FDE
Ixchel no sabe que está infectada, que la Fiebre de Desajuste Emocional (FDE) le llegó a las venas. Nada le duele, al menos no físicamente. Pero esta mañana el aliento de Cuauhtémoc, quien duerme a su lado, la desconcierta. Ansía que se despierte para evitar esos molestos síntomas de sueño. ¿Desde cuándo ronca? Lleva una hora despierta, con el vientre lleno y el pecho vacío; sin embargo se niega a pedirle que se vaya, por favor, porque, ahora que él asoma el aliento, le ha visto la lengua blancuzca. Esa capa de sebo que la noche anterior sintió que la envolvía como en un capullo, no uno que contenía un animal alado, sino su libertad. La lengua pasaba y pasaba, primero por sus labios y cara, luego por el cuello. Sintió después la baba blanca atravesar sus senos, apretarlos; le rozó las axilas y las ingles. Quedó llena de un camino que olía agrio. Y por más que, discretamente, se limpiaba con las sábanas rodando una y otra vez sobre ellas, como si fuera un juego sexual, no lograba quitarse una sola capa de las tantas que le había hecho.
No es tampoco porque apenas hace seis horas le dijo Perdón, me vine antes; pensé que ya ibas a terminar. A eso ya estaba acostumbrada. Ella piensa que el egoísmo es masculino y sólo existe en el sexo. Para lo demás están conceptos como competencia desleal o instinto de superioridad. Es por la FDE, pero no lo sabe.
Quiere que se vaya ahora mismo, o que por lo menos deje de roncar y le aparte de su espalda baja, el estómago abultado que parece hervir. Le cierra la boca con el índice y el pulgar, como cariñosamente le decía que se callara cuando veían una película o le pedía que respirara por la nariz porque le iba a hacer daño, aunque no supiera qué de malo tenía respirar por la boca. Se contagió en un evento público, justo en una plática con el doctor Gregorio Ortega, secretario de salud, también enfermo. Le gusta conversar con los personajes después de los eventos oficiales, y no es porque busque una nota exclusiva (esta mujer es reportera), sino porque aprecia las charlas sin grabadora. Cree que así puede conocer a la gente y sabe si valdrá la pena o no lo que más adelante invariablemente redactará.
Ese día, antes de hacer la nota, se sentó en la cocina de su trabajo a beber café; no había tiempo para comer. Por la ventada apareció el gato negro y paticojo que pide comida de manera lastimosa. Ven Negro, dijo autómata. El Negro, oliéndola, no dudó en acercarse; un poco ciego por los malos tratos, al Negro sólo le queda oler para evitar golpes, encierros, aventones o que le corten los bigotes. Ixchel lo sujetó con un cariño ajeno. Esta vez no hizo nada: no buscó algo para alimentarlo, ni siquiera lo abrazó. Por el contrario, lo devolvió a la calle. Anda gato, ve a buscar algo de comer por otro lado. Esa no era Ixchel.
Después, una noche se enfrentó a la inevitable muerte de un perro que, agazapado cerca de un camellón, veía la velocidad de los autos mientras orinaba inconsciente porque no sabía qué hacer. Y ella, quien traía periódico por todas partes en su auto para esas eventualidades: perros atropellados, gatos desechados o gente herida; la misma mujer que cargaba latas de comida para perros y gatos, por si acaso el hambre de alguno se le atravesaba; ella, Ixchel, no se detuvo a salvarlo. Visualizó, eso sí, lo que hubiera hecho de no estar contagiada: poner las intermitentes, detener el tránsito, cargar a Fidel (los nombraba inmediatamente) para colocarlo de copiloto y llevarlo con su amigo veterinario. Pero no lo hizo. Aun sin autos circulando, con suficiente tiempo y el quirófano disponible de su amigo, no lo hizo. Supo que algo andaba mal. Esto ya lo había sentido antes y por eso no se asusta, por eso no lo despierta bruscamente sino con movimientos dudosos. No puede saber que está infectada porque dice estar consciente de su aprensión y desistimiento enfermos: así le llama al amor excesivo y al desapego sorpresivo que siente constantemente hacia los demás. Sólo que la FDE no es como sus arrebatos parecidos a la bipolaridad. Es algo grave y muy contagioso que, no lo sabe, se transmite como cualquiera de los virus temidos.
Se restriega la frente y los párpados y de pronto decide despertarlo. Está segura de lo que dirá. Cuauhtémoc no vuelvas a masturbarte mientras duermo; ve al baño por lo menos. Ella quiere asirse a cualquier pizca de egoísmo de ese hombre que, aún dormido, además de roncar suelta cabellos anunciando la calvicie.
No lo despierta porque ha dejado de roncar. Pero suplica con los ojos cerrados que termine de amanecer y él tenga algo porqué levantarse y desaparecer. Incluso para distraer la ansiedad que le provoca esa presencia a su lado, piensa en cabezas y balazos de nota roja: Hallan hombre muerto a golpes. Balazos: La fémina asegura que lo engañaba (la asfixiaba, la babeaba o no la excitaba, piensa Ixchel como opciones). “Te quedó chica la cama matrimonial”, le dijo antes de matarlo.
Voltea para ver si se despertó y entonces ve el brillo en el rostro de Cuauhtémoc. Una capa de grasa abarca la nariz y mejillas del sujeto a quien teme despertar.
El doctor Gregorio Ortega le tiene confianza. Constantemente le llama para agendar entrevistas sin que ella se lo pida. Señorita Ixchel, tengo cifras para compartir: el total de los muertos por frío y el aumento en las consultas con las primeras olas de calor.
El día que la contagió, el doctor Gregorio Ortega se acercó a ella al final de la conferencia de prensa y la tomó de los hombros. Se agachó para quedar mirada a mirada pero ella lo que vio fue cómo se abrieron los labios de su interlocutor. Tengo algo buenísimo pero está muy raro; no sé si lo creas, yo apenas lo asimilo. En la conjugación del verbo saber, Ixchel vio cómo del canino del doctor Gregorio brotó una singular gota de saliva mezclada con la sangre de su gingivitis, que fue a parar a su boca reseca. Ixchel sonrió con asco y por pena no se limpió. La sonrisa fingida hizo que el estiaje de sus labios los estriara; y a una de estas pequeñas heridas fue a parar la gotita infectada con el virus de la FDE.
¿Qué pasa, doctor? Es poco probable pero se cree que hay algo así como un contagio psicológico. Cuauhtémoc lleva una hora despierto. Tampoco lo sabe pero ya tiene el virus de la FDE en la sangre y lo único que quiere es salir de la cama, alejarse lo más que se pueda de Ixchel. De pronto no soporta los pies fríos de la mujer que, él cree, duerme a su lado.
Él tampoco se sorprende de su necesidad de salir corriendo. ¿Qué le digo? ¿A dónde voy a estas horas y en sábado? Esto, sin estar enfermo, ya lo venía sintiendo desde hacía unos meses, pero no se animaba a hablar con ella. Cuauhtémoc detesta los cambios bruscos, los sobresaltos de Ixchel. Odia frases como Sacarlo de raíz, Arrancar de tajo. Asegura que el amor no es ese ajetreo que todos creen. Por eso le alteran los desplantes de Ixchel. Aunque no es así, si lo pensara un poco más, esta mañana que quiere huir de ella, podría asegurar que, ahora sí y no cuando no podía despegársele, ahora sí y no cuando hasta sus desplantes le parecían sutiles; ahora sí la ama. El amor se verá cuando sintamos que ya no nos amamos; eso debe ser el amor, le ha susurrado constantemente a la mujer que está acostada a su lado cuando la penetra, mientras ella pelea consigo misma por sentir, aunque ni una palabra sucia la satisfaga, ni una escena porno memorizada para estas ocasiones de inapetencia sexual.
