Parálisis
Siempre me ha seducido un cliché del cine: la imagen de un hombre malvado, torturado y solitario que entretiene sus noches tocando el órgano y usa largas túnicas con capucha que esconden su cara deforme. A veces pensaba en eso cuando comencé a tocar el piano, durante mi adolescencia. Pero nunca fui muy bueno, ni tuve capa, así que la cosa se complicaba. Porque el Can-can o Mi Buenaventura no son precisamente las piezas que uno toca en un sótano sombrío y húmedo, mientras ríe a carcajadas. Menos si uno tiene puesto un impermeable plástico, de color gris y con dibujos de Batman, como el que una tía me había regalado cuando cumplí doce años. Noviembre de 1998 fue una sola fiesta. Tenía veintisiete años, vivía solo, había terminado con mi novia, venía diciembre. ¿Hay algo más que explicar? Era un milagro que lograra levantarme a las seis de la mañana para ir al trabajo. Y lo era aún más que al volver siempre estuviera dispuesto a salir. Las ventajas de no haber llegado aún a los treinta, me imagino. Un jueves, faltando apenas una semana para salir a vacaciones, llegué a mi casa tan cansado que decidí acostarme a dormir de una vez y no salir esa noche. Eran las cinco de la tarde. A eso de las diez de la noche sonó el citófono. Era mi papá. Apenas hablamos unos cinco minutos y me dijo que ya se iba porque mi mamá estaba abajo esperándolo en el carro. Decidí bajar a saludarla. Hacía mucho frío, así que apenas estuve afuera un rato. Volví a la cama y me dormí en un instante.
Al día siguiente me levanté tarde. Tenía los viernes libres. Justo cuando salía de la ducha, llegó un amigo a pedirme un libro. Charlamos un rato, pero yo no me sentía bien, me costaba algo de trabajo hablar y sentía la boca un poco dormida. Se fue y me pasé una toalla húmeda por la cara, pero todo siguió igual. Pensé que no era nada y me puse a leer, pero a medida que pasaba la mañana sentía más y más dormida la cara, la mitad derecha, para ser exactos, y al mediodía noté en el espejo que no se movía muy bien. Asustado llamé a mi papá. Llegó pronto y al mirarme no pudo esconder el miedo en su cara. Apenas dijo: “vamos ya al hospital”.
No hay servicio de urgencias en este país en donde se atienda rápido a quien no está agonizando. En esa época, además, estaba afiliado al Seguro Social, así que pasaron más de dos horas hasta que un médico me examinó. En ese momento tenía la mitad de la cara inmóvil. Después de un examen general, llamó a otros dos médicos, lo que no hizo sino aumentar mi pánico. Casi me echo a llorar. Cuando vieron mi reacción se rieron, me dijeron que tenía suerte porque hace quince días les había llegado un caso igual que los había cogido mal preparados. Pero habían estado estudiando el tema y supuestamente no tenía por qué preocuparme. El diagnóstico fue sencillo: las parálisis faciales se producen por una infección viral o un cambio brusco de temperatura, se desarrollan hasta su punto máximo en 24 horas, y con fisioterapia hay buenas posibilidades de superarlas. Me dieron un corticoesteroide, una autorización para cinco sesiones de fisioterapia, y me mandaron para la casa.
Lo de las 24 horas resultó completamente cierto. A la mañana siguiente tenía un aspecto monstruoso: no podía mover la boca al hablar, así que emitía unos gruñidos en los que apenas se reconocía lo que trataba de decir, de la nariz me destilaban permanentemente gotas de agua y no podía parpadear. El músculo que ocluye el conducto lacrimal no funcionaba, así que cuando trataba de sonarme me salía aire por el ojo, como un mini pedo.
No contaré mis vagabundeos de los siguientes días por distintas entidades del Seguro Social para comenzar mi terapia. Al llegar el martes siguiente ni siquiera tenía una cita asignada, de las cinco que me habían autorizado. En la ventanilla principal de la clínica San Pedro Claver hay un aviso: “La persona que ofrezca dinero a un empleado público para que cumpla sus funciones incurre en el delito de cohecho”. El hecho es que pasaron varios días sin poder iniciar mi tratamiento. Pronto mi situación fue patética: tenía que usar un parche en el ojo cuando el sol brillaba mucho, la comida se me salía por el borde de la boca y el dialecto semiarticulado que hablaba no hacía sino empeorar. Mis papás me tranquilizaron, me dijeron que no insistiera más y se ocuparon del asunto. Mi mamá, enfermera retirada, recurrió a sus viejas amistades y comencé mi terapia en una consulta privada, bajo la supervisión de un otorrino que alguna vez, cuando yo era niño, me había atendido por una sinusitis.
