La revista online

Gente que pide

1 de Marzo de 2007

Se llamaba Pablo Tagle. Por la expresión de sus vecinos, Vidal supuso que no sabían de quién estaba hablando.

Lo metieron a una panel (blanca, dijo el único testigo). Le taparon el rostro con un morral y lo golpearon en la nuca. Pobre Pablo: estaba cenándose unos tacos a las tres de la madrugada. Solía decir que no era normal dormirse pedo, estado en que se mantenía constantemente: eso lo resolvía con los típicos tres de asada y dos de sudadero, antes de irse directo a la camita. Con el tiempo, era de esperarse, se ganó un tremendo barrigón. Por cierto, agregó Vidal, esto nunca le impidió ser un extraordinario bailador de limbo.

Pablo no tenía mucho viviendo en la colonia, les aclaró a sus vecinos. Rentaba un departamento ahí, les dijo señalando el condominio de lujo erigido a una cuadra de su casa. Pablo, hijo de un acaudalado empresario localeño, llevaba meses obsesionado con su ex novia. Habían cortado hacía un año, luego de un noviazgo largo y aburrido. La mujer ya hasta se había casado y vivía al otro lado, con un marine que le había comprado una casa en la playa sandieguina. La cabrona sí que supo hacerla, dijo Santiago, el escritor parapléjico que vivía enfrente de Vidal. Éste no dijo nada y lo que siguió fue un silencio incómodo: estaban en un garage y miraban a unos niños de la cuadra, jugando futbol en medio de la calle.

El escritor se quedó mirando desde su silla de ruedas. Vidal se metió a su casa imaginando a Pablo, sonrientemente alcoholizado (quizás empericado), deslizándose por debajo de una estrecha vara de madera: se torcía hasta que su cuerpo formaba una L (invertida) y sostenía estoicamente una cerveza con una de sus manos. Todos le aplaudían hasta que se le escuchaba un estrepitoso crujido en sus rodillas.

Pablito pelaba los ojos. Pablito se inmovilizaba.

En lo que iba del año, la cifra de secuestros era de 296. La mitad se trataba de vendettas del CAF (Cártel Auténtico de la Frontera, por sus siglas). El resto se trataba de la materia prima de un negocio redituable ejercido, la mayoría de las veces, por elementos de la policía municipal. El diario ABC, en un reportaje ilustrado con una foto del alcalde (riéndose, por supuesto), revelaba las relaciones entre el CAF y la presente administración gubernamental. Supuestamente, el Partido de la Razón Idiosincrática había ganado la presidencia de la ciudad debido a un fraude, patrocinado por el narcotráfico. El diario se aventuraba a señalar al mismo alcalde como la cabeza  detrás del comercio de estupefacientes en la frontera, aludiendo a su oscuro y vago pasado. Casi al final de la nota también se describían las torturas que se practicaban a las víctimas: Generalmente, los famosos levantones eran seguidos de un esposamiento de extremidades, quemaduras con cigarro en los testículos (o los pezones, dependía del sexo) y, para rematar, fracturas en las articulaciones. Si sí se trataba de una venganza, las fracturas eran sustituidas por amputaciones y el cigarrillo por un soplete. Las torturas eran supervisadas por un médico que impedía que la víctima se convulsionara, desangrara o muriera de un infarto. El médico maldito se las ingeniaba, vaya que sí, de tal modo que la víctima sobrevivía hasta el día que, independientemente de que se pagara o no el rescate, era sumergido lentamente en un barril de ácido muriático. Las cifras del ABC hablaban de desaparecidos, nunca de asesinados. Y es que los secuestradores, literalmente, no dejaban huella.

Uno de los vecinos insistió en que, si la sociedad quería terminar con los secuestros, era preciso hacer justicia con nuestras propias manos. Otro dijo que terminar con todo era terminar con los que se aposentaban en las altas esferas del poder. La noche estaba tibia y los reflectores del hipódromo, que estaba cerca, acaparaban el paisaje. Un grupo de agentes federales, que no se llevaban bien con los municipales, se apostaba en una esquina, parando a los  carros con vidrios polarizados: pedían documentos o buscaban una conducta sospechosa. Los vecinos de la Colonia tomaban cerveza, como todos los fines de semana. A la sexta lager, Mauricio Monfort, el más  joven de todos, sugirió aprender de los poblados del sur de México: allá sí se chingan a los violadores-hijos-de-su-recontra-putísima-madre. A la séptima asintió Vidal, citando el video del linchamiento en Tláhuac: video que había mirado en el departamento de Gustavo Cordobés, en la Colonia del Valle de Ciudad de México. Gustavo, que era muy amigo de su hermana, fue el juez federal que llevó el caso. Las televisoras le habían entregado las grabaciones completas de lo que había sucedido en el barrio enardecido. Fue Vidal quien le pidió que se lo enseñara. Sabía que era material confiscado y, por lo tanto, inaccesible a los ciudadanos comunes y corrientes. Tuvo que decirle que necesitaba verlo para ayudar a uno de sus vecinos (Santiago) a terminar una novela sobre la violencia de Tijuana. Claro está que no era una justificación de peso pero, por alguna razón desconocida, Gustavo Cordobés (recientemente ascendido a Magistrado) dejó que lo acompañara mientras reproducía el video por segunda ocasión.

Veneno para la mente: imágenes que nunca se eliminarán de la cabeza: incluso, hay noches que hasta sueño con el policía que quemaron vivo, confesó Vidal a sus vecinos con la voz arrastrándosele por la cerveza.