Cuauhtémoc se contagió no por la boca de Ixchel. Ella no tiene gingivitis y bastó un bálsamo para recuperar el durazno de sus labios. Tampoco fue porque la penetró: ella se negó. Se enfermó porque buscó opciones para satisfacerla. Le besó los labios de la vagina como si fuera la boca. Los restos de menstruación, los jugos de la mujer a su lado, aprovecharon cualquier rasguño en la boca de Cuauhtémoc, llegaron a sus venas.
No sólo por la necesidad de distancia se siente diferente, es también porque, por primera vez en su vida no tiene una erección al despertar; y también por primera vez, ella no le toca el miembro antes de abrir los ojos.
Quizá si hubiera sabido que la noche anterior sería su última noche de placer, de amor —de no curarse, si es que existe cura para la FDE—, lo hubiera disfrutado, puede que hasta sin Ixchel.
Ahora no quiere olerla. Lo que desea es estar solo, pedirle, por favor, que se vaya. Ella permanece quieta. Quiere evitar su piel, el aliento cerca suyo, la mirada cuando despierte, los olores matutinos. Ha pensado en levantarse para hacer limpieza. Él siempre se va cuando Ixchel lo acorrala con la escoba.
Segura de que está despierto, acaricia, a manera de despedida, las noches que más disfrutó al lado de Cuauhtémoc. No son aquellas de gritos y orgasmos, sino las de silencio y desnudez, pupilas dilatadas, risa incontrolable.
Cuauhtémoc hace lo posible por parecer dormido. No quiere escucharla hablar, no quiere que lo toque. Le da miedo que un hueso de Ixchel se le entierre en las costillas, lo que antes le parecía gracioso; quiere lejos la frialdad de sus nalgas, el borlote de sus cabellos, los masajes de sus manos larguiruchas, delgadísimas. Visualiza a su lado un muerto. Flaca y siempre fría; ya quiero irme.
¿Estás despierta? Sí, desde hace rato, ¿quieres desayunar? Bueno. En lo que tiendo la cama ve haciendo el jugo. Sí flaquita.
Un par de meses después de esta mañana en la que Ixchel y Cuauhtémoc aceptan tácitamente que no se aman pero que seguirán juntos, aun cuando se provocan repulsión; un par de meses después de esta mañana en la que acuerdan sin firma sobarse las pantorrillas y los muslos, ella recoger los cabellos que él deja en la almohada todas las mañanas y él extender las toallas húmedas de la mujer, así como un matrimonio de bodas de plata, así como son ahora todas las parejas; un par de meses después de ese convenio empezará a imperar el caos, aunque en ellos no cambiará nada cuando se sepan contagiados. Los puentes serán escenarios ideales para saltar por la desesperación del sinsentido, la FDE. El suicidio, dirán algunos editorialistas del periódico donde Ixchel trabaja, se convierte en una alternativa digna. Qué nos queda si los glaciares se calientan y nosotros hibernamos sin desearlo: nos alcanzó el desastre.
Justo al año de este acuerdo silencioso, Jorge Bucay, el principal terapeuta gestáltico de América Latina y autor de El camino de la felicidad, se habrá suicidado.
Se ladró en el Número siete | Ladridos (0) por Julia CastilloPoema 28
Elegía
*Extracto del libro inédito Poemas y Sonetos de Extremaunción.
Una lacra en la tez del continente.
Una cicatriz de caliche, sobre el canto de los ríos.
Corrosivas pústulas cloacales de azufre.
Polvoríneas expectoraciones atmosféricas.
Tumoración de los cartílagos tectónicos.
Polutos flujos de magma granital.
Hematoma residual por impacto meteórico.
Luxación de las articulaciones huracanadas.
Hernia de los polos inguinales.
Inflamación del plasma freático.
Excrecencias metalíferas de la corteza terrenal.
Termal nausea de manantiales.
Desgarramientos de los tendones orográficos.
Congestionamiento pulmonar de las rutas alisias.
Hipertensión estratosférica de la cavidad ozónica.
Desprendimiento de las retinas oceánicas.
Todo ello; y más;
vi padecer al mundo;
la tarde que no volviste
a enfermarte de vida.
Se ladró en el Número siete | Ladridos (0) por Ramsés SalanuevaParálisis
Siempre me ha seducido un cliché del cine: la imagen de un hombre malvado, torturado y solitario que entretiene sus noches tocando el órgano y usa largas túnicas con capucha que esconden su cara deforme. A veces pensaba en eso cuando comencé a tocar el piano, durante mi adolescencia. Pero nunca fui muy bueno, ni tuve capa, así que la cosa se complicaba. Porque el Can-can o Mi Buenaventura no son precisamente las piezas que uno toca en un sótano sombrío y húmedo, mientras ríe a carcajadas. Menos si uno tiene puesto un impermeable plástico, de color gris y con dibujos de Batman, como el que una tía me había regalado cuando cumplí doce años. Noviembre de 1998 fue una sola fiesta. Tenía veintisiete años, vivía solo, había terminado con mi novia, venía diciembre. ¿Hay algo más que explicar? Era un milagro que lograra levantarme a las seis de la mañana para ir al trabajo. Y lo era aún más que al volver siempre estuviera dispuesto a salir. Las ventajas de no haber llegado aún a los treinta, me imagino. Un jueves, faltando apenas una semana para salir a vacaciones, llegué a mi casa tan cansado que decidí acostarme a dormir de una vez y no salir esa noche. Eran las cinco de la tarde. A eso de las diez de la noche sonó el citófono. Era mi papá. Apenas hablamos unos cinco minutos y me dijo que ya se iba porque mi mamá estaba abajo esperándolo en el carro. Decidí bajar a saludarla. Hacía mucho frío, así que apenas estuve afuera un rato. Volví a la cama y me dormí en un instante.
Al día siguiente me levanté tarde. Tenía los viernes libres. Justo cuando salía de la ducha, llegó un amigo a pedirme un libro. Charlamos un rato, pero yo no me sentía bien, me costaba algo de trabajo hablar y sentía la boca un poco dormida. Se fue y me pasé una toalla húmeda por la cara, pero todo siguió igual. Pensé que no era nada y me puse a leer, pero a medida que pasaba la mañana sentía más y más dormida la cara, la mitad derecha, para ser exactos, y al mediodía noté en el espejo que no se movía muy bien. Asustado llamé a mi papá. Llegó pronto y al mirarme no pudo esconder el miedo en su cara. Apenas dijo: “vamos ya al hospital”.
No hay servicio de urgencias en este país en donde se atienda rápido a quien no está agonizando. En esa época, además, estaba afiliado al Seguro Social, así que pasaron más de dos horas hasta que un médico me examinó. En ese momento tenía la mitad de la cara inmóvil. Después de un examen general, llamó a otros dos médicos, lo que no hizo sino aumentar mi pánico. Casi me echo a llorar. Cuando vieron mi reacción se rieron, me dijeron que tenía suerte porque hace quince días les había llegado un caso igual que los había cogido mal preparados. Pero habían estado estudiando el tema y supuestamente no tenía por qué preocuparme. El diagnóstico fue sencillo: las parálisis faciales se producen por una infección viral o un cambio brusco de temperatura, se desarrollan hasta su punto máximo en 24 horas, y con fisioterapia hay buenas posibilidades de superarlas. Me dieron un corticoesteroide, una autorización para cinco sesiones de fisioterapia, y me mandaron para la casa.
Lo de las 24 horas resultó completamente cierto. A la mañana siguiente tenía un aspecto monstruoso: no podía mover la boca al hablar, así que emitía unos gruñidos en los que apenas se reconocía lo que trataba de decir, de la nariz me destilaban permanentemente gotas de agua y no podía parpadear. El músculo que ocluye el conducto lacrimal no funcionaba, así que cuando trataba de sonarme me salía aire por el ojo, como un mini pedo.
