Algo natural
“Y lo demás son los sueños de los hombres,
la miopía de quien ve poco…”
Fernando Pessoa
Por fin llegó la anciana, el huipil al ritmo de sus pies descalzos se detuvo en el agujero abierto que era la puerta. Primero vio a Mari, luego repasó con sus ojos todo el cuartito, parecía andar buscando algo; en algún momento se dio por satisfecha e inmediatamente mandó a que prepararan los anafres, que pusieran a hervir agua, hartos galones, con los gruesos rollos de canela que ella les dio. El marido, y la vieja que estaba ayudándole, empezaron a moverse como si los hubieran despertado de súbito.
Pasó un largo tiempo, un tiempo oloroso pero muy lento… el fuego se dilató mucho antes de echar las burbujas; hasta que salió la mezcla roja, picante, para llenar un tonel que era lo doble de ancho de Mari y un poquito más alto que ella, donde la sumergieron y la sacaron como cinco veces…
Mari pertenecía al paisaje de magueyes de Cuyuaco, era de allí como el cerro de Cristo Rey, los aparecidos, el cielo puro, la Llorona, los borrachillos de las cantinas o esas mujeres que nunca tuvieron marido y que pasaban los atardeceres detrás de sus ventanas, dueñas de las vidas de quienes caminaban por la calle, la única calle.
Y tendría unos diecisiete, como los tienen las indias de por allá: grandes la boca y los pechos, dos trenzas sobre las caderas flacas. Ya había tenido amores porque un año atrás él le pidió casarse, de entre todas las del pueblo sólo a ella le escribió cartitas llanas, pero conmovedoras, en su lenguaje de campesino, al que Mari contestó sí, con la bellísima mala ortografía de su letra a mano.
Sin saber nada ni haberlo ni mencionado antes siquiera, empezó eso de estar bajo un hombre: un dolor, un dolor que hasta creyó ya la había matado al atravesarla. Minutos después, cuando él le acarició el cabello –tenía los dedos anchos y la palma muy fuerte– Mari se le recargó en el brazo, se olvidó de todo. De estas noches primerizas dejó de sangrar.
Le iba creciendo el vientre, se le puso duro, ella no lo pensaba –porque así era–, mucho menos habría encontrado las palabras para hablar de ello; aunque en su silencio era como estar viviendo algo natural y, al mismo tiempo, lleno de peligros.
Por el cuajo gelatinoso que echó en la tierra cuando salió a orinar: lo supo. Los dolores llegaron poco a poco, de menos a peor… hasta que fue como si cada vez que respirara le asestaran un machetazo justo en medio de la rabadilla y también como si el machete fuera cada vez más grande.
La partera andaba en otro pueblo, una verdadera desgracia, porque era la única; ya ni pensar en un médico cerca, cosa tan imposible que la gente prefería mejor morirse antes.
Con los vientos en contra, el marido fue a buscar unas viejas para que lo ayudaran con Mari. Entre todos la colgaron a un árbol, primero normal, después alguien dijo que era mejor ponerla de cabeza. La bajaron, con el pelo enredado y sucio la pusieron en cuclillas, no salió ni aire. Le dieron a beber ruda, la arrastraron como animal. Nada pudo hacerla expulsar lo que llevaba dentro.
Ya iban para tres días cuando apareció la comadrona, como sabía ver, desde el hueco de la puerta y antes de entrar pasó sus ojos por todo el cuarto, no encontró nada que le impidiera obrar con sus manos. Mari era un ciervito moribundo, lastimada, sin moverse; la sangre había atraído a las moscas, un par le recorrían las extremidades y ya nadie se las espantaba. Completamente extenuados, el marido dormitaba en un rincón, acompañado por una de las viejas, que para entonces parecía mensajero del otro mundo: la cara huesuda, ojerosa y reseca, envuelta en el rebozo negro.
La anciana se metió hasta donde estaba tirada Mari, se hincó sobre la tierra, pidió permiso… y se lo dieron. Apoyó su mano izquierda sobre la rodilla para levantarse, ordenando que rápido hirvieran el agua, la canela en rollos.
Cuando sacaron del tonel a Mari, la criatura nació. La madre oyó el chillido, aunque no tuvo fuerzas ni para girarse a mirarlo y, salvo ella, todo en el cuarto era movimiento: el padre - sin poder apartarse de la visión de su hijo- seguía atolondrado lo que le mandaban, la mujer hirviendo los paños y echando agua sobre la sangre. La comadrona sólo alzaba la voz para decir lo que habían de hacer mientras, muy quedito, con el agua de canela iba limpiando cada pliegue del niño. Su impecable huipil, manos y labios se le movían al mismo ritmo, un ritmo que en esa lengua de los antepasados rezaba:
“Piedra preciosa, formada sobre el cielo antes del principio del mundo, celestial tu Padre, celestial tu Madre, animal humano vuelves a poblar la tierra. Piedra preciosa, formada sobre el cielo antes del principio del mundo…”
Se ladró en el Número cuatro | Ladridos (0) por Concepción ZayasParalelo 33
Querida Eusebia:
Por favor bébete un tequila a mi salud y la de nuestro amigo Miguelito, recuérdalo en la playa de San Pedro Pescador bailando flamenco. Guarda estas hojas donde te cuento cosas muy tristes y maravillosas que he querido compartir contigo, porque sé que sólo tú podrás comprender de lo que hablo.
