí adentro: No, no, no hermanito, le diría, moviendo de lado a lado un índice a medio formar, no te hagas el muy varón, que yo sigo aquí.

Hasta que explotó y un día se desprendió de la turba macha y se fue a meter al baño y comenzó a golpearse ahí donde le habían dicho que estaba su hermana. Toma, cabrona, toma, metiche, toma, gorrona. Sólo se detuvo cuando alguien más entró en los mingitorios y se le quedó mirando como al loco en que se estaba convirtiendo.

Al día siguiente volvió al hospital y le pidió al médico que le sacara esa otra humanidad que lo invadía.

–Pero guárdemela – le aclaró al médico-, quiero tenerla a tiro siempre.

La operación fue breve y sin la solemnidad que podía esperarse de una separación tan definitiva. Removieron la cosa, la sumergieron en un frasco de formol y la entregaron al paciente. Ahora él mira, desde la repisa a un lado de la cama, cómo su antiguo cuerpo va cambiando

cada día: los pechos le han crecido, el vello se le ha caído, y con la voz delgada que ahora tiene, esa otra persona, de vez en vez, le dice:

–¿Qué pensabas, inútil? ¿Que sólo tú tienes necesidades? Ya va siendo hora que hagamos algo que valga la pena con esta carne.

Interrupción en un juego de cartas

1 de Marzo de 2007

Es una celebración; aunque nadie lo diga, porque sería de mal gusto. Pero los Márquez-Acuña han invitado a los Fernández de Palos a celebrar el trámite del cambio de nombre. No es cualquier cosa. La raya en medio de sus apellidos es su primer blasón, la señal de que con trabajo y buena educación se han convertido ya en una familia eterna.

Han cenado, juegan conquián, escancian vino tinto. Los Márquez-Acuña han ganado las últimas partidas y el marcador está igualado. La última pinta bien para los Márquez-Acuña: José María tiene una corrida alta de seis cartas y un par de cuatros que puede ser coronado con el que, está seguro, tiene Ashley, su esposa.
—¿Qué es eso? -Dice de pronto la bella Sofía Fernández de Palos, elevando levemente su naricita respingada. Todos dejan en suspenso el juego y ponen atención.

Un traqueteo leve distorsiona los standards de jazz que se escuchan por el Jensen. Después las luces parpadean un segundo.
—No debe ser nada —dice Rodrigo Fernández de Palos-, también en nuestra casa falla a veces el suministro de energía… En este país hay que estar encima de todo para que las cosas se hagan.

Pero José María Márquez-Acuña sabe que en casa de los Fernández de Palos esas cosas no suceden. Y aunque diga lo contrario, la mueca en el extremo de la boca de Rodrigo dice exactamente eso.

José María intenta olvidarse del asunto pero un par de minutos después las luces vuelven a parpadear y ahora es el lavaplatos el que inopinadamente comienza a hacer ruidos. Cualquiera diría que son fantasmas, pero José María sospecha que es algo mucho más sencillo y que, en efecto, debe ir a verlo él mismo, porque han dejado salir al servicio este fin de semana.

—Ustedes disculparán —dice-, voy a ver.

José María coge una lámpara sorda y se dirige al sótano. Va a media escalera cuando la luz se va por completo. Enciende la lámpara y continúa bajando. Se escucha un goteo constante. Revisa la caja de fusibles: no advierte ningún desperfecto, sólo hay que ver si los cables que alimentan la mansión están en su lugar. Sigue el cableado hasta la fuente, y entonces descubre qué es lo que gotea y por qué está causando problemas. A uno de los bultos se le ha
zafado uno de los cables de la boca y ha comenzado a babear sobre el enchufe. Una flor de chispas ilumina su cuerpo informe: blando, húmedo. José María coge el cable y vuelve a conectárselo en la protuberancia hinchada. El bulto se estremece por unos segundos, como un reloj despertador a punto de morirse, y de súbito se abre su piel en dos círculos arriba de la protuberancia, dos ojitos que no enfocan nada pero que delatan la electricidad corriéndole por el cuerpo. José María le pone una mano encima, siente los vellos duros en la coronilla, y la baja suavemente hasta los ojos.

—Ya, ya —dice, acariciando los párpados, que se vuelven a cerrar.

La luz vuelve.

José María se queda de pie un momento estudiando los cuatro bultos. Todo está en orden ahora. Dentro de algunos días ni siquiera recordará cuál es el que le falló, nunca puede distinguir uno de otro. Decide que luego bajará y lo marcará con un poco de pintura.