No contaré mis vagabundeos de los siguientes días por distintas entidades del Seguro Social para comenzar mi terapia. Al llegar el martes siguiente ni siquiera tenía una cita asignada, de las cinco que me habían autorizado. En la ventanilla principal de la clínica San Pedro Claver hay un aviso: “La persona que ofrezca dinero a un empleado público para que cumpla sus funciones incurre en el delito de cohecho”. El hecho es que pasaron varios días sin poder iniciar mi tratamiento. Pronto mi situación fue patética: tenía que usar un parche en el ojo cuando el sol brillaba mucho, la comida se me salía por el borde de la boca y el dialecto semiarticulado que hablaba no hacía sino empeorar. Mis papás me tranquilizaron, me dijeron que no insistiera más y se ocuparon del asunto. Mi mamá, enfermera retirada, recurrió a sus viejas amistades y comencé mi terapia en una consulta privada, bajo la supervisión de un otorrino que alguna vez, cuando yo era niño, me había atendido por una sinusitis.
Comenzaba diciembre, la ciudad se agitaba más y más. Inicié la terapia esperanzado, la terapeuta se llamaba Ángela y era muy buena. Mi exnovia fue a visitarme, preocupada. Se iba de vacaciones a España y, quizá por compasión con mi estado, me llevó a la cama. Al año siguiente cometí el grave error de volver con ella, pero eso es otra historia. Uno de los ejercicios de la terapia era simular dar un beso al vacío y esa tarde me ejercité bastante. Cuando se fue me sentía mejor, puro efecto placebo.
Al completar cinco sesiones no había mejorado mucho. Sentía la cara de nuevo, pero seguía siendo rebelde frente a mis órdenes. La boca ya casi cerraba, pero el ojo y sus mini pedos seguían iguales. Ángela me dijo que mínimo iba a necesitar veinte sesiones. Fue demoledor, porque desde que había ido al hospital tenía la idea de que sólo necesitaba las que me habían ordenado. Ella me explicó que en el Seguro autorizaban de cinco en cinco y cada vez tocaba someterse al humillante trámite de hacer fila a las cuatro de la mañana para pedir cita con un médico que diga que sí, que uno sigue con la cara torcida. Ese día entendí que mi única salida era dedicarle todo el tiempo que tenía a mi recuperación.
Iba todas las mañanas a la consulta. Llegaba temprano y me sentaba en la sala de espera a leer Suave es la noche mientras llegaba mi turno. Al salir me iba a la casa de mis papás. Leía otro rato, lo que era incómodo porque no parpadeaba bien y cada cinco minutos tenía que echarme gotas en los ojos. Repetía los ejercicios, almorzaba, hacía siesta, leía otro rato, veía televisión, repetía los ejercicios, tomaba onces, descansaba, repetía los ejercicios y me iba para mi casa. Aparte de mi familia, no veía a nadie. En mi casa desconectaba el teléfono. Dormía de nueve a diez horas cada noche.
Como en las primeras dos semanas no hubo mayores progresos, comencé a creer que me iba aquedar así. Aunque nunca renuncié a la terapia, fantaseaba todo el tiempo en cómo sería mi vida de ahí en adelante. Sólo saldría de noche, muy abrigado y con la cara embozada, leería todo el tiempo poemas de Keats y Shelley. Mi cara sería deforme, pero mi alma sería bella y solitaria. Decidí volver a tocar el piano, para completar el cuadro, pero fue un fracaso. Lo había abandonado hacía mucho y mis dedos eran torpes. No quise sumar una frustración a la enfermedad y volví a dejarlo tirado.
Gracias a mi hermana y a mi primo, complementé mi tratamiento con sesiones de shiatsu. Después de cada una sentía la cara completamente relajada, no contraída en un rictus inexpresivo, que es como se siente la parálisis facial. Todavía me acuerdo de que me presionaban un punto en las costillas y sentía una corriente de calor que me subía por el brazo hasta la cabeza. Si bien pasado el rato volvía a sentir la rigidez, ésta era cada vez menor. Los efectos combinados de los dos tratamientos comenzaron a tener efecto. Muy lentamente fui recuperando la firmeza de la boca, y a partir de cierto punto la mejoría se aceleró. Al llegar a la sesión número diecisiete lo más difícil parecía supera- do, pero el párpado y el conducto lacrimal seguían rebeldes. Temía que la lectura me resultara incómoda para siempre. Fue arduo terminar la novela de Fitzgerald.
Es claro que la memoria es ingrata. Recuerdo todos los padecimientos y el comienzo de mi recuperación, pero no soy capaz de acordarme de en qué momento volví a parpadear normalmente, ni cuando dejé de hacer ruiditos raros. Tengo la vaga impresión de fue después de navidad. Una navidad que tengo completamente borrada de mi memoria. Recuerdo que mi última sesión fue el treinta de diciembre, y que las cinco presupuestadas se habían transformado en veintitrés. Esa mañana sentí que iba a extrañar las manos de Ángela tocando mi cara, su voz diciéndome que estirara la boca como para dar un beso, la música decembrina que sonaba en un almacén frente al que pasaba todos los días para ir a su consultorio. Como era lógico me había enamorado de ella. Quise besarla antes de salir, pero un mínimo principio de realidad me detuvo. Me había dado de alta, pero no estaba feliz. Al verme en el espejo sentía que mi cara era distinta, con cierta sonrisa maligna que me daba un encanto misterioso. Pero todos en mi familia me decían que estaba igual que antes, que había quedado perfecto.
La tarde del treinta y uno me quedé solo durante un par de horas en la casa de mis papás. Me serví un whisky, el primero y el último del mes, y revolqué un armario hasta que encontré el viejo impermeable gris de Batman. Casi me estrangulo al ponérmelo. Apenas me cubría el pecho y la capucha no me subía. Luego me senté frente al piano y toqué Mi Buenaventura. Y aunque cometí algunos errores, fue la última vez que pude tocarla completa antes de dejar el piano, ahora sí para siempre.
Se ladró en el Número siete | Ladridos (0) por Juan Carlos RodríguezMellitus
Uno.
Parecía una mano estupenda, iba por una carta: dama de bastos. Con ella haría un conquián relativamente fácil. Perdí.
Dos.
Ese jueves reñí con ella. No es que no quiera decirles cómo se llama, pero es poco práctico pronunciar un nombre tan largo y estúpido. Reñimos por la mañana, mientras bebíamos café antes de partir al trabajo. Todo marchaba en orden, parecía un día más cordial que cualquier otro. Yo escuchaba el noticiero en la radio y entre pausa y pausa ella me hacía comentarios más bien absurdos acerca de las noticias que iban sucediendo; un día normal. Hasta que terminó el pronóstico del clima. Yo le daba un sorbo a mi taza. Entonces preguntó:
—¿Tienes una amante?
La miré desconcertado. Me atraganté por lo inesperado de su comentario. No sabía qué pensar y francamente no encontraba palabras para responder. Mi silencio la enfureció. Dio un trago más a su café y una honda calada al cigarro que acababa de encender. Temblaba sin parar. Me puse los anteojos para observar su semblante descompuesto. Noté con sorpresa que las venas, manchas y arrugas habían terminado por invadir el dorso de sus manos. Era una batalla perdida.
—Responde, por favor. Te he hecho una pregunta. ¿Tienes una amante? —me dijo y se echó a llorar. Pocas cosas de ella me hacían perder el juicio, una es su llanto. Un llanto infantil: gimoteos espasmódicos que siempre me recordaban a Berenice, mi compañera del preescolar que lloriqueaba mientras mojaba incontrolablemente los calzones. Ella y yo jamás tuvimos hijos. En buena medida por culpa de Berenice; desde los seis años supe que jamás tendría hijos. No permitiría que las probabilidades me dieran una caterva de Berenices chillonas mojando los calzones.
—¿Pero de qué estás hablando? ¿No te parece que estoy demasiado viejo para esas cosas? —le dije.
—¡No me has respondido, cabrón! —cogía la taza y el temblor en su mano derramaba el líquido— es una pregunta simple, ¿sí o no?
Intenté controlarme. Respiraba pausadamente, buscando en mi mente las palabras precisas para que terminara con su rabieta e irnos en paz cada uno a su trabajo. Mi glucosa comenzaba a elevar sus índices. Parpadeaba sin cesar.
—No, carajo. ¡No! ¿De dónde sacas semejante tontería?