Ayer fui a Walsingham, el centro de peregrinación mariana más importante de la isla. Un Santiago de Compostela, en versión femenina e inglesa, o para que me entiendas: el Tepeyac de la neblina. A ti, que eres omnicreyente, te habría encantado.
Me llevaron, casi sin yo saberlo, mis suegros. Ah, tengo tanto que agradecerles, son personas cálidas y receptivas, cuando vengas a visitarme lo comprobarás. Todo el camino les fui hablando de Miguelito, lo tenía muy presente porque la semana pasada estuve en Barcelona para acompañarlo en su operación de corazón, sólo a eso fui. Cuando supimos de la gravedad del asunto, Adrian me dijo que
yo debía ir a Barcelona, ya sabes que él también lo quiere mucho pero no pudo venir conmigo porque
justo ahora tiene que entregar cuentas del año entero.
Te llamé a México desde la casa de Miguel pero no estabas. Él insistió en que me quedara allí y su hermana fue con una chica a limpiar desde una semana antes para que todo estuviera más o menos habitable. Conociendo cómo es, sólo dejó que arreglaran el cuarto para mí y la cocina, no quería que le tocaran nada de lo demás, así que te podrás imaginar el escenario.
¿Te acuerdas de su departamento en Barcelona? Llegamos cansadísimas porque yo di mil vueltas antes de encontrar la famosa esquina de calle Manso y el Paralelo 33; él salió a recibirnos con su bata de seda de colorcitos chistosos, acabado de levantar a las siete de la tarde. La verdad es que me perdí antes de llegar porque creo que inconscientemente tenía terror de que ustedes dos se conocieran… se odiaban o se amaban no iba a haber de otra. La gente, se fascina por él, o sale corriendo ante su excentricidad; y tú, querida, no cantas mal las rancheras. Hablando de rancheras, ese viaje fantástico a Cadaqués, que al final resultó el punto donde verdaderamente ustedes se reconocieron; cuando en San Pedro Pescador, no sé por qué, empezaste a preguntar cosas de Dalí y él parecía que no nos hacía ningún caso, con los brazos al aire cantando flamenco y bailando con el mar y de repente dijo, como si nada, yo fui varias veces a las reuniones en casa de Dalí… De ahí se arrancó a platicarnos sus aventuras en esas fiestas extrañísimas, que si Gala pedía un salvoconducto para que Dalí la pudiera visitar en su castillo y no interrumpirla con alguno de sus jóvenes amantes, que si veían películas porni en blanco y negro, que si Dalí era un colgado (y mira que para que Miguelito dijera eso …). Al siguiente minuto ya estábamos trepados en su súper Volvo limusina rumbo a Cadaqués, justo a esa hora que ya no hay sol pero tampoco llega la noche, con la sensación de volar entre púrpuras y azules; allá se veía el mediterráneo, a la espera, bajo el precipicio de las lomas que íbamos atravesando. Él echaba sus alaridos llenos de sentimiento en las canciones de Cuco Sánchez, se las sabía de memoria, aunque nunca estuvo en México, pero creo fue Vila-Matas quien le regaló el caset; al ritmo de la música agarraba las curvas, a la mexicana, con un cigarro en la mano, y de milagro no nos matamos cuando dijo “hostia, me he quedado sin frenos”. Ustedes dos tan tranquilos, allí me di cuenta que tú y él eran iguales.
Anduvimos a la deriva varios kilómetros que dentro de la limusina me parecieron extremadamente lentos, silenciosos, mientras yo veía por la ventana la increíble belleza del atardecer y sintiendo una confianza blanca, desconocida… Como si me transmitieran esa forma de moverse en la vida que tienen tú y Miguel; entonces supe que el mismo ángel poderoso que cuida a los locos y a los inocentes esa tarde también había extendido sus alas hasta mí. Después encontramos el lugar donde pudimos
detener el viejo Volvo…
Recordarás del departamento de Barcelona básicamente su oscuro pasillo, que Miguelito decía
eran las Ramblas y el salón del final la Plaza Cataluña. El luminoso salón, con sus balcones modernistas que dan precisamente al Paralelo 33 y donde Miguel se pasaba las horas echado como un rajá, oyendo Radio Nacional de España, pura clásica…
Volví a sentarme en su sillón verde, a estar rodeada de los mensajes que él ponía en las paredes
con recortes de periódico, envases de comida, retratos de sus amigos escritores u originales desconocidos de famosos artistas plásticos. Tiene, como tú, el gusto de hacer altares; pero él con obras de arte y, lo que otros consideraríamos, basura. Sus altares rinden culto a lo divino que hay en las cosas despreciadas, se hacen con las envolturas que tiramos todos los días combinadas con portadas de libros, reproducciones de pinturas, fotos.