Comenzaba diciembre, la ciudad se agitaba más y más. Inicié la terapia esperanzado, la terapeuta se llamaba Ángela y era muy buena. Mi exnovia fue a visitarme, preocupada. Se iba de vacaciones a España y, quizá por compasión con mi estado, me llevó a la cama. Al año siguiente cometí el grave error de volver con ella, pero eso es otra historia. Uno de los ejercicios de la terapia era simular dar un beso al vacío y esa tarde me ejercité bastante. Cuando se fue me sentía mejor, puro efecto placebo.
Al completar cinco sesiones no había mejorado mucho. Sentía la cara de nuevo, pero seguía siendo rebelde frente a mis órdenes. La boca ya casi cerraba, pero el ojo y sus mini pedos seguían iguales. Ángela me dijo que mínimo iba a necesitar veinte sesiones. Fue demoledor, porque desde que había ido al hospital tenía la idea de que sólo necesitaba las que me habían ordenado. Ella me explicó que en el Seguro autorizaban de cinco en cinco y cada vez tocaba someterse al humillante trámite de hacer fila a las cuatro de la mañana para pedir cita con un médico que diga que sí, que uno sigue con la cara torcida. Ese día entendí que mi única salida era dedicarle todo el tiempo que tenía a mi recuperación.
Iba todas las mañanas a la consulta. Llegaba temprano y me sentaba en la sala de espera a leer Suave es la noche mientras llegaba mi turno. Al salir me iba a la casa de mis papás. Leía otro rato, lo que era incómodo porque no parpadeaba bien y cada cinco minutos tenía que echarme gotas en los ojos. Repetía los ejercicios, almorzaba, hacía siesta, leía otro rato, veía televisión, repetía los ejercicios, tomaba onces, descansaba, repetía los ejercicios y me iba para mi casa. Aparte de mi familia, no veía a nadie. En mi casa desconectaba el teléfono. Dormía de nueve a diez horas cada noche.
Como en las primeras dos semanas no hubo mayores progresos, comencé a creer que me iba aquedar así. Aunque nunca renuncié a la terapia, fantaseaba todo el tiempo en cómo sería mi vida de ahí en adelante. Sólo saldría de noche, muy abrigado y con la cara embozada, leería todo el tiempo poemas de Keats y Shelley. Mi cara sería deforme, pero mi alma sería bella y solitaria. Decidí volver a tocar el piano, para completar el cuadro, pero fue un fracaso. Lo había abandonado hacía mucho y mis dedos eran torpes. No quise sumar una frustración a la enfermedad y volví a dejarlo tirado.
Gracias a mi hermana y a mi primo, complementé mi tratamiento con sesiones de shiatsu. Después de cada una sentía la cara completamente relajada, no contraída en un rictus inexpresivo, que es como se siente la parálisis facial. Todavía me acuerdo de que me presionaban un punto en las costillas y sentía una corriente de calor que me subía por el brazo hasta la cabeza. Si bien pasado el rato volvía a sentir la rigidez, ésta era cada vez menor. Los efectos combinados de los dos tratamientos comenzaron a tener efecto. Muy lentamente fui recuperando la firmeza de la boca, y a partir de cierto punto la mejoría se aceleró. Al llegar a la sesión número diecisiete lo más difícil parecía supera- do, pero el párpado y el conducto lacrimal seguían rebeldes. Temía que la lectura me resultara incómoda para siempre. Fue arduo terminar la novela de Fitzgerald.