—Es obvio. Tiene poco más de un mes que han cambiado tus hábitos. Llegas tarde a casa y duermes en el sofá del estudio. Además llevas semanas sin asistir a la jugada regular; me lo han dicho las esposas de tus amigos. ¡No te hagas pendejo, por dios! —me dijo, entre sollozos.
Ya íbamos tarde al trabajo. Detesto la impuntualidad. En poco más de treinta años de carrera no recuerdo más de un par de ocasiones en las que había llegado tarde. La primera fue por causa de una volcadura en el trayecto. Y la otra por la muerte de un cuñado. Ni enfermo solía faltar o retrasarme. Mucho menos lo haría por ofrecer una serie de explicaciones que jamás entendería una mujer desquiciada de celos. Tomé el último trago de café y me levanté por mi abrigo y mi bastón.
—Mañana hablamos al respecto. Hoy llego tarde: tengo jugada.
Ella permaneció llorando. Mientras salía de casa escuché claramente un «Chinga tu madre». Me metí en el auto y de inmediato tomé el celular.
—Anótenme para la jugada de hoy. Estoy de suerte.
Tres.
Suelo ser un sujeto agnóstico. Procuro no participar de ningún tipo de ritual y mucho menos crearlo. Detesto la significación y los simbolismos. Pero el juego es distinto. Siempre he creído firmemente que el orden del juego está regido por toda clase de supersticiones. El jueves había reñido con ella. Afortunado en el juego, desafortunado en el amor. No podía perder. Bajo ninguna circunstancia.
Sin embargo, así fue.
Cuatro.
La última vez que tuve una amante fue hace poco más de veinte años. Y amante, amante, no. Solía pagar por putas y me habitué a visitar a una en especial: Berenice, como la compañera llorona del preescolar.
No duró mucho. Al año de frecuentarla me dijo que la tarifa había subido. Pensé que se trataba de una broma. Cuando desperté la muy cabrona se había llevado mi pierna en pago. Esa fue la primera vez que la perdí. Juré que también la última.
Cinco.
A las seis de la tarde de ese jueves el parpadeo se había intensificado. Tenía los ojos completamente enrojecidos y sentía que la cabeza me iba a explotar. Qué importaba la insulina. Esta jugada era especial. Si no había asistido a la habitual, con los amigos, era porque me había acercado a un círculo de apostadores mayores. Reales. Jugábamos conquián en el privado de un restaurante a unos treinta minutos de mi oficina. Las apuestas eran fuertes y tras pocas semanas de asistir me había ganado una sólida reputación. Me la inyectaría después.
Seis.
Me amputaron la pierna izquierda a los treinta y dos años. A los veintinueve me habían diagnosticado diabetes mellitus. Los médicos me tranquilizaron diciéndome que era un padecimiento común para una persona con mis antecedentes —mi padre, abuelos y un montón de tíos la padecían o habían padecido hasta morir—, que era la clase más común y que con ligeros cuidados podría llevar una vida normal.
No atendí las indicaciones. Poco a poco la dieta fue sustituida por pastillas y las pastillas por insulina inyectada. Todas las mañanas.
Un día olvidé inyectarme. Mis niveles se dispararon. Terminé en el hospital al borde de un coma. El ortopedista tomó medidas de mi muñón y a las pocas semanas ya contaba con una pierna de fibra de carbono.
Siete.
La partida estaba a punto de comenzar. Además de una visita rápida a la farmacia, pasé a tres cajeros de diferentes bancos a retirar todos mis ahorros. Era mi noche. «Afortunado en el juego, desafortunado en el amor» me repetía como un mantra. En cierto modo agradecía las sospechas de infidelidad, por absurdas que fueran. Había cambiado todo el efectivo por fichas.
Comencé perdiendo. Una buena señal. Las siguientes partidas fueron mías. En todas ellas el cambio de carta me dio la victoria. La primera mano que gané, lo hice con un corte de sietes para rearmar una corrida de seis a sota; la segunda en una mano limpia con tres tercias: reyes, ases y caballos. Las siguientes no tuvieron mayor dificultad. Estaba siendo verdaderamente afortunado en el juego. Continué.
Llevaba acumuladas fichas por un valor cercano al medio millón; ya había quebrado a dos y sólo me faltaba uno más. En unas cuantas horas el trabajo estaría hecho. Parpadeaba sin cesar. Y vino esa mano: un juego inconexo, no había manera de recomponerlo ni con el cambio de carta; pensé en tomar mi novena y cerrarme, pero había mucho dinero en juego. Perdí. Perdí y seguí perdiendo durante las dos siguientes horas. Ya era tiempo de mi regreso. La apuesta era muy alta. No podía dejar esa mano. Iba por una carta: dama de bastos.
—Voy con mi resto. No me queda más. —dije, intentando persuadir a mi retador. Las punzadas en mi cabeza hacían que mi voz laescuchara lejana, como un eco perdido.
—No es suficiente. Creo que es momento de que te retires.
—No aún. Voy con mi resto, y con esto —arrojé la insulina a la mesa y me recogí el pantalón para zafarme la pierna. Estaba desesperado. Iba por una carta. Una dama de bastos y todo se arreglaba. Él miró incrédulo en un principio, la pierna se miraba repugnante dispuesta en el centro de la mesa. Sonrió mientras asentía con la cabeza.
—Tú robas.
Se ladró en el Número siete | Ladridos (0) por Saïd Javier EstrellaEncías
Me duelen las encías. No soporto ni pasarme la lengua por ellas. No me atrevo ni a cerrar del todo las mandíbulas porque siento cómo los dientes presionan la carne, no le digo más. Claro que me cepillo los dientes. A media mañana, porque tengo que esperar a que el calmante que tomo recién levantado haga efecto. No me acerco a nadie entretanto, ni le dirijo la palabra a ningún compañero hasta que me los he cepillado. Me consta que algunos no entienden que no hable y le han ido al jefe con el cuento de que me estoy volviendo loco y que deberían darme la baja. Algunos clientes se han quejado porque dicen que mientras las mesas de los compañeros están llenas yo no atiendo a nadie. A ellos les puedo entender, a fin de cuentas no me conocen, no están a mi lado en la ventanilla, no tienen el por qué saber lo de mi boca. Además, yo creo que se me tiene que estar pudriendo, porque me llega cada mañana una peste que me recuerda que en vez de boca tengo un nicho en medio de la cara. Se me está muriendo la boca, entiéndalo. Por más que me miro al espejo no veo nada, la verdad. Así que no sé a qué carta quedarme, porque las encías no me dejan concentrarme, eso sí que lo siento. Los compañeros se han quejado también de que el trabajo se atasca en mi mesa y no hay manera de que salga adelante. Pero es que no hay manera, porque cuando vuelvo de lavarme la boca en el retrete de la oficina, cuando ya no me duele porque el calmante ha hecho efecto, es ya casi la hora de la comida, y la empresa no permite que se quede nadie allí a esas horas. Salgo con todos a la calle, no me queda otra, pero, en vez de ir al restaurante al que acostumbran a ir, el Alesia se llama, les digo que prefiero darme una vuelta por el parque de Gergovia y picar cualquier cosa. Tampoco les miento, la verdad, pero la mayoría de las veces no doy vuelta alguna, picoteo alguna cosa y me echo a dormir en el parque. Menos mal que ya no hay cambios de estaciones, eso sí, así que como siempre hace sol puedo echarme, por fortuna, una pequeña siesta. Aprovecho porque de noche no puedo pegar ojo. Las encías se me inflaman —ya sabe que por las noches todas las dolencias se agudizan, mi madre decía que era por la luna, como la menstruación y la locura— y no puedo conciliar el sueño. Se me pasan las noches en blanco, leyendo tratados de odontología —al final me he hecho un experto, me atrevería a diagnosticar desde aquí esas radiografías que tiene en el negatoscopio—, o escuchando programas nocturnos de radio, en los que la gente cuenta sus penas. Yo llamo de vez en cuando, pero a mí nadie me cree, se piensan que me lo invento todo, porque es una dolencia rara, una de esas que no cubre la seguridad social y no me dan solución alguna. A pesar del dolor, cada tres o cuatro noches caigo agotado por el cansancio, y logro echar una cabezada de unas horas. Pero siempre pocas, porque me despierto con la misma pesadilla recurrente. Sí, se la cuento, claro. Es como una de esas grabaciones de seguridad, sin sonido, en blanco y negro, con tonos parecidos al sepia. Yo en el metro, leyendo el periódico camino del trabajo, como hacía antes de que empezase todo esto. Lo curioso es que me veo desde fuera, como si alguien me hubiera grabado, como si todo fuese una película. Y entonces el vagón comienza a llenarse de mujeres. Mujeres de todas las edades, jóvenes y viejas, arregladas y zarrapastrosas, pero todas con bolso. Van ocupando los asientos que hay frente a mí y a los lados. Yo, y ahora lo veo yo como si fuese con mis propios ojos, las miro extrañado, porque no sube ningún hombre. Y en esas sacan de sus bolsos limas. Cada una la suya. Algunas con un mango nacarado, otras de usar y tirar, de esas que tienen un grosor de lija por cada cara. Y comienzan a limarse las uñas frenéticamente. Yo allí, mirándolas, sin poder hacer nada. Ni levantarme ni bajarme del vagón porque la siguiente parada no llega nunca. Las limaduras se van convirtiendo en pequeños montículos de polvo en su regazos, sobre sus bolsos, en el suelo. Alguna me mira y se queda sorprendida al verme. Alguna le comenta algo a la de al lado y me señala. Yo allí, sin poder bajarme del metro, porque no llega a ninguna estación. Yo allí, cuando comienzan a dolerme cada vez más las encías, al ritmo de las sacudidas de las limas. Como si algo me royera por dentro. Entonces bajo la cabeza y veo que tengo la chaqueta cubierta de un polvo rojo, como si me hubieran estado limando la boca. Intento tocarme y mi boca ya no está, puedo pasarme la mano a través del cuello y tocarme la cruz de la espalda sin encontrar nada en el camino. Entonces despierto. Ya, ya sé que es un sueño, pero entonces por qué me duelen las encías. Eso es lo que no me explico.