Gente que grita

1 de Febrero de 2007

Al juez le ha crecido una barba enorme y las greñas le cuelgan a los hombros. No recuerda la última vez que tomó una ducha. No recuerda muchas cosas, más allá de la imagen de un dragón que lo mira desde la oscuridad. Los mareos han desaparecido, pero el sopor se ha convertido en una especie de estado permanente de confusión y alucinaciones. Los gemidos detrás de la puerta tampoco siguen.

Los encapuchados lo sacan de la jaula y comienzan la rutina de siempre: el cague y la avena. Esta vez, en lugar de devolverlo a la jaula, lo suben a una camioneta que está estacionada junto a los matorrales. Lo suben y, por primera vez, escucha la voz de uno de ellos. Chingue su puta madre, hiede re culero este cabrón. Viajan por un camino de terracería. Llegan hasta la carretera a Tecate y, pasando la caseta de cobro, entran en la autopista hacia Mexicali. A la altura de la Rumorosa se salen por una pendiente de tierra y rocas. Suben hasta llegar al tope. Uno de ellos saca a Gustavo de la camioneta. Lo deja tirado en el piso, luego se sube de nuevo y le hace un gesto con la mano a su compañero. Encienden la troca y dejan al joven juez tirado, en medio de la Rumorosa.

Y es que Gustavo Cordobés, que de por sí es un tipo de pocas palabras, invierte la mayoría de su tiempo en Tijuana recordando. Un reciente encuentro en cierto restaurante argentino, por ejemplo, lo remonta a la ocasión en que revisó los vídeos del linchamiento en Tláhuac junto al hermano de su mujer. Ya los había visto una vez, en la soledad de su departamento. El pasaje que más le había impactado era el de la turba que lleva arrastrando al último de los judiciales asesinados. En el video, el policía le habla a su familia. Pide a sus hijos que se porten bien, que sigan estudiando y le saquen el mejor provecho a la vida. A su esposa le dice que, aunque estos años haya parecido lo contrario, siempre la amó y seguirá amándola siempre. Si no hubiera sido porque tenía las venas de los ojos reventadas y los tejidos de las mejillas supurándole de pus, el camarógrafo hubiera captado las lágrimas del gendarme. Su cabeza es un manojo de sangre y pelos, y la turba le revienta los huesos que le quedan con tubos y palas. Ya que se halla inmovilizado, y respirando hondo y con
el corazón a punto de salírsele, alguien rocía gasolina y otro alguien prende fuego. Los últimos movimientos son retorcijones y, curiosamente, no hay gemidos.
Gustavo quiso que su cuñado viera con él éste vídeo porque le parecía imposible constatar él solo que lo que veía era real.

Gustavo camina entre las pendientes. Sube y baja a través del desfiguro de montañas. Camina hasta donde el cuerpo le permite. Luego descansa, se tumba en el piso de roca y terrenal. No le ha picado una víbora todavía. Vuelve a caminar. Ya es de noche. Camina hasta que ve una luz agrandándose cada vez más. Es el dragón, piensa en sus adentros. Pero se acerca y distingue una casucha de madera. Hay una jauría de perros que le ladran. Alguien se asoma por la ventana iluminada de la casa. Los perros siguen ladrándole pero Gustavo no ha parado de caminar. El viejo de la casucha sale y dispara su rifle al cielo. Los perros se arremolinan detrás de él. Gustavo no para de caminar. El viejo logra distinguir su silueta. Gustavo llega frente a él y cae rendido. El hombre lo arrastra hasta la entrada de la casa. Ahí lo despabila. Los perros se le acercan. El viejo le dice algo a los perros. Éstos se hacen a un lado. El viejo no ve que Gustavo responda a sus manoteos. Lo vuelve a arrastrar, esta vez hacia dentro de la casa. Algo vuelve a decirle a los perros. Éstos esperan afuera. Lo acuesta en un sillón roído. Le echa agua a la cara. Acerca una taza a su boca y le da a beber agua. Gustavo balbucea un cúmulo de incoherencias. Luego calla. Parece desmayado.

El hombre se aleja y lo mira desde una de las esquinas. Apaga la luz y se mete al único cuarto. En
unos minutos ya está roncando.
Al siguiente día Gustavo se encuentra sólo en la casucha. El viejillo ya no está. Merodeando por lo
que parece una cocina encuentra agua y se la bebe. Halla un pedazo de pan y se lo come. Sus manos tiemblan. Ve un pedazo de carne seca y la muerde, pero de inmediato una presencia a sus espaldas lo hace voltear. Es la jauría de perros. Uno de los perros, el que parece el líder de la manada lo mira fijamente. El perro habla: Cómo dormiste. Al escucharlo, Gustavo se estremece y siente unas ganas enormes de llorar. El perro le dice: Te ves mal. Se acerca a él. Qué vienes a hacer aquí, agrega. Gustavo siente un escalofrío que le recorre la columna. ¿Sabes porqué estamos aquí? Gustavo no puede decir una palabra. Por que sabemos más de lo que la gente normal sabe. Hemos visto el fin de tu civilización. Ustedes valen verga: mírate nomás. Luego se da la vuelta y los demás perros lo siguen hasta la salida de la casucha.

Gustavo vuelve al sillón y se acurruca. Luego de un par de horas sale y ve a los perros quietos, como si lo hubieran estado esperando. Cómo salgo de aquí, les pregunta, necesito volver a casa. Cuál casa, cabrón, tú ya no tienes casa.