Es claro que la memoria es ingrata. Recuerdo todos los padecimientos y el comienzo de mi recuperación, pero no soy capaz de acordarme de en qué momento volví a parpadear normalmente, ni cuando dejé de hacer ruiditos raros. Tengo la vaga impresión de fue después de navidad. Una navidad que tengo completamente borrada de mi memoria. Recuerdo que mi última sesión fue el treinta de diciembre, y que las cinco presupuestadas se habían transformado en veintitrés. Esa mañana sentí que iba a extrañar las manos de Ángela tocando mi cara, su voz diciéndome que estirara la boca como para dar un beso, la música decembrina que sonaba en un almacén frente al que pasaba todos los días para ir a su consultorio. Como era lógico me había enamorado de ella. Quise besarla antes de salir, pero un mínimo principio de realidad me detuvo. Me había dado de alta, pero no estaba feliz. Al verme en el espejo sentía que mi cara era distinta, con cierta sonrisa maligna que me daba un encanto misterioso. Pero todos en mi familia me decían que estaba igual que antes, que había quedado perfecto.
La tarde del treinta y uno me quedé solo durante un par de horas en la casa de mis papás. Me serví un whisky, el primero y el último del mes, y revolqué un armario hasta que encontré el viejo impermeable gris de Batman. Casi me estrangulo al ponérmelo. Apenas me cubría el pecho y la capucha no me subía. Luego me senté frente al piano y toqué Mi Buenaventura. Y aunque cometí algunos errores, fue la última vez que pude tocarla completa antes de dejar el piano, ahora sí para siempre.
Se ladró en el Número siete | Ladridos (0) por Juan Carlos RodríguezEl día de la bestia
I.5-6-2006, por la noche.
Como no tenía claro si nacía el Anticristo o se acababa el mundo decidí tomar precauciones por si era esto último. La primera medida fue limpiar el disco duro de mi computador de mp3 discutibles: “The number of the beast” (Iron maiden), “Maldito sea tu nombre” (Ángeles del infierno), “Lucifer” (M. Cretu) y “Satan” (Orbital) fueron dados de baja sin piedad junto con Sepultura y Metallica. Con remordimientos nostálgicos, pero sin piedad. La cosa se complicó cuando llegué a “Highway to hell”. Tenía dos versiones, la clásica de AC/DC y otra de Marilyn Manson. La canción no es más que una glorificación de los malos hábitos y no le veía mayor problema a esto en términos metafísicos, pero luego recordé que en este preciso momento y en este preciso país, Fernando Vallejo está enfrentando un proceso judicial por haber escrito en un artículo “¡Viva la revolución matacuras!” Y si los jueces de la tierra son tan intransigentes, ¿cómo serán los del más allá? Borradas quedaron ambas. Y para no correr riesgos, borré la carpeta de Queen porque en una canción menciona a Belcebú, y la de INXS por “Devil inside”. Bueno, y como Jamiroquai se puso un tiempo sombreritos con cachos, pues también se fue, junto con Café Tacuba por moti-
vos similares. También borré las de Ella Baila Sola porque sólo Satán podría hacer que los sapos
bailaran flamenco, y “La maldita primavera” porque el título me pareció muy dark. ¿Qué tal que
los jueces celestiales nunca hayan oído a Yuri? Cuando terminé mi purga sólo quedaban U2, Diomedes Díaz y El Gran Combo de Puerto Rico. Y tuve mis dudas con estos últimos. A fin de cuentas estuve en un concierto de ellos en Cali hace dos años y puedo decir que la energía del público era medio maligna.
Como los libros no eran un problema (uno siempre puede decir que estaba investigando al enemigo) di por terminada mi labor a las 11:11 p.m. Cuando boté mi mug de Terminator porque parecía una calavera con ojos rojos. Me asaltó una duda en ese momento. ¿Si el mundo se acaba, es el colegio en el que trabajo el lugar apropiado para asistir a ese espectáculo? La verdad me pareció que no, y no pudiendo estar en Praga, Berlín o Nueva York, decidí que esperaría lo que fuera enfrente de mi casa, sentado en una banca del eje ambiental tomando café. Si se me antojaba un sandwich, una torta u otra taza de café, no era sino entrar a la casa y ya, a fin de cuentas no habría cafeterías abiertas durante el Apocalipsis. Y en circunstancias tan extremas nunca está de más tener un baño cerca.