Sube de nuevo al primer piso. En el camino piensa que antes de ganarse una de cómo la de los Fernández de Palos tiene que evitar que sucedan esas cosas que ensucian el estilo. Encuentra a su esposa Ashley en la cocina, sirviendo un poco de pay helado. Le da ternura verla tan modosita, frágil y limpia, como no queriendo desentonar con la amplia cocina plateada que le ha mandado hacer. Se le acerca y le da un beso en la frente.

—¿Todo bien? —le pregunta.

Ella asiente, pero se le nota el cansancio alrededor de los ojos. Se los besa.

Vuelven a la sala de juegos, donde los Fernández de Palos esperan sin perder la sonrisa, nunca pierden la sonrisa. Rodrigo hace un gesto de interés con una mano.

—¿Problemas con el indio?
—Una conexión suelta, nada más.
—Deberías tener conexiones de respaldo, si quieres te mando a mi electricista.
—Claro.

José María recoge sus cartas, listo para bajar su corrida, pero descubre que no puede: el diez de corazones que creía tener es un diez de picas. Pero estaba seguro de tener un diez de corazones, desde hacía varias jugadas ya tenía lista su tirada. Levanta los ojos y ve que todos lo miran, esperándolo para continuar. Mierda, piensa José María, supongo que me he confundido, sí, eso, será que estoy tan emocionado con la celebración, es normal.

Aztlán, D.C.

1 de Febrero de 2007

¿Cómo será pensar en mexicano? Se preguntó el último día de su último mandato el último presidente gringo.

Podía sentir a la muchedumbre ahí afuera. No parecía muy diferente de como habían sido las muchedumbres americanas; acaso era menos blanca. Y más trivial. La ausencia de solemnidad lo desconcertaba. Podía adivinar su sorna, la de un par de intrusos que se ha colado a una celebración y pone cara de circunstancias mientras el anfitrión da la bienvenida, pero en realidad se pitorrean por dentro, sólo esperan que pase el momento chabacano para atacar los bocadillos.

El Presidente ya no sabía cómo era América. Cómo se pronunciaba ese paisaje, cómo se concertaba el mundo. Las cosas, las mismas con las que había crecido y a las que había gobernado, ya eran otras, distintas. En su última gira por el medio oeste había agitado un sombrero en el aire mientras gritaba: “Hooray America!”. Y la gente se había doblado de la risa, como cuando en sus tiempos la gente se reía de los recién llegados que le hacían la parada al metro. América era un lugar extraño.

Y cómo Sería Pensar en Mexicano, mierda. El misterio le devanaba la mañana.

Lo habían engañado, a él, a las instituciones, a la historia. Primero parecieron adaptarse tan bien. Habían ido a pelear sus guerras y se habían conformado cuando luego ni en las épicas de pantalla ni en
los discursos aparecieron; silenciosos, incluso agradecidos de que se los dejara trabajar las cocinas, vender flores, fregar pisos. Tampoco habían protestado cuando se convirtió su comida en chatarra para hacerla más expedita. Eran el sueño de cualquier imperio, maldita sea. Se suponía que no iban a ser más que aquello que redondea las esquinas, aquello que resuelve los pormenores insignificantes y luego se oculta; pero pronto fueron tantos los pormenores, tantos detallitos proliferando, que dejó de reconocerse el centro, y la textura de esa gente se convirtió en El Asunto de América.

¿Cuándo había empezado esto? pensó. Imposible saberlo. Por un largo período habían sido tan omnipresentes como insignificantes, hasta que la frase que nos causaba tanta gracia, tanta que la repetíamos como imitando a un niño, ya había tomado otro cariz: Mi casa es tu casa. Ja.

Después se habían sucedido una serie de acontecimientos que debían haberlos hecho reaccionar: un tipo que apenas heredó los billones de su padre, célebre creador de software, los había dado a su nana mexicana; en las compañías fabricantes de armas hubo un incremento de asesores mexicanos, espantosamente bien informados; jueces de la Suprema Corte iban a todas partes seguidos de un secretario mexicano… Lo que no parecía cambiar, oh, América, era el sistema democrático. Los spics no habían dado muestras de que les interesara, fuera de dos o tres de ellos que calentaban su asiento en la Cámara de Representantes. Hasta que pasó lo de San Francisco. Entonces sí aparecieron los mexicanos en las urnas.

