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Kayla Dunn y los Israelitas del Nuevo Pacto

1 de Julio de 2007

Y vino otro verano y mis alumnas me enseñaron nuevas blancuras. Y yo hacía mis trabajos y nuevos manuscritos y nuevos rollos telepáticos me seguían llegando a mi antigua bandeja de entrada. Y la imaginaba con su túnica celeste y sus ojos verdes y sus piernas transparentes y delgadas. Trabajando la tierra por las mañanas y traduciendo manuscritos por la tarde. Masturbándome pero la realidad era otra. Por aquella época ella ya vivía en el tabernáculo y nunca había tenido que trabajar la tierra. Tal vez nunca vivió en otro lugar. Tal vez ella misma escribió todos esos rollos durante alguna de sus crisis. O de las mías.

Cuando años después conocí el tabernáculo ya estaba demasiado deteriorado. Sobretodo luego de tantos años de enseñar español y de masturbarme y de ver pasar las estaciones desde aquella oficina llena de enemigos.

El tabernáculo era un palacio de cedro y caoba construido al centro de una gran explanada que miraba a las estribaciones andinas: cerros incipientes llenos de luz. Luz que inundaba las galerías interiores a través de unos ventanales parabólicos construidos de acuerdo a las medidas del libro sagrado del Éxodo.

Una construcción anacrónica llena de cholas vestidas como princesas israelitas. Con sus túnicas multicolores iluminadas por la luz y al centro una gran piedra plana donde unos indios barbudos sacrificaban auquénidos vestidos de acuerdo a las películas de semana santa.

Así como me lo había imaginado en Cincinnati cuando Kayla Dunn me habló de él por primera vez en la pizzería Papa Dino’s. Ese día me anunció que se iría al Perú por el verano a trabajar con Ezequiel Atacusi y sus hijos en la traducción de los rollos al inglés. Pedí otro pitcher de Honey Brown Ale y me sentí triste de golpe.

Y así pasó otro verano y otro y otro y Kayla ya no volvería. Pero todos lo años me mandaba una postal electrónica por mi cumple y cada vez menos, sus traducciones de los rollos telepáticos. Traducciones y nuevas blancuras de nuevas alumnas. Las mejores solían tener problemas psicológicos profundos. No como Kayla. Ella era extraña y sufría de problemas psicológicos estacionales. Depresiones veraniegas que la llenaban de tristeza y la forzaban a descender desesperada las oscuras calles de Over the Rhine buscando alguna ración. La veo y recuerdo el comienzo de un poema de Allen Ginsberg:

I saw the best minds of my generation destroyed by

madness, starving hysterical naked,

dragging themselves through the negro streets at dawn

looking for an angry fix,

angelheaded hipsters burning for the ancient heavenly

connection to the starry dynamo in the machin-

ery of night,

Por eso no sabré nunca cómo entró en contacto con los Atacusis. Esos indios desesperados y barbudos y disfrazados como en las pelis que veía con mi abuela en semana santa. Feliz porque no tendría que ir al cole otros días.

La veo y recuerdo el comienzo de uno de aquellos rollos en que Ezequiel cantaba la canción de los platillos voladores que paso a transcribir:

Atcantuy huamapura hicnallacta

Oh hijo del Sol oscuridad de las combis asesinas

Hacedor de los aguajes de los cerros repletos de antenas

Extraños tiempos para resucitar mejor devuélvanme mis

antenas.

La misma canción que cantaban esos desgreñados el día en que Ezequiel Atacusi no resucitó y Kayla Dunn me confesó que era una de sus veintitantas esposas y me pidió por favor que la lleve de regreso a Cincinnati.

No sé cómo se había enterado de que un peruano estaba dictando una clase de español. Un día, después de la clase, se me acercó y me preguntó por los Atacusis. Mis ojos se clavaron en sus piernas largas de ex corredora, en su short de jeans lleno de tajos, mientras caminaba a mi lado ayudándome a llevar el Cd player de regreso a la oficina.

“No sé mucho de eso” le dije, “soy peruano pero no he tenido contacto con esa religión”.

Mi brother Giovanni se ha quedado dormido sobre una silla de paja. La pata de un calamar se escapa de la comisura de sus labios entreabiertos. Hemos estado tomando desde que nos encontramos en el Tocking hace como dos días. El mesero, un argentino de Rosario que jugó por las divisiones inferiores del Newel’s ha jalado una silla y me ha traído un plato de canchita y otra cuzqueña helada. Creo que quiere cantar.