Pero ¿y si me quedaba en la casa y no pasaba nada? No podía llegar luego al colegio a decirle a mi jefe: “Hombre, ayer no vine por el 666, pero menos mal no pasó nada y aquí estoy”. No sólo me habría echado, sino que mi reputación habría quedado por el piso. Para salir de dudas llamé a un viejo amigo en Europa. A fin de cuentas por allá ya eran las siete de la mañana y algo podría saberse.
-¿Hallo?
-Entoes qué papá…
-¿Juan Carlos?
-Ja… Guten morgen… ¿Lo desperté?
-No, qué va… Me acabo de levantar porque tengo que hacer unas vueltas antes de ir a la universidad. ¿Y ese milagro?
-No, que quería saber si algo raro está pasando por allá…
-¿Raro?
-Sí, raro… Algo como… Como… Pues no sé, como el Apocalipsis…
-Usté si no cambia… ¿Se está gastando la plata de esta llamada sólo para mamarme gallo? ¿O es que está borracho?
-Qué borracho ni qué nada… ¿No ve que mañana tengo que ir al colegio? Bueno, no estoy tan seguro…
-Pues si ni siquiera sabe si tiene que ir al trabajo, sí creo que está borracho… Y me conmueve hasta el alma que se haya acordado de mí, pero ya tengo que irme… ¿Lo llamo mañana y hablamos?
-¿Y si no hay mañana?
Bueno, siete a.m. en Alemania y nada raro. A menos que por el mundial fuera el único lugar del mundo en donde se podía estar a salvo. Pensé en llamar a España pero me atacaron el tiempo la cordura y el cansancio y me acosté. Ya vería mañana cómo estaban las cosas.
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666
Hasta despejado estaba el cielo. Conclusión: aún no llegaba el Armagedón, o iba a empezar cuando ya fuera 6-6-06 en todo el mundo. Salí para colegio más tranquilo. Me pareció que sólo se trataba de estar listo para evitar los múltiples ataques satánicos que este día podía traer. Tenía reunión de undécimo con los demás profesores a las ocho de la mañana. ¿Tendría esto algo que ver? ¿Ocurriría ahí la primera manifestación maligna? ¿Sería la profesora de física uno de los jinetes del Apocalipsis?
En la sala de profesores todo estaba normal. Me serví un tinto y me puse a leer el periódico mientras llegaban los demás. Y ahí estaba la noticia, en la segunda página, esperándome: un taxista en Pereira había sido atacado por el demonio. Claro, ¿en donde más podría haber sido? Bueno, quizá en Chía. El pobre hombre había llegado sin habla a un hospital, con el taxi oliendo a azufre y en un ataque de pánico total. Después de que le hubieran puesto tranquilizantes y sin perder la mirada de pánico en sus ojos, cogió una hoja de papel y dibujó a su atacante. El dibujo venía en el periódico y hasta ahí me llegó el miedo porque el diablo me pareció de una ternura infinita. Ya no importaban mis pecados, mis mezquindades, mis flaquezas. Si así era la criatura que se iba a encargar de mi eterno suplicio, el infierno debía ser como una guardería para niños descarriados. Lo jarto es que mínimo todo el día iban a poner discos de Xiomi, Nubeluz, Barney y Okidoki.
Le mostré el dibujo a mis compañeros y todos soltaron una carcajada enternecida. Un profesor de biología se molestó porque era el colmo que le dedicaran la segunda página de El Tiempo a algo así. Yo le dije que era un evento importante y se rió, diciéndome que yo decía eso por mi pasado metalero. Pero él no sabía nada de lo que había pasado con mis mp3. Y además en el fondo yo lo que fui fue un merenguero, en los momentos importantes de mi vida siempre he preferido a Juan Luis Guerra antes que a Venom o Mayhem. Para la hora del almuerzo era claro que los ataques infernales se habían limitado a Pereira. Mínimo por allá andaba Damián comiendo helado al lado
del Bolívar Desnudo, sacando a pasear sus seis Rottweiler y aterrorizando viejitas. Ya lo quisiera ver yo acá en Bogotá, a las tres de la mañana en el centro a ver si es tan macho. Ni los perritos le dejarían. Cuando volví a la casa me conecté toda la tarde a Internet. Tenía muchas canciones que recuperar.