Se ladró en el Número siete | Ladridos (0) por Antonio Jiménez Morato3:23 AM
Manó de su aljibe
y fueron cubiertas.
Bañadas quedaron sus ropas de brocal sanguíneo.
En el centro de su cuerpo
—de autistas horas—
una perla dilatada se dibujó tenue.
Atrás quedó el reposo.
Ahora que es otro día:
las horas les suceden.
Se ladró en el Número siete | Ladridos (0) por Daniel Fragoso TorresLa guerra, niños, está a un disparo de distancia
War, children, it´s just a shot away
Jagger/Richards
Gimme shelter
Jugamos a la guerra, a escondernos detrás de los butacones, bajo el damasco del eterno sofá de la sala grande, tras las cortinas.
Jugamos con disparos ficticios, usando nuestros labios de cañón, con simulacros de estrategias paramilitares, brillantes tácticas y guerrillas de primavera.
Todas las tardes.
A veces viene el chico de la cámara y nos filma un rato, hasta que se cansa él y comienza a jugar con nosotros, o nos cansamos nosotros y comenzamos a filmarlo a él.
Somos pocos, pero nos divertimos bien.
No nos hace falta mucho, sólo una sala grande, con sofá, butacones, cortinas y sillas. De vez en cuando salimos a jugar al jardín, pero esta tarde nos hemos quedado en casa.
Es más divertido en casa.
Miren lo que he traído, dice hoy el chico de la cámara. Aparte de la siempreeterna camcorder en su brazo izquierdo, lleva a una chica en su brazo derecho.
Quiere jugar con ustedes, nos dice.
Los rodeamos, olvidados por un instante de estrategias, tácticas y desarmes nucleares.
La chica tiene cabello dorado como trozos de sol en la ventana, ojos sur-azules y sonrisa de alfiler quitamanchas.
Hola, susurra.
Hola, le decimos.
El chico de la cámara sonríe. La chica también sonríe y nosotros miramos el festival de sonrisas sin saber exactamente qué hacer.
Lo de siempre, dice el chico, dándonos la clave secreta y nosotros comprendemos.
Nos difundimos como humo a lo largo y ancho de la habitación. Nos distribuimos en equipos y todos queremos a la chica como algo nuevo. Esta vez peleamos por ella.
Bajo los sofás, tras las cortinas, en los butacones. Se nos antoja camuflaje las paredes pintadas de verde, se nos divide el aire con simulacro de gases lacrimógenos.
Guerra, al fin y al cabo.
La chica, mientras tanto, se revuelca en el piso, absorbiendo polvo y suciedad, tosiendo (efecto de los gases lacrimógenos), el chico nos filma (zoom, doble plano, slow motion) y nosotros disparamos con las bocas, nos llevamos las manos a heridas imaginarias y morimos con estertores prestados de la película del sábado para volver a la vida minutos después, porque tenemos que ganar.
Esperen un momento, dice el chico de la cámara, se me acabó el cassette.
Esperamos mientras él reemplaza la cinta usada por otra nueva.
La chica se levanta del suelo. Tiene los jeans llenos de mugre y el pelo que relucía antes como un pedazo de sol, ahora es frazada sucia de piso. Ya no es tan bonita como antes.
Ya no puedo más, dice ella, me van a disculpar pero no puedo más, sigan ustedes.
No puedes abandonarnos ahora, le decimos, los equipos están formados, la guerra avanza a pasos agigantados.
Estoy cansada,murmura, no soporto más esta estupidez.
El chico de la cámara la mira con cara de yo-tú-no-diría-eso y después nos mira a nosotros con cara de interés. Ya ha reemplazado el cassette y echa a andar otra vez la camcorder. La lucecita Rec parpadea con reflejos rojos sobre el plástico negro de la cámara Made in Taiwan.
¿Vas a desertar?, preguntamos asombrados. Ella dice que sí, va a desertar.
Rápidamente hacemos consejo de guerra y tratamos de recordar el procedimiento que se ajusta al caso.
Deserción.
Por unánime decisión el consejo aprueba la pena de muerte por fusilamiento.
Se lo hacemos saber a la chica. Ella asiente. Cualquier cosa con tal de salir de aquí, le dice al chico de la cámara.
La empujamos contra la pared y le vendamos los ojos. Ella se deja hacer.
Nos situamos a diez pasos de distancia y tomamos puntería. Justo antes de disparar uno de nosotros dice, Esperen, vamos a hacerlo bien.
Va hasta el cuarto de papá y retorna con una escopeta de caza. Es la única que pude encontrar, se disculpa.
Lo dejamos solo frente al paredón de fusilamiento. Pelotón de un solo soldado.
Chicos ¿qué hacen?, se inquieta la muchacha. Trata de quitarse la venda de los ojos, pero nos hemos ocupado antes de atarle las manos, así que la cosa se le hace difícil.
Preparen… (el gatillo es echado hacia atrás)
Apunten… (¿está realmente cargada?, pregunta el chico de la cámara mientras lo filma todo ávidamente. Le decimos que creemos que no).
¡Fuego!
El disparador es echado hacia atrás. Presentimos el sonido del disparo hecho por la boca del encargado del acto aún antes de sentir el verdadero sonido del arma.
La escopeta dispara y el estruendo llena toda la habitación. Un intenso olor a pólvora nos envuelve los pulmones y durante dos o tres segundos no podemos hacer más nada que estarnos quietos y respirar despacio.
El olor se desintegra minutos más tarde en el aire y el chico de la cámara mira asombrado a través del ojo frío de la camcorder, nosotros miramos la escopeta en el suelo y al que la disparó dos metros más allá, también en el suelo, frotándose la barbilla. La chica continúa en la pared y una mancha roja se agranda en su hombro izquierdo. Ha mojado sus jeans y a sus pies un charco se hace más y más grande.