Al principio no se vio más que como una especie de performance colectivo, sumamente cool por supuesto: un supervisor local introdujo en las elecciones de ese año la propuesta M: ante la imposición por parte del gobierno federal de la teoría creacionista en las escuelas primarias, la Ciudad de San Francisco proponía a sus ciudadanos convertirse en protectorado mexicano. ¡Oh, cómo se habían divertido ese verano! Los sarapes se vendieron masivamente y nunca se bebió más tequila en los bares. Pero el día de la votación se vio a hordas de mexicanos haciendo fila, gente que estaba registrada mas nunca antes había tomado en serio el proceso. Los científicos posteriormente han tratado de explicar el fenómeno sin mucho éxito, aunque han podido describirlo: un día, clic, ese día, algo había movido el interruptor de los mexicanos, aún de los que no sabían que eran mexicanos, o de los que no querían ser mexicanos (de segunda, de tercera, de cuarta generación americana), e hicieron conciencia de propósito. El periplo generacional tenía sentido, ahora lo veían, y estaban muy claros los pasos a seguir. Se empezó a hablar abiertamente del fin de una época y el principio de otra. El nuevo sol, decían algunos.

Antes de que los gringos pudieran reaccionar, San Antonio, Los Angeles y hasta Nueva York habían pasado resoluciones similares. “Nada va a cambiar” aseguraban los dirigentes de la Fuerza Pocha con ánimo tranquilizador, “América seguirá siendo América, sólo que con más memoria”. El gobierno mexicano se hundía en el desconcierto al otro lado del río, hasta que la Coalición envió asesores a indicarle que sólo tenía que hacer lo que mejor sabía: esperar.

Las instituciones fueron muy lentas para reaccionar o quizá es que la lentitud era la única pulsión con sentido; y las pocas protestas fueron reprimidas puntualmente en aras de la tranquilidad social. Los gringos estaban cansados. Lo que terminó de convencerlos fue cómo, cuando los mexicanos tomaron control del congreso, habían resuelto el problema del terrorismo con una solución a la vez muy simple y muy mexicana*.

Agobiado por el recuento, el Presidente se recargó sobre el escritorio con las palmas abiertas, mirando hacia la anteriormente llamada avenida Pennsylvania, pero dejó de hacerlo al percatarse de que estaba repitiendo el gesto de Kennedy cuando el sainete de los misiles. Patético. Soy patético, se dijo, mala copia de una idea muerta.

Y ahora por fin se terminaba. Habían ganado las elecciones, y aunque aparentaban tomarse las cosas sin euforia, sin ánimo vengativo, de vez en cuando hacían saber qué tan dueños eran ya de la casa. Apenas unos días atrás el candidato triunfante le había enviado un estuche con un par de cuchillos de obsidiana y una nota: “Siempre dijeron que nosotros éramos puro corazón ¿no? ¡Estaban tan en lo
correcto! ¿Sería tan amable de mandarme el suyo?” Y debajo de esa nota había otra que decía: “¡Sólo bromeo!”. Ja, ja.

No es que ya no estuvieran a cargo, se dijo el Presidente, es que, en realidad, ya no existían. ¿Qué era un americano sin poder, sin espacio vital? ¿Qué sin certezas?…

¿Cómo será pensar en mexicano?, se volvió a preguntar, con una sensación de extravío.

Un ayudante le avisó que el presidente electo había llegado. Quería conocer su oficina antes de la toma de posesión. “Hágalo pasar”, dijo el Presidente, pero el otro ya se introducía sin que se lo indicaran. Empujó con su silla eléctrica la puerta y la detuvo una vez que estuvo dos metros adentro de la oficina oval. En silencio, el mexicano recorrió con la mirada el cuarto. Sólo se escuchaba intermitentemente el sonido del motorcito cuando el mexicano giraba la silla con el mentón para apreciar mejor algún detalle. El Presidente observó una vez más a ese hombre contrahecho, breve. Miró su cara minuciosamente tatuada. Pensó que su propia cara debía denotar tristeza, amargura y, finalmente, cansancio; pero no podía adivinar qué trajinaba detrás del lienzo animado que era el rostro del mexicano. Deseó que, en este momento, aquel le concediera la dignidad de no repetir eso que había dicho durante la campaña: “Quizá debamos empezar por encontrarle a este país un nombre de verdad”.

Al cabo de un tiempo que nadie se preocupó por medir, el mexicano finalmente detuvo su mirada en el Presidente, con curiosidad, como si acabara de descubrir que estaba ahí. Con un ligero movimiento de cabeza le indicó que mirara hacia las cortinas y dijo: “Bien entendu, on aura besoin de satin pour ces rideaux”.

*Cfr. Almanaque de estampas mexicanas A Color!!