III. 7-6-2006
Me levanté a las nueve de la mañana, prendí la radio y el computador. Preparé un café y me conecté a la red. Ya la paranoia había pasado y quería ver las noticias del día en eltiempo.com. Me preocupaba un poco el taxista poseído y casi me caigo de la silla cuando vi el título de una noticia: “Capturado en Pereira sospechoso de ataque a taxista”. Di click ansiosamente sin saber lo que me esperaba: una foto gigante de Picachu con un 666 en el pecho. El demonio siempre es el que uno menos se imagina. Igual ya no importaba, la destrucción final parece que no iba a llegar pronto. Además mi único vínculo con el nuevo sospechoso era un muñeco con el que alguna vez vi jugando a mi sobrino. Decidí confiar en que su inocencia lo protegiera y esperé al mediodía para ver el noticiero en la televisión. No sabía qué esperar, pero ahí, frente al televisor, sentí que quizá el mundo sí se había terminado, que todo era ilusión, que no habíamos podido salvarnos. Una noticia me devolvió a la realidad: en un pueblo perdido en el Magdalena, dos burros se habían agarrado a pelear en la mitad de la calle principal. El cubrimiento era total, estaban entrevistando al dueño de uno de los animales. Subí el volumen y me quedé ahí, esperando una señal del cielo.
Se ladró en el Número seis | Ladridos (0) por Juan Carlos RodríguezPerros
La esquina está oscura, como si se hubieran fundido los bombillos de los postes en toda la cuadra, pero me tranquiliza ver que el semáforo funciona. Iluminado por el rojo protector de su luz cruzo la calle. ¿Las doce? Deberían pasar algunos carros… Parece que soy la única persona en la calle. Efecto lunes. Al rato viene una mini avalancha de carros, tres particulares a mil y dos taxis ocupados que andan todavía más rápido. Luego nada. Luego otra avalancha. Luego nada. Algún semáforo enloquecido debe estar causando estas pulsaciones. Ni un vigilante, ni un indigente, ni un borracho. ¿Un atracador? Ni eso… Se me pasan un par de taxis, van tan rápido que no alcanzo a estirar la mano.
Algo comienza a moverse al otro lado de la calle. Trato de enfocar mi mirada en la oscuridad. Son unos perros. Diez o doce. Cuando veo que quieren cruzar la calle me siento menos solo. No esperan el cam-
bio de semáforo y están al lado mío en un momento. A medida que van llegando me rodean, quietos como estatuas, mirando hacia los que faltan por cruzar. No ladran ni gruñen, sólo esperan. Cuando sólo falta uno, oigo el chirrido de las llantas frenando en el pavimento y el golpe del carro contra el animal. Los perros y yo levantamos la cabeza, confundidos, y sólo atinamos a ver un carro alejándose. Hacemos un silencio total, no ladramos, ni gritamos, ni siquiera respiramos. Apenas nos quedamos quietos, esperando.
En la oscuridad apenas puede verse la silueta amarillenta del perro atropellado, tirado en la mitad de la calle. Quiero correr, recogerlo, ver si está vivo, pero la inmovilidad de los que me rodean es contagiosa. Lo único que hacemos es estirar nuestra nariz, aguzar el oído, esperar. Viene otro carro. Otra vez el ruido de las llantas y el timonazo para esquivar el bulto que está en el piso. Es un milagro que no le pase por encima. Tan pronto el carro se aleja, los sobrevivientes se van. Camino por el andén tratando de acercarme un poco y el animal comienza a chillar. Es un sonido largo, sostenido, que me eriza todos los pelos de la cabeza. El resto de la manada se detiene y espera un momento. Los chillidos no paran. Al rato los demás se van en grupo hasta la esquina y siguen calle abajo.
Bajo a la calzada, pero viene otro carro que me pasa muy cerca. Apenas alcanzo a subirme al andén. El perro deja de chillar y se incorpora despacio. No puedo creerlo. Camina cojeando hasta donde estoy.
Sube al andén y nos miramos. Estiro mi mano hacia él. Cuando le toco la cabeza chilla y se aleja un poco. Le señalo la calle por la que se han ido los demás y camino en la dirección contraria. Después de unos pasos me doy cuenta de que viene detrás mío. Sonrío: quizá lleguemos juntos hasta mi casa.