Encías
Me duelen las encías. No soporto ni pasarme la lengua por ellas. No me atrevo ni a cerrar del todo las mandíbulas porque siento cómo los dientes presionan la carne, no le digo más. Claro que me cepillo los dientes. A media mañana, porque tengo que esperar a que el calmante que tomo recién levantado haga efecto. No me acerco a nadie entretanto, ni le dirijo la palabra a ningún compañero hasta que me los he cepillado. Me consta que algunos no entienden que no hable y le han ido al jefe con el cuento de que me estoy volviendo loco y que deberían darme la baja. Algunos clientes se han quejado porque dicen que mientras las mesas de los compañeros están llenas yo no atiendo a nadie. A ellos les puedo entender, a fin de cuentas no me conocen, no están a mi lado en la ventanilla, no tienen el por qué saber lo de mi boca. Además, yo creo que se me tiene que estar pudriendo, porque me llega cada mañana una peste que me recuerda que en vez de boca tengo un nicho en medio de la cara. Se me está muriendo la boca, entiéndalo. Por más que me miro al espejo no veo nada, la verdad. Así que no sé a qué carta quedarme, porque las encías no me dejan concentrarme, eso sí que lo siento. Los compañeros se han quejado también de que el trabajo se atasca en mi mesa y no hay manera de que salga adelante. Pero es que no hay manera, porque cuando vuelvo de lavarme la boca en el retrete de la oficina, cuando ya no me duele porque el calmante ha hecho efecto, es ya casi la hora de la comida, y la empresa no permite que se quede nadie allí a esas horas. Salgo con todos a la calle, no me queda otra, pero, en vez de ir al restaurante al que acostumbran a ir, el Alesia se llama, les digo que prefiero darme una vuelta por el parque de Gergovia y picar cualquier cosa. Tampoco les miento, la verdad, pero la mayoría de las veces no doy vuelta alguna, picoteo alguna cosa y me echo a dormir en el parque. Menos mal que ya no hay cambios de estaciones, eso sí, así que como siempre hace sol puedo echarme, por fortuna, una pequeña siesta. Aprovecho porque de noche no puedo pegar ojo. Las encías se me inflaman —ya sabe que por las noches todas las dolencias se agudizan, mi madre decía que era por la luna, como la menstruación y la locura— y no puedo conciliar el sueño. Se me pasan las noches en blanco, leyendo tratados de odontología —al final me he hecho un experto, me atrevería a diagnosticar desde aquí esas radiografías que tiene en el negatoscopio—, o escuchando programas nocturnos de radio, en los que la gente cuenta sus penas. Yo llamo de vez en cuando, pero a mí nadie me cree, se piensan que me lo invento todo, porque es una dolencia rara, una de esas que no cubre la seguridad social y no me dan solución alguna. A pesar del dolor, cada tres o cuatro noches caigo agotado por el cansancio, y logro echar una cabezada de unas horas. Pero siempre pocas, porque me despierto con la misma pesadilla recurrente. Sí, se la cuento, claro. Es como una de esas grabaciones de seguridad, sin sonido, en blanco y negro, con tonos parecidos al sepia. Yo en el metro, leyendo el periódico camino del trabajo, como hacía antes de que empezase todo esto. Lo curioso es que me veo desde fuera, como si alguien me hubiera grabado, como si todo fuese una película. Y entonces el vagón comienza a llenarse de mujeres. Mujeres de todas las edades, jóvenes y viejas, arregladas y zarrapastrosas, pero todas con bolso. Van ocupando los asientos que hay frente a mí y a los lados. Yo, y ahora lo veo yo como si fuese con mis propios ojos, las miro extrañado, porque no sube ningún hombre. Y en esas sacan de sus bolsos limas. Cada una la suya. Algunas con un mango nacarado, otras de usar y tirar, de esas que tienen un grosor de lija por cada cara. Y comienzan a limarse las uñas frenéticamente. Yo allí, mirándolas, sin poder hacer nada. Ni levantarme ni bajarme del vagón porque la siguiente parada no llega nunca. Las limaduras se van convirtiendo en pequeños montículos de polvo en su regazos, sobre sus bolsos, en el suelo. Alguna me mira y se queda sorprendida al verme. Alguna le comenta algo a la de al lado y me señala. Yo allí, sin poder bajarme del metro, porque no llega a ninguna estación. Yo allí, cuando comienzan a dolerme cada vez más las encías, al ritmo de las sacudidas de las limas. Como si algo me royera por dentro. Entonces bajo la cabeza y veo que tengo la chaqueta cubierta de un polvo rojo, como si me hubieran estado limando la boca. Intento tocarme y mi boca ya no está, puedo pasarme la mano a través del cuello y tocarme la cruz de la espalda sin encontrar nada en el camino. Entonces despierto. Ya, ya sé que es un sueño, pero entonces por qué me duelen las encías. Eso es lo que no me explico.
Se ladró en el Número siete | Ladridos (0) por Antonio Jiménez Morato