Disculpa, parece que estaba cargada de veras, le decimos mientras la desatamos.
Ella no dice nada. Abre y cierra la boca, como si fuera a decir algo, pero no dice nada. Se lleva la mano al hombro y cuando la retira mojada con sangre las palabras vuelven a su boca.
Sácame de aquí, le dice al chico de la cámara. Es lo único que logra pronunciar.
Él apaga la lucecita roja y se despide.
Chicos, me tengo que ir, nos dice y se va junto con la muchacha.
Recogemos la escopeta del suelo y continuamos jugando.
Nos escondemos detrás del sofá.
Bajo los butacones.
Tras las cortinas.
… Tratamos de no ser hallados por el enemigo…
Se ladró en el Número siete | Ladridos (0) por Raúl Flores IriarteLalo Pancho es quien me habla
Lo vi entrar y nunca más pude quitármelo de encima. La suciedad de sus uñas largas, los dientes mohosos prensando un cigarro encendido, los movimientos de su cuerpo al borde del sobresalto (como si lo habitaran millones de gusanos eléctricos) y la risa insensata debajo de esos ojos que parecían saltar de sus cuencas, me hicieron preguntarle, temeroso: ¿Quién eres? Edward Francis Whitney Yamahuchi, respondió… VENGO DE AFUERA, agregó abriendo mucho la boca y se sentó a la mesa mientras comenzábamos el desayuno. Había entrado detrás de mi hermano el mecánico y supuse que era su chalán porque estaba todo mugriento. No quise, más bien no pude, hacerle más preguntas porque las miradas de mi madre y de mi hermano se dirigieron a mí, que seguía mirándolo igual que a un espanto. Me quedé callado y apenas pude tomar bocado. Después
alguien dijo, Come Edward, y entonces él tomó el pollo con una de sus manos indecentes y le hincó los dientes, mientras con la otra seguía sosteniendo su cigarro.
De eso ya tiene muchísimos años y aún hoy ese recuerdo continúa inquietándome. Deducía que su padre era gringo y su madre japonesa; pero nunca se lo pregunté. Se rumoraba que ni él mismo lo sabía. Que ese Saber quedó suprimido al ver los órganos con que sus padres estaban hechos por dentro, en un lejano accidente carretero. Vísceras, sesos, sangre, habían florecido en su real consistencia y color; de esa vez, se dice, fue cuando el raciocinio escapó de su mente. Lalo Pancho le llamaba yo para contrarrestar la desconfianza que me provocaba su Ser; y a él parecía gustarle. Incapaz de construir frases enteras y reír como dios manda (su risa era una serie plana de pujiditos), me fui adaptando a su lenguaje y entendimiento.
Whitney Yamahuchi se ausentaba semanas, meses enteros. Una vez dejó de aparecerse algunos años y el día que se presentó le había crecido una especie de joroba; el sarro verdoso le cubría casi todos los dientes. Había enflacado y lo atacaba una tos seca que lo dejaba rebotando sobre sí. Pero seguía siendo el mismo. Fumaba mientras comía lo que encontraba en el refrigerador o lo que rescatara de los restos de los demás. ¡Era una maravilla ver cómo terminaban los huesos bajo sus dientes! Tan limpios como si hubieran pasado por el taller de encerado y pulido. Las colillas se las guardaba en las bolsas del pantalón.
Aunque a mi hermano parecía molestarle que yo pronunciara fascinado su nombre verdadero con todo y apellidos, nunca lo vi recriminarle algo. Lo mismo mi madre. Ambos le hablaban, sí, pero cualquiera hubiera pensado que no tenía albedrío o emociones: “come”, “haz”, “ve”, “deja”, “sal”, “vete”, eran del tipo de palabras que le dirigían. Si les preguntaba por él nada más me miraban y respondían No sé. Yo creo que así me decían porque no les gustaba que pensara en él, tal parecía que deseaban que no existiera. Tampoco les gustaba que lo siguiera o le hiciera compañía. Algunas veces se quedaba mirando la tele largo tiempo sin pestañear y yo le preguntaba, ¿te gusta ese programa Lalo? Pero él volteaba a verme con ojos de simio y me decía: TE GUSTA. Lo que me daba cierto temor no era su sonrisa (daba la impresión que estaba tramando algo fuera de lógica), sino la manera en que su mirada me cubría. Era como si me lengueteara y dejara una película blanca
y lechosa sobre mí, sobre mi voluntad. Sus ojos blancos y esféricos me hipnotizaban. Luego, como obedeciendo a un impulso neuronal, se paraba de pronto y salía de mi casa. Y yo iba detrás de él.
Escondido detrás de unos matorrales, en la barranca aquella más arriba de mi casa a la que sólo los borrachos y niños aventureros van, y a la que, según los viejos del vecindario, iban a refugiarse los locos que se escapaban de La Castañeda, una vez lo vi abrazar con todo y piernas el tronco de un eucalipto crecido a mitad del camino. Se restregaba contra el árbol con tal fuerza que logré escuchar el ruido del pantalón frotar la corteza, y cómo su respiración fue creciendo hasta convertirse en un profundo jadeo que terminó haciendo eco en la gran sima. Otro día lo seguí durante mucho, mucho tiempo, porque él no paraba. Cruzó la barranca y de ahí siguió por calles, puentes y solares que lindaban con el límite de la ciudad. Al cabo lo vi cansado y recostarse contra la cerca de un basurero montañoso. Había anochecido y no quise regresar por temor a perder el camino. Así que me aproximé y me senté a su lado, pensando que iba a asombrarse al verme. Pero su expresión no se alteró. Sólo dijo entre sus dientes enmohecidos que ya no me asqueaban: AQUÍ ESTÁS y me miró de frente. Yo quedé cubierto por el velo que me lanzó desde sus ojos y lo dejé acercarse más. Esa fue la primera vez y yo no hice nada. Un rato después ahí mismo nos quedamos
dormidos.
De esa ocasión alcanzo a recordar que cuando al día siguiente regresé solo, mi madre y mi hermano me golpearon con el cable de una plancha. No me dejaron salir durante días arguyendo que algo muy feo me había pasado, o me estaba pasando. Algo que no se puede pronunciar.
Luego pasó que un día me dijeron que Lalo Pancho había desaparecido. Que había muerto, me dijeron. ¡Ya nunca vendrá por aquí! me gritó mi hermano sacudiéndome por los hombros. Pero yo sabía que no era cierto. Sospechaba que lo habían encerrado dentro de cuatro paredes y que en algún momento se escaparía. Porque a él no le gusta el encierro, pensé. Así que cierto amanecer salí de mi casa con todo y piyama. Lo busqué por los caminos que él solía andar pero nada. Ya era de noche cuando me di por vencido y fue que regresé a mi casa. Esa vez recibí mi segunda serie de chicotazos.
Pero él jamás volvió. Habrá sido por eso, porque lo extraño, que me quedó el vicio de fumar, y una tos de perro tuberculoso. Dos cajetillas de cigarros no me son suficientes ahora; menos después que mi madre me da poco dinero. Pero eso no importa: he aprendido a hacer cigarros enteros con las colillas que luego levanto. Hace poco mi hermano me zarandeó por los cabellos para hacerme mirar al espejo. ¡Mira imbécil! ¡Dime! ¿Qué ves? Pero yo no vi nada raro, sólo unos ojos y una sonrisa extraviada.
Ya van varias veces que mi familia me lleva con el médico para que deje de fumar y de hacer las cosas que a ellos no les gusta que haga. Como pensar en él. Como ir en su busca y restregarme contra el eucalipto para encontrar su rastro, su olor.
Ahora ya no me dejan salir de casa. Le ponen llave al cuarto donde como, duermo y también recuerdo. Eso es bueno, recordar los días de afuera. Así es posible volver a ver su sonrisa enigmática y esos ojos que me inundaban. Si hago el esfuerzo, aún logro sentir la cerca de aquel basurero contra mis espaldas, cuando le perdí el miedo y me dijo AQUÍ ESTÁS y yo no quise regresar a casa.