–¿A Cincinnati? No creo que vuelva a Cincinnati. Al menos no por ahora.

–¿Dónde estás quedándote?

–En casa de mis padres.

Ezequiel Atacusi había profetizado que resucitaría al tercer día. Su cuerpo morado yacía en una urna de vidrio al centro de la explanada. Los cholos cantaban cánticos híbridos y las cholas lloraban y danzaban danzas incaicas alrededor de la urna. Al quinto día el cuerpo comenzó a oler mal y sus hijos lo cubrieron en unos lienzos empapados de Heno de Pravia y se lo llevaron. Kayla Dunn me pidió entonces que la lleve conmigo de regreso a Cincinnati.

–Brother ya vamos le digo moviéndolo un poco.

Mi brother no responde y el calamar termina de escurrírsele por la boca y cae finalmente al suelo de la cebichería El Punto Azul de Miraflores. El argentino ha traído su guitarra. Kayla Dunn camina a mi lado. Tratamos de avanzar, de escaparnos de todos esos indios dementes que lloran aglomerados. Ahora me aprieta la mano y también llora: Please take me home, take me hooome!.

En Cincinnati ya nadie se acuerda de nosotros, de nuestras tardes teológicas en la pizzería Papa Dino’s de nuestro amor interdisciplinario y gótico.

“¡Suéltame gringa conchatumadre!” le digo apartando su mano de la mía, su cuerpo del

mío. Tengo miedo. Los indios dan alaridos, invocan demonios telúricos, piden en quechua la

destrucción de la postmodernidad, creo que maldicen a Jack Kerouak o a Jean Luc Godard o

a Jean Francois Lyotard. Necesito una chela. He comenzado a correr. He encontrado un taxi. Le pido que me lleve a Miraflores. Me bajo en el parque Kennedy y entro al Tocking. Está lleno. Me siento en la terraza. Pido una jarra de cerveza y una pizza de tocino. Necesito sentirme mejor.

“Brother ya vámonos” le digo sacudiéndolo una vez más. Su cuerpo se termina de deslizar y cae pesado sobre las losetas heladas. El argentino canta. Me levanto y camino hacia la puerta. Me detengo. Allen Ginsberg me envía un mensaje telepático. No tengo a donde ir.

You Know You’re Right

1 de Febrero de 2007

Conocí al padre Donato Aquaviva s.j. en un centro de rehabilitación para adictos a la pornografía lúdica. Había leído algo sobre él pero no mucho. Sabía básicamente que a mediados de los noventa se hizo famoso por ser el primero en diseñar un play station pornográfico, el cual marcó de algún modo a los jóvenes de mi generación y le costó a su vez la pérdida del puesto de director del seminario de St. Joseph, en Boca Ratón, Florida, así como el primero de una larga lista de internamientos en sitios como éste o peores.

Dejábamos pasar las tardes idénticas sentados frente a los enormes ventanales que daban al jardín en cuyo centro había una piscina circular. A veces conversábamos, aunque por lo general permanecíamos en silencio, fumando o tomando bebidas relajantes.
Los viernes por la tarde traían a las niñas, hijas de los adictos a las drogas de un centro de rehabilitación contiguo al nuestro pero perteneciente a la misma franquicia, para jugar en la piscina. Eso era parte de nuestro tratamiento. Acostumbrarnos poco a poco a sus juegos, a su fragilidad polisémica. Entender que eran también seres humanos.

Una de esas tardes trajeron a otro peruano: el negro Julito Galarza. Nos saludamos con efusión. No nos veíamos desde la época en que llevamos juntos un curso de Teología Natural en la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima, a comienzos de los noventas.
-¿Cuánto tiempo te dieron?-le pregunté.
- Doce añitos nomás. El tiempo pasa volando brother.
- Eso es cierto.

Me contó que había estado trabajando en una ONG que lo envió a un curso de capacitación en la Universidad de Miami. Asistió a un par de sesiones. Luego consiguió trabajo estacionando vehículos en un night club de la Ocean Drive. No la pasaba mal, había alquilado un pequeño efficiency en el Surf side y el trabajo era divertido. Hasta que una niña comenzó a molestarlo en la playa.
-Así es la vida brother.
-Sí, pes.

Un día el padre Aquaviva nos pidió que lo acompañáramos a su cuarto. De un ropero sacó un paquete de pasta Morelli que le habían enviado unos parientes de Génova. Puse al negro a pelar y a picar el ajo y unos tomates a hervir en una cocinita de dos hornillas que el padre había colocado sobre unas cajas de libros.

