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FDE

1 de Julio de 2008

Ixchel no sabe que está infectada, que la Fiebre de Desajuste Emocional (FDE) le llegó a las venas. Nada le duele, al menos no físicamente. Pero esta mañana el aliento de Cuauhtémoc, quien duerme a su lado, la desconcierta. Ansía que se despierte para evitar esos molestos síntomas de sueño. ¿Desde cuándo ronca? Lleva una hora despierta, con el vientre lleno y el pecho vacío; sin embargo se niega a pedirle que se vaya, por favor, porque, ahora que él asoma el aliento, le ha visto la lengua blancuzca. Esa capa de sebo que la noche anterior sintió que la envolvía como en un capullo, no uno que contenía un animal alado, sino su libertad. La lengua pasaba y pasaba, primero por sus labios y cara, luego por el cuello. Sintió después la baba blanca atravesar sus senos, apretarlos; le rozó las axilas y las ingles. Quedó llena de un camino que olía agrio. Y por más que, discretamente, se limpiaba con las sábanas rodando una y otra vez sobre ellas, como si fuera un juego sexual, no lograba quitarse una sola capa de las tantas que le había hecho.

No es tampoco porque apenas hace seis horas le dijo Perdón, me vine antes; pensé que ya ibas a terminar. A eso ya estaba acostumbrada. Ella piensa que el egoísmo es masculino y sólo existe en el sexo. Para lo demás están conceptos como competencia desleal o instinto de superioridad. Es por la FDE, pero no lo sabe.

Quiere que se vaya ahora mismo, o que por lo menos deje de roncar y le aparte de su espalda baja, el estómago abultado que parece hervir. Le cierra la boca con el índice y el pulgar, como cariñosamente le decía que se callara cuando veían una película o le pedía que respirara por la nariz porque le iba a hacer daño, aunque no supiera qué de malo tenía respirar por la boca. Se contagió en un evento público, justo en una plática con el doctor Gregorio Ortega, secretario de salud, también enfermo. Le gusta conversar con los personajes después de los eventos oficiales, y no es porque busque una nota exclusiva (esta mujer es reportera), sino porque aprecia las charlas sin grabadora. Cree que así puede conocer a la gente y sabe si valdrá la pena o no lo que más adelante invariablemente redactará.

Ese día, antes de hacer la nota, se sentó en la cocina de su trabajo a beber café; no había tiempo para comer. Por la ventada apareció el gato negro y paticojo que pide comida de manera lastimosa. Ven Negro, dijo autómata. El Negro, oliéndola, no dudó en acercarse; un poco ciego por los malos tratos, al Negro sólo le queda oler para evitar golpes, encierros, aventones o que le corten los bigotes. Ixchel lo sujetó con un cariño ajeno. Esta vez no hizo nada: no buscó algo para alimentarlo, ni siquiera lo abrazó. Por el contrario, lo devolvió a la calle. Anda gato, ve a buscar algo de comer por otro lado. Esa no era Ixchel.

Después, una noche se enfrentó a la inevitable muerte de un perro que, agazapado cerca de un camellón, veía la velocidad de los autos mientras orinaba inconsciente porque no sabía qué hacer. Y ella, quien traía periódico por todas partes en su auto para esas eventualidades: perros atropellados, gatos desechados o gente herida; la misma mujer que cargaba latas de comida para perros y gatos, por si acaso el hambre de alguno se le atravesaba; ella, Ixchel, no se detuvo a salvarlo. Visualizó, eso sí, lo que hubiera hecho de no estar contagiada: poner las intermitentes, detener el tránsito, cargar a Fidel (los nombraba inmediatamente) para colocarlo de copiloto y llevarlo con su amigo veterinario. Pero no lo hizo. Aun sin autos circulando, con suficiente tiempo y el quirófano disponible de su amigo, no lo hizo. Supo que algo andaba mal. Esto ya lo había sentido antes y por eso no se asusta, por eso no lo despierta bruscamente sino con movimientos dudosos. No puede saber que está infectada porque dice estar consciente de su aprensión y desistimiento enfermos: así le llama al amor excesivo y al desapego sorpresivo que siente constantemente hacia los demás. Sólo que la FDE no es como sus arrebatos parecidos a la bipolaridad. Es algo grave y muy contagioso que, no lo sabe, se transmite como cualquiera de los virus temidos.

Se restriega la frente y los párpados y de pronto decide despertarlo. Está segura de lo que dirá. Cuauhtémoc no vuelvas a masturbarte mientras duermo; ve al baño por lo menos. Ella quiere asirse a cualquier pizca de egoísmo de ese hombre que, aún dormido, además de roncar suelta cabellos anunciando la calvicie.

No lo despierta porque ha dejado de roncar. Pero suplica con los ojos cerrados que termine de amanecer y él tenga algo porqué levantarse y desaparecer. Incluso para distraer la ansiedad que le provoca esa presencia a su lado, piensa en cabezas y balazos de nota roja: Hallan hombre muerto a golpes. Balazos: La fémina asegura que lo engañaba (la asfixiaba, la babeaba o no la excitaba, piensa Ixchel como opciones). “Te quedó chica la cama matrimonial”, le dijo antes de matarlo.

Voltea para ver si se despertó y entonces ve el brillo en el rostro de Cuauhtémoc. Una capa de grasa abarca la nariz y mejillas del sujeto a quien teme despertar.

El doctor Gregorio Ortega le tiene confianza. Constantemente le llama para agendar entrevistas sin que ella se lo pida. Señorita Ixchel, tengo cifras para compartir: el total de los muertos por frío y el aumento en las consultas con las primeras olas de calor.