Se ladró en el Número siete | Ladridos (0) por Alejandro Bellazetin S.Diciembre
Anoche se murió la abuela; anoche se murió la Mama Me, se murió y ni siquiera nos dimos cuenta a qué hora; se murió sin hacer ruido, sin gritar, sin llamar a nadie. Yo siempre había creído que cuando la gente se moría hacía mucho ruido, pero ya me di cuenta que a veces no pasa, que lo del ruido a la hora de la muerte no es cierto. La Mama Me no hizo ruido, no lanzó ni un quejido, a lo mejor ni un boqueo, ni un suspiro; nomás se quedó dormida, tan dormida y con los ojos cerrados.
Siempre pensé que cuando ella se muriera haría mucho ruido, que se quejaría (cosa que nunca hizo
en su vida), que llamaría a sus hijos vivos y a su hija muerta con la que hablaba en las noches, pero no llamó a nadie; se quedó dormida, quieta y dormida. Eran pasadas las ocho y estábamos cenando
cuando papá se levantó, hizo a un lado la silla y dijo voy a ver cómo está mi mamá, se metió en el cuarto y lo demás ya no lo recuerdo; solo sé que cuando salió del cuarto dijo que ya se había ido o algo así. No recuerdo cómo lo dijo, si se puso triste, o si lloró; no me acuerdo si alguien dijo algo o si preguntaron algo. Solo recuerdo ese momento como si todo se hubiera detenido, como si todo se hubiera callado, como si hubiera caído en el centro de un pozo o de un remolino, como si estuviera en un cuarto y sólo hubiera silencio. No recuerdo si nos levantamos todos de la mesa o seguimos cenando. Sólo recuerdo que por un momento pensé que era lo mejor que podía haber sucedido, que ya era hora de que se muriera, que no era justo, que no era justo que estuviera ahí tendida, en la cama día y noche, sin hablar, con la piel ceniza y el pelo blanco, como una muñeca, con los ojos fijos en el techo y nomás parpadeando de vez en cuando.
Anoche murió mi abuela y no recuerdo siquiera qué pasó después, no recuerdo haber dormido, no recuerdo nada de lo que dijo mi papá ni recuerdo lo que hicimos después.
Anoche murió mi abuela y pienso que la que esta ahí metida en la caja no es ella, que la que tiene puesto un hábito café no es ella. No sé a quién se le ocurrió ponerle un hábito que dicen es de las carmelitas, las monjas de la virgen del Carmen, pero se lo pusieron y ahora está ahí, quietecita, parece que duerme y yo no creo que sea ella. Mi abuela debió haberse ido a alguna parte y no es la que está en esa caja negra; si fuera mi abuela tendría un vestido blanco, con encajes, un vestido como los de las novias, blanco como los vestidos de las niñas que van a ofrecer flores a la virgen en mayo; ella debería tener un vestido blanco y una corona de flores blancas con un velo también como los de las novias pero no ese hábito de carmelita que ni era de ella porque a ella nunca la vi ir a la misa, ni a ningún rosario ni nada y por eso pienso que no es ella la que esta tendida con las manos amarradas sobre el pecho.
Anoche murió la Mama Me, se murió en el mismo catre en que había estado durmiendo desde hacía ya muchos años, tal vez se murió pensando que se empezaba a quedar dormida, que por un ratito no sentiría el dolor, que por un ratito no sentiría el cuerpo y se murió sin saber que se moría. Se murió oyendo nuestras voces en la cocina mientras cenábamos, oyendo nuestras voces hacerse cada vez más distantes, se murió oyendo nuestras voces alejándose hasta apagarse, se murió pensando que se quedaba dormida, que se despertaría a media noche y hablaría con su hija muerta sentada a su lado. La abuela se murió pensando que hablaba con su Zenaida y que por la mañana me contaría, anoche vino mi hija, vino a platicar conmigo. Vino mi Zenaida que se murió siendo muchacha, que tuvo la misma mala suerte que yo, no fue feliz y cuando tuvo un hijo se murió de pena y de tristeza porque ella no quería casarse, ella no quería eso y luego también la criatura se murió. Yo le decía, hija ya estás grande, bájate de ese mezquite, bájate, pero ella no se bajaba, le gustaba treparse lo más alto, hasta las meras puntas. No te vayas con los muchachos yo le decía, tevas a hacer Mari macha, pero no me hacía caso, agarraba camino y se iba con ellos a cortar tunas o matar conejos; cuando se casó se le metió la tristeza y nunca se le fue y así nomás de repente la tristeza se la llevó: un día me vinieron a avisar que estaba aliviándose y fui a verla, desde ahí ya no se mejoró. Era mi única hija, la única que tuve, qué bueno que no sufrió tanto, qué bueno que no llegó a vieja, qué bueno que nunca estará sola como yo, sola de día y de noche, sola a todas horas, sin tener con quién hablar y esperando a que venga mi comadre Juana para que me haga compañía un rato, sola, esperando a que volteé el sol y se haga tarde para que vengan ustedes a jugar en el patio; dichosa mi hija porque no tendrá que llegar a vieja, no se quedará sola ni tendrá que contar los días y las horas del día, nunca estará sola de noche sin más compañía que las ánimas para platicar y preguntarles por qué siguen penando y a quién buscan, al menos ella, hijo, no tendrá que pasar dolor en las noches, ni tendrá que contar las horas que faltan para que empiece a clarear y amanezca; no tendrá que esperar carta de sus hijos ni a que tú vengas. Ay hijito, escríbeme una carta para tu tío en Houston, hace ya días que no sé de él, escríbeme una carta porque yo nunca aprendí a leer ni escribir me decía mi abuela.
Se murió la Mama Me y yo nunca pensé que la vería muerta, pero en la mañana fui con mi hermana y me llevó de la mano a ver dónde está tendida; no nos metimos en el cuarto, nomás nos asomamos por la ventana: primero se paró ella de puntitas, luego me dijo, asómate, y también me puse de puntitas y vi la caja con cuatro velas gordas prendidas en las esquinas. Mi hermana y yo nos miramos y nos fuimos de ahí sin decir nada, volvimos al cuarto y nos sentamos en la cama, yo me quedé viendo la pared de enfrente, con manchas que parecen mapas; entonces empezaron a llegar las vecinas y se oían los murmullos, el Ave María Purísima cuando comenzaron el rosario, por todas partes se oía el ten piedad de ella, y el ruega por ella, entonces yo sentía en el pecho algo como el sonido de un martillo que no quería que sonara, pero siguió sonando y unas voces que decían cordero de dios que quitas el pecado del mundo, para que otras respondieran óyela señor, repetían lo mismo y yo pensaba que por la noche mi abuela estaría más sola, y cuando la enterraran se quedaría para siempre sola, y ya no me daría un tostón para irme a comprar una muela de dulce.
Anoche se murió mi abuela y ya no estará sentada en la puerta mirándome como hago carreteritas en el montón de arena que trajeron para echar la banqueta. Anoche se murió mi Mama Me y las señoras en el cuarto repiten, ten piedad de ella, cristo ten piedad de ella, pero mi abuela ya no las oye y está dentro de una caja con un hábito que dicen es de carmelita, franciscana o de no sé qué pero debería tener un vestido blanco como de novia, una corona y un ramo de gardenias como las que mi mamá tiene en el huerto y me hace regar por las tardes.