Mientras se cocía la pasta fui a mi cuarto y saqué un par de botellas de un vino australiano que en aquella época me parecía aceptable,uno que tiene un dibujito de un canguro en la etiqueta.

Esa tarde fuimos felices comiendo esa pasta en salsa primavera que mi abuelo solía preparar los domingos y a la que denominaba napolitana. Compartimos nuestras experiencias pornográfico-lúdicas riendo y cantando como si nos conociéramos de toda la vida. El padre Aquaviva nos explicó que había estado estudiando lo que nos ocurría y había llegado a la conclusión de que los otros eran los que estaban equivocados. Para fundamentar su posición sacó de un armario polvoriento unos antiguos diccionarios de latín y de anglo-sajón.

No sé si lo llegamos a entender realmente, estábamos tan relajados con el vino, que nos costaba un poco prestar atención al padre y a sus argumentos etimológicos. Recuerdo borrosamente su argumentación: de ludere, viene ludus y de ahí lusus y luego lust que en inglés quiere decir lujuria pero que en el fondo significa juego. Como no le prestábamos mucha atención el negro Galarza se había quedado dormido con la boca abierta sobre un sofá- el padre guardó otra vez sus diccionarios pero antes de cerrar el armario sacó una botella de vino de misa, que según dijo, se lo regalaron cuando se ordenó.

El viernes siguiente teníamos examen así que estuvimos toda esa semana masturbándonos religiosamente mañana tarde y noche para poder compartir los juegos de alberca con las niñas sin sufrir erecciones, ansiedades, ni tristeza.

Aquel viernes, cuando salimos al jardín en ropa de baño nos sentíamos confiados y serenos. Aunque el padre Aquaviva se veía demasiado entusiasta, moviendo las extremidades a manera de calentamiento, haciendo flexiones y ejercicios respiratorios, a sus setenta y tantos años, su contextura se asemejaba muy poco a la de un veterano atleta, el pecho hundido y los músculos de las extremidades flácidos y colgantes, cubiertos por una piel erosionada y gelatinosa. Parecía básicamente lo que era, un viejo sacerdote adicto a la pornografía lúdica que ha bebido demasiado vino durante el almuerzo.

Pero nada hacía presagiar aquel desenlace estrepitoso, al contrario, la policromía del sunset sobre las aguas tranquilas, sobre las tempranas violetas del jardín, sobre las rubicundas cabelleras de las niñas, predisponían nuestros espíritus, de por sí ya demacrados, para la relajación y el sosiego.

Aunque no había terapeutas por ahí, sabíamos que nos vigilaban, que las cámaras debían de estar por algún lado, o por todos.

Mientras el negro Galarza y yo nos acostumbrábamos al frío celeste de aquellas aguas lúdicas, el padre Aquaviva comenzó a subir raudo las escalinatas del trampolín, suscitando la automática atención de las niñas. Una vez arriba, hizo unos últimos drills de calistenia para comenzar de golpe a correr por la viga prefigurando lo que debía ser un clavado apoteósico.

A mitad de su carrera sin embargo resbaló, y aunque trató en vano de agarrarse de algún barandal, su cuerpo decrépito siguió su curso por la viga primero y por los aires después, para terminar estrellándose estrepitosamente, como un guiñapo torcido y desesperado, contra las aguas fulgurantes de aquel mediodía inmaculado.

Las niñas desnudas, al contemplar semejante espectáculo, se orinaron literalmente de la risa provocando reacciones químicas automáticas al interior de aquellas aguas prefabricadas para detectar a los liberadores, tanto de semen como de orina, las cuales adquirieron un profundo color purpúreo, que dificultó los trabajos de rescate.

Cuando por fin sacaron de las profundidades al padre Aquaviva, su hinchada humanidad le daba un aire a muñeco pornográfico inflable para sadomasoquistas. Los esfuerzos por resucitarlo, por
desaguarlo al menos, fueron inútiles.

Esa noche el negro y yo estuvimos hablando sobre las vías de Santo Tomas casi hasta que amaneció. Tampoco recordábamos gran cosa de aquella clase a la que rara vez asistimos por preferir el denso rumor de las cantinas de la avenida Sucre.

Nunca fuimos buenos estudiantes y aunque no hablásemos de ello sabíamos que apenas recobrásemos la libertad, correríamos en busca de las últimas novedades pornográfico-lúdicas.