En circunstancias tan tristes, con él en el hospital, pensé que quizá era la última vez que estaba yo allí y la última que podía contemplar toda la presencia de mi amigo en esa forma tan suya de apropiarse sus espacios, de llenar con tantas compañías su soledad… Pero tal vez precisamente debido a esa sensación de despedida tú me enseñaste en tu propia experiencia que el dolor también abre puertas de aprendizaje-, puse atención a sus altares sostenidos con alfileres en los muros, me los quedaba viendo, ve y ve hasta que de repente tenía una especie de visión y comprendía (en ese lenguaje inventado por Miguel) lo que él percibía de la realidad.
“La burocracia no tiene alma”, al lado de la foto de un mendigo que llevaba llamativamente en el pecho el logotipo del Ayuntamiento de Barcelona; un llaverito que dice “trabajo, salud y libertad”; el retrato de Juan Pablo II rezando desde una esquina del marco del mapamundi; modelos desnudas por todas partes, confundidas entre masas de libros; pegados en el espejo del baño “fumar puede matar, fumar puede matar, fumar produce cáncer”, esas como esquelas de difunto que ponen últimamente en las cajetillas de cigarros (y, por supuesto, allí también una bolsa de tabaco todavía fresco)… Al lado del teléfono una especie de postal publicitaria, con letras grandes, tricolores, decía MÉXICO y me dio ternura pensar que era por mí y por todos los mexicanos que han pasado por la vida de Miguel. El caos
de su casa tenía significados precisos, mensajes, recuerdos… Lo define perfecto esa dedicatoria que
le escribió uno de sus amigos novelistas “Para Miguel, que conoce el valor de todo y de nada”. Esto último porque ya sabes que todo lo regala, ese facsimilar del Diario de Frida Kalho que le mandaste de México se lo “prestó” a una muchachita guapa que vio pasar. Le encanta hacerle la plática a las jovencitas, ésta llevaba un perrito, así que Miguel le preguntó cómo se llamaba (el perro), como le contestó que Frida, él le dio el libro. Hasta ahora no sé si la chica se lo habrá devuelto, pero ya sé que a ti tampoco te molesta.
Eusebia, no quiero darte detalles, simplemente porque ambas sabemos que a él no le gusta quejarse ni que lo vean cuando le toca agarrar la vida en picada, menos enfermo; sólo te digo que después de la operación ha tenido complicaciones muy serias, que está grave y que he llorado mucho.
Aunque justo hoy he empezado a sentirme tranquila.
Entonces ayer -cuando mis suegros me dejaron un momento sola en el santuario de Walsingham, en medio de la tiniebla porque afuera estaba completamente nublado y dentro se mantiene la capilla sólo con las luces de las veladoras- me pareció ver los hilos que mueven cada una de las cosas existentes, poniéndome en ese lugar sagrado para pedir por Miguelito. Desde el siglo XI allí se venera a una fuerte deidad femenina, acuosa, maternal y la gente todavía hoy viene a buscar su consuelo; estaba yo concentrada, no te puedo decir que rezando, pero imagínate algo así, cuando se me acercó una anciana vestida de negro.
¿Are you okay?, me preguntó. Lentamente le dije que tenía a mi mejor amigo muy grave…
¿Cómo se llama?, preguntó ella. Le contesté, Miguel, Michael, se lo repetí en inglés para que entendiera mejor. Entonces la anciana ¡se echó a reír!, luego me dijo todavía risueña: yo también me llamo Michael. Me quedé un segundo con la mente tan en tinieblas como la capilla, aunque después sonreí, sin entender nada, pero como si la coincidencia me devolviera momentáneamente la fe en que las cosas se arreglarían. Acto seguido, todo en medio de la penumbra, ella me preguntó si ya había escrito mi petición. De verdad que tuve un instante de sudor frío, ¿cómo sabía que era yo escritora? Habré puesto cara de completa idiota, porque ella se echó a reír de nuevo, señalándome con el índice un lugar al fondo, donde había más luz. Después se despidió de mí y se alejó como una nube, esa sensación me dio.
Caminé absolutamente perturbada hacia donde la anciana de negro me había indicado, encontré un bolígrafo y un montón de hojitas blancas que los peregrinos utilizan para escribir sus peticiones. Ah, era eso. Tomé un par de papeles, pero no pedí nada, no sé por qué no pude escribir una sola letra. Doblé las hojas y las guardé como si fueran un valioso presente de la realidad, como la única prueba de algo que no sabría explicarle a nadie que no fueras tú.
Mis suegros y yo hicimos el camino de vuelta en completo silencio. Por la noche -aquí en Norfolk los cielos tienen la pureza clara del mar del norte y las estrellas dan un consuelo, una paz, muy especial-, abrí la ventana, querida Eusebia, prendí un cigarro a tu salud y a la de nuestro amigo que ahora mismo está (ni vivo ni muerto) en un hospital de Barcelona… y en las hojitas empecé a escribirte esta carta.
Pídele tú al ángel que lo siga cuidando…
Se ladró en el Número uno | Ladridos (0) por Concepción Zayas