Anoche se murió mi abuela y hoy mi hermano grande me mandó a cuidar las chivas al monte, me dijo ya estás grandecito y tienes que ayudar, abrió la puerta del corral y las dejó salir así nomás, de pronto y otra vez me dijo ya estas grandecito y tienes que ayudar, ya es hora de que le chingues si no te vas a hacer más joto. Las cabras brincaban de gusto moviendo orejas y cola como cuando se espantan las moscas mientras yo pensaba a dónde iba a ir con tantas cabras y si se me perdían qué iba a hacer, entonces las cabras agarraron para la loma y me fui atrás de ellas. Cuando iban subiendo por el cañoncito yo pensaba que Mama Me estaba tendida, con los ojos cerrados pero mirando hacia el techo, no sé cómo, pero ella mira todo lo que pasa desde ahí donde está, tendida en el cuarto que huele a Pinol porque lo acaban de limpiar, el piso todavía está húmedo, se siente fresco y mi abuela tendida viendo todo lo que pasa alrededor, oyendo las voces y a lo mejor hasta se ríe de todos, así calladita como siempre fue, no dice nada y deja que todo siga. Eso pienso mientras voy subiendo la loma y el sol no calienta, son las once y hace frío como si fueran las siete; me pongo el gorro de borreguito pero ni así me caliento las orejas y voy siguiendo las cabras, tirándoles piedras pero no me hacen caso; es que las cabras no se han dado cuenta todavía que anoche se murió mi abuela.
Anoche se murió mi abuela y no nos dimos cuenta, tal vez ni ella se dio cuenta y creyó que empezaba a quedarse dormida, que por un rato no le dolería nada, que por la mañana se sentaría en la bacinilla y esperaría a que mi papá la sacara a agarrar sol en la silla de ruedas. Anoche murió mi abuela y ya no le va a gritar a mi hermano que no maltrate a las chivas, qué te hacen las pobres criaturas, mejor acércales las crías para que las amamanten y ya cuando crezcan más las enmorralas para que no les chupen toda la leche; eso decía mi abuela por las tardes sentada en la puerta como yo estoy ahora debajo de un mezquite en la orilla del camino viejo. Estoy esperando a que se haga tarde para volver y encerrar las cabras en el corral, y cuando eso suceda no voltearé hacia la casa porque sé que mi abuela no estará sentada en la puerta, mirándome corretear las chivas,
Se ladró en el Número siete | Ladridos (0) por Sergio FazLos otros
Camino del trabajo vi por primera vez al hombre terrible: a tres patas sobre el suelo, la cuarta empuñaba una herramienta. No podía distinguir sus facciones porque al fin del cuello emergía una cascada de barba y greña que ocultaba su rostro y a la vez aquello sobre lo que se denodaba. Pasé de nuevo a su lado a la hora del almuerzo, el sol ya se dejaba venir en caída libre, mas el hombre persistía sin reparar en la delta de peatones a sus lados. Alcancé a mirarle un retazo de frente, sudaba.
A un costado de la plaza estaba la oficina a la que tuve que acudir a media tarde. Clara ya estaba ahí, estrujándose las falanges y sonriendo con una sonrisa pequeña y temblorosa. A última hora le habían entrado los nervios. Todo este tiempo había estado tranquila, desde que decidió hacerse ella también el examen el día que acompañó a una amiga con malos presagios, hasta que a las puertas del lugar finalmente se hizo la pregunta: ¿y si sí? ¿y si sí tenía de qué preocuparse? ¿y si el examen salía positivo? ¿y si ésta era su hora?
Fue mi primera novia. La primera con la que tuve sexo al menos. A mí no me había pasado por la cabeza que nada pudiera salir mal, así es que asumí el papel de hombre de mundo, sólido, imperturbable, experimentado, machín, y le dije:
—No te preocupes, cachito, mira, vamos a hacer memoria y ya verás que no hay de qué preocuparse.
Me miró destanteada. A qué me refería.
—Acuérdate de la persona con la que estuviste —“o las personas” añadí como por mera formalidad, genero- so—, piensa si hay algo que te saque de onda, seguro que no.
Me contempló de nuevo sorprendida, parpadeando, y luego, sin mover los ojos, miró hacia adentro. Me volví hacia la plaza mientras Clara consideraba su pretérito. El hombre terrible aplicaba su herramienta con golpes secos sobre un tronco. Pude advertir que tenía varios troncos más, gruesos y largos como un brazo, y que su herramienta era menos que un hacha, una especie de piedra afilada.
—A ver —dijo Clara—… Tal vez… No, mejor empiezo desde el principio.
Sacó de su bolso una pluma y extendió un periódico sobre la banca en la que estábamos. Se veía tensa, Clara; le acaricié una mejilla y dije Tranquila, cachito.
—Bueno, primero, obviamente… —dijo, y anotó unas iniciales en un margen del periódico. ECJ.
Su primer novio. No sé por qué, pero me dio ternura.
Dubitativa, apuntó MAH debajo de aquellas, las tachó, escribió LCH y dijo sí. Se quedó pensando unos segundos, el extremo de la pluma entre los dientes, y luego apuntó, de un golpe:
ABS
NCC
DFT
RCV
JMP
Escribió UMM al lado de la tercera y la cuarta y dibujó un corchete muy elegante para indicar que esas iniciales iban ahí, que era importante que fueran ahí. Así: UMM!}
Luego pareció olvidarse de que yo la acompañaba; en realidad pareció olvidarse por completo del objetivo de aquel ejercicio de memoria porque la luz le volvió a la cara y empezó a divertirse. Decía:
—El de la fiesta de Imanol, el calvo ¿cómo se llamaba?… ah, sí —y escribía iniciales de vago aire extranjero: KW, o que espinosamente parecían coincidir con las de un conocido mío: LRB.
Y también:
—Aquel del festival de reggae, el apellido era… sí, ¿pero su nombre…? —y apuntaba: ¿D?R
En un par de ocasiones puso una sola letra con una acotación al lado, por ejemplo: A (el amigo de Sandra).
Al llegar a la inicial número veintitrés recordó que yo estaba ahí, levantó la pluma y dijo:
—Ay, me da pena contigo —cerró el periódico y lo guardó—, además no sé nada, mejor vamos a esperar.
Eso hicimos, en silencio. Yo quería decir algo pero no sabía qué podía opinar que no resultara patético. Además, de súbito, me había entrado una sensación de fragilidad que temía me derrumbara. Y esta imagen: mi cuerpo como una bomba, mis venas un conducto de algún líquido maldito, yo todo una cosa de la que había que alejarse. Alfileres, agujas, pinchos reventándome. Una mano me comenzó a temblar y la metí en el bolsillo del pantalón.
—Ya es la hora de mi cita —dijo Clara.
Respondí “Vamos”, lo intenté al menos, entramos a la oficina, la acompañé hasta el consultorio donde la aguardaban, pasó, me senté en la sala de espera; sin embargo me resultó insoportable quedarme ahí, con todas esas otras bombas humanas, con todos esos muchachitos y muchachitas comiéndose las uñas. Huí a la plaza.
El hombre terrible estaba de rodillas pero con el cuerpo erguido. Había tallado los troncos con formas angulares y profundas y los había unido en algo que era una tercia de cruces o un arsenal de estacas. Agarraba su objeto y lo golpeaba con fuerza contra el suelo para que embonaran los troncos. Jadeaba, rugía al azotarlo. Los caminantes seguían sin hacerle caso. Finalmente dejó de esforzarse y recargó su frente en el objeto. Se puso de pie, trastabilleó y oteó a su alrededor. Pude verlo: tenía ojos casi transparentes y una mancha continental en el pómulo derecho. Detuvo su mirada en un punto en el que nada sucedía y se dirigió hacia allá. Antes de que alcanzara el filo de la plaza un auto se detuvo exactamente en ese lugar. Un sujeto de traje sastre y gafas oscuras se apeó y el hombre terrible se le acercó como si le fuera a entregar algo, pero en vez de eso levantó su objeto terrible y lo dejó caer sobre el cuello del sujeto.
—¿Todavía estás vivo? —escuché a mis espaldas.
Clara. Clara con una sonrisa enorme y carnosa.
—Por supuesto que no había nada de qué preocuparse, tontito —dijo, y se me pegó—. ¿Qué pasa ahí?
Un pequeño tumulto rodeaba el lugar donde se habían encontrado el sujeto y el hombre. No se distinguía nada, pero aún alcancé a ver, por encima de las cabezas curiosas, el objeto del hombre terrible alzarse ensangrentado, el brillo rojo de sus puntas.
Se ladró en el Número siete | Ladrido (1) por Yuri Herrera