El día que la contagió, el doctor Gregorio Ortega se acercó a ella al final de la conferencia de prensa y la tomó de los hombros. Se agachó para quedar mirada a mirada pero ella lo que vio fue cómo se abrieron los labios de su interlocutor. Tengo algo buenísimo pero está muy raro; no sé si lo creas, yo apenas lo asimilo. En la conjugación del verbo saber, Ixchel vio cómo del canino del doctor Gregorio brotó una singular gota de saliva mezclada con la sangre de su gingivitis, que fue a parar a su boca reseca. Ixchel sonrió con asco y por pena no se limpió. La sonrisa fingida hizo que el estiaje de sus labios los estriara; y a una de estas pequeñas heridas fue a parar la gotita infectada con el virus de la FDE.

¿Qué pasa, doctor? Es poco probable pero se cree que hay algo así como un contagio psicológico. Cuauhtémoc lleva una hora despierto. Tampoco lo sabe pero ya tiene el virus de la FDE en la sangre y lo único que quiere es salir de la cama, alejarse lo más que se pueda de Ixchel. De pronto no soporta los pies fríos de la mujer que, él cree, duerme a su lado.

Él tampoco se sorprende de su necesidad de salir corriendo. ¿Qué le digo? ¿A dónde voy a estas horas y en sábado? Esto, sin estar enfermo, ya lo venía sintiendo desde hacía unos meses, pero no se animaba a hablar con ella. Cuauhtémoc detesta los cambios bruscos, los sobresaltos de Ixchel. Odia frases como Sacarlo de raíz, Arrancar de tajo. Asegura que el amor no es ese ajetreo que todos creen. Por eso le alteran los desplantes de Ixchel. Aunque no es así, si lo pensara un poco más, esta mañana que quiere huir de ella, podría asegurar que, ahora sí y no cuando no podía despegársele, ahora sí y no cuando hasta sus desplantes le parecían sutiles; ahora sí la ama. El amor se verá cuando sintamos que ya no nos amamos; eso debe ser el amor, le ha susurrado constantemente a la mujer que está acostada a su lado cuando la penetra, mientras ella pelea consigo misma por sentir, aunque ni una palabra sucia la satisfaga, ni una escena porno memorizada para estas ocasiones de inapetencia sexual.

Cuauhtémoc se contagió no por la boca de Ixchel. Ella no tiene gingivitis y bastó un bálsamo para recuperar el durazno de sus labios. Tampoco fue porque la penetró: ella se negó. Se enfermó porque buscó opciones para satisfacerla. Le besó los labios de la vagina como si fuera la boca. Los restos de menstruación, los jugos de la mujer a su lado, aprovecharon cualquier rasguño en la boca de Cuauhtémoc, llegaron a sus venas.

No sólo por la necesidad de distancia se siente diferente, es también porque, por primera vez en su vida no tiene una erección al despertar; y también por primera vez, ella no le toca el miembro antes de abrir los ojos.

Quizá si hubiera sabido que la noche anterior sería su última noche de placer, de amor —de no curarse, si es que existe cura para la FDE—, lo hubiera disfrutado, puede que hasta sin Ixchel.

Ahora no quiere olerla. Lo que desea es estar solo, pedirle, por favor, que se vaya. Ella permanece quieta. Quiere evitar su piel, el aliento cerca suyo, la mirada cuando despierte, los olores matutinos. Ha pensado en levantarse para hacer limpieza. Él siempre se va cuando Ixchel lo acorrala con la escoba.

Segura de que está despierto, acaricia, a manera de despedida, las noches que más disfrutó al lado de Cuauhtémoc. No son aquellas de gritos y orgasmos, sino las de silencio y desnudez, pupilas dilatadas, risa incontrolable.

Cuauhtémoc hace lo posible por parecer dormido. No quiere escucharla hablar, no quiere que lo toque. Le da miedo que un hueso de Ixchel se le entierre en las costillas, lo que antes le parecía gracioso; quiere lejos la frialdad de sus nalgas, el borlote de sus cabellos, los masajes de sus manos larguiruchas, delgadísimas. Visualiza a su lado un muerto. Flaca y siempre fría; ya quiero irme.

¿Estás despierta? Sí, desde hace rato, ¿quieres desayunar? Bueno. En lo que tiendo la cama ve haciendo el jugo. Sí flaquita.

Un par de meses después de esta mañana en la que Ixchel y Cuauhtémoc aceptan tácitamente que no se aman pero que seguirán juntos, aun cuando se provocan repulsión; un par de meses después de esta mañana en la que acuerdan sin firma sobarse las pantorrillas y los muslos, ella recoger los cabellos que él deja en la almohada todas las mañanas y él extender las toallas húmedas de la mujer, así como un matrimonio de bodas de plata, así como son ahora todas las parejas; un par de meses después de ese convenio empezará a imperar el caos, aunque en ellos no cambiará nada cuando se sepan contagiados. Los puentes serán escenarios ideales para saltar por la desesperación del sinsentido, la FDE. El suicidio, dirán algunos editorialistas del periódico donde Ixchel trabaja, se convierte en una alternativa digna. Qué nos queda si los glaciares se calientan y nosotros hibernamos sin desearlo: nos alcanzó el desastre.

Justo al año de este acuerdo silencioso, Jorge Bucay, el principal terapeuta gestáltico de América Latina y autor de El camino de la felicidad, se habrá suicidado.